Reedición de Orlando Roig: Su Majestad El Profe
El Profe Orlando Roig, ladrón de autos cuyas peripecias vuelvo a contar en este libro, es un personaje que existió, que conocí y fui el amigo que no pertenecía a su planeta del choreo. Todas las anécdotas ocurrieron a finales de los años sesenta hasta mediados de los setenta. La primera versión formó parte de mi ópera prima Cuentos desde Lejos.
Comencé a escribirla a principios de 1997 y el libro fue editado en enero de 1999. Vale decir, han transcurrido doce años desde que apareció el texto original. Ahora decidí reeditarlo con mínimas correcciones de sintaxis y sinonimia Pienso que los relatos son mordaces, resaltan ciertas debilidades humanas y describo situaciones, personajes y anécdotas con humor negro. Empleo también neologismos porque me suenan muy bien y poseen una musicalidad superior a las palabras admitidas por la RAE.
Todos los capítulos están escritos en el idioma de los argentinos y es duro para quienes transitan con exclusividad los pasillos del academicismo. Inclusive el uso que hago de términos lunfardos, vesre y léxico de inmigrantes no implica que el lenguaje de Su Majestad el Profe sea el lunfardismo, parte integrante e indiscutible del habla de los argentinos
Luego de haber editado mi primer libro de cuentos, en el que el personaje de Orlando Roig ocupó una parte importante del texto, la tentación me ha llevado a rescatarlo y decidí publicar un reverdecida versión de sus andanzas.
Aunque ignoro cuál ha sido el destino final de Orlando el Profe, estas próximas páginas que va a leer el lector son homenaje, afecto y admiración ■
Andrés Aldao, 2011
ºººººººººººººº
A propósito de la reaparición de Orlando Roig
por Ester Mann
Andrés Aldao me pidió que escribiera un prólogo para esta reedición renovada de las historias de Orlando El Profe. Rumié, me estrujé el cerebro pensando qué tengo de nuevo para decir que induzca a los futuros lectores a leerlas.
En toda gran ciudad, me atrevo a imaginar que también en un pequeño pueblo, hay muchos mundos, mundos que las personas comunes ni siquiera sospechamos.
Los simples mortales que nos levantamos por la mañana, tomamos unos sorbos de café y corremos al subte o al colectivo para no llegar tarde al trabajo ni siquiera vemos a los otros, a los que viven en otro universo.
Están los vendedores de los puestos callejeros, los que venden en los trenes, los mozos de los cafés, los que nos ofrecen CD de música o películas truchas, y los que venden garrapiñadas, etc. etc. A veces he visto a dos de ellos hablar en voz baja o discutir. Y siempre me imaginé diálogos sobre zonas de influencia, patrones que exigen una comisión, policias que reciben lo suyo para hacer la vista gorda… En fin, toda una antropología que desconocemos.
Y lo que vos, posible lector, encontrarás en las próximas páginas es ni más ni menos uno de los mundos que se ocultan en una gran ciudad. Otro universo, paralelo y desconocido, que a veces asoma la punta de la nariz en una noticia de la sección policiales de algún diario amarillo.
Por una de esas vueltas de la vida, Andrés Aldao tuvo la oportunidad de conocer y de enhebrar una amistad con una de esas personas de otro mundo. Pudo entender que casi todos los enemigos de Orlando eran también los suyos y que tenían muchos valores comunes ante la vida.
Y vos, amigo lector, te preguntarás por qué es importante leerlo: es que esos sub-mundos, como los llaman quienes ya los juzgaron y condenaron, no son tales. Lo componen gente como vos y yo que aman, son padres, son hijos y hermanos pero entienden que robar a quien le sobra, o tiene seguro, no es un crimen. ¡¡Que lo disfrutes!!
E.M.
ººººººººººººººººººººººº
El «Profe»: a modo de prefacio
El «Profe»: a modo de prefacio
Las historias y los personajes que voy a describir son una mezcla rara de Museta y de Mimí. Los protagonistas conforman una conjunción de gente que conocí. Con algunos nos brindamos una afectuosa amistad. Tomé rasgos de unos, chifladuras de otros, sentimientos y pasiones de todos y así fui elaborando los diversos prototipos de gente que aparecen en estas fábulas sobre chorros de carne y alma. Aunque Orlando Roig es, sin lugar a dudas, el eje de estas historias transcurridas en los años setenta.
En esta reedición mantengo la versión original, excepto ciertos cambios de sintaxis, algún pulido de frases y el corte de párrafos que hoy, a la distancia, me parecen prescindibles.
Tengo en mente un parangón absurdo e insolente: en la medida en que también el Profe es un antihéroe, tiene puntos de comparación, y también de disenso, con Philip Marlowe, el inolvidable personaje de las novelas de Raymond Chandler. Éste actúa en el mismo escenario que Orlando Roig, sólo que Marlowe está del lado de la ley, pero de acuerdo a ciertos principios capaces de situar a esa ley, y a sus representantes, en la picota pública. Sabe que la ley y la moral no van de la mano. Por eso opta por la moral y a la ley que la parta un rayo.
Orlando y sus amigos no se compadecen con el código, ni con sus agentes. Entienden, por su propia y dura experiencia, que las leyes tienen, como las monedas, dos caras, dos interpretaciones.
Pero Roig y Marlowe tienen normas comunes: el honor en su trabajo, el odio a los poderosos y al poder que se gesta al margen de la ley, en nombre de la ley. Condenan la mentira y la violencia, vengan de donde vinieren. Son, a su modo, frescos y desfachatados. Pero puros; de una pureza que en este mundo de aldeas globalizadas, robotes y mediática sólo los marginados y los vencidos pueden conservar. Por eso Roig y Marlowe, los antihéroes, son en realidad los auténticos héroes de este siglo XXI.
Con respecto a la mala junta, y sin justificarlos, quiero recordar que Proudhon sostuvo, hace un siglo y medio atrás, que La propiedad es un robo. Y si no lo creen, fíjense en esas transnacionales que recorren el mundo sin dejar títere con cabeza. En aquellos lugares del planeta en que ellas sacuden sus alforjas repletas de dólares y chafalonías, ya nunca vuelve a crecer la hierba de la vida.
En definitiva, las pequeñas chorrerías de Orlando, Manolo Picapiedras, Néstor el mecánico, Rabanito, Tonio y todos los maestros y discípulos del arte del choreo y el levante, son nada, cero, comparado con los crímenes, las defraudaciones, el soborno, el chantaje, el espionaje, la tortura y todo el catálogo de crueles delitos que cometen los gobernantes, políticos, policías, jueces, fiscales, funcionarios de alto nivel y los insignificantes mandaderos que, aún en sus minúsculos predios de poder, exprimen a los pobres habitantes del planeta ¡Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados!
El Profe tiene un código de honor: no arranca carteras de ancianas indefensas; no roba el sobre del sueldo a nadie; no viola mujeres ni a menores; no asalta bancos ni negocios bajo la amenaza de un bufoso sembrador de muertes; no le curra los ahorros de toda la vida a personas inocentes, como lo hacen las empresas y aves negras que, por lo general, actúan en connivencia con los poderes y los poderosos. Odia la falopa y a los traficantes de la muerte. Y a los consumidores los consuela con su piedad, pero se aparta, porque sabe muy bien que un drogado es carne de la yuta. Él sí respeta la vida humana: del no matarás hizo un culto laico. sin alharacas. Se niega a portar armas y no trabaja con asesinos.
¿Qué presidente, qué primer ministro, qué miembro de un gobierno, qué jefe de policía o que tira rastrero insecto del poder puede exhibir un prontuario como el del Profe Orlando Roig?
Orlando Roig no es un santo. Es un ladrón de autos, solitario, trotamundos en las junglas de la noche, que ama a su familia, respeta a sus colegas, le gusta el Gancia blanco, toma café, fuma sus cigarrillos como Humprey Bogart en Casablanca, y escabia ginebra. Recorre las tinieblas del Gran Buenos Aires prepeando con su antológico Valiant negro, el mejor auto del mundo, como gusta repetir, aunque esté escashato cada dos por tres.
Con respecto a las historias. Así como los prototipos que describo en los cuentos son auténticos, también las anécdotas forman parte del folklore del choreo entreverado con pizcas de imaginación. Los lugares, los hechos y los personajes secundarios dan una base al tiempo y el espacio de mis relatos. Me valió la pena describir calles, momentos, gentes tal como quedaron hibernadas en mi memoria a partir de mi exilio, en octubre de 1975. Con mi afecto desgarrado por una ausencia impuesta a mi pesar.
El amor a Buenos Aires, melancólico y incurable, y el que tengo por mi barrio de la infancia, Caballito, fueron parte de la inspiración, la breva madre alojada, silenciosa y compinchera, en un rinconcito perdido de la zabeca. O como una esquirla afectuosa durmiendo la siesta en alguna esquinita invisible del bobo.
Los personajes de los años setenta tienen algunos rasgos, ¡como no! de antiguos esquenunes que fueron amigos míos en la infancia, allá por el treinta y pico, en Figueroa entre Paramaribo y Paisandú.
Sin ruborizarme, confieso mis pecados de purrete. Es que para sobrevivir en aquellos años los rantes pobres como nosotros teníamos que pegarle el biabazo a una manzana que te hacía señas desde el carrito ambulante, y chacar el Tit−bis o El Tony cuando el canillita contaba un vuelto, y manotearnos unos caramelos y salir de raje, buscar chirolas en el enrejado de los desaguaderos de las calles. Y así, tantas aventuritas que también otros narraron.
Espero que el lector disfrute con estas historias. No hay en ellas conflictos psicológicos, ni personajes retorcidos o mansiones suntuosas. Hay vida cotidiana. Tramas con gente de carne y hueso que le saca la lengua a la sociedad formal y bien educada, atrapada en estúpidas moraliñas y prejuicios castrantes.
Mis personajes no son como la teoría gris, sino como el árbol de la vida, que es verde, eternamente verde. Por eso los amo y deseo que el lector comparta conmigo esos sentimientos ·
Andrés Aldao; de enero 22, 1999
(*) Esta mención de Philip Marlowe es una cálida alusión al más grande de todos, al mítico Raymond Chandler, cuya filoso busturí penetraba en los recovecos y las alcantarillas sucias de las urbes, hurgando en el trasfondo de honorables ciudadanos cuyas máscaras de respetabilidad ocultaban la lujuria y sus instintos de destrucción. Chandler no fue un mero escritor de policiales: fue el patólogo de una sociedad enferma de soledad y crímenes. Sólo que él crucificó la hipocresía de los ricos y poderosos con la ayuda de Marlowe. ●
ºººººººººººººº
1. El Polara se Convierte en Guanaco
Ojos de águila, penetrantes, casi encaramados sobre la nariz aguileña. Las piernas medio combadas; y esa rascadita sobre el bobo con los dedos algo curvados, como si tocara un trémolo sobre la guitarra. El pucho y los labios eran compañeros de causa: siempre juntos Así era Orlando Roig , el Profe. Capaz de levantar un auto en cuatro segundos. O en cinco. Su faena era rápida, limpia y meticulosa. Tenía un golpe de vista nada común: sea para elegir la presa, husmear el peligro o brindar su confianza. Aunque en esto último, a veces pifió fiero.
Néstor, un mecánico del taller de Barracas de la línea 24, le pasó el encargue de un conocido suyo, un tal Chiappe. El tipo tenía un dodge polara blanco con techo vinílico negro. El auto fue chocado y hecho mierda. Chiappe quería que el Profe le consiga un polara del mismo tipo, con la carrocería en buen estado, para hacerle el cambiazo empleando el motor original. Orlando aceptó.
Luego de recibir el trabajo, Orlando viajó esa noche por el camino negro hacia el Dock sud. Entró en Avellaneda por la Belgrano , a la altura del Fiorito tomó en dirección al docke, cruzó la Mitre y antes de la Av. Roca comenzó a escudriñar por las calles aledañas en busca de un dodge polara.
Esa tarde le telefoneó a alguien que le dió un dato seguro. En el docke había un polara con esas características: dodge blanco con techo vinílico negro: Una preciosura, le dijo el informante.
Tenía la dirección y la descripción de la casa. Todo coincidía, pero la presa no estaba. Orlando prendió un Jockey, retomó hacia la Av. Mitre por Iriarte, llena de pozos. La cruzó, también la Belgrano , y estacionó detrás del Fiorito. Lentamente caminó hacia la Mitre ; nada lo apuraba.
Entró a un bar; pidió café y una ginebra. Los ojos de águila, semicerrados. Tomaba el café en sorbos cortitos, bien aspirado. El Profe cavilaba meneando la cabeza: Le pedí poco al Chiappe ese: ¡qué boludo que soy!, pensó cabrero. Se dió un trémolo sobre el cuore, apuró el café y la Bols , otra pitada y miró la hora: casi medianoche. Pagó y se fue.
Se arrimó al valiant, abrió la puerta, prendió otro cigarrillo y se dirigió a su puesto de vigía. Noche de un calor bochornoso; el gran Buenos Aires exudaba ese sudor ácido, bravucón y maloliente. Enero en el verano rioplatense. Húmedo, pendenciero, agobiante.
También Orlando transpiraba y fumaba sin pausa. Sus ojos escrutaban implacablemente las tinieblas de las callecitas del Dock sud. De pronto lo vió: rutilante, pulido, como nuevo. el polara ese, esquivo, taimado, provocativo y seductor.
En la casa había luces. Adelante el jardincito, con flores, helechos, plantas y una medianera petisa y coqueta. Al lado de la puerta enverjada, una placa: Fulano de tal, rematador. El auto lo deslumbró más que la placa fulgiente.
La noche fue cerrando sus ojos. las sombras se hacían más sombrías. El Profe dejó el valiant a unas cuadras, apagó las luces y fue caminando. Lentamente.
Barrio de viviendas bajas, jardines prolijamente cuidados que distraían el ocio de los jubilados. Todavía se veían casitas de dos pisos hechas de chapas. Pero también había llegado el progreso: cementaban el jardín, levantaban paredes y ponían un portón como ésos que se veían en las películas. El nuevo docke, los nuevos ricos, los últimos modelos de autos. Ahí vivía la clase media más o menos acomodada. El docke civilizado, con desagües a granel. Hasta allí no llegaban las aguas tumultuosas del Riachuelo, la sudestada con los nocivos olores que agobiaban a los vecinos de allende la Av. Roca.
Orlando dio una vuelta, contempló el mundillo de las sombras; miró hacia atrás, a los costados. Escuchaba los gemidos de la noche; los apasionados y apenas audibles cuchicheos y suspiros de los lechos copulados. El Profe era un veterano del escruche y el espiante. Cientos de nochecitas levantando autos en las propias narices de los dueños. Hijo pródigo de madrugadas ociosas llenas de cuentos de hadas, miserias y crueldades. Orlando tejía y destejía ilusiones en las noches del gran Buenos Aires. Respiraba y tosía con esa flema en sol mayor que pugnaba por salir, ¡y no había caso!
Prestó atención; silencio lúgubre en la casa del rematador. Tal vez dormían, o quizá fornicaban empapados de sudores acres y porfiados. El rematador nocheaba mientras el polara, estacionado frente a la casa, parecía un diamante legítimo extraviado en un basural.
Miró la hora: casi las dos de la madrugada. Estaba excitado; el polara lo engualichó. Entre pitada y pitada fue construyendo su plan de acción; necesitaba un aguantadero para el dodge. Los nombres giraban en su bocho como una perinola descontrolada: los iba deshechando uno a uno. De pronto, una sonrisa humanizó su porte aguileño; un nombre surgió en su mente: primero como una bruma tramposa que no le daba foco; y luego la imagen nítida: el Bizco. Con aprensiones, pero fue a verlo.
Cruzó el puente Pueyrredón y tomó por Montes de Oca. Bordeando el centro llegó a Iriarte, cortó por Alcorta desembocando en la Sáenz. Luego atravesó el Puente Alsina; durante el viaje fue trazando el itinerario para llegar a uno de los barrios aledaños de Ramos Mejía.
En una extraviada estación de YPF detuvo su valiant, cargó veinte litros de especial y desde una cabina de teléfonos marcó el número de Pedro, alias el Bizco. Sonó largo rato; por fin, el Bizco atendió: Voy para tu casa, le anunció Orlando. Resignado, el Bizco aceptó.
Las tres de la madrugada; encendió un Jockey, secó su sudor y se fue acercando sigilosamente a la morada del Bizco. Pasó de largo; nada a la vista: tan sólo un gallo desmemoriado que tocaba a diana. Demasiado temprano. El Profe dejó el coche a unas cuadras.
Recorrió la distancia a pie. Apretó el timbre una vez y la yapa. El Bizco, sin duda un personaje pintoresco, estaba vestido con una bata de seda púrpura. Le abrió la puerta. Jubilado del levante activo, en el fondo de la casa tenía un galponcito que a veces le prestaba a los viejos compinches del choreo. Por unos módicos mangos, naturalmente.
Al Profe, el bizquete no le gustaba mucho. Tenía el convencimiento de que Pedro era medio soplón de la yuta: «Así les garpa la vista gorda que hacen con sus negocios», pensó. Pero estaba acorralado; necesitaba la biyuya a cualquier precio, y el Bizco era su única posibilidad. Charlaron de bueyes perdidos, recordaron las viejas fechorías, escabiaron ginebra y cerraron trato para el jueves de esa semana: Orlando iba a levantar el polara y Pedro le haría de campana.
Luego del encuentro con el Bizco, el Profe fue a vigiar otras dos madrugadas. La misma rutina, noche tras noche. Todo igual, sin cambios. Llegó finalmente el jueves.
Se aproximaba la medianoche y la tormenta se venía desafiante. Un viento malhumorado silbaba desafinando. Estrellas solitarias e irascibles aparecían y desaparecían en el cielo, que fue adquiriendo una negrura cabrera y provocativa.
