Andrés Aldao
Aserrín... Aserrán...
La vuelta al barrio en 31470 días

Ediciones Artesanías Literarias – 2008
Aserrín... Aserrán...
Pensó perplejo que quizás
todo el pasado era un sueño,
no sólo el suyo sino también
el de la humanidad y el del universo,
y que en ese momento en que creía
recordar hechos reales no hacía más que
soñar que recordaba,
que soñar que recordaba sueños.
(Responso − Juan José Saer)
Hace bastante tiempo había resuelto recopilar aquéllos de mis relatos que recogieron elementos anecdóticos de mi niñez y la adolescencia. Tentativas malogradas... Cuando recobraba los recuerdos, me parecía contemplar un atardecer con mirada perdida, dejándome envolver por esos reflejos dorados y rojizos del horizonte de la infancia. Y como tantos otros, que me acompañaron en las tardes de la pubertad, o cuando los primeros estertores de las madrugadas, que me procuraban orgullo por el simple hecho de despertar y echarme al patio antes de que mi viejo se levantara... Para sorprenderlo; para preparar el primer mate del día y hacerle sentir que era su hijo; para compartir, disfrutar y arrebatarle, orgulloso (para mi, después...), el ejemplo cotidiano de su condición de clase, de obrero disciplinado y fiel hasta su último día de vida proletaria... Que así era mi padre. Mas fueron intentos inútiles. La pluma no se compadecía de los recuerdos ni aceptaba mis decisiones. El empeño quedó a la expectativa, atascado en la imposibilidad de darle vigencia. En mi último regreso de Buenos Aires, aburrido, enervado e impaciente, me dejé llevar a rastras por evocaciones que se disgregaban y me conducían a la infancia, al pasado. Entonces redescubrí que las anécdotas que transporto en mi alforja están incorporadas, una a una, en todos mis escritos, en las páginas que fui garabateando en los últimos doce años, donde se mezclan aventuras que ocurrieron, y otras que fueron arrebatos, sueños, fantasías.
No tengo intención de escribir mis memorias, apilarlas sobre estantes prolijos en un orden meticuloso. No aspiro a que este libro se convierta en un aséptico relato de fábulas cruzadas por poca realidad y exorbitante fantasía.
Entonces, entonces... Se me dio por releer casi todo lo que he escrito sobre añoranzas de la niñez. Allí encontré las secuencias que jalonaron la historia de mi vida, la de un rusito hijo de inmigrantes que se aferró al día a día rioplatense, que aprendió el lenguaje de la calle, los juegos de la calle, el alma de la calle, el dios de papel glacé de la calle, la delicada caricia del papel picado de la calle, y el abrazo profano y cariñoso de las serpentinas de la calle, de las calles adoquinadas de un Buenos Aires remoto y poco más que inexistente. Que marcaron mi vida con esas suturas de la infancia; con el humo del cigarrillo de diez guitas; con el funyi de los magnos pelandrunes acodados en el estaño de los cafés, empuñando los tacos que amenazaban la integridad del paño verde... Y los vaivenes de las minas que rajaban a la milonga, taconeando sobre las vereditas del barrio. Y yo, el pibe republicano de Caballito, compartiendo fascinado e ingenuo, las indelebles y maravillosas filigranas que me marcaron para siempre...
Fue redescubrir la historia simple y memorable de los años treinta y cuarenta. Mi tarea, por lo tanto, es la de juntar a todos, soldar los requechos de aquellos episodios, consentirme algunos retoques que no disipen los recuerdos y no quieran convertirlos en coartadas embusteras e irreales ■ Andrés Aldao, enero, 2008
1. Aquel Rusito Republicano
“y más que nada como la dorada eternidad
de la infancia pasada o de la madurez pasada
con todo el vivir y el morir y la tristeza
de hace un millón de años”.
Los vagabundos del Dharma
Jack Kerouac
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a aguja sube y baja, la tela se desliza, el sordo ruido del motor de la singer semeja la marcha monótona y acompasada de un tren, los dedos callosos de mi padre descubren oficio, destreza, pericia. Sumido en mis sueños, en el mundo que edificaba la imaginación, vislumbro la espalda reclinada sobre la máquina de coser. Un orgullo inconsciente se perfila en mi alma; los dedos de mi padre levantan la aguja y vuelven a insertarla en el borde de la tela.
Lo miro y mis ojos se estancan un rato en la contemplación de su hacer... Una estampa que se graba en la memoria. Inolvidable; una pintura de Berni, o el retrato sepia que atesoramos sin darnos cuenta. La imagen de mi viejo...
Y entonces, después, la huelga de los sastres, la tregua con hambre. Y él, que se va por las mañanitas con el piquete de huelguistas a recorrer los talleres y evitar que los crumiros reciban trabajo de los confeccionistas; o a vigilar por las noches las salidas subrepticias de los patrones con paquetes de trabajo para los rompehuelgas. La forja, el modelo y el ejemplo para el mañana de mi vida
De la mano de la hermana llega por Yatay hasta Corrientes. La multitud comienza a extenderse, ocupa las dos veredas, el calor de la media mañana no les hace mella. Está allí. Seis de febrero de 1936, el gentío aguarda en una especie de duelo a media voz. Esperan el paso de la carroza que traslada los restos de Carlos Gardel, desde el Luna Park hasta la Chacarita. El rusito no entiende por qué hay tanta gente, y la hermana, preocupada por el público, no lo suelta... Repican en su cabeza los tangos que ella tararea, El día que me quieras, Silencio, Volver. Le explica que ha muerto el cantor que escuchaba la familia en la superheterodino, Carlos Gardel. Que murió cuando el avión que debía traerlo a Buenos Aires se incendió en Medellín. Él escucha (un suave susurro...): Mi Buenos Aires querido / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido...
Gardel es parte del mundo interior de aquel pibe retraído... aunque aún no lo sabe. Años después aflorarán esas vivencias interiores, ocultas, todos sus juegos, pura fantasía e imaginación, mundo infantil vivido como adulto, cosmos maduro moldeado desde su niñez, pibe hijo de inmigrantes rusos y judíos que, desde que descubre con premura el planeta que lo envuelve, comienza su asimilación al Río de la Plata. Al margen de los padres. Fuera de la familia... La experiencia del sepelio de Gardel, el paso de la carroza, el dolor de la multitud, asombros que no acaba de entender pero dejan estrías en su alma, como las noches de la calle Corrientes, el Riachuelo, Pepe Arias, las arterias empedradas de su barrio, el tranvía, la música, la poesía y las figuras de baile de los tangos. Buenos Aires, la cuna rea y callejera del pequeño rusito que nació en Loria al milseicientos, y que ahora tararea, inconsolable:
Porque me lo llevan, mi barrio, mi todo, / yo, el hijo del lodo lo vengo a llorar...Mi barrio es mi madre que ya no responde... / Que digan adónde lo han ido a enterrar.
(Puente Alsina, letra de Benjamín Tagle Lara: Para el caso da lo mismo...)
Esas evocaciones lo acosan desde la infancia precoz, de la infancia que recuerda; que siempre perpetúa...
El hogar en el conventillo de la calle Sarmiento, la sala grande, el baño letrina y la cocina compartida. Son escenas frugales de la niñez, que parecen raspadas como costras que resaltan desde ese espacio tan remoto, eternizadas en su memoria.
...vislumbro la espalda reclinada sobre la máquina de coser. Un orgullo inconsciente se perfila en mi alma; los dedos de mi padre levantan la aguja y vuelve a insertarla en el borde de la tela... ■
2. Más sobre aquel Rusito Republicano
Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina
y va a su encuentro levantando nubes
de confeti; es el primer viento del otoño,
la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano.
Últimas tardes con Teresa
Juan Marsé
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as estaciones se suceden. Hace frío o andamos descalzos, una camiseta sin mangas. O la tricota de cuello alto, las medias gruesas y las zapatillas. Febrero de 1936, y en la casa hay un movimiento desusado. Llegan enormes canastos, los preparativos de la mudanza, todo se envuelve y se acomoda, las quimeras hacen una pausa. Mi padre no deja el vaivén de su mano empuñando esa pequeña aguja espoleada por un trozo acanalado de metal. Entretanto, soy Tom Mix, el Jinete Enmascarado, uno de los ángeles con cara sucia... Camino por ciudades, monto a caballo, disparo con dos revólveres, me enamoro de Paulette Godard. Vivo en mi mundo de fantasía, Un mundo hermético, impenetrable, que sólo se libera, fluye y existe en mi imaginación.
Se escuchan aún los ecos del último carnaval. Los corsos, los bailes, los disfraces: todo me resulta extraño y distante. Soy el rusito hijo de inmigrantes, y esos fastos no son muy celebrados por la grey de los “rusos”. No todavía, entonces...
Escucho las conversaciones de mis padres; el ajetreo de la casa no me toca. Sé que va a ocurrir algo. Una zozobra, un naufragio. ¿Arribará Robinson a la isla...? Sí, eso es. Dejamos la sala de Sarmiento y el 1º de marzo el camión de mudanzas llega a la calle Figueroa entre Paisandú y Paramaribo. Un conventillo distinto, un antiguo corralón dividido en seis viviendas, dos cuartos, bañito, la cocina, el patio con su pileta adosada a la medianera, desde donde revoloteo hacia la calle... Como un gorrión perdido.
Ese día mi padre no usa el dedal; la máquina de coser en silencio, abotargada, en penitencia. Arman la cama, aparejan el tremendo ropero en su nuevo lugar (hasta la próxima) y luego agasajan a los peones de la mudanza: arenque, aceitunas, cebolla y una botella de vodka que se vacía en un rato... Estamos en Caballito (aún no sé bien de qué se trata, aún no pertenece a mi pequeño universo... aún ignoro que he hallado el reino encantado de mi infancia).
Soy una carabela de Colón que llega a tierra firme; veo a los nativos, la calle empedrada, los paraísos... Y la primera pelota de goma danzando enloquecida entre los pies de aquellos indios que serían mis amigos, mis maestros rioplatenses, los que me aleccionaron: el padre es el viejo y la madre la vieja, la hermana la noerma y el amigo el gomía. Un curso acelerado, cotidiano, permanente: las voces de la calle se imponen al ancestro. Me vuelvo reo, porteño, mal hablado. Pero no abandono a mi mundo. Leo, escribo, aunque me resguardo del universo de los adultos. Soy el pibe retraído que amplía su orbe, tupido de fantasías que conviven con la realidad. Y el candor con la experiencia.
Disparos, cañonazos, humareda, la sangre se desliza sobre la tierra y las calles. España arde, y el resto del mundo disfruta de la cotidaneidad y la algarabía. El pequeño rusito siente un sobresalto, como un escozor. O una premonición lejana.
El padre lo manda comprar la Crítica quinta. Hay rumores...hay realidades...duelo y sangre. 18 de julio, 1936, los falangistas se rebelan en España. La guerra cilvil, el nazismo del tercer reich en Alemania, el fascismo en Italia.
Todo se enerva y antagoniza, la prédica cotidiana, los relatos del padre penetran en su inconsciente: soldado del ejército rojo, la foto con el gorro y la estrella de cinco puntas, diez meses en un campo de prisioneros en Polonia, la huida, la llegada a la América equivocada (ya lo escribí; ¡qué suerte!)
Hay que arrimarle el hombro a los leales, hay que salvar a la República Española. La casa de Figueroa es un hervidero, los mayores discuten, sueñan con sus parientes en la Europa próxima a desangrarse. El rusito es el orgullo del padre: repite lo que escucha de los mayores sobre la guerra civil, denosta al fascismo, pelea en la escuela, se solidariza con los “gaitas” del barrio (todos devotos de los leales). Sale a juntar papel plateado de las cajas de cigarrillos... Le da las bolos de papel a un tío. Ignora que todo ese quehacer, cándido y gracioso, en apariencia, le está cincelando la vida, abriéndole surcos donde caen las semillas de su futuro. No lo sabe...
Caballito es la universidad de la calle, el alma rioplatense. La casa es la escuela de la lucha social, la familia proletaria, parte de los pobres del mundo, de los esclavos sin pan, de Sacco y Vanzetti, de Severino De Giovani y Simón Radovitzky, de Lenin y Trotsky.
Otros tiempos, otros valores... el trompo y el balero, las bolitas y las chapitas Starosta, la pelota de trapo y España desangrada, la invasión de los nazis y los abuelos, tíos y primos asesinados en Europa.