Orlando se aproximó a la casa del Bizco: éste lo esperaba en el zaguán. Los truenos resonaban a repetición. parecían un coro de barítonos y bajos practicando escalas en un ensayo. El Bizco se ubicó al lado del Profe; se advertía nervioso, intranquilo: Lo hago por vos, Orlando. yo ya no ando en ésta, le susurró con voz apocada, apenas audible.
El Profe no le dió ni la hora. Y pensó: «Flor de hijo de puta sos vos». Se fueron acercando al Dock sud. Relámpagos en cortejo, y tomados del brazo, le dieron un toque dantesco a la lluvia, que caía con fuerza. Ambos callaban. Mientras, una procesión de arrogantes gotas tamborileaban un candombe sobre el techo del valiant. Orlando, imperturbable con su pucho entre los labios, estaba alerta. ¿La lluvia, la tormenta? No le hacían ni fú ni fá. Fuera del polara, el mundo exterior no existía. Él era un artista del levante, el Picasso del choreo, el rey del safari en la selva del asfalto.
Charcos de agua nauseabunda en cada bocacalle y en los incontables pozos de las callecitas del docke. La lluvia, desdeñosa, no amainaba. El valiant atravesó la Mitre por 12 de Octubre, cruzó la barrera, y amagando unos metros por la Roca tomó por Lamadrid hasta Ricardo Gutiérrez. El auto tajeaba el corazón del docke; dobló en Iguazú y estacionó entre dos camionachos. La oscuridad y el silencio se besuqueaban bajo la lluvia. El Profe sonríó; Satanás no lo haría mejor.
-Cuando me veas pasar con el dodge podés tomártela, Pedro —Éste no le contestó limitándose a asentir con el morro. Orlando se encogió de hombros, prendió un cigarrillo y fue en busca del botín.
Lo acompañaba un pequeño bolso con los útiles de escruche y fractura. Sacó del bolso los chanclos de goma, se los calzó, abotonó el impermeable y, prensado contra las paredes de las casitas, buscó refugio. La lluvia arreciaba. Mejor así -masculló con el pucho mojado-; la yuta no trabaja en una noche como ésta. Dió una vuelta por los alrededores. Quietud de campo santo, ni un alma.
Orlando se escurrió hasta el polara, sacó el manojo de llaves, fue probando: a la tercera intentona percibió que el pestillo subía saludándolo con un alborozado tac. No perdió tiempo: abrió la portezuela, arrancó las conexiones del tablero, empalmó los cables del arranque y el polara resopló. En unos segundos se desplazaba, soberbio, en la madrugada aguachenta. Enfiló hacia la Mitre no sin pasar antes delante del valiant. El Bizco lo vió, arqueó el pulgar con el índice y le hizo una seña.
El Profe se estaba guisando dentro del auto. Las gotas de lluvia danzaban sobre el parabrisas y al rebotar parecían minúsculas perlas de cristal. Su bobo brincaba desbocado, arrítmico. Una vez más atravesó esos barrios del sur que conocía tan bien. En cada recoveco, la mirada atenta. No había signos de peligro. Ya estaba cerca; la adrenalina fue serenándose. Percibió entre la niebla la casa del Bizco; apagó los faros, se introdujo por la senda de pedregullo hasta la entrada del galpón.
Una vez adentro, Pedro cerró el portón y encendió la bombita: la belleza del polara encandiló al Profe: el blanco inmaculado de la chapa, el negro azabache del techo vinílico.
Llegó la hora de los cambios. Al día siguiente fue al taller de la línea 24; el polara de Chiappe lo esperaba. Le quitó el motor, las gomas y otras chucherías, cargó todo en una camioneta y partió rumbo a Ramos. Mientras tanto, el fuego letal de la autógena, bajo la diestra batuta de Néstor, disolvió la carrocería del dodge de Chiappe. Luego, Orlando cargó los restos esparciéndolos en un basural de Soldatti. Pero de todo te olvidas, cabeza de novia: Orlando recordó de pronto que no había quitado las chapas del auto de Chiappe. Volvió al basural. Con una ridícula linternita husmeó entre los desperdicios y tuvo tarro: chapaleando un rato en el lodo las encontró. Sonriéndose, se las tomó.
El Profe trabajaba duro. El Bizco, de a ratos, le daba una mano. Puso el motor de Chiappe en el dodge robado y lo iba armando con cuidado. Parecía un maestro relojero: ajustó las partes del motor, conectó la batería, empalmó las conexiones eléctricas y atornilló las chapas. La tarea llegó a su fin. También la mishiadura, pensó alegremente Orlando.
Era la madrugada del jueves, una semana después del choreo. Finalizó algunos detalles, cambió las radios (no quería dejar ninguna pista del polara desaparecido). Acarició el volante y con las flamantes llaves lo puso en marcha. El polara rugió, de a ratos se atragantaba pero al final se aquietó. Risueño, el Profe fue relajándose y el Bizco le estrechó la mano.
La historia de Orlando y el polara entró en su último capítulo. Comprobó si todo estaba en orden y volvió a su casa. La brisa de la madrugada le lamía el rostro exhausto. Antes de zambullirse en la cama, le habló a Néstor dándole una cita para Chiappe.
Mediodía viscoso, con moscas pelandrunas revoloteando ociosas. Chiappe y Orlando se encontraron en el bar de Rioja e Independencia. Hasta ese día habían arreglado todo a través de Néstor. Simpatizaron enseguida. Tipo piola el Chiappe este, opinó el Profe. Hablaron de todo un poco. A media voz, Orlando le narró alguna de sus hazañas. Total, es amigo de Néstor, pensó. Los dos pidieron Gancia blanco. Al rato Orlando le dijo que estaba apurado, que le dé la mosca y él le pasaba las llaves.
El cliente lo invitó a otra vuelta de Gancia. Saborearon el aperitivo y Chiappe le preguntó al Profe si no le dejaba probar el auto para agarrarle la mano.
-No faltaría más, Chiappe, tomá las llaves; yo dentro de un cuarto de hora te espero en la puerta del bar -le propuso Orlando, mientras despreocupado, papando moscas, bebía el aperitivo.
Chiappe no regresó: se lo tragó la tierra.
Orlando el Profe siguió levantando autos, cambió motores, rateaba cubiertas de camiones por pedido, pero nunca más entregó mercadería sin antes recibir el vento. De todos modos, como a los quince días fue a visitar a Néstor. El muchacho no supo darle datos de posta: Néstor conoció al tipo en la casa de los suegros. Pero se había mudado. El Profe anduvo buscando al polara por la zona de Patricios. Como hallar a Juan Pérez en la guía de teléfonos.
La humillación iba pareja con la rabia. Todo inútil. Y perdido. Durante un tiempo Orlando tuvo pesadillas... soñaba que el polara blanco con techo vinílico azabache se le venía encima transformado en guanaco. Que le escupía en la cara y después le sacaba la lengua. ·
2. Historia de Merceditas
Orlando, acostado de espaldas sobre la catrera matrimonial, estaba de vigilia. El pucho entre los labios emergía de la boca crispada. Los ojos de águila trepanaban las tinieblas. Marta, la mujer, suspiraba en medio del sueño acariciándose la oreja. Él la miró. Pero ella prosiguió durmiendo.
La mollera de Orlando carburaba a un ritmo inusual. Morales (el Correntino), reducidor y buchón de la yuta, le propuso un negocio: necesitaba un camión Mercedes Benz lo más nuevecito posible. Era para un oficial de la federal al que le debía algunos favores.
El Profe, doctor honoris causa en asuntos del parque automotor, siempre le piantó a los negocios con canas. Pero andaba en la mala. Le escaseaban los morlacos y en los dos últimos asuntos falló fiero: levantó el polara, cambió el motor y el ñato se tomó el espiro sin garparle la guita.
Quince días después escruchó de un camión seis gomas Dunlop casi nuevas. Cuando venía con las gomas por Villa Diamante, olfateó a un patrullero con los focos apagados que viajaba husmeando en busca de rateros al paso.
Osvaldo viró el rastrojero, dio un par de vueltas y lo abandonó en una cortada perdida. Caminó hacia la estación del tren, se metió en un taxi y viajó en dirección a Caraza, allí cambió de taxi y le pidió al chofer que lo acercara a Valentín Alsina. Bajó a unas cuadras de su casa; caminó campaneando los bultos, los portales, las esquinas. Eran casi las cuatro de la matina. Entró en su casa rumiando bronca. Los ojitos del Profe, pegados a la nariz, exhibían la fiereza de las aves de rapiña, emblema de su ira y frustración.
Al día siguente volvió a Villa Diamante: ¡las cubiertas no estaban!. Algún colega le ganó de mano: estoy enyetado, alguien me ojeó, balbuceó colérico.
Orlando repasó esa noche sus últimos fracasos. Afuera, la luna se paseaba frívola y casquivana entre nubes anémicas. El vecindario dormía; un perro pulguiento y solitario entretenía a los vecinos con sus ladridos insolentes.
El Profe pensaba en el camión. Plegaba las pupilas y apretaba los puños. Las visiones lo llevaron a enlazar el camión que buscaba con otro, mucho más pequeño e inofensivo, que levantó en pleno día sin que tuviera que arriesgarse, sin botones, sin temor a la gayola.
Orlando tendría entonces nueve o diez años. Iba camino a la escuela, por la Av.Cobo , cuando vio tirado un camión de juguete al que le faltaban las ruedas traseras. Mientras lo observaba, canturreó: La cucaracha/ la cucaracha/ ya no puede caminar /porque no tiene/ porque le faltan/ las dos rueditas de atrás.. Lo alzó, se lo puso en la cartera y siguió su camino. Pero ese día no apareció en la escuela. Al mediodía retornó a su casa, le pidió a la madre un carretel de hilo vacío y con una sierrita que sacó del galpón del padre serruchó con esmero los dos extremos. Un pedazo grueso de alambre le sirvió de eje, dobló los extremos y ya tuvo su camión propio reparado.
* * *
Orlando se levantó decidido: Es hora de ponerse a trabajar: ya sé cómo voy a hacer las cosas, pensó.
Miró la hora: las dos y media de la mañana; descalzo, entró en la cocina y discó un número en el teléfono. Una voz gutural balbuceó un hola somnoliento y colérico.
-Manolo ¿me escuchás? susurró el Profe.
Manolo reconoció la voz de su primo, pero la bronca lo cegó.
-¿Qué carajo querés, Orlando?.¿qué mierda de hora es? rugió.
-Escuchame, pibe, son las dos y media, pero no pude llamarte antes por Marta, ¿entendés? dale fregar y lavar hasta que se fué a apoliyar, ¿me estás escuchando?
-Pero sí, guachón, dale. desembuchá! - dijo impaciente el primo.
-Oíme bien: me encargaron un merceditas. ¿querés hacerlo a medias? Hay buena biyuya: ¿que te batís, Manolo?
Del otro lado de la línea se captó un bufido de bronca. Manolo se iba despabilando, pero el bocho del caco no funcaba.
-Escuchame, Orlando, tengo a la yuta encima, pero estoy pasando una mishiadura de la san puta: nos vemos mañana y me batís el dulce, ¿estamo, primo?
-Te espero mañana en Boedo y Salcedo. En el bar, sí, a las cinco, ¡chau!
La tarde plomiza y húmeda. Manolo apareció con un gamulán flamante, la cara cuadrada como su sesera, saludándolo con un eructo afectuoso. Sonríó.
-Vamo para dentro, Orlando, lejos de la ventana. -decidió Manolo.
-¿Tan fiera está la cosa, pibe? -le preguntó el Profe.
-Me tienen colo los de robos y hurtos, se aparecen en mi casa a cualquier hora de la noche. Si no estoy, me esperan, me portan y me dan la biaba -le explicó.
Le pegó un chupón largo a la ginebra, se pasó el dorso de la mano por el bigote y esperó.
-Alguien necesita un merceditas en buen estado, no falopa, ¿me seguís? Vi uno en Av. Riestra, hay que campanearlo unas cuantas noches y después lo alzamos.
-Mirá, primo, no me quiero ensartar y volver a la gayola. Yo no puedo andar de joda por las noches. Pero esta mañana estuve yirando y tengo la papa en bandeja. podemo hacerla a cualquier hora. Lo más importante es que consigas un lugar de aguante por do días, y alguno que arregle los pelpa.
Orlando frunció la nariz aguileña, volvió a refregarse el bobo, pisó a fondo y le preguntó:
-¿Para qué necesitás aguantarlo un par de días? ¿y en la Capital ?
Manolito le contó el plan que se le había ocurrido esa mañana. Orlando no podía creer
lo que escuchaba: pensó que el primo andaba rayado.
-Flaco: traéme un especial de crudo y queso, cargado, che. Y traé otra vuelta de café y ginebra -encargó Manolo. Orlando le sonrió: fue la manera de dar el visto bueno al plan del primo.
-Escuchame: vos ocupate de conseguir un taller que tenga autógena y compresor, dos chapas y los pelpas. Haceme caso: es más fácil lo que te bato; mejor que andar yirando por ahí en la cheno.
Manolo le dio más detalles, y el Profe quedó encargado de pizpear por el lugar donde estaba el camión, en Garay entre Boedo y Colombres. Se despidieron pero Manolo se ufanó en contarle la última gracia:
-No sabés lo que me pasó hace unos días. entré en el bar de San Juan y Boedo y me lo veo a Lechuga sentado con dos tipos: ¡eran tiras! Me dió un esparo de aviso y rajé -dijo alegremente.
El Profe se preguntó, mientras se las tomaba: ¿Para qué coño me contó lo de Lechuga? No manyo nada.¡Éste tiene un raye de san puta!! .
El frío le enrojeció las orejas. De la nariz le colgaban gotas perdidas que absorbía aspirando, mientras afinaba las cuerdas del pecho. Tarde oscura de julio, no había un alma. Fue a ver al Mercedes: estaba flamante, imponente; un bombón digno de terminar con acordes de guita dulce. Eran las siete menos cuarto de la tarde. Levantarlo a esa hora no le gustaba al Profe: no le gustaba nada. Él sabía muy bien que Manolo era un inconsciente, que no le temía a nada. Aunque se prometió volver
Subió al valiant y enfiló hacia Valentín Alsina. Cruzó el viejo puente; en Remedios de Escalada se detuvo frente a un bar y le telefoneó a Manolo. Conversación escueta. Orlando prometió dar una nueva vuelta por la zona y entonces iban a decidir si levantaban el merceditas.
-Mirá, Manolo, el lugar no es malo pero me empavura la hora ¿cachás lo que te bato?
-A las siete de la tarde es de noche, estamos en invierno, ¿me seguís, primo? vociferó Manolo.
-Calmate, Manolo. Ya tengo el aguante: hay que llevarlo después de la siete de la tarde y sacarlo a la mañana. Con los papeles no hay problema: ¿todo en claro? ¿cachás el yeite?
Manolo cortó, y Orlando siguió viaje hasta su casa. Marta estaba en la cocina con trucha de guerrera veterana. Él le sonrió mientras secuestraba una papa frita de la fuente.
-¿Vos te creés que yo soy gila, no? ironizó la Marta. Morocha , en los años treinta de su vida, de espigada figura, bien parecida y con picardía natural, la mujer del Profe conocía las actividades y negocitos de su marido.
-¿De qué me estás hablando, nena? —la increpó Orlando, haciéndose el otario.
-¿Pero vos te pensás que soy estúpida? Anteayer de madrugada te escuché hablar por teléfono: no me perdí una sola palabra. ¿Así que yo fregaba, lavaba y te molestaba? Vos mejor cuidate y sentá cabeza: tuviste mucha suerte en los últimos años, Orlando. ¡Y tu primo es un loco sin riendas!
El Profe se acercó, le revolvió el ondeado cabello negro, le estampó un tierno beso y le dijo que estaba hambriento. ¡Se acabó la riña! Cenaron en silencio. Marta lo observaba mientras servía la comida. La angustia le recorría la boca del estómago: era una sensación que le volvía siempre que Orlando tenía en preparación algún trabajo.
Continuó campaneando los movimientos en la esquina de Garay y Colombres, aunque no desechó la idea de buscar algo en la provincia. La noche anterior vió uno en Gerli, que no estaba mal. Lo que no me gustó es que la cana pasó cuatro veces, recordó.
Manolo lo apretó; finalmente resolvieron hacer el trabajito el viernes, algo después de la seis y media de la tarde. Orlando fue a ver a su amigo, el chapista de la calle Cobo.
-¿Cómo andás, Jacinto? ¿te acordás del arreglo del que hablamos hace unos días?. Bueno, mañana te traigo el camión a ver si me podés hacer el laburo ¿te parece bien? le dijo el Profe. Orlando levantó un poco la voz: quería que los operarios de Jacinto escucharan. No los conocía. Se despidió del amigo, saludó a los muchachos y retornó a Valentín Alsina.
El viernes a las seis y pico el Profe puso en marcha el valiant. Marta lo despidió desde la puerta de la casa. Presintió que el marido salía a concretar el negocio. Y como era habitual, una indecente puntada le cacheteaba la zona del ombligo. Orlando arrancó y ella penduleó los dedos, como señal de adiós agónica e intranquila. Se persignó y desapareció dentro la casa.
Atravesó el puente viajando por la Sáenz. El valiant y su dueño se enchincharon con la garúa invisible y raquítica: No moja pero enchastra, murmuró ofuscado el Profe. Prendió la radio. El locutor informó que el presidente Lanusse iba a recibir al ministro Mor Roig. Una mueca burlona festejó la coincidencia: Roig también era el apellido de Orlando. Cambió de emisora y Palito Ortega le berreó en los oídos. Apagó: Mejor es viajar en silencio, decidió.
Ya en Boedo, dobló por Inclán y estacionó cruzando Castro Barros. Se aproximó con presteza al lugar del encuentro. Manolo había dejado su coche en Colombres, cerca de Garay. Juntos caminaron lentamente hacia el fato, cruzaron la calle despreocupados; eran las seis y media pasaditas. Entraron en la agencia de la Mercedes Benz Soriano y Cía; un atento vendedor se les acercó.