El Aerobus 320 se reclina y planea sobre Barajas. Los recuerdos se me van difuminando, la realidad es sólo un gran avión de pasajeros y la próxima espera de cuatro horas a fin de abordar el vuelo al gran infierno del Medio Oriente. Mientras, el gran pájaro desciende y se dispone a aterrizar. Me prometo borronear los textos que dejarán en letras de molde mis andanzas en el reciente viaje (¿final?) a la Reina del Plata... Ya llevo 24 horas de vigilia y seguiré sin dormir otras doce o catorce. Tiempo de meditar y evocar. Cierro el borrador de viaje: la realidad me observa y se arrima, dándome un animoso apretón...■ :
3. Entreacto
Porque la infancia había terminado tan
prematuramente para ellos, que luego casi
no recordaban haberla conocido...
Antonio Muñoz Molina
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algo desde Madrid; la etapa final de mi periplo. El aerobus llega a horario y sale en punto. Repaso los borradores... Su lectura me traslada a los años de la niñez. No retomo la escritura, pero mis recuerdos se recuestan en la memoria. Tengo que resolver: continuar o darle fin a mis evocaciones.
«Aquel rusito republicano” es una tarea de historiador, biógrafo y relator, con muchos elementos personales que me involucrarán en los hechos.
Apuesto: el tema me seduce. Es retornar a la infancia, la adolescencia, revivir un pasado que, aun en su pequeñez, forma parte de la historia argentina a través de personajes muy cercanos a mi vida. Otros se han perdido en el silencio, en la oquedad del olvido. Yo seré el pretexto, el eje, el relator. Las evocaciones superarán la sordidez del olvido. la displicencia del entorno. Entonces me decido...
La historia es un sueño, una fugacidad, un texto de estudio, una rareza o una elegante curiosidad para quien no la ha vivido o protagonizado. Buenos Aires siempre fue la ciudad puerto, el centro, el vampiro cruel que succionó las riquezas y la sangre del resto del país, la que disfrutó todos los privilegios.
Pasé mis años felices en Caballito (1936 a 1940). Niñez, arroyo Maldonado, la calle Gaona, los primeros pasos en la escuela, referidos ya en mis cuentos¹. Durante mi travesía por el reino de la infancia ocurrieron hechos históricos que tuvieron consecuencias para el futuro del país y del mundo. En 1939 la República española fue derrotada, comenzó la 2da. Guerra Mundial, Alemania ocupó casi toda Europa y la Argentina debió abastecerse por sus propios medios.
El modelo agroexportador estaba agotado: allí empezó la nueva historia. Mientras la guerra echaba sombras sobre el futuro, hubo un repunte económico, la década infame y la desocupación iban cediendo, mi viejo comenzó a trabajar como obrero a domicilio.
Nuevos vientos soplaban en la Argentina oligárquica y conservadora. Esa mejoría económica me desclavó del barrio encantado. El nuevo puerto fue Villa del Parque. Un derpa de dos ambientes y un cuarto en la terraza, patio, baño y cocina. Nazca y Jonte, frente a las casitas baratas, el bar Punta Brava y el cine Sol de Mayo. El extrañamiento, sin amigos.
Año 1941, voy a la escuela de San Blas, al lado de la cancha de Argentinos Juniors. Pero Caballito es el tam tam de la jungla, el tablado, la llamada que llega, misteriosa, etérea, impalpable, hasta la profudidad del alma...
Los viejos laburan duro. Allí termino la primaria con el maestro Piccardo cuyo nombre −seis décadas largas−, recuerdo con un agradecimiento que acabé de entender muchos años después, cuando comencé a borronear cuentos y relatos en el exilio. Fin de la infancia, tránsito a la pubertad, la edad de los conflictos y dramas existenciales que se sobrellevan como la gripe, el empacho o el acné.
En esa casa cumplo, en 1942, los trece años. Ninguna ceremonia; el viejo es ateo, bolchevique, proletario y antifascista. Mi cuerpo se estira, crece y se desgarba. El día de los trece años pasa de largo, común y sin pompas. Ya soy ateo y descreído.
En diciembre de 1942 la guerra no pinta muy bien. Crítica trae los mapas de los lugares de lucha. Hitler avanza y el ejército rojo, con sus amomiados mariscales al frente, detiene con la nieve y el invierno los avances de la blitzkrig. Nombres que se graban y no se olvidan.
La prensa de Buenos Aires apoya a los “aliados”, nombre eufemístico de dos países derrotados, Inglaterra y media Francia conquistada, y la otra, la vasalla, Vichy, presidida por el anciano colaboracionista, Petain.
Las conversaciones de la familia, con los vecinos y paisanos son pesimistas, pero el voluntarismo ciego del viejo no cree ni acepta la derrota. Me contagia, me educa en la quimera sin saberlo, sin proponérselo. Me da una meta y un camino. Me embebe en sueños de combate y redención. Yo lo ignoro, entonces, pero a mediados de ese último mes del año 1942 me acerco a un local sobre la calle Jonte y Helguera de Buenos aires..
Fue el inicio de la larga marcha, como el de una locomotora que se pone en movimiento con lentitud y sus émbolos van cobrando fuerza, ímpetu y velocidad. Así consagro mi vida por la causa. Y no paro, hasta el 1º de noviembre de 1974, en que la Triple A y coordina me derrotan. Inicio la ruta hacia el destierro. Al ostracismo. Todo el resto ya fue escrito y está rescatado por el que fui. Aquel rusito republicano de las calles de Caballito.
Me he propuesto recobrar, recrear y compartir escenas y pequeñas historias de mi vida. Allí quedaron. Para siempre. Ahora las recobro... Las comparto contigo, lector... ■
4. Cajitas de música
Y entonces, cuando el vecindario ya estaba sustituyendo
su capacidad de asombro y de leyenda por la resignación
y el olvido, y el asfalto ya había enterrado
para siempre el castigado mapa de nuestros juegos
de navaja en el arroyo de tierra apelmazada,
y algunos coches, en las aceras ya empezaban a desplazar
a los mayores que se sentaban a tomar el fresco por la noche...