-¿En qué puedo ayudar a los señores? susurró con voz de batata empalagosa.
-Nosotros estamos interesados en un camión, como este modelo de Mercedes que tiene en exhibición. tenemos una empresita de transporte, ¿nos comprende? le explicó Orlando. -No lo tome a mal, pero queremos ver al dueño para cerrar trato ya mismo -agregó.
El empleado esbozó una sonrisa algo estúpida, susurrándoles con voz de cantante de boleros:
-El gerente de la agencia se fué al mediodía. para aprovechar el fin de semana, ¿saben? Pero no se preocupen porque yo los voy a atender con la misma responsabilidad. -adujo el elocuente papanatas con un mohín estereotipo..
Al fulano comenzaron a inundarlo sentimientos de regocijo y engreimiento. Ya se veía cobrando la suculenta comisión.
-De todos modos, señores, hasta el lunes no se puede terminar la operación; pero es posible adelantar las cosas. ¿Porqué no lo prueban? Pónganlo en marcha, escuchen el motorazo de estos ursos -dijo mientras sonreía convulsivamente: Ya los tengo agarrados, pensó.
-¿Cómo es posible darles arranque? ¿acaso tienen nafta?- preguntó Orlando haciéndose el otario. Los dos primos se miraron intercambiando una sutil guiñada.
-Es muy simple: el importador los envía desde el puerto con combustible -aseguró el empleado.
-Oigame, muchacho, nosotros lo pagamos taca taca, así que háganos una buena rebaja ¿estamos?
-Quedense tranquilos: les voy a hacer un precio bárbaro -les prometió el gilún mientras se dirigía a la oficina para preparar el papelerío.
Manolo ascendió al estribo, se sentó, reguló los espejos, tomó el volante y giró la llave del arranque mientras Orlando subía a la cabina por el otro lado. El gigante emitió pavorosos estampidos. El vendedor, mientras tanto, los miraba con indisimulada emoción. y entró por fin a la oficina.
Manolo metió la primera y el merceditas atravesó el ancho ventanal haciendo añicos la vidriera en medio de un estruendo infernal. Seguramente en la cancha de San Lorenzo también escucharon el estrépito: parecían los fragores que iban a preanunciar el día del juicio final.
Manolo sonrió. El Profe lo miraba: la cara cuadrada del primo era igual a la de uno uno de los picapiedras. El camión acortaba distancias y de sopetón se metió en el taller de Jacinto. Las luces exteriores estaban apagadas. El dueño cerró el portón y los dos primos se pusieron a trabajar. Cambiaron las chapas, lo prepararon para una repintada y modificaron los números de chasis y motor. Orlando colgó del espejo retrovisor un zapato de bebé, puso calcamonías sobre el tablero y las puertas, quitó la radio original y le conectó una usada. El ‘mionca’, luego de cambiarle el maquillaje, estaba disfrazado y listo para lucirse en las rutas. A la madrugada, salieron sigilosamente. Orlando condujo el Mercedes y Manolo manejó su auto. El Picapiedras no pudo con su genio: pasó delante de la agencia de Garay y contempló al botón de consigna, parado al lado del gigante buco del ventanal. A Manolo se le inflaron los carrillos.
Orlando llegó a su casa después que despuntó el sol. Marta dormía. El Profe se duchó, se ensobró y a los pocos minutos roncaba: El músculo duerme, la ambición descansa.
Se levantó al mediodía. La mesa de la amplia cocina estaba puesta y a su alrededor estaban sentadas sus hijas y los padres de Marta. La olla con el pulpito, preparado a la catalana, despedía un atractivo aroma, pero antes de sentarse Orlando prendió la radio.
El informativo había comenzado. Al llegar el turno de las noticias policiales, el locutor anunció: En la tarde de ayer fué asaltada la agencia Mercedes Benz del barrio de Boedo. Según declaró a la policía el único empleado que se hallaba en el lugar, minutos antes del cierre penetraron cinco individuos armados y amenazándolo con sus armas lo obligaron a encerrarse en la oficina. Los delincuentes pusieron en marcha uno de los vehículos exhibidos en el local, atravesaron el amplio ventanal y desaparecieron del lugar a toda velocidad. La policía está investigando el audaz hecho.
La mirada de Marta, dura y agresiva, buscó los ojos de Orlando. Éste engullía ya el segundo plato del pulpo que preparó la suegra; su semblante se arrugó con una sonrisa astuta. Sin mirarla, Orlando le comentó a Marta, con la boca semillena:
-¿Te das cuenta, Martita, qué gente loca que hay en el mundo? ¡Cinco tipos con armas van a robar un camión! ¡Es para no creer! Remató su comentario con una sonora carcajada, atorándose hasta las lágrimas ·
3. Sobre Avernos y muertes.
Se sentía agotado; una tenue angustia lo fastidiaba. Sabía que no debió salir en las horas de la noche. Pero necesitaba el vento. Además, la jugarreta que había tramado para robar un camión nuevo en la propia agencia lo ensoberbeció. Camino de regreso a su casa, no podía pensar en otra cosa. Volvió a esos segundos de gloria. cuando atravesó el grueso ventanal de la agencia.
Terco, apenas si sabía leer y escribir. Poseía una fuerza física descomunal: tan descomunal como la inconciencia que lo caracterizaba. Por esa causa lo habían engayolado un par de veces.
Manolo odiaba la noche, la vida nocturna, los escruches y riesgos entre tinieblas. Prefería la tibieza acogedora de las tardes, o las agradables mañanas barriales, cuando veía pasar en procesión a las amas de casa que iban de compras, o a las jóvenes chirusas que hacían los mandados a disgusto, y les recitaba algún piropo medio burdo y una sonrisa socarrona.
Manolo tenía buena liga con su familia. Quería mucho a Delia, la mujer, y a sus dos hijos. Era de buen corazón y desprendido con la guita, como casi todos sus colegas de profesión. Tanto Manolo como su primo, el Profe, rechazaban el estigma de que ellos son parte de los bajos fondos. Picapiedras no olvidaba lo que le comentó una vez Orlando: Hay gente que dice que nosotros cazamos el vento fácil, y con más facilidad lo piruleamos. Lo que pasa es que hacemos la biyuya con rapidez. pero nuestro laburo es duro, difícil y riesgoso: si hocicás, vas en cana o sos boleta. Las palabras del primo Orlando, su maestro, eran sagradas.
Se iba acercando a su casa. Esa noche lo jodía un augurio extraño. Detuvo el dodge en Alberdi y Oliden, entró en un bodegón y pidió hablar por teléfono. Marcó el número de su casa. Luego de sonar un rato contestó la mujer, medio dormida:
-¿Dónde estás, Nolo? ¡Huy que tarde!!.
-Estoy bien, Delia. ¿todo tranquilo por casa? preguntó Manolo.
-Tuvimos visita. pusieron mala cara y me trataron como a una puta barata: no les importó que los chicos escucharan las barbaridades que decían.
-Voy para allí. en un par de minutos llego.
-No vengas, Nolo.¡por favor! ¡no aparezcas! le suplicó la mujer.
Lo dominó una rara mezcla de ira y recelo. Las ideas se enmarañaron en su mente. Olió el peligro; antiguos pesares y contratiempos lo arrastraban a la oscuridad. La temía y odiaba. Se veía reflectado en un raro espejo; quieto, con círculos negros bailoteando sobre la piel, tiritando sobre un mármol oscuro; sin saber si estaba vivo. Sacudió la cabeza, colérico. Alejó los presagios con un bufido de presa acosada. Aceleró; los recuerdos lo confundieron embroncándolo. De todos modos, estaba algo empavurado por su familia.
Manolo vivía en Carhué y Zelada. Dejó estacionado el auto a unas cuadras y siguió a pie. No vió nada sospechoso; continuó hacia la casa y antes de alcanzar la puerta cuatro roperos lo inmovilizaron y lo introdujeron en un Falcon. Estaba en el suelo, esposado; los dos tiras sentados a los lados lo pateaban mientras le daban culatazos en la cabeza. La cosa pinta fea hoy, pensó Manolo.
Lo empujaron hacia un cuarto: tenía el rostro tumefacto. Los ojos apenas si se veían por entre los círculos violáceos. Casi no podía caminar. lo arrastraban fajándolo.
-¿Por dónde anduviste esta noche, Roig? -lo interrogó el tira con jeta salpicada de granos.
-Perdió la memoria: dejálo, que después del tratamiento la va a recuperar. Además nos va a cantar algunos tangos, ¿eh, Manolo? lo amenazó otro, mientras le daba un par de piñas.
Lo arrastraron a otro cuarto. Le vendaron los ojos hinchados; lo desnudaron, y atándolo sobre un camastro le echaron una jarra de agua y comenzaron a picanearlo. Manolo rugía, puteaba, se retorcía; los sádicos seguían la faena, imperturbables. Dialogaban entre ellos mientras despellejaban la res.
-Che Gatica: ¿vas a la cancha, mañana? le preguntaron al que manipuleaba los electrodos.
-No puedo, estoy de guardia y nadie me puede cambiar. -respondió sin dejar de picanear. Gatica era uno de los más eficientes torturadores: las víctimas hablaban o pedían el pase al infierno.
Era tanto el dolor que ya no lo sentía. Medio inconciente, Manolo navegaba por sombríos canales: Así de negro debe ser el infierno; esta vez me emparrillan hasta el final: vieja, ayudame, imploró sin mover los labios, mientras les sonreía a los yutones en la jeta.
Repitieron la pregunta: ¿Dónde estuviste esta noche?.Lo zarandeaban sin miramientos: ¿Por casualidad no anduviste por el barrio de Boedo? La picana le provocó espasmos; se contrajo. La zona genital estaba carbonizada. Le rastrillaron en las encías y en todo el cuerpo con los electrodos. Manolo aullaba pero no respondía. Uno de los tiras reía histéricamente: el ver torturar a Manolo lo llevaba al orgasmo.
De pronto, el cuerpo tuvo una convulsión terrible. Los investigadores lo dejaron; estaba quieto, sin moverse. Tampoco respiraba: el bobo se le fue a barajas. Uno de los sádicos puso el dedo en la yogular: Se nos piantó la mano, muchachos, este tipo espichó fulero: ahora hay que ver qué hacemos.
Uno de los tiras entró en la oficina del comisario y lo puso al tanto. Deliberaron un rato y el jefe dió su veredicto: Suicidio, el detenido se suicidó. El cana le explicó que había obvios signos de torturas.
-Pues se tiró del tercer piso en su intento de fuga. -dictaminó el comisario dando por terminada la entrevista. En realidad, para el jefe era un asunto de rutina: ¡Qué tanto joder por un chorro de mierda!
Escueta, sencilla y con oficio, esta nota aparecida entre las noticias policiales de LA RAZON vespertina del lunes 19 de julio de 1971, informó al mundo serio, al que escucha música seria, que suele tomar el té con masas en la Richmond o ir de compras a Gat y Chaves o Harrod’s, que había un ratero menos en la estadística de los custodios del orden:
Un conocido delincuente con frondoso prontuario, Manuel Roig, argentino de 26 años, en la tarde de ayer intentó huír de sus custodios mientras era trasladado a una oficina del Departamento de Policía, en el tercer piso de la calle Moreno. Al ser alcanzado por los policías, el detenido saltó por una ventana cayendo al patio interior de las dependencias. Al querer prestarle ayuda, constataron que había fallecido debido a los múltiples traumatismos sufridos al golpear contra el piso.
El martes por la mañana Delia Escalada de Roig y los hermanos de Manolo retiraron de la morgue su cuerpo, con hematomas y señales negras de la picana eléctrica. El tira que le hizo firmar a la viuda la entrega del occiso le insinuó, sin disimulo, que no se le fuera a ocurrir pedir una investigación.Esa misma tarde Manuel Roig, el Picapiedra, fué sepultado en el cementerio de Flores. En la sencilla ceremonia estuvieron la mujer, los dos hijos, los hermanos, la madre y algunos viejos amigos. A distancia, discretamente parado tras unos frondosos árboles, Orlando observó como el ataúd desaparecía: Picapiedras iniciaba su gayola perpetua.
El Profe se acercó a Delia, la estrechó entre los brazos y le dejó en la mano la parte de Manolo por el último negocio. Él se sintió apenado por la muerte de su primo, pero no dudaba de que, tarde o temprano, ese sería el fin de Manolo. Se encogió de hombros: De algo hay que espichar, ¿no?, pensó consolándose. El Profe sabía que Manolo había muerto en su ley, sin largar ni media parola ·
4. Historias de fuegos y cenizas
Una mirada de la alcantarilla
Puede ser una visión del mundo
Alejandra Pizarnik
Puede ser una visión del mundo
Alejandra Pizarnik
Llegó el invierno a Buenos Aires. Orlando Roig, enfundado en una flamante campera de gamuza, iba caminando por Zelarrayán. Sus labios, medio amoratados, apretaban distraídamente un cigarrillo. Las copas de los árboles, peladas, apuntaban hacia el cielo con sus ramas dispuestas en un extraño y asimétrico diseño vanguardista. Las piernas combadas de Orlando se desplazaban rítmicamente; los ojos escudriñaban los alrededores. No fué casual que alguien definiera su mirada como la de un águila.Orlando el Profe cruzó Muñiz y a mitad de cuadra se introdujo, como una sombra, en el interior del taller mecánico. Rogelio, el dueño, lo saludó efusivamente. Entraron en la minúscula oficina; el morochón le ofreció café y el Profe aceptó. Rogelio, cuerpo morrudo, brazos musculosos y orejas arrepolladas -recuerdo de las biabas en el ring-, tenía la nariz en ese y una elegante cicatriz debajo de una de las cejas. Sus ojos, por contraste, eran dos círculos pequeños y protuberantes, como dos ojos de buey injertados por error en la jeta del morocho.
-Estás en un buen lugar, Hormiga Negra -le dijo Orlando.
-No me puedo quejar: desde que salí de la gayola, hará unos siete u ocho añitos, puse este taller y tengo bastante clientes. ¿Y vos como andás, Orlando? preguntó con su vozarrón de chimpancé.
-Sigo en la mía, pero me cuido mucho y por lo general trabajo solo. ¿Te enteraste de lo que le hicieron a Manolo, no? Lo emparrilló la yuta de robos y hurtos. se les quedó ahí. Después tiraron el cuerpo desde el tercer piso. Suicidio, como siempre. ¡los hijos de puta!
-Pobre. lo leí en el diario. Sé que era primo tuyo, pero siempre fue un inconciente -dijo Hormiga.
Los dos ex-clientes de la penitenciaría de Caseros tomaron el café masticando, entre sorbo y pitada, algunos crocantes bizcochos de grasa. Recuerdos de la penitenciaría afloraron en la charla; fueron compañeros de ranchada un par de años. De vez en cuando uno de los muchachos del taller venía a consultar con Rogelio sobre algún problema de trabajo. Pasó un rato y Orlando lo apuró:
-Me mandaste buscar, no? ¿Qué andás necesitando, Hormiga? si puedo, y me conviene, cacho viaje. –le dijo.
-Mirá, viejo, te propongo un buen negocio y el vento taca taca. Necesito cubiertas de primera para un Dodge 200. pero en muy buen estado, Orlando: a medio palo cada una. Vos me avisás y me las traés a la noche. Pero el negocio es sólo con vos: no quiero perder otra vez. -le explicó Rogelio.
-Decime una cosa, ¿para quien es este fato? lo apretó el Profe.
-Eh, no te preocupés, compadre, es para un familiar. quedate tranquilo, Orlando.
-¿Así que es para alguien de la familia? volvió a preguntar Orlando. No le creyó.
El Profe lo semblanteó, y luego, un poco dubitativo, le aceptó el encargo. Le advirtió, sin embargo, que levantar un camión sin ayuda es un yeite complicado. Pero le dijo que no se preocupe.
Retornó por Zelarrayán, se metió en el valiant, y mientras observaba las caprichosas figuras que bocetaba el humo del cigarrillo, el Profe repasó sus relaciones con Rogelio. Arrancó y enfiló hacia Valentín Alsina. Algo del asunto lo enfadaba, pero no sabía exactamente qué.
Cruzó el Puente Alsina, siguió por Remedios de Escalada y se detuvo frente a su casa. Marta volvía de la panadería y lo alcanzó en la puerta. Lo besó y entraron juntos. El instinto comenzó a darle a la jermu la señal de alerta.
Era casi mediodía; Orlando se sentó en la cocina y le pidió a Marta que le sirviera un Gancia blanco. Mientras ella se afanaba entre cacerolas y sartenes, el Profe comenzó a elucubrar el plan de trabajo. Esa noche pensaba salir en busca de la mercadería. Iba a iniciar su recorrida por Villa Caraza, Fiorito, Villa Diamante, Domínico y Sarandí. Conocía la zona palmo a palmo.Es cuestión de suerte, pensó en silencio.
Marta lo miró al pasar, se frenó delante de él con un par de cebollas en la mano, y le dijo intrigada:
-Estás muy callado y pensativo. ¿En qué andás? Mirá que te conozco, Orlando. -y mientras esperaba la respuesta paseó la lengua por los cantos de su boca, resecos de disgustos.
El Profe sonrió con candor; los labios apretados parecían una avenida de dos manos y en sus ojos -que a veces insinuaban fugaces rasgos de fiereza- se advertía un extraño fulgor.
-¡Ay! Martita, Martita, vos siempre viendo cosas raras:¡no ando en ningún corno -le aseguró él sin convicción.
Ella siguió con sus faenas; pero la cabeza le bombeaba recuerdos desagradables. Pretendió evadirse, no mirar ni volver al pasado. El Profe se encaminó al vestíbulo, hizo una llamada telefónica, averiguó, anotó en un papel y se despidió de su interlocutor. La mujer le anunció que el almuerzo estaba listo.
La cocina parecía un salón de baños turcos. Los vapores de las ollas flotaban en el ambiente, se olían frituras y aromas de exóticos guisos catalanes. Orlando se sentó al lado de Estrellita, su hija mayor. El almuerzo transcurrió sin mayores incidentes. El Profe dejó el plato limpio y bruñido; terminó el vaso de Crespi y regresó al valiant no sin antes besar a sus hijas y a Marta. Ésta le recordó que estaban a principio de mes, que debían ir de compras. La despensa se estaba vaciando.
Orlando necesitaba un socio para cumplir el encargo de Hormiga Negra. No quería recurrir a ningún compinche del hampa. Tuvo muy malas experiencias: la primera y única vez que hocicó fue por culpa de un bocón, torvo en la pinta y regalado en las malas. Lo encanaron por marmota y cantó mejor que Fiore. Sin apretarlo, tratándolo como a un hijo, el gilún vendió hasta a la madre. Orlando se comió tres años en Caseros. Desde entonces trabajaba solo; la única excepción fué el primo. pero la yuta había jubilado a Picapiedras de facto.
Ese mediodía, antes del almuerzo, el Profe habló con Renato Fideo Fino. Lo conoció en la cárcel; simpatizaron y se hicieron amigos. Orlando lo llevó a su ranchada y la relación se mantuvo incluso fuera de los barrotes de Caseros. Sabía que era de fiar. Pero dudaba de que Fideo Fino aceptara darle una mano en cuestiones de choreo. Renato era un as en el toque de papeles, cheques, documentos, dibujos e impresiones especiales. De todos modos, quería probar. Se llevó una sorpresa: Fideo Fino le dijo que sí, que estaba dispuesto a ponerle el hombro, que contara con él. Ese mismo día el Profe y Renato se encontraron en el café de Triunvirato y avenida de Los Incas. Orlando le contó la conversación que tuvo esa mañana con Rogelio (también Fideo lo conocía) y que había resuelto aceptar el encargue.
El flamante socio le preguntó:
-Y decime, che: ¿vos le tenés confianza a Hormiga?
-¿Porqué me lo preguntás, compadre? inquirió el Profe.
El amigo se encogió de hombros y le aclaró que nunca le gustó Rogelio. Aunque no sabía porqué. Se despidieron cordialmente; Orlando le prometió que días antes de efectuar el trabajito se iba a conectar con él. Y cada uno tomó por rumbos distintos.
Después del almuerzo, Marta se ocupó de ordenar la cocina. Luego se dirigió al dormitorio y se recostó sobre la cama: Por Dios, no quisiera volver a esas colas en la puerta del penal, entregar el paquete en seguridad, pasar la revisación y el toqueteo de las botonas brutas y tortilleras, visitar a Orlando en medio de ese barullo infernal, rememoró angustiada.
Alejó los recuerdos pero no pudo dormir y decidió levantarse. Regresó a la cocina y se preparó un mate; al rato entró la hija, Estrellita. Conversaron sobre temas de la escuela y Marta, ya serena, salió a hacer algunas compras. Regresó enseguida y encontró al Profe en la cocina. Se mostró seria, con mala cara. De todos modos, arregló el mate y le cebó algunos. Pero luego le largó el rollo.
-Decime un poco ¿vos querés volver a la gayola? Otra no me aguanto, Orlando. Pensá bien lo que vas a hacer -le imploró la mujer.
-Escuchame, piba, yo nací chorro y voy a morirme chorro; y vos lo sabés muy bien ¿O de qué creés que estamos viviendo? ¿Con la ayuda de San Cayetano? No sirvo para negocios limpios, que al fin de cuentas son sucios y rastreros, mucho peor que las cosas que hago yo. Esos negocios honorables son una macana más grande que el obelisco, y los comerciantes son ladrones de corbata y cuello duro que te arreglanlas balanzas, te achican el metro, te curran en los vueltos, te encajan falopa por seda y percal por terciopelo, falda por asado y gofio como el tónico de la salud eterna. Dejame, Marta, que yo soy chorro y no la voy de santo o Jesucristo. ¡Viví en la realidad y no soñés al pedo! Marta se quedó seria, sin animarse a seguir la discusión. Desde antes del casorio ella sabía que Orlando Roig vivía del escruche y el levante. Lo miró a los ojos; luego se ablandó, sonriéndole. Dieron vuelta la página. En realidad, esa era una función que se repetía con periodicidad: al menos una vez por año... Como la gripe.
Orlando viajó con el auto a la estación de servicio, cargó especial, compró cigarrillos y pegó la vuelta ya preparado para la ronda nocturna. Ataviada de gala, la luna fulguraba en el firmamento mientras un viento morboso y sádico congelaba orejas, narices y dedos de viejitos desprevenidos.
Después de medianoche el Profe salió con el valiant y rumbeó hacia el sur, cruzó la Hipólito Yrigoyen y se fue acercando a Sarandí. En las calles ni un alma; las gentes se arrebujaban en sus cuchas. Él conocía al detalle las callejuelas y los recovecos de Avellaneda y Dock Sud.
Abrió la ventanilla y con un pañuelo limpió el parabrisas; su mirada escrutaba todos los resquicios de la noche: el cazador en busca de la presa. un Dodge 200.
La luna en cuarto menguante, sensual y seductora, se solazaba pervirtiendo las virginales sombras de la noche. Era un juego picaresco que distraía a los escasos noctámbulos del suburbio. Mientras tanto, Orlando se desplazaba por las callecitas de Sarandí. y allí lo vió, oculto en parte por un tímido arbolito prematuramente calvo, esperándolo impaciente: el camión y sus gomas.
Detuvo el auto a un par de cuadras; prendió otro cigarrillo y se encaminó con plácida pachorra al lugar de la cita. Relojeó las gomas y se decepcionó: no eran gran cosa. Liberó la presa y continuó la cacería. En la quisquillosa penumbra escuchó a un colectivo que paraba y reanudaba la marcha. Al rato, resonó el taconeo cadencioso de algún penitente solitario; o quizá el de un ebrio que perdió el rumbo; o tal vez de una minusa que volvía exhausta, luego de ardientes escarceos amorosos en algún encuentro furtivo. Los pasos se fueron acercando y siguieron de largo, desvanesciéndose en la noche.
Gratuitamente, el viento repartía fríos a granel. Orlando levantó los solapas de su abrigo y pensó en abandonar, cuando al costado de una cortada emergió, soberbio, el camión de sus sueños. Se acercó, acarició las cubiertas. suaves como la piel de una piba de quince pero duras como sus pechos, pensó, mientras una sonrisa lo gratificaba. Dió una vuelta alrededor del Dodge, observó la vecindad y aprobó en silencio.
El valiant partió, tan alegre como su dueño. Los despojos de la noche acompañaban la soledad del Profe. El frío gateaba entre sus huesos congelados. Se le había acabado el paquete de cigarrillos. Buscó en las sombras el destello de algún quiosco que se apiadara de su vicio. Nada. En Villa Fiorito, un bar solitario parecía llamarlo por su nombre: el Profe no lo escuchó. Entonces divisó, a un costado y alejada, una luz mortecina. Compró dos atados de su marca, se rascó el pecho satisfecho y continuó viaje. Llegó a su casa de madrugada, cuando el sol, con pereza, desenfundaba sus cálidos rayos aprestándose para una nueva jornada. Orlando ya no vería el amanecer: dormía herméticamente. Con placidez de pibe que había hallado, por fin, el chiche de sus sueños.
Se despertó al mediodía. Una llovizna pavota dió la tónica del día. Marta le pidió que la lleve hasta la Av. Sáenz , al otro lado del Puente Alsina. Después de regresar almorzaron. Orlando les telefoneó a Hormiga y Fideo. Al primero le pidió que esté preparado para esa noche o la siguiente, que seguramente le iba a llevar la mercadería. Con Renato arregló para esa noche: irían juntos a verificar si la presa seguía en la zona. Si todo está en orden, tal vez me decida a levantar el Dodge hoy mismo, barruntó el Profe mientras tremoló su pecho.
Una idea le carburaba en la cabeza: ¿Y si mato a dos pájaros de un tiro?. El Profe pensó que el negocio de las gomas daba para más: ¿Qué iba a pasar con el resto del camión? Se puso en campaña para conseguir un aguantadero seguro. Pensó en la palabra ‘seguro’ y se sonrió con humor. Él sabía que el mundo del hampa tenía sus leyes y su honor, pero también conocía la escoria de los buchones al servicio de la yuta. Orlando asumía el mundo del delito como un proscenio donde el riesgo era dueño y señor. O como una apuesta en la que se jugaba la libertad o la vida.
Esa tarde la consagró a la búsqueda de un albergue para el Dodge. Después del levante tendría que sacarle las gomas para Rogelio, y luego dedicarse a las reformas: alterar los números de la patente, cambiarle los documentos, filetearlo de tanga, meterle ruedas cozí cozá y vendérselo a un reducidor (lo que era un riesgo), o llevarlo al interior y venderlo ‘de apuro’.
Recorrió el espinel del aguante. Unos ocupados, otros cerrados por fuerza mayor (léase: clausurado por orden judicial); desestimó algunos porque no le gustó la jeta de los dueños. Se acordó una vez más del Bizco Pedro. Estaba muy alejado, allí en el fondo de Ramos Mejía. Pero nada de lo que vio lo satisfizo; finalmente apostó por Pedro. Le telefoneó desde el vestíbulo:
-¿Como andás, Pedrito? Sí, soy yo, Orlando. Escuchame, necesito tu galpón para hoy o mañana a la noche. ¡sí, sí! hoy o el jueves a medianoche. ¿Medio palo para vos está bien? ‘tamos’, Pedro, chau, nos vemos. ¡sí!: luego o mañana. Chau.
Se tremoleó el bobo. Las cosas marchan al pelo, opinó, mientras la tos le sacudió el esqueleto. Impaciente, esperó la noche. Iba a ir con Fideo a buscar la revancha. En los últimos tiempos las cosas, por hache o por be, no se le daban.
Más tarde pensaba confirmar los datos, asegurarse de que ese era el predio habitual en el que estacionaban el Dodge, recorrer la vecindad y estudiar la ruta para llegar al fondo de Ramos Mejía atravesando Tapiales, La Tablada y San Justo. Detestaba riesgos inútiles, aunque era conciente de que el riesgo era inseparable de su profesión.
La llovizna y las solitarias apariciones de un febo esclerótico y acomplejado aburrieron la tarde. Orlando se entretuvo en el galpón del fondo. Revisó y ordenó sus herramientas de trabajo. En un aro agregó ganzúas y llaves de contacto, preparó cables con los extremos despuntados, alambres con diversas dobleces (el anzuelo) para destrabar los seguros de las puertas.
A las once de la noche tocaron el timbre. Marta abrió la puerta y Renato entró en la casa. Se conocían de las visitas en Caseros. Cambiaron algunas frases de cortesía y fueron hacia la cocina.
-Estás más flaco que nunca, Fideo -le comentó el Profe mientras se abrazaban. -¿Como llegaste aquí? ¿Viniste en auto?
-Tengo un Isard que se desarma solo: pero viaja -le explicó Renato. Los dos ex-presos se rieron a carcajadas. Tomaron el café preparado por Marta. Luego de servirlo, los dejó solos.
Orlando le dió detalles precisos del asunto y le narró lo de la noche anterior. Cerca de medianoche los dos compinches partieron hacia Sarandí en el auto del Profe.
-Quería decirte algo: yo te llamé a vos para que me dés una mano: ahora no tengo en quien confiar, Flaco. Sé que no te gusta el choreo y vos no vas a largar tus laburos con la pluma.¿no es así? Yo estaba seguro de que no agarrabas viaje, ¡te lo juro! le dijo Orlando.
-Escuchame bien, Profe: cuando yo llegué a Caseros era un frilo de veinte años. Todos los gorilas del pabellón seis me hubieran comido crudo. La mayoría eran chorros con pedigrí -le dijo Renato. Me diste una mano sin conocerme: sólo sabías que me agarraron por ser un gil sin carpeta; me llevaste a tu ranchada. Vos sabés que yo no la voy con el afano, pero no olvido a los amigos. A mí dejame retocar cheques, darle la biaba a una cédula: yo tengo viveza únicamente para el lápiz.
-Fideo, yo levanto autos, soy chorro, pero no ando en la pesada. Yo laburo en la oscuridad, sólo de noche; te lo bato pa’ que estés tranquilo: ¡conmigo nada de fierros!
Llegaron a las proximidades del feudo de caza mayor. Bajaron del auto. La una y media; la llovizna parecía un transparente tapiz de cenizas que alguien esparcía desde las nubes. No los molestaba; los dos amigos andaban a paso lento, el Profe con sus piernas combadas de cow-boy de película, y su amigo Fideo, que de reflaco y liviano, parecía flotar sobre un fangal imaginario.
-Allí está. nos espera -susurró el Profe mordiendo el faso.
Se fueron acercando mientras relojeaban la vecindad. Los ojos taladraron la oscuridad. Orlando le pidió al amigo que campaneara mientras él trabajaba sobre el Dodge. Le explicó qué hacer en caso de toparse con alguna valla policial y como llegar a la casa del Bizco, en los aledaños de Ramos Mejía. Se abrieron.Orlando se perdió en la noche convirtiéndose en una sombra más. Se arrimó al camión, trepó al peldaño de la puerta, sacó el manojo y comenzó a tantear con las ganzúas, una por una. no pasó nada. Con la pequeña y delgada barreta presionó sobre el borde superior del vidrio, insertó el anzuelo por la pequeña rendija y maniobró; en unos segundos escuchó el tac, el seguro se liberó y el Profe abrió la puerta, probó las llaves. en la quinta intentona el motor gimió de placer. Orlando lo aceleró, luego metió el cambio y el Dodge 200, como un pavo real, lució su pinta por las calles sureñas del gran Buenos Aires. Orlando hacía buena letra, paraba en los semáforos, y cuando se cruzaba con algún coche patrullero, ponía cara de chofer de camión que iba a cargar al puerto. El valiant, conducido por Renato, parecía el pato Donald persiguiendo a Frankestein. La caravana dejó atrás el sur. Luego de tajear La Tablada se fueron acercando al recóndito refugio de Pedro el Bizco, levantador jubilado y reducidor en actividad.
No perdieron tiempo; trabajaron con dos gatos, uno de cada lado. Sacaron las cubiertas con las llantas y metieron debajo los caballetes. Empezaron por las delanteras; le aflojaron media rosca a todas las tuercas. Al rato terminaron. Orlando le pidió prestada la camioneta a Pedro, cargó las gomas y cerró la lona. Al otro día se las iba a llevar a Hormiga Negra; pensaba manguearle las ruedas viejas para ponerlas en el Dodge robado en Sarandí.
Fideo le prometió que al día siguiente iba a volver con los documentos retocados. El Profe cambió la numeración del motor y el chasis; Renato retocó los números de las chapas y pintó dobles filetes en las puertas. Con las gomas viejas que Rogelio pensaba tirar, Orlando iba a terminar el maquillaje del Dodge. Tenía la intención de ‘reducirlo’ en Chacabuco o Junín.
Mañana gris, opaca. La neblina, sarcástica, se burlaba de los conductores que apenas si distinguían el frente de sus autos. Eran las ocho y pico de la mañana. Orlando y Renato acabaron su faena en el galpón del Bizco. El valiant viajaba hacia Valentín Alsina: los dos amigos se veían exhaustos pero jubilosos. El Profe le propuso que durmiera en su casa. Renato agarró viaje pero de todos modos iba a tener que ir a buscar los elementos de dibujo.
Orlando habló por teléfono con Hormiga y le avisó que esa noche le entregaba el pedido. Y que se acuerde del taca taca. Saborearon algunos mates y se ensobraron. Debían terminar ese día. Sin falta.
A las dos de la tarde ya estaban dando vueltas. Fideo fue a buscar sus cosas; regresó alrededor de las seis con toda la documentación. Salieron de pique hacia Ramos Mejía. En un bar, Orlando llamó por teléfono a Rogelio y le confirmó que le llevaba la mercadería.. Dejó el valiant cerca de la casa de Pedro, entraron en la camioneta y se dirigieron a la Capital. Renato estaba con Orlando pero se bajó antes: el Profe no quería que Hormiga los viera juntos.
Viajaron sin contratiempos y Orlando entró en Zelarrayán; en unos minutos arribó al taller: el morochón lo estaba esperando. Cerró el portón y se acercó a la camioneta; se saludaron. Rogelio liberó el toldo y revisó las cubiertas. Su cara exhibió una amplia sonrisa, satisfecho como un chimpancé empachado con bananas.
-Te portaste, Orlando: son gomas de primera -le dijo en estado de trance.
-¿Que esperabas, viejo? -le retrucó el Profe. -Escuchame: vos dijiste que las gomas viejas no las necesitás. ¿Me las pasás, Rogelio?
-Si me ayudás a cambiarlas, son tuyas -le ofreció el amigo.
En menos de media hora los dos compinches cambiaron las ruedas, Orlando cargó las gastadas en la camioneta, recibió el toco, se estrecharon las manos y el Profe pasó a buscar a Fideo. Partieron nuevamente hacia la provincia. Los dos amigos, con la colaboración del Bizco, montaron las gomas en el Dodge en un santiamén. Orlando le dió a Pedro su parte y una vez más la caravana se puso en movimiento. Empezaba el último acto de la obra.
Orlando le pidió a Fideo que le lleve el valiant a su casa. Él enderezó hacia la ruta 7 con la intención de llegar a Chacabuco a la madrugada. Allí lo esperaba un comprador.
En Luján el Profe se comunicó con Enzo Dogliatti y le confirmó que llegaba al cruce de Chacabuco a las dos de la mañana. El hombre estaba en el negocio de compra y venta de terrenos, pero hacía negocitos medio raros de vez en cuando. Esa era la razón por la cual Orlando viajaba a Chacabuco. Perdía tiempo y precio, pero el negocio con los reducidores de oficio era un fato riesgoso: casi todos eran buchones. En Cucha Cucha lo paró la caminera: mostró los documentos, hizo un par de chistes, convidó a los muchachos con cigarrillos y les pasó, sin disimulo, algunos billetes para la cañita.