Juan Marsé
| L |
a cosa comenzó de repente. Como pasar de un sí a un no. Del frío al calor. O de todo a nada. Pues me puse a chamuyar con la “Nostalgia”. No, no es el nombre de alguna mina. Es.la nostalgia, no sé como explicarte. Mirá, es algo que te cacha cuando empezás a arrugarte. A ponerte viejo. Cuando tenés que preparar tus cosas para el último paseo. Pero no quiero irme en aprontes. Lo que te voy a contar son algunas viñetas de los tiempos de la superheterodino (¡ufa: la radio a válvulas!). Son pedazos de la vida; son cosas que vi, que escuché, que recuerdo, que generaron mi heliotropismo hacia el Febo Buenos Aires. Son vivencias e impresiones que están metidas muy adentro. Prendidas en los sentimientos como una hiedra melancólica. ¿Entendés?
Vivía en Caballito. Un largo pasillo con seis “derpas” separados por unas paredes tísicas. Sucuchos sórdidos disfrazados de viviendas, con el piletón en el patiecito, dos piezas, el baño y la cocinita. A cielo abierto. Horizontales; como una planicie medio gibosa, agrietada. No voy a engrupirte: era un conventillo con medianeras. Un corralón venido a menos, jubilado, aún con el olor a bosta y alfalfa; y las cucarachas, que compartían nuestras casas sin pagar el alquiler.
Te explico: eran como cajitas de música. En cada una tocaban una melodía distinta. Pero se oían al unísono. También los olores y aromas. Allí se mezclaban el puchero con coliflor y el guiso insolente de repollo; no faltaban el humo “cantito de sirena” del asado al carbón, y la corrosiva saladez de los arenques con cebolla y aceitunas al por mayor. Gallegos, tanos, judíos y toda la cofradía internacional, metidos en aquellas latas de sardinas de ladrillo y revoque.
¿Pero sabés una cosa? En esos tiempos levantabas la cabeza y allí, en el cenit, bien de noche, las estrellas se deslizaban por la pasarela del cielo exhibiendo cenefas fascinantes. Hoy, para ver las estrellas tenés que alquilar un helicóptero o treparte a una torre de treinta pisos.
Todo era abierto, simple. Los ladridos de perros a la luna, como dice el tango; el trino de los pájaros, las broncas de las parejas y las biabas que recibíamos de nuestros viejos. La vida era otra cosa. Más linda, pucha digo. ¿La verdad? Te estoy macaneando: es nostalgia por los días de la infancia, por el pasado que se fue; por la pérdida de nuestros viejos. Y ahora, cuando ya somos veteranos de la vida, nos duele lo que no pudimos, no supimos o no alcanzamos a decirles. Lo que tal vez nuestros hijos querrán decirnos cuando ya no estemos para oírlos.
En aquellos tiempos las mismas circunstancias te llevaban a asociar tu vida con la de los demás; los juegos eran compartidos. No había “legos” ni computadoras. La televisión y el video no existían, no se escuchaban wokmen’s, ni transistores ni teléfonos celulares. ¿Te das cuenta? Hoy los pibes pueden arreglarse solos dentro de sus cuatro paredes. Con la computadora y los play station no necesitan amigos.
En los 30 y los 40 los pibes éramos tirifilos gilunes, nos entreteníamos con la pelota de goma, y si no teníamos las chirolas, fabricábamos la de trapo atada con piolín. Cuando pienso en aquellos juegos de antaño, la escondida, el rango, el vigi−ladrón, las bolitas, el balero, el tinenti, te juro que me digo: ¡qué inocentes que éramos, madre mía! ¡Un asco de giles!
¡Ah, eso sí!. ¿Sabés para qué éramos vivos, piolas, pasados de revoluciones? Para jugar con las nenas al “doctor y la enfermera”. Claro, las viejas no eran chitrulas y minga de dejarlas “toquetearse” con los varones: “Que las nenas jueguen a las figuritas, a la rayuela, a la ‘mamá’. pero con las muñecas solamente”. ¿Sabés qué? Uno ya debe nacer con esa ligereza de manos, con ese manejo crapuliento de los deditos hurgando en esas cositas chiquititas que tienen las nenas; y esas ganas locas que teníamos de violarlas, como si nos vinieran “desde el fondo de la historia”; como un ancestro heredado de nuestros abuelitos antropopitecos.
Tené paciencia; tengo para contarte más historias que las de “Las mil y una noches”. Por ejemplo, las chácharas mañaneras que ocupaban a las matronas de aquellos años. Las mujeres de Caballito eran inagotables. Los secretos, voceados de casa a casa, parecían el código Morse vecinal; o burbujas que atravesaban el éter y llegaban a todo el barrio. Como globos de muchos colores y tamaños, que volaban y volaban y luego se desinflaban solitos. Aquellas cajitas de música, resonancia del pasado y veta de tantos recuerdos guardados en el arcón de la vida.
Jugaba a menudo en el patiecito. Recuerdo una vez que presté atención al parloteo de las cotorras: “Eh, doña Rosa, ¿qué va a cocinar hoy?”. Y la doña Rosa esa, mientras arrastraba sus pesadas piernas varicosas, respondió con abulia mañanera: “Hoy no tengo ganas de hacer nada, doña Tita, tengo una fiaca”. Y bajando la voz (aunque todas las chusmas escuchaban), añadió: “Es que anoche tuvimos ‘guerra’ con el Juan. ¡Qué le va a hacer, de vez en cuando hay que darles el gusto a los hombres! ¿no le parece?” Al decir esto se rió como una bataraza, y supongo que sus pechos, pródigos y desaforados, debieron vibrar en un floreo convulsivo.
El coloquio continuó imperturbable: “¿Se enteró, doña Rosa? la hermana más chica del Cholo está... mmm, como le diría. un poco gordita, ¿usted lo notó?”, anunció la Tita con su vozarrón desafinado de contralto venida a menos. “¿También usted se dió cuenta? Qué me dice de esa mocosa, revolcándose por ahí. Y bueno, cuando falta la madre esto es lo que pasa.”, aprobó la Rosa regocijada. De tanto en tanto, groseras y concupiscentes, las dos mujeres se reían a carcajadas. Sus cabecitas aburridas llevaban un relevamiento completo del barrio. Una especie de archivo vecinal que renovaban día tras día..
Tiempo después, cuando la inocencia se me fue quedando en el camino, empecé a descifrar aquellas imágenes ingenuas y esópicas; a recordarlas con melancolía, enternecido por el candor de aquellas minas. ¡Vaya a saber por qué!
Las sillas de paja y los banquitos de madera, con las asentaderas redondas ornamentando la puerta de calle, preanunciaban la asamblea de la tarde. Era la sesión preparatoria, el vermú sin platitos, los chismes de apuro que se cuchicheaban al pasar. La escena aún perdura en mi retina...