-Todo en regla, señor, ¡buen viaje! recitaron a coro los botones.
En pocos minutos llegó a la entrada de la Capital del Maíz. Enzo ya estaba allí y Orlando lo siguió con el Dodge. Al rato arribó a un pequeño depósito; se sentaron en la oficina y fueron derecho al negocio. El Enzo Dogliatti ese parlaba y guiñaba el ojo sin pausa; y el Profe le retrucaba las guiñadas hasta que se avivó de que el tipo tenía un tic nervioso. ¡¡por un tris no se largó a reír! Al rato salieron y Dogliatti inspeccionó el camión, levantó el capó, se lo hizo arrancar: Acelerá. hacé los cambios. a ver el embrague.. Lo volvió colifato. Después lo manejó. Cuando regresaron le propuso una miseria.
Orlando se rechifló. Enzo subió la oferta, lloró un poco hasta que cerraron trato. Se dieron un apretón de manos. El Tano intentó meterle un cheque. ¡Para qué!
-Decime, Enzo, ¿qué corno te pasa? En estos asuntos no hay chirimbolos: la cosa es tome y traiga: dame el vento y agarrate el camión, -le dijo furioso. -¡Y que lo disfrutes!
-No te sulfures, Orlando; tomá, es todo lo que tengo. Y decime, che, ¿como te volvés pa’ Buenos Aires? ¿Vas a esperar el primer micro?
-No te aflijas, Tano, un amigo me viene a buscar - le dijo Orlando.
Se desearon buena suerte y el Profe empezó a patear por las calles aledañas. Fue probando las puertas: cuatro, cinco, seis autos, y todas cerradas. No tenía herramientas y la iba de descuidista. La noche era bien oscura y fresca. Vió un Falcon azul, pasó, pegó el manotón y se largó a chillar una alarma vocinglera. No se alteró. Continuó caminando con sus piernas combadas, el cigarrillo pegado al labio y la mirada de rapiña oteando hacia los cuatro puntos cardinales. Transpiraba a pesar del frío. Se acercó a un 404 bien frappé, presionó el botón de la puerta. y se encontró sentado al volante, cortó los cables. En segundos el Peugeot comenzó a viajar por la carretera de salida de Chacabuco rumbo a la Capital. Los de la caminera lo reconocieron y lo saludaron alegremente.¡Viva la pepa!
Flor de paco tenía encima. Las nieblas de la General Paz le hicieron aminorar la marcha. Debía desprenderse del auto cuanto antes: no quería riesgos. Seguramente el dueño ya había hecho la denuncia. Lo abandonó en un basural de Villa Lugano, tomó un taxi hasta Puente Alsina y descendió en la Av. Sáenz. Miró la hora: las ocho de la mañana. En el primer bar que vió abierto se dispuso a hablar por teléfono. Sonó varias veces hasta que Marta atendió. por la voz el Profe se avivó: ¡hubo batida! Antes de ir a la casa, después de un trabajo, a veces telefoneaba. Eso lo salvó.
Se ubicó en una mesa, pidió un café doble; lo tomó lentamente. Estaba serio, pero la plata le hacía cosquillas en el bolsillo. Llamó a la casa de Fideo.
-¿Hola, hola?. ¿quién es? -preguntó el muchacho con voz de cobija tibiecita.
Orlando reconoció la voz de Renato, que seguía preguntando, ya con ira, quien lo despertó.
-¿Podés hablar, pibe? Soy yo, Orlando. ¿Sabés qué carajo pasó en mi casa?
-¡Suerte que no fuiste a tu casa, Orlando! Cuando llegué a la esquina de tu saca ví un quilombo de órdago, dos Falcon de la yuta, tipos gritando. Yo me escurrí porque antes de ir para allí me encontré con una mina. Es todo lo que vi, no sé nada más. Decime dónde estás que te llevo el auto y charlamos: ¡Qué tarro, che!
A media mañana Renato se encontró con el Profe. No le aportó ningún dato nuevo; Orlando telefoneó a su casa. Marta atendió, ya más tranquila, y le narró sucintamente que alrededor de la una llegó la policía buscándolo como si fuera Al Capone. Entraron, investigaron en el galpón y la interrogaron unas cuantas veces. Finalmente, dejaron a dos tipos para esperarlo. Marta le dijo que se habían ido hacía una media hora. Ella salió a hacer algunas compras, se fijó si andaban merodeando pero no los vió. Tampoco a los autos.
Orlando le anunció que no iba a ir a la casa por unos días y que le mandaría guita con la suegra. Además, le pidió que empaquete todas las cosas de la casa dado que se iban a mudar: Esa vivienda -le explicó- está achicharrada y allí no nos podemos quedar. Marta, escuchame otra cosa: yo voy a hacer algunas diligencias y averiguaciones. Cuando decida hacer la mudanza te voy a avisar con tiempo; vos hacé los paquetes. que los muebles los compramos nuevos. Era hora, ¿no te parece? agregó con una carcajada. Se despidió y prometió llamarla a diario.
El Profe y Renato tomaron por la Av. Sáenz hasta Zelarrayán. El Profe dobló por ésta y pasó por el taller de Hormiga. Estaba cerrado. Miró la hora: las once. Ya no tuvo dudas.
-Éste me batió, Renato. Seguro que el infeliz encargó las gomas para un reducidor. Y el reducidor, después que las recibió, le mandó la yuta para no pagarle y empavurarlo. -sentenció el Profe.
Orlando le entregó a Fideo una parte de lo convenido. Resolvió borrarse por unos días; pensaba visitar a algunos amigos para averiguar qué pasó con Hormiga.
-Escuchame, pibe: vos borrate por un tiempo y no se te ocurra comentar con nadies, pero con nadies, que anduviste en este fato. ¡Cuidate, pibe!
Durante una semana el Profe salió de circulación. Todos los días hablaba con Marta y sus hijas. También telefoneaba al taller de Rogelio.Como a los diez días, Hormiga en persona atendió el teléfono; Orlando lo sorprendió y no le dió tiempo a nada.
-Me la hiciste, buena, buchón.¿Así que ahora sos ortiva de la yuta? le dijo el Profe.
-Escuchame, Orlando: ¡no sabés las que pasé! El tipo que compró las gomas es de Quilmes. me jodió! La cana de Ezpeleta se me vino al humo apenas el tipo se fue con las cubiertas. Estaba todo arreglado: me fajaron, me sacaron todo el vento y encima les tuve que garpar una millonada para que no me abran causa. no tuve más remedio: flaco, ¡te lo juro!
-Callate, buchón: me diste el manyamiento. Yo me fuí de tu taller antes de las diez de la noche y a las dos horas llegaron a mi casa. Te creía más hombre. sos una basura, Hormiga. Y ahora por tu culpa mi expediente, que estaba tapado en algún armario lleno de polvo, está entre los primeros! ¡No querías que trabaje con socios y vos me engrupiste con un reducidor! ¡Andá, infeliz! le gritó el Profe.
-Orlando, oíme, estoy arruinado. voy a tener que cerrar y vender el taller. Estoy endeudado y con la guita que tuve que pagarles me dejaron sin resto, hermano. Creéme por favor, Orlando, me arruinaron la vida, estoy terminado. -lloriqueaba Hormiga.
Cortó la comunicación. El rostro de Orlando exteriorizó la fría cólera que lo invadía. Esa noche se encontró con un viejo compinche de la ranchada de Caseros. Le pidió una gauchada muy especial.
Durante las dos semanas siguientes el Profe se ocupó de resolver y ordenar todos los asuntos pendientes. Alquiló un departamento en Almagro; un abogado que le recomendaron le confirmó que tenía abierto el prontuario, pero aún sin pedido de captura. Luego de asegurarse que su casa no tenía vigilancia, arregló el traslado de Marta y sus dos hijas a la vivienda de unos parientes.
Al día siguiente, un camión cargó los muebles más esenciales y los paquetes con enseres y ropa embalados. Orlando no le dió la dirección al camionero: simplemente, lo mandó a una esquina del barrio de Almagro. Durante el viaje se aseguró de que nadie los seguía. Cuando llegó al lugar convenido, Orlando le dió los datos y terminaron la mudanza.
La familia, como en los cuentos con final feliz, se reencontró en la nueva vivienda. Se podría agregar que Marta y Orlando se casaron, tuvieron hijos hermosos y sanos y fueron muy felices. La cuestión es que ellos ya estaban casados, tenían dos hijas -realmente hermosas- y a su modo eran felices. Aunque el Profe siguiera levantando vehículos, gambeteándole a las sombras y a la yuta.
Al mes de los hechos narrados en estas páginas, Orlando Roig envió a un compinche a visitar el taller de Hormiga Negra so-pretexto de hacer un arreglo mecánico. De esa visita el Profe llegó a la conclusión de que Rogelio era un confidente de la policía, que las lágrimas vertidas en aquella conversación telefónica fueron un sainete a lo Sandrini. Aquel recelo de la primera charla, esas dudas de Fideo Fino acerca de la fidelidad del morochón estaban justificadas. El Profe, entonces, volvió a comunicarse con al antiguo compañero de la ranchada de Caseros y le pidió que proceda.
Los vecinos de Zelarrayán y Doblas se despertaron en mitad de la noche: el penetrante olor, y un humo oscuro y compacto, advirtieron al vecindario que del taller de Rogelio Vidal habían quedado unas pocas cenizas:
¿Cómo supo Orlando Roig, el Profe, que el taller de Hormiga Negra no tenía seguro? ·
5. Mandrake en el asfalto
Andaba medio esgunfiado. Él odiaba el tedio pero era una época brava, y Orlando sabía olfatear el peligro. Desde el asunto que tuvo con Hormiga Negra se limitó a trabajitos muy fáciles, de rutina. La yuta boleteaba sin asco y los confidentes trabajaban horas extras. Dos antiguos compinches del Profe fueron boleteados en un baldío cerca de Tapiales: Dos maleantes muertos heridos de bala -decía el titular de Crónica- fueron hallados cerca de las vías del tren. La policía informó que se trataba de un ajuste de cuentas entre gente del hampa.. La historia de siempre. Los botones los cosían con las metralletas, los tiraban en un basural y después aparecía la versión oficial.
El Brujo López Rega les había dado a los canas gatillo libre. Comenzó entonces una orgía de sangre. Grupos parapoliciales, organizados al margen de la ley, iniciaron la caza de zurdos y chorros. Con respecto a la gente de avería, los que no pagaban rescate eran exterminados por los vengadores justicieros (la Triple A y otros grupitos de asesinos de la federal o la provincial).
Eran los tiempos en que el viejo Perón, liquidado por la arterioesclerosis, ponía la cara, y el cabo López Rega movía los hilos de la represión, mientras la pavota nacional tenía el tupé de plagiar, pobre turra, a la Evita original. Eran los adelantados del proceso.
Orlando había ganado sus buenos mangos con el último negocio. Y a pesar de los riesgos, debía ponerse en campaña. Los morlacos no echaban cría.
Una tarde de junio del 74, fresca e inocente, mientras el viejo Perón se iba muriendo, el Profe decidió acabar con el sebo y el aburrimiento. Hacía poco que se había mudado. Los aires de Almagro no le gustaron y se afincó en Mataderos, en Alberdi y Oliden, en una casita con entrada para auto, jardincito adelante y un fondo que daba a la calle Lafuente. Hay que cubrirse el espiro, pensó el Profe, mientras revoleaba los ojos y calculaba las ventajas de tener una salida de emergencia.
El valiant de Orlando había tenido un choque fiero. La carrocería quedó más arrugada que el fuelle de Pichuco y, naturalmente, el Profe se ocupó de encontrar un siamés de color negro. Lo halló, le puso el motor salvado del siniestro e incluso le cambió las partes mecánicas deterioradas por el uso.
Decidió ir a visitar a Néstor, el mecánico de la línea 24. Desde el asunto del polara las relaciones entre ambos quedaron un poco tensas. Pero Orlando sabía que el muchacho no tuvo la culpa y a las pocas semanas se amigaron. Néstor le ajustó el motor del valiant y de vez en cuando le encargaba boludeces. Como para ir puchereando.
Salió de su casa mientras en el cielo chispeaban estrellas fisgonas. Las copas peladas de los árboles se columpiaban al compás del viento nocturno. La noche se esbozó fría, desagradable. Tomó hacia el sur y entró por San Juan. En Alberti se detuvo un par de minutos para comprar cigarrillos. Y entonces lo vió...
-Rabanito, ¡me cacho en dié! Mirá dónde te vengo a encontrar, hermano! le dijo el Profe
Pedro Perico Bonetti (a Rabanito) parecía un fósforo de madera con dos piernas lungas, y los brazos como remos de piragua. La cara era un triángulo ahuevado, con el vértice en la cabeza. La cabellera, una jungla roja acomodada entre rulitos ensortijados, y algunas canas solitarias cruzándole la zabeca. Su andar asemejaba a un muñeco de cuerda, cuya cabeza marcaba el compás. Como si la batuta de D’Arienzo le señalara el ritmo: movimientos cortos, rápidos y secos de todo el cuerpo. Se sonrió, miró al Profe y meneó la cabeza.
-A vos te mandó Dios, Orlando, ¿como sabías que te andaba buscando? Tengo un yeite de varios palos y necesito un chofer. mita y mita, colo, mita y mita! le dijo en un suspiro.
Fueron a tomar un café, y mientras el Profe templaba su bobo Rabanito le explicó el negocio. Su voz era media roncoroni, como un trombón desafinado que a veces se atascaba. Un caso clavado para el foniatra.
-El dato viene de adentro, te lo bato seguro. Un tirifilo que trabaja en la aduana anda con la hermana de mi jermu -es descuidista en los ratos libres ¿manyás? Hablando de pavadas me contó detalles del fato. Una carga muy grande de cigarrillos importados. por lo menos cincuenta palos de la reventa. Tengo todo planeado. El camionero va a viajar con un acompañante: van a Córdoba por la ruta ocho. Los podemos apretar entre Venado Tuerto y La Carlota. Ese tramo de la ruta es una papa, Orlando: trabajo fácil. Además, tengo el comprador con vento en la mano.
Orlando no se impresionó. Los ojos de ave de rapiña perforaron a Rabanito; el colorado sintió que lo estaban punzando con un estoque de punta fina. Entornó los ojos y contempló a los clientes del bar.
-Dame más detalles, Pedro. ¿Qué me batís con eso de apretarlo? Yo hace mucho que trabajo limpio; en el levante no uso chumbo, ¿entendés? Si hocico mala suerte: máximo me como un garrón. Si pirás o vas pesado te boletean: siempre fué así pero hoy te buscan y te revientan sin asco -le dijo el Profe
-Escuchame, Flaco, ¿como podés hacer un laburo de pirata sin pesada? No hay manera. Batime vos, Orlando, como salís de la seca sin arriesgar –le retrucó Rabanito.
Se quedaron en silencio. El Profe sorbía el café, la mirada ausente y el bocho carburando con el acelerador a fondo. Puso cara de gil, miró a Pedro con una sonrisa muy peculiar y se acodó discretamente. Desde una mesa cercana se escucharon risotadas: parecían el escape de un tractor diesel.
-Yo tengo la precisa: hay que hacer magia, como Mandrake: nada de fierros. Creeme lo que te bato, varón -le dijo Orlando mientras arrugaba la frente y aspiraba con fruición el humo de su cigarrillo.
El Profe se apoyó en la mesa y le chamuyó un rato en la oreja. El Perico lo miró de costeleta; primero sorprendido y escéptico. Luego, pareció cautivado.
-¿Pido otra vuelta, Flaco? Dejame masticarlo un poco. no sé si es la precisa pero vale la pena tomarla en cuenta -le aseguró Rábano.
-Mirá Pedro, yo iba hacia Barracas por un encargue. Ando corto y necesito biyuya: te doy hasta mañana al mediodía. Dejame tu teléfono y yo te llamo, ¿estamos? le propuso Orlando.
-No puedo, me dieron la cana y ando a los saltos: dame el tuyo o nos encontramos donde quieras. Te funciona el carburador, Orlando -le dijo con una pizca de admiración.
-Fenómeno, ni una palabra más ¿te queda bien en Boedo y Independencia a las doce? le sugirió.
Quedaron de acuerdo. Orlando pagó la cuenta, se estrecharon las manos y salieron. El Profe agarró para su casa. Era tarde; seguramente Néstor ya no estaba en el taller.
Se veía serio; tal vez un poco preocupado. El negocio prometía vento pero a Orlando no le atraía el asalto a mano armada. Pedro es de ley pero le gusta la pesada: de seguro que se va a venir con el fierro, pensó. El negocio y el socio lo inquietaron: era como meter la cabeza en un polígono de tiro.
Recordó la primera vez que anduvo en la joda. Tenía diez y siete pirulos cuando una noche de lluvia subió a un taxi dispuesto a probar. El tachero era un viejo con cara de marmota. Le pidió que lo llevara hasta Murguiondo y Echandía, en Mataderos. Durante el viaje el hombre no paraba de blablear y Orlando, a pesar del frío irrespetuoso que hacía esa noche, tenía calor. En el bolsillo de la campera apretaba medio nervioso la Beretta calibre 22. Se la había comprado a un feza puro espamento por unos mangos. Cuando el taxi llegó a destino, Orlando metió la mano en el bolsillo, tragó saliva y la nuez de la garganta parecía un ascensor sin chaveta subiendo y bajando sin pausa, lo atragantó: no podía preguntarle cuánto era el importe... tomó coraje: la mirada fiera del Profe se clavó como una cimitarra en la cara del viejo y le gritó ¡Dame la guita o te quemo! El tachero no se empavuró: era bastante mayorcito. Sin perder la compostura le habló:
-Tranquilo, pibe, te voy a dar la guita pero no me apuntés. estás muy nervioso: tomá, agarrá estos mangos pero no me boletiés. no te vale la pena, sos muy pibe y para vos sería una desgracia; también para tus viejos. Tranquilo, pibe; el trompa no va a creer que me fanaron pero a mis años tengo que rebuscármela de noche, no quiero perder el laburo ¿entendés? Tomá, cachá la guita y andate.