Por lo general, las mujeres de la casa (Rosa, Tita, la Chocha , Angela, Porota, la Morocha , la Cocó y otras cuyos nombres se me borraron), eran las principales animadoras de los eventos. Luego de la cena ya no había localidades para la tertulia. Sólo quedaba el “gallinero”. Las rezagadas tenían que ir corriéndose hacia el cordón. Desde allí escuchaban mal y veían peor. Además, por la orilla de la calle adoquinada corrían las aguas podridas y malolientes. El zumbido infernal de los mosquitos y sus picadas letales, dejaban una ronchas malparidas en las piernas y brazos, que provocaban la furiosa rascada de los participantes.
Los vecinos estaban sentados en semicírculo, con el primus, la pava y un par de porongos que pasaban de mano en mano. Nosotros, que merodeábamos sin hacernos notar, esperábamos el dichoso momento de rajarnos y armar un picadito. Los chismes iban y venían. Historias de adulterios; de hijos bastardos; de amores prohibidos o de jovencitas “haciendo eso” a espaldas de los padres; de fulana y mengana que le debían guita al carnicero; de zutana que siempre se vestía como una atorranta; o comentando que el marido de la modista desapareció; o que hacía mucho que no veían a la mujer del vigilante: (“¿Qué habrá pasado?” insinuaban con malicia). Los hombres, agotados y con algunos vinitos encima, cabeceaban. Los párpados parecían la Torre de Pisa a punto de confirmar la ley de Newton. Los más exhaustos roncaban. El calor húmedo, la brisa caliente, el sudor pringoso, no hacían mella en la energía vocal de las ñatas.
Nosotros, aprovechábamos los blablás de las mujeres y la modorra de los hombres para entretenernos con la redonda de trapo. Pero no perdíamos una sola palabra: algo pescábamos y lo que no, lo fuimos aprendiendo en el tiovivo de la vida. Nunca faltaba la lechuza buchona que daba la alarma: ”¡Pero estos chicos! ¿Qué hacen levantados a estas horas?” Y el coro de gordas y flacas nos amenazaba con los dedazos estropeados de tanto jabón pinche y lavandina: “¡A la cama, a dormir!” Aterrizábamos en los catres y al rato soñábamos con Pedernera y Cherrito, o con la vecinita del cinco, desnuda, la piel suavecita y blanca −como las sábanas que nuestras viejas lavaban con “azul y lavandina”− invitándonos a compartir su cueva encantada.
Al poco tiempo, también cansadas, las cotorras se ensobraban en los lechos de matrimonio mientras oían a los maridos albañiles, carpinteros, peones o sastres roncar, gemir, soñar. La noche les abría sus brazos y ellas, maltrechas, ataviadas con aquellos camisones baratieri, mofletudas y engrudadas al cuerpo de los “bellos durmientes” (que no querían saber nada de guerras nocturnas), se entregaban en los brazos de Eros y Morfeo. También ellas tenían su pedigrí: que las compras, la cocina, la limpieza, el cuidado de los críos, el lavado y planchado de la ropa. Y el cotorreo ¡Minas guapas, ¡te lo juro!
*****
En todos los inviernos, de marzo a septiembre, las tertulias gozaban de unas largas vacaciones.. Con el verano pisándole los talones, se reiniciaban los coloquios vecinales. Las cotorras ensayaban el nuevo repertorio, coleccionaban flamantes habladurías. Las campanas de las comadres tocaban a rebato; se refaccionaban las sillas y todo se ponía a punto: las funciones asomaban en levante, todo listo para la cercana temporada.
Casorios, velorios, bautismos, noviazgos, traiciones, peleas, enojos, mudanzas, abuelos, bebés, biógrafo, radio, milonga, mishiadura, quiniela: fueron parte de la vida que pasaba y se iba yendo. En ese mundo nací yo, che. Allí me crié, me embebí de este porteñismo que penetró en mi caracú encandilado de tango y esgunfia. Buenos Aires, bardo y colifa; casa grande, patria chica.
Cajitas de música tan distantes en el tiempo. Refugio de gringos, taperas ciudadanas de aquel Buenos Aires medio urbe y medio campaña. Aún se las ve por ahí cayéndose a pedazos; o recicladas por algún arquitecto irrespetuoso y medio canalla. Pinceladas del Buenos Aires que era. Viñetas del Caballito que fue. Reino maravilloso de los purretes... donde todo fue magia, estupor y éxtasis; en el que descubrimos los primeros códigos de la candidez y la amistad. ¿Ahora me podés entender, gurrumín? ■
Publicado en Cuentos Desde Lejos (enero, 1999)
5. Todo ha muerto, ya lo sé
Es que estoy hasta el cuello de estar equivocado,
de no saber por qué, cuándo ni cómo
he caminado a tientas hasta mi edad nocturna,
a tientas, sin veredas, por atajos
de ciego sol y bruma indescifrable.
Máximo Simpson
| J |
oaquín Solanas, que era el pibe rico del barrio, inició su precoz carrera de dibujante cuando cursábamos el tercer grado de la primaria. Hoy, cuando yo ya atravesé el Rubicón de la adultez, no tengo dudas de que Amelia Soto, nuestra maestrita en aquellos felices días de la infancia, fue uno de los impulsos, o la fuente decisiva, que convirtió a mi compañero de correrías y travesuras en un eximio bocetista, en un vate del dibujo.
La rubia Amelia, con esa carita ingenua y sus blancas extremidades inferiores expuestas con creativa indolencia, despertó el talento artístico del gordo Joaquín: dibujos con las piernas cruzadas; otros, con las rodillas y los tobillos juntos, inclinados hacia uno u otro de los lados. Los había con las piernas de la Soto extendidas, o con una de ellas girando alrededor de un imaginario eje.
Todo iba sobre rieles: Amelia exhibía y el artista bocetaba. Hasta que una mañana cualquiera el gordo olvidó sobre el pupitre su última obra de arte, rubricada al pie con una ardiente dedicatoria.
Antes de salir al recreo, a la rubia Amelita (¡oh, destino cruel!) se le ocurrió recorrer los pupitres: un ángulo del dibujo del gordo, que asomaba debajo del cuaderno, despertó su curiosidad.