-¿Para qué mierda me contás tu historia? ¿A mi que me importa si sos el trompa o peón? Bajá del coche, tomatelá, tomatelá! le gritó Orlando con un gargajo en la garganta.
-Tomá la plata, pibe, dejame unas chirolas para volver a mi casa, y rajá del choreo, haceme caso -le dijo el viejo taxista mientras bajaba del tacho.
-No quiero tu plata, ¡metétela en el culo! le gritó Orlando, y poniendo la primera con la palanca en el volante salió disparando. La mirada fiera se le esfumó. Estaba con bronca, recordó Orlando, pero esa noche aprendió que él no estaba hecho para el aprete con el fierro: él no iba a ser un asesino.
Mataderos estaba quieta. Una nube compadrita le cerró el paso a la luna y algún aullido extraviado en la lóbrega sordidez de la noche puso la nota jovial. El olor rancio, persistente y seboso del matadero se le filtró por la nariz de ave de rapiña. Entró en su casa acompañado por el fresco de la calle. Marta, con su perspicacia intuitiva, pescó al vuelo que el marido barruntaba algo.
-¿Las chicas duermen, Marta? Si tenés algo para picar me tomo un Gancia, ¿me acompañas? le dijo.
Cortó un salamín, algunos cachos de provolone y acercó un par de vasos. Las figazitas estaban medio gomosas. Con el cigarrillo en la boca Orlando escanció el vermú, echó soda y le alcanzó el vaso a Marta. Ésta lo miró fijamente; luego de pegarle un sorbo y agarrarse una feta de salame lo encaró:
-¿En qué andás, Orlando? ¿Preparando un fato raro, no? Estás demasiado amable para mi gusto.
-Otra vez con lo mismo; mirá que ya hablamos del asunto muchas veces -le recordó él.
Con el producto de su último trabajo los Roig compraron la casita. Por primera vez la guita no se les piantó en pavadas. Pero Orlando no podía mantener la casa con su flamante trabajo de tachero. El taxi era el pretexto, la cobertura de honorabilidad, su diploma de ciudadano celoso de la ley. E incluso, la explicación que tenía para sus hijas, los vecinos y la cana.
Pero el vento es volátil, como el tinner. Se evapora y hay que reponerlo. Eso es lo que Orlando le explicó mientras iba masticando la picada con fruición. Se fueron al dormitorio, y echados sobre la cama, el Profe y Marta, sin proponérselo, culminaron la noche en un abrazo sensual y tempestuoso. Como para festejar la tormenta, que pasó de largo.
Salió a la mañana temprano. Con el valiant convertido en taxi se dedicó a levantar algunos pasajeros. El último viaje lo dejó en Barracas; y se broncó: ¡¡Se olvidó de bajar la banderita! Miró la hora y enfiló para San Cristóbal; Rabanito lo estaba esperando. Estacionó sobre Independencia y se encaminó hacia el bar. Lo vió sentado en el fondo, tapado por una columna. La cabeza parecía una antorcha olímpica y sus ojos, en estado de alerta, observaban el movimiento del bar. Se saludaron y fueron derecho al grano.
-Tu idea es buena, Orlando, pero tiene un punto flojo: hay que aguantar el camión después de levantarlo. Máximo en media hora tiene que desaparecer de la ruta -sopló el trombón de Rabanito.
-Si vos estás de acuerdo con mi proposición, tengo también la precisa para después del aprete. Pero tenemos que saber qué día y a qué hora sale con la carga. Sin ese dato estamos jodidos -le dijo Orlando.
-Te lo bato ya mismo: el próximo lunes por la mañana saca la carga de la aduana y a las nueve de la noche sale para Córdoba por la ruta ocho. Alrededor de las dos de la matina va a andar por Venado Tuerto. Nosotros tenemos que esperarlo allí en la zona y pegar el manotazo ¿Qué te parece?
-Antes de Venado Tuerto no va a parar. Tampoco tiene adónde. Yo te digo lo que vamos a hacer. -Bajó la voz hasta convertirla en un susurro inaudible. Rábano iba asintiendo. Ya no preguntó más.
El Profe le sugirió que viajara hasta Venado Tuerto en colectivo.
-Escuchame, viejo. Vos tomate el ómnibus de las cuatro de la tarde: vas a llegar a las diez. Pero no te quedés en el bar de la parada. Después de la Esso hay una fonda en la que comen los camioneros. Sentate a morfar: yo voy a llegar con el tacho entre diez y diez y media, ¿estamos?
-Entendeme, Orlando: si topamos una barrera de la yuta me manyan y pierdo. Prefiero comerme el garrón esperándote en el boliche, y no hocicar en la gayola. Sí, mejor nos encontramos allá. Además, el que me dió el dato quiere venir en yunta conmigo: ¿ a vos que te parece? le preguntó Pedro.
-Por lo que me batiste del tipo, no me gusta. Decile cualquier cosa pero no me lo traigás. ¡Borrálo! le advirtió el Profe.
Completaron los detalles y se despidieron hasta el lunes a la noche. Por las dudas, le dió el tubo de Néstor y le pidió que le confirme el lunes a las tres de la tarde. Se abrieron. Orlando retornó a Mataderos. La mesa ya estaba puesta. Besó a sus dos hijas, le dió una palmada en el trasero a Marta y se sentó sonriente. La comida transcurrió sin incidentes. Pero la morocha lo junaba cada vez que le servía algún plato. Él se se puso a charlar con las hijas.
-Escuchame, nena -le dijo a Marta-: el lunes salgo a trabajar de tarde y no vuelvo a casa hasta la mañana. No me esperés y no te hagás ningún problema.
Ella lo miró con inquietud y desazón. Pero no le replicó. Era la mujer de un ladrón de autos. Ya antes de meterse con Orlando Marta sabía que él era un soco de avería. En todos sus años de matrimonio ella no desconocía el origen de los ingresos. Hizo un mutis elegante y se puso a lavar. Orlando se fue a yugar un par de horas arriba del taxi. En la zona del Once estacionó frente al boliche de Catamarca y Alsina. Encargó un café, y le pidió al gaita con cara de sapo el teléfono. Se comunicó con un compadre santafecino (compañero de Caseros) retirado de la profesión, y lo chamuyó un rato. Parece que el loco le dió el sí, porque la jeta angulosa del Profe se agrietó jubilosa, y los labios delgados y finos bocetaron una sonrisa nada chirle. Respiró profundamente, con indudable alivio. Tomó el café con borra, chasqueó los labios y salió a la calle con un brillo en los ojos y el faso colgado de los labios...
El fin de semana pasó tranquilino. El domingo toda la familia Roig se fue a comer parrillada a un bodegón de categoría en San Telmo. Una siesta interminable y movida culminó el ajetreo dominical.
A las seis de la tarde del lunes el valiant, lustroso de un negro betún, compadreaba por la Panamericana. Al pasar Talar del Pacheco prendió la radio; Jorge Vidal dramatizaba Vieja Recova y los fueyes y violines de Pugliese le bordoneaban un fondo sentimental. Los ojos, agazapados en la oscuridad y alertas, no perdían ningún detalle. A las nueve dejó atrás Pergamino y metió pata. Cerca de Venado Tuerto desaceleró. conocía a los bribones de la policía santafesina. Ya tenía el rollito con los billetes entre los dedos. Cuando lo paró la caminera y luego de las frases consabidas Orlando le pasó el paco y siguió hasta la Esso , ya fuera de Venado. A unos ciento cincuenta metros estaba la fonda. Dejo el auto a un costado, lejos de los camiones. Entró fichando a los comensales. Vió a Rabanito en un costado, atacando un bife de chorizo bien jugoso. Con el gorro de lana encasquetado sobre el bocho parecía un caníbal disfrazado de Caperucita Roja.
Encargó una milanesa medio caballo, un litro de tinto de la casa y se puso a conversar con el socio. Pedro le dijo que el camión salió a horario, según el chamuyo del pelafustán. A las once y media pagaron y se hicieron humo. Fueron hasta el valiant; sentados en la oscuridad se pitaron un atado. A la una recorrieron las calles de Venado Tuerto. Finalmente entraron en la estación de servicio, cargaron especial. Orlando le hizo revisar el agua y aceite de grupo, luego pagó y le dió la propina, más jugosa que el bife que se engulló el socio. Estacionó en un lugar discreto, levantó el capó y se puso a revisar las bujías. Cuando cerró la tapa del motor vieron pasar el ford con la cabina cerrada de Transportes Serranos. Se pusieron a tiro. Pero el camión no paró en la casa de comida; la noche era glacial y el viento que venía de la sierra siseaba sin misericordia: el pulsera marcaba la una y media clavada.
Atravesaron el límite de las dos provincias. Después de un rato el camión pasó un cruce de caminos y se dirigió hacia una YPF, entró, dejó el vehículo en la parte de atrás, y los dos camioneros desaparecieron en el bodegón pegado a la estación de servicio. El Profe paró a un costado de la ruta y le explicó a Perico cómo llegar al aguantadero, diez kilómetros antes de La Carlota. Eso por si se perdían de vista.
-Esto es un regalo del cielo, Rabanito: yo pensé que este gilastrón iba a parar en Venado. Pero ahora estamos más cerca. menos joda en la ruta. Así tenemos tiempo de amurarlo antes de que los choferes batan el asunto a la yuta. Vos acercame al fondín y después que levante el bulto veníte atrás mío. Chau, colorado.
Lo dejó en la ruta. Orlando se acercó al Ford; por azar había unos cuantos peso pesados estacionados al tun tun. Se subió al estribo, con el anzuelo destrabó el pestillo y se sentó al volante. La primera ganzúa maestra que probó le trajo buena suerte. Puso la primera y salió haciendo un rodeo por detrás de la fonda. Al entrar en la ruta prendió todas las luces y enfiló para el aguantadero que le arregló el santafesino. La carga olía a tabaco y el aroma penetraba por la ventanita. Con la zurda se dió un trémolo sobre el cuore: el yeite en camino.
Miró por el retrovisor: el valiant conducido por Perico venía a unos cien metros. Pero un Falcon se le insertó en el espejo un par de veces. La luz roja de alertacomenzó a centellear en su cabeza. Vió una curva muy grande en subida. Le guiño un par de veces a Perico y en cuanto entró en la curva apagó las luces, cruzó la ruta hacia el lado contrario, atravesó la banquina y se metió bien adentro, a unos doscientos metros del camino, amparado por la oscuridad y un pequeño bosquecito que le resguardaba. En un tris vió llegar al valiant.
-Escuchame, Rabanito: una de dos, o éste es un yeite manyado, o es una puta y jodida casualidad. De cualquier modo, nosotros metemos el mionca más adentro; aquí no hay tierra laburada o cría de animales. Nosotros nos volvemos con el valiant. Esto se nos complicó debute -le batió el Profe.
-¿Es por el Falcón ese que venía detrás mío, no? Yo también lo juné: los cornudos se acercaban y después parecía que se iban a barajas. Yo ya estaba listo con los fierros, Orlando, te dije que uno no puede saber lo que le espera.
Metidos en la cintura del pantalón sobresalían las culatas de dos revólveres bastantes macizos. El Profe no exteriorizó ningún gesto, pero sus ojos irradiaban ondas secas, frías y hostiles. La exhibición no le gustó nada. Ya se lo iba a recordar.
El incidente con el Falcon les enmarañó el negocio. Perico propuso seguir adelante pero el Profe le dijo que a esa hora la yuta ya estaba alertada, que tenían que buscar otra solución y olvidarse de ese vehículo. Pero si lo dejaban abandonado perdían el negocio, porque a la mañana de seguro lo encontraba la yuta. Tenían un par de horas para hallar la solución.
-Yo sé lo podemos hacer: perdidos por perdidos, vamos a jugarnos -dijo Orlando-. Estamos cerca de Alejo Ledesma. Vamos para allí, subite al auto. no discutas, ¡dale!
Llegaron a la ruta y tomaron en dirección a La Carlota. Al rato entraron en Alejo Ledesma; negros nubarrones tapaban la luna y un chaparrón les tendió la mano.
En una loma pegada al caserío, vieron un Leyland con la lona armada. El Profe le cuchicheó un par de frases y bajó del valiant. Mientras Perico tomaba el volante, Orlando se acercó al camión, dió una vuelta y comprobó que estaba vacío. Tenía chapa de Santa Fé aunque estaban en Córdoba. Encontró la puerta abierta; sonrió satisfecho y se puso a trabajar. Levantó la tapa del motor, unió los cables y una vez dentro del Leyland puenteó la corriente. El motor estaba frío y no arrancaba; pero al destrabar el freno de mano el camión se deslizó loma abajo y enseguida comenzó a roncar. Miró la hora: las dos y media. Sólo pasó una hora, todavía podemos salvar el yeite, pensó.
Al divisar el final de la curva, que ya era como de la familia, Orlando dobló hacia adentro. La lluvia golpeaba sobre la lona: semejaba virtuosos bailarines zapateando un malambo Divisó el bosquecillo y a duras penas columbró al valiant, que venía esquivando charcos.
Con la barreta forzó las puertas traseras del Ford: el Profe aculató los dos camiones y empezaron a mudar la carga. El frío les pasmó las manos aunque sudaban. El ritmo del trabajo era enloquecedor: parecía la cinta transportadora de Tiempos modernos de Chaplín....
-Tenemos que jugarnos, colorado: vos seguime a mí, pegado y sin perderme de vista. La yuta nos va a esperar en La Carlota , pero nosotros los vamos a joder. Vamos a pasar Venado Tuerto y Pergamino de costeleta, y luego bajamos hacia Rojas, Salto: tenemos que llegar a Chacabuco por que allá estamos arreglados, tengo un amigo. Y a lo mejor podemos vender el muerto - dijo Orlando.
No perdieron tiempo. Rabanito no entendía nada ni reconocía los lugares por los que pasaban pero el Leyland engullía las distancias. Antes de Rojas cargó nafta; también el socio llenó el tanque del valiant. A las cinco y pico llegaron a Chacabuco. Hubo tramos en los que el camión volaba. Al rato de traspasar las cajas, la lluvia amainó. El cielo seguía encapotado, pero no volvió a llover.
Dejó el camión en las afueras, junto a otros. En una estación de la Shell pidió la guía. Encontró el teléfono de Enzo Dogliatti. El hombre lo puteó. luego le dijo que fuera para la oficina del galpón que usaba como depósito. Sin mucho aspaviento, con discreción, le dijo el Enzo.
Llegaron en un rato. Dejaron el valiant a un par de manzanas. El Profe le advirtió que no abriera la boca, que él iba a hacer el negocio según se dieran las cosas. Dogliatti llegó con cara mufada.
-Buenos días, muchachos. Che, Orlando, vos me vas a hacer agarrar un síncope. ¡A la cinco de la matina! Pucha que sos exagerado. ¿Qué miércoles de apuro, tenías? Bueno, desembuchá, ¿qué tenés? inquirió el tano.
-Escuchame, Enzo, tengo una papa lista para vos: un camión cargado con cajas de fasos importados. Te vendo la mercadería y el camión te lo dejo por chauchas porque no está preparado ¿qué te batís? Tenés que decidirte ahora mismo; lo vamos a ver ahora, y si tu oferta es buena cerramos trato: te quedás con la mercadería y el Leyland -le propuso Orlando en un discurso de corrido.
El tano Enzo se relamió en silenció mientras guiñaba su ojo a repetición. Pedro pensó que el tipo los estaba jodiendo: casi se rechifla.
-¿Y quien es el coso éste? preguntó señalando a Rabanito, mientras iba a buscar la cafetera y algunos vasos que hacía mucho tiempo que no veían detergente. Sirvió el café y se quedó esperando.
-Me extraña, Enzo: ¿cómo se te puede ocurrir que voy a venir con un gilún? Éste fue mi compañero de ranchada en Caseros, un punto de muñeca, de los buenos. me extraña, Enzo. -lo untó Orlando.
-Quiero ir a ver la mercadería: si vale te doy la pasta, y si no llevatelá -le dijo Enzo.
Los tres se acomodaron en el rastrojero de Dogliatti. El comerciante dió una vuelta larga antes de viajar hacia el lugar. Bajó con una linterna, corrió la lona y ojeó el cargamento caminando alrededor del Leyland. Después miró el camión. Era casi nuevo. Se aproximó a los dos socios y les hizo una oferta. Orlando lo contempló con su mirada helada y penetrante, diciéndole con ira:
-Pero vos querés culearnos, ¿nos ves jeta de gilunes? Nosotros hacemos todo el laburo, arriesgamos el culo y vos nos querés arreglar con chirolas? No cambiás más, tano. Subí la oferta o nos piramos.
Volvieron a la oficina. Ya era de día, pero el cielo estaba encapotado y una bruma remolona jugueteaba en las calles de Chacabuco. Los tempraneros, con prisa de laburantes, bostezaban el madrugón. La oficina de Enzo parecía una heladera SIAM sintonizada en extrafrío.
Dogliatti dibujó una cifra en el anotador, con prolijidad y esmero. Los dos socios se miraron y el Profe le dijo que esa proposición no incluía el camión. El tano no se amilanó; subió un poco más su oferta y les batió que ese era el último precio. Agarraron viaje. Les dijo que iba a buscar la guita: Orlando no me acepta cheques, le comentó a Perico con una sonrisa. Y el guiño.
Salieron de Chacabuco después de las ocho de la mañana. Las bocas ufanas como buzones; y los rostros, cenizas pero radiantes, expresaban el alivio de la faena cumplida a pesar de los contratiempos.