El resto es obvio. Cuando volvimos del recreo la Soto le pidió a Joaquín que se acercara. Y allí, en el podio sagrado, delante de toda la purretada, le estampó una soberbia y sonorísima cachetada. Un sismógrafo hubiera determinado que el bife de nuestra maestrita alcanzó los 7,5º de la escala Richter.
Las huellas rosadas de cuatro (de los cinco) dedos de la maestra quedaron de muestra en su rostro mofletudo. Estoy seguro que en aquel instante el gordo resolvió hacer un elegante mutis. Desde ese fatídico día cesó de dibujar a la Amelia Soto. O, dicho con propiedad, a las piernas tersas y blancas que, sin duda, le quitaban el sueño nocturno habitual y lo embarcaban en otro tipo de fantasías.
En lugar de bocetarlas mientras la modelo “posaba”, el gordo dibujaba de memoria, agregando detalles fruto de su imaginación proficua. Joaquín había iniciado la época creativa de su carrera. Al día siguiente, todavía agraviado, el gordo me propuso, de sopetón, tomarnos un día de “franco”: “Flaco. -me dijo- ¿Porqué no nos hacemos la rabona?”.
La proposición, atrayente y aventuresca, me sedujo. Y nos hicimos la rabona. El sol nos acompañó en la aventura, yéndose a pasear por otras galaxias. Las nubes, sonrientes, tenían todo el cielo para ellas.
El gordito y yo estábamos unidos en las travesuras, los juegos y las confidencias. Expresábamos con verguenza el cariño que nos ligaba. Éramos buenos compinches, uno flaco, yo, y el otro regordete y bien alimentado, Joaquín Solanas. Vivíamos en Caballito, en la calle Figueroa. La casona de los Solana era de estilo antiguo, con entrada para auto y bellos vitrales, vajilla de plata y porcelanas, sirvienta con cama y la mar en carroza.
Vivíamos pegados a la casona, en un departamento al que se llegaba atravesando un largo pasillo. En realidad, era un conventillo, medio hotel de inmigrantes, para familias que vivían del fiado. Y a veces de la caza y la pesca.
Fuera del gordo, todos los esquenunes éramos reos diplomados en la escuela de la calle, aunque algunos pisamos el palito de la lectura (Edgar Wallace, Verne, Salgari, Sexton Blake, Las mil y una noches y lo que hubiese). Leíamos todo lo que caía en nuestras manos: historietas, libritos de vaqueros, revistas. Descubrimos, con infantil asombro, lugares remotos, o nos extasiábamos con secuencias de un mundo más simple, sin ordenadoras, con personajes buenos y malos, en el que siempre triunfaban Dock Savage, Dick Tracy, el Agente X9. El tiempo nos pasaba entre juegos, lecturas y fechorías tales como tocar timbres y salir disparando, o patearle el cajón de fruta a algún vendedor ambulante. Fueron tiempos de candor, de la crueldad que no medía consecuencias...
Caballito era un inmenso bosque encantado, con brujas y hadas; una aldea mágica con trapecistas y payasos, calles adoquinadas y tranvías que nos desafiaban a bajarle el “trole”, muertes y delirios que no entendíamos. Compinches inocentes, a veces éramos tiernos, otras torpemente crueles, huíamos de la tiranía de los viejos y la incomprensión de la gente mayor, atados a reglas y costumbres arcaicas. Queríamos saber, aprender los misterios de la vida. O, como suspiraríamos tiempo después, “tomar el cielo por asalto”. Pobres gilunes, nosotros, enfrascados en sueños que iban a terminar como brutales pesadillas.
Pero estábamos en el día de nuestra rabona: pues no fuimos a la escuela. Recorrimos las callecitas del barrio contándonos estupideces. Las morisquetas de Joaquín y mis imitaciones nos desternillaban de risa. Por último, los zapatos cubiertos de polvo y transpirados, despeinados, extenuados,, decidimos terminar la aventura. También febo acabó con su rabona, reapareciendo jocoso en el firmamento.
Cuando regresábamos, el gordo y yo entonamos a capela y a grito pelado: “Febo asoma/ ya sus rayos/ iluminan el histórico convento”. Esa mañana habíamos perdido la clase de música. Y, como quien no quiere la cosa, el gordo me dijo entre dientes: “¿Sabés una cosa, flaco? Yo la perdono a la Soto ”.Y el gilún sentimental se largó a hipar. La Amelita. Rubia , angelical e inolvidable maestrita de tercer grado.
La niñez quedó atrás. Al terminar la elemental, seguimos estudiando en la secundaria. Allí calentamos los bancos durante cinco adolescentes años. Aunque el gordo y yo ya no vivíamos en Caballito, nos veíamos a menudo. Casi todos los días nos juntábamos con los antiguos amigos en el bar Garial, al lado del cine Pellegrini. Descubrimos el placer del primer cigarrillo; el paño verde nos hacía sentir “hombres”; saboreábamos aquellos balones espumosos acompañados con tostadas de crudo y queso.Y las estruendosas polémicas sobre la guerra, Perón, el marxismo, Codovilla, el origen de la vida y el revisionismo histórico.
Joaquín, mientras tanto, se había transformado en un hábil dibujante. Su talento artístico se perfeccionaba en relación directamente proporcional a sus ensoñaciones eróticas. En esa etapa de su vida el gordo, por fin, halló una nueva modelo: Angélica Dubois, la profesora de francés. Alta, áspera y mandona, la “Dubuá” era una mujer de clase. Nos mantenía a distancia con aquella mirada felina que, pueden creerme, nos acobardaba. Mas Joaquín era un apostador de cuna: la dibujaba al pastel y al óleo. Los arrogantes senos de la profesora recibían una meticulosa tarea de orfebre. Los labios de la Dubuá , decididamente eróticos y acicate para nuestras fantasías, resaltaban en sus obras como dos frambuesas afrodisíacas.
Antes de terminar los estudios nuestras vidas fueron tomando rumbos divergentes. Nos veíamos en ocasiones. La relación se desvanecía, como la infancia, esa hermosa vivencia del comienzo, del echarse a andar, del aprendizaje. Nos perdimos de vista...
De vez en cuando el gordo resucitaba en mis pensamientos. Era como frotar la lámpara de Aladino y ver a Joaquín plantado delante mío. Con la misma fugacidad se esfumaba, como se disipan nuestros sueños nocturnos a la mañana siguiente.