Pedro se acomodó en el asiento, la cabeza girada hacia la ventanilla. Los primeros esbozos del nuevo día se esfumaban entre los pliegues cerrados de la niebla, que caía cortante sobre el asfalto. Cuando el Profe alcanzó a ver la barrera de la cana ya fué demasiado tarde. La bruma los jodió bien debute..
Cuando les pidieron que se identifiquen, Rabanito les dió el documento original. La yuta tenía la lista de capturas y en el acto le dieron la cana con esposas. El Perico ese: ni viveza tuvo para engrupir a los botones con un documento de prestado, pensó más tarde. Menos mal que el Profe enterró la artillería en los fondos del depósito de Enzo y de la revisión del auto no saltó nada. Pero también Orlando estaba prontuariado. Los llevaron a San Andrés de Giles; incluso al valiant. Un abogado malandra que le puso Marta sacó al Profe en quince días, cerrándole el prontuario sin caratular. Ducho y relacionado el leguleyo ese.
Le dieron la libertad desde la delegación de Luján. Marta y el abogado lo estaban esperando. En el auto del abogado viajaron hasta San Andrés de Giles. Después de un trámite y el papelerío que iba y volvía, le devolvieron las pertenencias y las llaves del valiant.
Orlando y Rábano tenían el espiche conversado desde antes de salir de Chacabuco. A Pedro Bonetti lo llevaron a Buenos Aires. Se comió un garrón más largo que la avenida Rivadavia. Pero el Profe le puso el mismo ave negra, que le alivió el prontuario y lo sacó limpio como al año, a pesar de que estaba pegado a una causa bien gorda.
Marta y Orlando llegaron a Mataderos después del mediodía. El Profe metió el valiant dentro de la casa, y aunque estaba lloviendo corrió el toldo del patio, pese a los alaridos de Marta y las chicas. Se tiró debajo del auto y luego de cortar el alambre que la sujetaba, sacó de arriba de la junta del caño de escape una bolsa de papel estañado que le dió el tano Enzo.
Llamó a la mujer, entraron en el dormitorio y el Profe abrió la bolsa: un imponente paco deslumbró a la morocha. Aunque no quiso, se rió como una gila provinciana, abrazó a su hombre, y luego se largó a hipar. Orlando la miraba con una sonrisa relajada. Le aclaró que la mitad era del amigo.
El robo de la carga de los fasos se convirtió en un enigma, en ser o no ser; estar o no estar. A los fasos se los tragó la tierra. Los tiras investigaban todos los datos, todas las pistas. Pero los importados se habían esfumado o, como lo contó Orlando con su risa contagiosa: Se hicieron humo. como un truco de magia hecho por Mandrake ·
6. El que roba a un ladrón
Hay veces en que uno encuentra la buena suerte a la vuelta de la esquina. O es lo que cree. Después de un largo tiempo de andar a la pesca sin recibir una buena baraja, Orlando Roig, sonriente pero con las antenas paradas, se topó con un viejo compinche del barrio. Chorrito barato, y medio deme cinco de verdurita, invitó al Profe a tomar un cafecito. Según le batió el ñato, tenía un negocio facilongo y rendidor, pero le faltaba un cuatro ruedas para transportar la mercadería.
−Escuchame, pibe, muy facilongo no debe ser, porque si te hace falta un mionca es algo bien serio. Y decime una cosa, ¿por qué me lo proponés a mí si te deja tanta biyuya? le dijo Orlando.
−Te digo, viejo: en el camino a Turdera por la Yrigoyen , cruzás las vías y agarrás a la derecha: hay una fábrica de la san puta. En los fondos tiran las sobras de aluminio y cobre. No hay vigilancia y podés cargar un camión: tengo el comprador y te garpa cuando le bajás la mercadería. pero el problema es que no tengo rapiflet, ¿entendés? es como si querés bailar y te falta una gamba! − dijo el cretino.
El Profe le prometió pensarlo: En un par de días te contesto. Pero Orlando no era otario; no se iba a enganchar con un raterito de morondanga, primerizo en un choreo de carpeta. El vecino (Luis Cacciatore era el nombre y en el barrio lo conocían por Cinco ‘e Gofio) se las tomó cuando manyó que el Profe había terminado la entrevista. El tipo era flaco como un alambre. Caminaba doblándose, mientras los brazos parecían péndulos espantando a una manga de langostas. Los pantalones eran dos tubos sostenidos por tiradores deshilachados y sucios. La chomba, de enorme que era, se mecía como una bandera enroscada en su mástil.
Orlando fue caminando hacia el valiant. Siempre que andaba por su viejo barrio visitaba a los compadres y finalmente caía en el bar de Cachimayo y Cobo. La brisa era caliente y la cara del Profe parecía una cascada, chorreándole gruesas gotas de un sudor pringoso y maloliente. Tenía que emparchar la goma de auxilio en la gomería de Troncoso, en Garay y Catamarca. El lugar era muy frecuentada por los frailes noctámbulos.
Los taxistas y camioneros sabían que el boliche de Tronco funcionaba día y noche. El dueño casi siempre laburaba hasta las dos de la mañana. La relación de Orlando con Troncoso tenía una faceta comercial. No para vivir pero al menos para pucherear. Esa vez fue de cliente a gomero: A cuenta de la casa, le dijo el Tronco, mientras sonreía y sacaba la lengua por el hueco oval de su boca con escasos dientes.
Sin saber cómo, le brotó el nombre Lechuga. Como un vértigo imprevisto. Su primo Manolo, el suicidado en el Departamento de Policía, se lo había mencionado. Orlando lo conocía, pero debido a sus especialidades diferentes tenían poco trato, aunque estuvieron una temporada juntos en Caseros.
Elvio Leguchoni (algún bastardo lo rebautizó Lechuga cocteleándole el apellido). Tipo bien parecido, con ojos verdes que llamaban la atención, y una voz que parecía una escofina limando un vidrio de sifón. Fumaba sin recreos y le daba al escabio sin asco. El negocio de Elvio era la compra y reventa de cualquier tipo de materiales y deshechos industriales. Orlando sabía que vivía por Castro Barros, pero no tenía la dirección. Ya lo iba a ubicar: tiempo al tiempo. Es que el negocio no le disgustaba.
Enfiló hacia Mataderos. Entró en su casa en el momento en que Marta, la mujer, preparaba la mesa para la cena. Luego del intercambio de arrumacos, los Roig ocuparon sus lugares y atacaron los vermichelis a la manteca, con más parmesano que pasta.
Orlando preparó una sangría con Crespi, le metió el jugo de un limón y una catarata de cubos de hielo. El calor apretaba y el ventilador sólo espantaba a los mosquitos cara rotas que andaban por el techo. Los más sádicos se prendían a las piernas y las dos hijas empezaron a chillar como pollitas histéricas. Marta encendió un Buda pero no sirvió de mucho. El Profe, haciéndose el oso, alegó un pretexto y salió de la casa. Al rato estaba viajando por la Hipólito Yrigoyen en dirección a Turdera.
Mucha gente de vacaciones en febrero. El tránsito era fluido, y los semáforos les hacían guiños a los conductores que pasaban en rojo.
Cruzó las vías del tren y enseguida tomó hacia la derecha. Vió a lo lejos los rectángulos fosforecentes de la fábrica. Estacionó el valiant y fue caminando hacia ellos. No pudo acercarse: esparcidos a unos ciento cincuenta metros de la edificación estaban los desperdicios. Extrajo una linternita y alumbró; se acuclilló y recogió un trozo en forma de ele. Era aluminio y por los alrededores había cualquier cantidad de montículos de aluminio. Se internó unos diez metros y le llamaron la atención unos caños. Levantó uno; dedujo que era cobre. Vió pilas y pilas de esos cañitos en medidas de treinta a cuarenta centímetros. No necesitó más. Ahora venía la consulta con Elbio el Lechuga. Se metió en el auto mientras un alegre trémolo sobre la zurda le recordó que hacía ya un par de minutos que no fumaba. Volvió a su casa. Marta lo estaba esperando medio dormida. Esa noche la leona no estaba para convites sensuales.
Calentó el café, prendió otro faso antes de apagar el anterior mientras contemplaba las caprichosas figuras que bocetaban las volutas. Era la medianoche. Tengo que levantar un mionca volcador con grúa para cargar, filosofaba Orlando. Ese paso no le resultaba muy complicado. Tomaba el café, pitaba, y se daba la rascadita revoleando los dedos sobre el costado izquierdo. La venta era su problema. Los malandrines que él conocía se dedicaban al desarme... Pensó en Lechuga. El tipo no lo atraía...
Se acostó al lado de Marta. La cabellera oscura de la mujer contrastaba con la blanca almohada. La brisa le provocaba un manso placer. Una frescura envolvía también al Profe. Contempló a su mujer. La mirada de águila bravía se fue enterneciendo. Parecía un gato inofensivo, disponiéndose a cortejar a una puma hembra, peligrosa y extraviada en la jungla. Su ternura fue muy fugaz: Orlando no era hombre de mimos.
Se durmió. Una pesadilla le arrasó la noche y al despertarse no quiso rememorarla. Que no joda, que se raje, murmuró pegando un manotazo. Se levantó y empezó a telefonear.
Recurrió a sus compinches tratando de obtener la dirección de Lechuga. La morocha oyó palabras sueltas desde el lecho. Le bastó para captar: Orlando comenzaba una nueva operación.
−Qué bien que te levantaste, Marta. tengo que salir para chamuyar con alguien −le dijo.
−¿Es para buscar trabajo, Orlando? ¡Ah, me parece bárbaro! −insinuó Marta con sorna.
Lechuga vivía en Castro Barros, entre Don Bosco e Yrigoyen. Inquilinato típico, cuatro o cinco habitaciones, cada una con su cocina. Elvio ocupaba la última, con la mujer y el pibe. Lechuga estaba regalado; el fondo de sus ojos verdes estaba estriado por una maraña de venitas rojas. Cargado de espaldas, avejentado, era carne de gayola. A los cuarenta pirulos se había pasado unos quince en cana. Vivía con la concubina y un pibe que bordeaba los trece. Charlatán, entrador y medio artista, era capaz de vender un pedazo de bronce como oro dieciocho quilates. Vivía de la parla elucubrando los negocios más inverosímiles, que siempre tenían algún viso de ser viables. Hasta que recibía un adelanto y se hacían humo, él y el negocio, puras promesas de guita fácil. Generalmente, emperifollaba a gilunes codiciosos y avaros, cuya ambición inescrupulosa los tumbaba en las redes tejidas por Lechuga. Los tiras de defraudaciones lo tenían remanyado. Después que le sopló los ahorros a un oficial inspector de la jefatura de La Plata , recibió unas palizas memorables.
Hacía un par de años que se dedicaba a la compra y reventa de residuos industriales, metales, textiles y plásticos. Tenía reducidores, medio de ley y medio del otro lado. Esa era la razón por la cual el Profe decidió recurrir a Lechuga.
Lo esperó en la puerta de calle. Fueron hasta Belgrano y entraron en un bar. No paraba de hablar. Empezaron con café y Bols: el Profe no tuvo más remedio que seguirle el tren. Le explicó el asunto a Lechuga y le preguntó todo lo concerniente al mercado de la reventa.. El Profe no le dijo de donde venía el fato, aunque Lechuga intentó sonsacarle datos.
−No tengo problema en venderte la fatura, pero me tenés que dar la cuarta parte. Y otra cosa: después de cargar el camión yo se lo llevo al comprador: el tipo sólo trata conmigo, Orlando −le dijo.
−¡¡Qué carajo pasa, Lechuga! ¿Tengo que probarte algo? −dijo el Profe mirándolo fiero y resentido.
−Pero entendeme, viejo, ¡no soy yo! El que compra se cubre, ¿cachás lo que te bato?
Una nueva ronda de ginebra atemperó los ánimos y finalmente arreglaron los detalles. Los ojos de Lechuga se veían como círculos rojos y en el centro dos pequeñas aceitunas verdes. De tanto en tanto lo ahogaba una tos enfisemática, mientras el rostro se empurpuraba y unas lágrimas solitarias le bajaban de los ojos. Orlando prometió tenerlo al tanto de las novedades y enfiló hacia Turdera. Quería conocer el terreno de día, ver las calles, las viviendas y los rajes posibles.
Llegó a Turdera en un rato. Siguió a pie acercándose a los fondos de la empresa. Un tractor grúa descargaba residuos. Mientras se ataba los cordones de los mocasines, el Profe ojeaba la actividad de la grúa. El vehículo desapareció dentro de la fábrica y al rato retornó al terreno volcando la carga. Orlando supuso que con alguna periodicidad venían a llevarse la chatarra. Decidió hacer la operación esa misma noche o a la siguiente.Tenía que levantar un camión grúa. Había visto uno por Lugano.
A veces pensaba en su familia. Marta, que lo bancó mientras estuvo en Caseros; Estrellita, que andaba por los doce años; la beba, de dos. Se sintió intranquilo, con una angustia rara, inusual. Prendió un cigarrillo y se enfrascó en lo suyo. Quería acabar con el sebo, pero dudaba. ¿Alzarse con mercadería para reventa era una buena solución? Estaba encariñado con su trabajo: él era un profesional. En el gremio, los que lo conocían valoraban el talento del Profe. Sabían que no había vehículo que se le negara. Muchos recordaban sus hazañas, que chamuyaban de oreja a oreja los muñecas bravas del oficio.
De recuerdos y pálpitos no se vive ni se morfa, farfulló Orlando. Terminó el paquete de cigarrillos en el momento en que llegaba a su casa. Era cerca de la una; salió del coche caminando lentamente. Se lo veía fastidiado, como a punto de estallar. Las venas de las sienes en tensión le indicaron a Marta que era conveniente no preguntar ni comentar. Almorzó en silencio; mandó a la hija a comprarle dos atados de cigarrillos y se fue al tallercito montado en el fondo de la casa.
Revisó la ristra de ganzúas y llaves. El camión grúa que había junado era un Volvo; no tenía llaves apropiadas pero ya se iba a arreglar.. Estoy ‘cabre’: debe ser porque hace mucho que no ando en un choreo de esos. Y para qué carajo me lo tuve que encontrar al Cinco ‘e gofio ese, pensó. Seguí en la tuya, arreglate solo, Orlando. Para qué carajo te metés en fatos que no sabés como mierda van a terminar: Lechuga, Cinco e’ gofio, reducidores que no te baten ni medio, ¡rajá, abrite que estás a tiempo!.
Salió dispuesto a cancelar todo...
Entró en la cocina. La mujer le cebó unos mates y cambiaron algunas palabras.
−A vos te pasa algo, Orlando, ¿no me querés contar? −le dijo Marta con mucha prudencia.
−Tengo algo en vista pero no me gusta. No sé, voy a carburarlo − dijo el Profe
Se quedó en la casa hasta la medianoche. El calor lo envainaba con un sudor espeso; eran como pegajosos coágulos de alquitrán. Se duchó de raje y rumbeó con el valiant hacia Lugano. Iba por Cosquín; antes de llegar a Tabaré advirtió el Volvo. La grúa, proyectada por el trasluz fantasmal que le daba la luna, parecía la torreta de un tanque de guerra en una espectral imagen fotográfica, cincelada en blancos y negros puros, definidos y acabados.
No había gente. El silencio parecía una pausa conspirativa. Las tinieblas, trepadas sobre las paredes, se difuminaban como sombras chinescas. Estacionó más adelante y se fue acercando al urso. Probó las puertas con suavidad y destreza: nada. Estaban cerradas con una hermeticidad enfermiza. Iba a tener que levantarlo. Para un corno, pensó con rabia.
Tenía que avisarle a Lechuga: lo iba a levantar a la noche siguiente. Se tremoleó el cuore. El cigarrillo le pistoneaba entre los labios y la cólera fue cediendo. Inició la retirada caminando con sus piernas combadas. Contempló al Volvo con ternura: fue como una terapia al paso. Pegado al mionca, se olvidó de la chatarra, de Lechuga, de la yuta y la gayola...
Hizo varias llamadas a los antiguos compinches; se interesó por el precio de metales y quiso saber si conocían algún fierrero de ley. A la postre se convenció de que la cotización de Elvio Lechuga estaba en la precisa. Pero no le gustó un pito eso de darle la mercadería.
El bocho del Profe carburaba en primera. Casi desiste. De pronto se le ocurrió una salida. Se comunicó con un antiguo compinche, Antonio, el Cabezón. Antonio, o también Tonio, era un tipo sin muchas luces pero leal y firme, en las buenas o las otras.
Se encontraron en Boedo y México, en un bodegón que se caía de jovato. Tonio se emparvó con un par de moscatos bien fríos. Orlando le explicó el yeite y le habló de Lechuga.
−Mirá Orlando, este Elvio está regalado: tené cuidado porque oí chamuyos de algunas hocicadas −le advirtió Tonio, mientras se empalmaba el tercer moscato relamiéndose de gusto.
−Yo te bato la justa: te venís conmigo, vos con tu Gordini y después hacés el laburo, ¿te parece bien, Cabezón? Mirá que confío en vos − aseguró el Profe.
A la mañana siguiente arregló con Elvio el lugar y la hora. Se iban a encontrar a unas cuadras de la casa de Lechuga. Orlando lo iba a ir a buscar con un taxi.
−Vos me dejás el camión después que cargamos. ¿y vos como te arreglás para volver?
−No te hagás problema, Lechuga: vos me dejás en el camino, en un feca donde yo te pueda esperar. a vos y el vento. Vos seguís, descargás, y venís a buscarme con el mionca. Yo lo espiro y vos te vas en taxi, lo mismo que yo − dijo Orlando con cara inescrutable.
Levantar el Volvo fue para el Profe como dar una clase de digitación para boy−scout’s violinistas. Él era una especie de Nicoló Paganini, y el camión un Stradivarius de las rutas. El pedazo de Lechuga lo contemplaba con admiración entre el plisado de sus ojos, replegados por vueltas de ginebras y anisados.