Pasaron muchos años. En realidad, casi toda la vida. Ya no vivo en Buenos Aires, mi patria chica. En una de mis visitas, viajando una mañana cualquiera en colectivo, subió un tipo medio pelado, panzón y envejecido. Era uno de esos vendedores de baratijas de la fauna porteña: «Señores pasajeros, tengan ustedes muy buenos días. Aquí les ofrezco este útil artefacto... «blablablá, blablablá; y por si esto fuera poco, blablablá. ¡por cinco pesos solamente!». Pasó a mi lado y giró la cabeza. No dudé: era Joaquín Solanas, el gordo, mi amigo de la infancia, el Cellini del lápiz. Callé; pienso que también el gordo me reconoció y por alguna razón prefirió seguir de largo. Me dejó cavilando.
Pasaron algunos días y el recuerdo de Joaquín no me abandonaba. Fue entonces cuando interpreté el mensaje. Yo quería, necesitaba revivir el pasado, recrear mi infancia. Tal vez el gordo que pasó a mi lado fue una sombra, un desgarro onírico. Incluso, ni sé si era Joaquín Solanas. No tenía importancia. Entendí, angustiado, que la niñez fue el punto de partida, el comienzo de la vida; que yo me negaba a partir sin hacer esa última travesía. Era como protegerme de la parca, alejarla, hacerme inexpugnable. Estuve deprimido varios días.
Antes de irme de Buenos Aires volví a recorrer los lugares en que transcurrió mi niñez. Nada era igual, todo se veía distinto, cambiado. Me sentí como un intruso que pasea por extrañas comarcas. Busqué mi casa, a mis amigos; ví el potrero de la esquina hollado por un edificio flamante, la casona del gordo despintada, los paraísos de mi Figueroa sin aquella fragancia esotérica. El extranjero, yo, en mi propio barrio. Mientras, unas lágrimas boludas se deslizaban por mi facha y pensé: “Soy el forastero extraviado en el pasado; el que rastrea el ayer atesorado en alguna dimensión impenetrable”. Inflado como una pulga debido a mi “brillante” metáfora, y como inútil responso emponchado en un melancólico sudario de recuerdos, pensé para mí: «Ché, viejos compinches, déjense de joder...
Todo ha muerto, ya lo sé» (Cuentos Desde Lejos) ●
6. Ché Gaona
...para qué servía mirar esta ciudad nueva,
distinta de la ciudad de papel que yo quería revivir,
cuál era el sentido de corporizar cosas o ámbitos
que existen en una dimensión imaginaria.
Álvaro Abós – Al pie de la letra
| N |
o me acuerdo: ¿fue ayer? ¿o hace mucho tiempo? Entonces pensé en el misterio de esa calle que me vio patear en la infancia, la de los días felices del vivir con la visión irresponsable de un mañana sin fin.
La cosa es que volví a Gaona, ¿sabés? Las baldosas me veían, se estiraban como alfombras y saludándome jocosas murmuraban: “Chau, Rusito, ¿por dónde anduviste tantos años?”. Las vidrieras, asombradas, sonreían y me guiñaban el ojo. Y sobre los flamantes carteles de flamantes negocios aparecían, como cosa de magia, los antiguos carteles de antiguos negocios. ¿ Qué te batís, Caballito al norte?
La nueva “raviolería” de Gaona y Pujol volvió a ser la “zapatería Muñoz”. ¿Y este negocio de computadoras? No lo podía creer: yo veía el letrero de “Vinerías La Superiora ”, con la imagen de la monjita dentro del círculo. Posta posta. ¡Qué locura, mi madre! ¡Ché Gaona, qué sorpresa!
Pero lo más cómico fué el recibimiento de la iglesia de Nuestra Señora de los Buenos Aires. la turulata me tributó una salva, ¡sí! ¡una salva de campanazos! Y fijate que yo no creo ni en mi sombra.
Figurate la que se armó: repiqueteo de campanas a las tres de la tarde.¡Todos los veteranos de mi viejo barrio (los sobrevivientes) aparecieron en Gaona. Me abrazaban, me besaban, reían a carcajadas y algunos lloraban (¿qué raro, no?).
Y en eso lo veo venir al Lalo aquél, igualito como entonces: “Ruso, Rusito. ¡Dale Ferro!” gritaba, con el funyi marrón de ala gacha (¿será el mismo Lalo? ¿será el mismo funyi?). “¡Veníte el domingo a la tribuna, Ruso, te extrañamos, ¡tanto tiempo! ¡Van a estar el Fito, el Guri, todo el Triángulo Verde, venite!” me dice a los gritos. Caballito al norte, pucha digo, si es para no creer. Ahora me dicen “Ruso”y se me hacen agua los recuerdos, pero la bronca que me daba en aquellos tiempos. ¿Sabés... eh, calle Gaona...?
Y luego, el encuentro con Osvaldo “Peluca” Rolón; sí, cuyo padre era el encargado del correo en Gaona, entre el pasaje Amberes y Paramaribo. “Ché, Peluca -le digo con un corcho en la garganta-, ¿dónde andan todos los pibes?”, mientras me abrazo con mi amigo de la barra de Figueroa al 1200. “Los pibes, los pibes... están todos repartidos, Rusito”, me dice sin alegría. “¿Y dónde están repartidos, viejo?”, le pregunto con ingenuidad de oveja en el matadero: “Están repartidos... algunos en el de Flores, otros en la Chacarita , y los que viven, yo qué sé, ché! Pero estate seguro que al de Recoleta no llegó ninguno”, me recita, y los dos nos cagamos de risa.
El barrio se aquieta. La euforia del reencuentro se va apagando, como un cerilla, como la vida. Las baldosas media chuecas bostezan resignadas. Me pareció ver a algunos árboles hacerme una especie de reverencia. Y juro que no me bajé ni un solo vaso de moscato.
Peluca y yo íbamos caminando por Gaona, a paso lerdo. Las vidrieras, tímidas y coquetas, seguían guiñándome el ojo. Yo me sentía con un pibe, taitantos pirulos más joven.
Y en lo mejor, en el momento más agradable, me vengo a despertar. ¡¡Pucha digo, ché Gaona! ¡¡Qué bronca! ¿sabés? ● Cuentos Desde Lejos (enero, 1999)
7. Esta murga se formó
Buenos Aires practica con fervor la religión
de la piqueta y el olvido. Pero existe en la memoria
o la imaginación, como las ciudades que
Marco Polo le describía a Kublai Kan.