Dispararon hacia Turdera. Orlando viajaba por calles segundonas, sin lustre, porque lo importante para él era eludir toda posibilidad de toparse con barreras de la cana. Entró en la Hipólito Yrigoyen , pocas cuadras antes de cruzar las vías del tren. El calor los asaba, como a un espiedo bien adobado. Orlando y Elvio sudaban. Pasaron las vías medio chuecas y penetraron en la oscuridad pantanosa de la noche. Contemplaron los ventanales de la fábrica. Parecían rectángulos que fulgían desde de un planeta inmóvil y lejano.
Algunos vecinos, sentados en las puertas de sus casas, se apantallaban con diarios viejos y cartones que, seguramente, empleaban para avivar el fuego del asadito.
−Escuchame, Lechuga, no tenemos tiempo y no pienso volver más tarde o mañana: tenemos que hacerlo ahora mismo. Acercate a esa gente y chamuyátelos: deciles que nosotros venimos a cargar los deshechos porque mañana hay una inspección de limpieza. Vendeles cualquier fato, Elvio, y yo, mientras tanto, cargo todo lo que puedo −le dijo el Profe en un susurro maratónico.
Lechuga fue a embadurnar a los vecinos con su cháchara. Orlando lo veía gesticular mientras la grúa del Volvo cargaba los metales. Alguien, incluso, le alcanzó un vaso con algo: ¿Grapa o agua?, se preguntó el Profe mientras el guinche no descansaba.
Terminó su faena. Lechuga llegaba en ese momento. Le narró al Profe como envolvió a los gilunes, y partieron. Por el retrovisor vio seguirlos al Simca Gordini del Cabezón. Sonrió satisfecho. Estaba convencido de que todo iba según lo planeado.
−Te espero en este bar, Elvio: traé la mosca y el mionca −le dijo Orlando, con mirada dura y sombría. Le pasó el volante a Lechuga en José María Moreno y Cobo.
Luego, fue caminando hacia Cachimayo y entró en el viejo bodegón del barrio. Eran exactamente las tres de la matina. Una brisa repentina dispersó el aire caliente. Don Cosme, el viejo trompa del boliche, le sirvió una ginebra con hielo y le trajo una jarrita con agua helada. La cancha de bochas, desierta, roncaba suavemente. Un par de parroquianos veteranos fumaba en silencio, en tanto la canícula decidió no dar tregua. Orlando le murmuró algunas palabras al dueño. Sus ojos señalaron el teléfono y enseguida regresó a la mesa.
Alrededor de las cuatro se escuchó el sonido del teléfono, uno de esos antiguos aparatos con horquilla listos para el museo.
−Orlando, es para vos, un tal Tonio. −le dijo don Cosme.
Tomó el tubo, escuchó en silencio y asentía, mientras los ojos aguileños se le iban cerrando igual que un tragaluz. Colgó, pagó su cuenta y se fue.
Un taxi oportuno lo dejó en Belgrano. Al rato vió al Simca de Antuña. Fue a su encuentro y le dijo que doblase por Castro Barros. Frente a la casa de Lechuga estaban la mujer y el pibe, con dos pedazos de baúles. Un fresco agradable quebraba la pesadez. El auto se detuvo discretamente en la vereda de enfrente y el Cabezón se escurrió en un zaguán. El Profe se ovilló cuanto pudo relojeando por el retrovisor y el espejo de la puerta. Después de un largo rato fue acercándose el Volvo. Se detuvo un momento, y sin bajarse, Lechuga cambió algunas palabras con la mujer y luego siguió viaje. Orlando esperó a Tonio y siguieron al camión. Lechuga lo estacionó pasando Venezuela. Empezó a caminar hacia Don Bosco. Tonio, como una flecha, salió del coche, rodeó con su largo brazo el cuello de Lechuga, y empezó a apretarlo con fuerza. Orlando bajó del auto. Sin apuro. Miró a Lechuga con frialdad de morgue. Como dándole la extremaunción. Elvio temblequeaba; se meó en los pantalones y ronroneaba con la garganta apretada por el abrazo pico de loro del Cabezón. Ya estaba medio violeta y sollozaba. Parecía una hiena en el trance final.
−¿Se iban de paseo, Lechuga? ¿Te olvidaste de que tenías un encuentro conmigo? ¿Y qué pasó con la biyuya? ¿La perdiste en el camino?.Ahora dame el vento... ¡dámelo! Sos una rata de albañal, un curda mal parido.¡El vento! dijo el Profe mientras le daba un cachetazo de lujo.
El cabezón le aflojó la presión. Lechuga empezó a sacar manojos de billetes de los cuatro bolsillos del lompa. El olor a ginebra volteaba y sus hipados no generaron la lástima del Profe. Éste guardó los billetes mientras le hacía un guiño a Tonio, que con un par de trompadas lo tumbó. Orlando y el Cabezón se fueron mientras el Volvo quedó varado en Castro Barros.
−Me da lo mismo dejarlo aquí o abandonarlo en el obelisco −le dijo Orlando a su amigo.
−Es un flojo este Lechuga, Orlando. Tiene la carne fofa: está podrido y regalado. Te juro que daba lástima pero lo fajé sin asco, ¿no te dije yo que la muchachada comenta? dijo Tonio.
−El hijo de puta este tenía todo preparado para rajarse con la mujer: Ella y el pibe estaban con las valijas, esperándolo. Seguro que cerró la sapie con cadena y candado. Conozco a esta clase de bosta de gayola: es carne podrida −señaló Orlando.
Le dió a Tonio la parte que iba a recibir Lechuga, advirtiéndole que no se hiciera ver por unas semanas y que no se diera carpeta con los amigos.
−Olvidate de todo, escuchá lo que te bato. Mira que hay muchos buchones en el gremio. Chau, Cabezón, ¡te portaste! −le aseguró el Profe.
A las dos semanas Orlando fue de visita a su viejo barrio. Era un mediodía agradable. Sentado en el boliche de don Cosme, saboreaba un Gancia blanco acompañado de maníes y aceitunas, cuando apareció como un ánima Cinco‘e Gofio, que con una sonrisa enigmática le dijo al Profe:
−Che Orlando, te hiciste humo. No volví a verte por el barrio. Y, ¿pensaste en el negocito que te propuse?
−Mirá, pibe, no es para mí. Es muy jodido. No, no lo puedo hacer. Buscate a alguien más piola que yo; y que tengas mucha suerte. ¿Tomás algo, Cinco ‘e Gofio? Dale, que invito yo. ¿que te pedís? le ofreció Orlando. Se quedó un rato paveando y luego se fue caminando por Cobo solitario y cabizbajo...
Los tiras lo rodearon, lo enchufaron en el auto y salieron de raje. Eran de la Camorra de Lomas de Zamora. Alguien buchoneó los datos del Profe. Este Lechuga borracho perdido me vendió, fue lo primero que pensó Orlando. Ahora tenía que funcar con la Honorable Sociedad de la Bonaerense. Mejor que agarre el lápiz y empiece a apuntarme en el bocho las preguntas y los apretes. Así voy a avivarme de donde viene la mano, masculló Orlando. Aún tuvo tiempo de pensar: Me van a empavurar antes de que empiece la biaba.. No se equivocó: enseguida comenzaron el trabajo de ablande.
El Profe era un tipo muy duro. Demasiado duro para el gusto de los botones. Largó un par de hechos livianos y se hizo cargo de las gomas del Dodge 200. No dudó de que Hormiga Negra lo pegó a esa causa. Pero cuando le hablaron de un Mercedes robado en una agencia, surgieron nuevos nombres y circunstancias propias del mundo del hampa. Orlando iba a descubrir durante las peripecias del proceso y su vida en la gayola con viejos compinches las causas de su caída. No le sirvió de mucho por que estuvo engayolado largo tiempo.
Marta le puso el hombro durante esos años. Cuando el Profe fue liberado, cada uno agarró para su lado: Marta con las hijas y él por la suya. De vez en cuando se corrían rumores sobre Orlando: que estuvo de visita largo tiempo en Chacabuco, que fue visto en Córdoba (sin el mítico valiant negro), que se dedicaba a negocios de compra venta. Lo cierto es que el levantador de mirada aguileña, las piernas combadas, el pucho colgado de los labios y los trémolos sobre el bobo ha desaparecido, aunque todos los veteranos del oficio lo recuerdan como a uno de los más grandes, un auténtico profe del levante, ojo clínico, prolijo e infalible, sin fierros. De una clase de chorros que desapareció del escenario del delito ■
ºººººººººººººººººººººººººººº
Capítulo de Ale Aspis dedicado a la muerte de Orlando Roig
Para terminar las páginas de Su Majestad el Profe quiero incluir el fragmento de un capítulo de mi novela Aventuras y desventuras de Ale Aspis en el cual narro la muerte del Profe. Es muy factible que así haya sido en la realidad...
Bajé los cuatro pisos del Everest y ya en la calle revisé mi celular... Encontré la llamada. Era un mensaje desde un número de móvil. Lo marqué:
–Hola... sí, habla Ale, quién es... ¿quién? ¿Estrellita? Sí sé, claro que te conozco... ¿Qué? ¿Qué dijiste...?
–...que mataron a mi papá, lo boletearon sin asco, estaba desarmado –se hizo un silencio. Escuché sollozos...
–¿Estrellita...? Hola, ¿estás allí?
–Estoy llorando, sí... Lo mataron, lo mataron...
Busqué un bar y me senté.
Lo tenía frente a mi... En el cuadro de Devoto.
Parado sobre sus piernas combas.
El pucho colgando de los labios.
La frente fruncida.
Una sonrisa pícara y la mano extendida.
Orlando Roig, el Profe.
Escribí una novela en su honor.
Con un final literario.
Y en la vida real, acribillado, muerto.
Absoluto, definitivo, irreversible...
Y se llevó un fragmento de mi alegría.
Una anécdota, una enseñanza.
Un chorro también tiene su dignidad; es un hombre.
Fue un verdadero amigo. Fiel; sin dobleces.
Orlando−susurré−, ¿cómo se te ocurrió darle tu teléfono al tipo que salió con vos la noche que libraron? Vos, un “Profe”, profesional y veterano... Sí, entiendo, Profe, pero vos no lo conocías, era un confidente de la yuta embutido entre los presos... Ya sé, Orlando, ya sé: te fueron a hacer la boleta, derecho viejo. Buen viaje, hermanito, buen viaje...
No quise embalarme en más recuerdos. Nada me ayudaría el evocar. Viajaría a la casa del Profe: allí lo iban a velar. Mi ánimo no aflojó. De ninguna manera: murió en la suya, pensé, una caída boluda en un lugar donde no debía estar, y una aflojada tonta al librar de chiripa y confiar en un extraño. Siempre se pagan esos deslices. ¡Mierda, Orlando!(...) Ignoraba qué había quedado del Profe. Crucé el puente y llegué a Valentín Alsina. La casa ubicada en Tuyutí, a una cuadra de Remedios de Escalada. Abracé a la mujer y las dos hijas. Sus amigos de antiguas causas y colegas que le debían favores merodeaban por la casa. Eran fragmentos del pequeño universo del choreo, de los que están del otro lado de la ley, esa ley que vive gatillando a mansalva.
Le arreglaron la cara, casi. La sonrisa pícara quedó intacta. O parecía. Sólo le faltaban el pucho entre los labios y los tres dedos de la mano derecha tremolándole el bobo. Y la vida, claro.
A medianoche me despedí de todo el entorno de Orlando Roig, alias El Profe, me senté en el Peugeot y enfilé hacia Balvanera. Chau, Orlando Roig −murmuré.
Al entrar al cuarto saqué la botella de vodka, y mientras desfilaban por la pantalla de la tv los héroes de algunas series policiales, hombres de buen corazón y mejor puntería, fui despachando la botella hasta que el sueño y la silenciosa borrachera se impusieron. Tuve pesadillas y visiones, pero la realidad había sido más cruel.
A la diez de la mañana bajé una pava de mate. Un café negro y cargado elevó mi adrenalina. Me había olvidado de Bermúdez y la revista. De la realidad. De la proximidad del otoño. De las brisas frías y las hojas caídas. De Orlando Roig, del cuadro, de los chorros solidarios y los otros... los que avergüenzan el oficio, como me repetía el Profe.
No −pensé−, no murió en su ley, lo mataron en la de ellos, en el código del gatillo fácil. Recordé el axioma de Prohudon: “La propiedad es un robo”, que en tantas noches de coloquios carcelarios el Profe repetía, con su humor fresco: Y, si la propiedad es un robo entonces se justifica que nosotros afanemos...●
ººººººººººººº
Estas cuartillas se terminaron de corregir el 20 de octubre de 2011. A.A.
8 comentarios:
Si tuviera que elegir una sola palabra para definir esta novela, surgiría: intensidad, y hasta la última gota.
Mi admiración va hacia el autor que mantiene con el personaje una auténtica lealtad literaria y que traspasa la rendición o el acatamiento.
La vida del El Profe ha sido trenzada por la pasión de existir. Tiene razón la escritora Ester Mann, que Orlando Roig y sus peripecias, trasciende las clases sociales, dejando en claro que todos somos susceptibles de ser víctimas de la realidad que nos explota en la cara.
El personaje es un ser como nosotros, y que al fin y al cabo, todos tenemos el derecho de ser felices, adentro o fuera de la ley. En este caso con la característica atenuante de una sociedad opresiva, que encarcela aún en libertad.
La prosa del autor es espontánea, con lenguaje colorido, anti-retórica, muy expresiva y muchas veces lírica.
Orlando Roig es in personaje que sobrevive al margen de la ley, con códigos de honor.
Ya lo dije otra vez: el resumen de esta novela vale el acápite que obra en el artículo 4º y que pertenece a Alejandra Pizarnik:
"Una mirada de la alcantarilla
Puede ser una visión del mundo"
Le doy la bienvenida a la re-escritura de esta novela, y personalmente me quedo con el final sin el capítulo agregado de la muerte.
Felicitaciones Andrés.
MARITA RAGOZZA
ANDRÉS, NO AGUANTÉ Y LEÍ EL COMENTARIO DE MARITA TAN INTELIGENTE SIEMPRE. AÚN NO TOMÉ COPIA DE LA NOVELA, PERO LO HARÉ, Y ESTE COMENTARIO ME INCITA MÁS AÚN A HACERLO. SUENA INTERESANTÍSIMO. Y COMO SIEMPRE ME ENCANTA, A VUELO DE PÁJORO LO VISTO, EL LENGUAJE TAN PARTICULAR QUE USAS. HASTA PRONTO. MARTA
La verdad que después del comentario de Marita es difícil agregar algo, todo lo dicho es la solvencia de lengua que cada uno necesitamos para expresar lo que Aldao nos entrega en cada uno de sus trabajos. Andrés sabe perfectamente lo que pienso de su escritura y estar aquí hoy, dejando este comentario, es simplemente para remarcar lo ya marcado. Felicitaciones, siempre felicitaciones!! Bravo!!
Lily Chavez
Quiero. Me animo a dejar mi pensamiento sobre la Reedición de Orlando Roig : Su Majestad el Profe.
Primero paso por la vergüenza de llamarlo siempre Profe, como si hubiera leído ya, una sola línea. Quiero y quise anteceder Profe a Andrés o a Aldao el Andrés, porque para mí es el Profe y debo o debí anteponer Profesor. Escrito de siete capítulos,rapante y uno mejor que el otro, mostrando que "un chorro también tiene su dignidad, es un hombre". Me ha hecho deambular por mi Buenos Aires, desde el Cid Campeador siempre ruta al sur. Allí donde el lumpenaje tuvo su jerarquía y el olvido. Hoy, chorros los hay en todos lados, también desde el Cid ruta al norte y taspasando las fronteras, bien al norte, allí, de los que se aprendió todo lo bueno, todo lo malo y lo peor. Y nos lo quieren seguir enseñando.
El caso es que esta reedición de Orlando, con su cuidadoso lunfardo, sus códigos, su amor por la mujer, que quiere saber y no, la confianza en la sabiduría orfebre de sus amigos, las complicidades, conforman el armado de un arquetipo que aún existe.
Relatado po usted, Profesor, es una nueva enseñanza de cómo utilizar el buen decir y el lunfardo, nuestra cuna, en un cuento totalmente perfecto.
Como siempre mi agradecimiento por cada enseñanza que deja.
Va mi afecto .
Sonia
Una narración que adopta una jerga propia del Río de la Plata, en un momento histórico determinado, que describe situaciones de un fuerte realismo, ahondando, indagando en el ser humano a través de los personajes.
Si bien esto requiere la habilidad del escritor, pienso que el gran mérito radica en la conformación de un mundo imaginario –a pesar de que los lugares descriptos son reales- creado a través de toda su obra: Ale Aspis se conecta con Orlando. A su vez, Ale transita a lo largo de su vida por diferentes escritos. Otras veces, me parece detectar el mismo personaje con distinto nombre.
Un mundo imaginario cerrado, a la manera de “ Santa María” de Juan C. Onetti, que toma vida gracias a la perfecta caracterización de los personajes, su lenguaje y su entorno.
Gracias Andrés
Ofelia
Hola Andrés, siempre dije que fué un honor encontrar a una persona como ud, grande pero tan humilde al hacer mis comentários en mi blog, que recien empezaba, gracias por su compañía , me sirvió para sentirme más segura,
Deseo que el amor, la ilusión y la paz llenen tu hogar en estas fechas, y que todo esté en sintonía alrededor tuyo donde estés.
Feliz fiestas y un Venturoso Año 2012.
Muchos besos, tambien para su familia
Un comentario inteligente y sincero vale más que cien escritos por compromiso. Realmente me parecen muy importantes las palabras de los lectores t los agradezco con mi mayor cariño, porque nada es tan importante como la opinión de los "otros".
andrés
Hola Andrés siempre que puedo entro a deleitarme con sus escrito, esta vez me leí Mandrake en el asfalto, me encantó, gracias por compartir sus letras.
Cariños
Publicar un comentario