Alvaro Abos – Al pie de la letra
| P |
ienso que recordar anécdotas y vivencias de la niñez forma parte de un periplo ineludible. Revivir aquellas escenas es como regresar al hogar paterno, a los años y los episodios de la infancia, reexaminar las relaciones con los viejos y penetrar en los secretos de aquel mundo olvidado. Por lo general, uno se siente melancólico imaginando coloquios crípticos con vivencias que nos atraviesan como destellos del ayer. Recobramos el tiempo, los amigos, la calle adoquinada, los enojos, los misterios de la luna. Y nos recobramos también nosotros, intactos pero veteranos con una sapiencia que entonces nos hubiera sido muy útil; apenados por saber que es un anhelo onírico, un deseo amputado de la realidad. Mas un sueño agradable y nostálgico, pese a todo. Son los días que se recuerdan como un diario íntimo que anda boyando en nuestra memoria. Porque es, también, el barrio chico, la patria íntima, el escenario entrañable que recorrimos estremecidos por la alegría de vivir. Porque anécdotas y lugares están tan imbricados, que no se pueden disgregar. Como si las virtudes de los hechos sólo fueron posibles gracias a la calidez del empedrado, a las baldosas cachuzas de las veredas y la policromía inocente de puertas, balcones y frentes del barrio remoto, de la calle acogedora, testigo de inagotables secuencias de nuestra niñez. A la calle que amábamos como a una tía bonachona que nos consentía sin preguntar ●
De pronto, cabalgando en un imaginario caballito de calesita, me cruzó por los hemisferios cerebrales la palabra carisma. Congelé entonces recuerdos de minas y vagos y me acordé de las murgas, del Turco Adel, de mi barrio, Caballito. De esa infancia feliz infeliz en que la pobreza era un bastión de dignidad, y los ricos copetudos eran los turros que pasaban a nuestro lado apretándose las fosas nasales, con elegancia tilinga, para no inhalar nuestra roña proletaria. Qué intríngulis, ¿no?
Pero estaba en la murga. Fue en 1940, y lo recuerdo porque ese año los boquenses salieron campeones. En aquellos tiempos las murgas eran una institución barrial, una muestra del talento popular, un fenómeno social de magnitud. Y a un barrio que tuviera una pizca de orgullo no podían faltarle sus murgas.
Figueroa al 1200, entre Paramaribo y Paysandú y sus alrededores, era la capital enana de Caballito, nuestro barrio una de las pocas calles con barra propia en la que nos trompeábamos y soñábamos juntos hijos de tanos, turcos, gallegos y rusos.
Divagando, pateando cascotes o lo que fuere, decidimos ese año formar una murga. Nos juntamos bajo la ventana de doña Mercedes, la vieja gruñona que siempre nos amenazaba con llamar al vigilante, y terminaba tirándonos un balde de agua jabonosa desde su terraza. Y nosotros, devolviéndole la gentileza, tocábamos el timbre a la hora de la siesta, o con necio deleite golpeábamos sobre las verjas del balcón bien entrada la noche.
Todos los vagos desfilaríamos al rato por la acera resbalosa de la casa de derpas fifis, en la mitad de cuadra, que baldeaba la encargada mezcla de hipopótamo y cara de laucha amargada. ¡Vayan a la escuela, atorrantes! nos gritaba, volcándonos su inquina porque le meábamos todas las noches el noble paraíso que había frente a la entrada del edificio. Y esa mañana en particular, porque restregamos las patas con cariño de papel de lija. Y porque nuestras suelas, pegajosas por un lodo chocolate medio diarreico, enchastraron la vereda, la visión y los nervios de la cascarrabias.
Resumiendo. Los perínclitos miembros de la barra aceptamos participar en la murga. Cuando llegó el momento de ponerle nombre y armar versitos, la que se armó fue la gorda. El gallego Horacio, entusiasmado, sin darnos tiempo a sentarnos, propuso de raje un nombre: Los Pulguientos de Caballito. Los pibes nos miramos. Y todos le pusimos al gaita una jeta de lástima.
–¡Sacale las pulgas a tu hermana, gallego atrasado! –le dijo con sorna Peluca. Casi se agarran. Pero la noerma del gaita no tenía pulgas: todo lo contrario. El muy cachuzo de Peluca se lo largó con envidia tufosa.
El Turco Adel, frunciendo la frente tan ancha como el traste de su vieja, propuso, con finura oriental, el nombre que se le había ocurrido para la murga: Los Piratas de Figueroa. La propuesta del Adel recibió una ovación y el gaita se sintió humillado. Es que el Turco Adel era, sin saberlo, uno de los capos de la barra, un carismático. Nos bastaba su palabra para seguirlo al infierno o hasta el Arroyo Maldonado (hoy entubado debajo de la Juan B. Justo), donde pescábamos chanchonas (mojarritas). Y además, el nombre que propuso el Turco no era casual. En esos días nos pasábamos de mano en mano historietas con aventuras de piratas: El Tigre de la Malasia , Sandokán, Los Tigres de Mompracem y otros libros de Emilio Salgari.
Ya nos disponíamos a ensayar las piruetas del carnaval e inventar nuevos cantitos, bocetar los trajes de arpillera y las gorras para el importante evento (además de los instrumentos de percusión), cuando el malogrado Emilio Pajarito pidió la parola y preguntó, con esa voz de flauta que patina, si él podría proponer un nombre para la murga. Se hizo un silencio fulero. El gallego Horacio, resentido, largó una risa de petardo a repetición. Adel, estupefacto, asesinó a Pajarito con la mirada. Yo me tapé los ojos esperando lo peor; y el Peluca Osvaldo, tragando algo de saliva, echó para atrás su flequillo Calfucurá, y dijo:
–¿Pajarito es parte de la barra, no? Que proponga el nombre de la murga, ¡¡qué tanto joder!
Nos miramos. Adel, finalmente, hizo una seña con el dedo y Pajarito, con un julepe que lo tornó más pálido que nunca, tomó la palabra y berreó con esa vocecita quejumbrosa de gallo despertando al vecindario:
–¿Les gusta Los Machitos de Caballito? ¿Qué les parece? No... ya veo que no les gusta el nombre. Pero viene al pelo –agregó presumido–. Nadie se atrevió a opinar. Unas moscas jodonas seseaban a nuestro alrededor; el silencio que había en el lugar hizo que los zumbidos parecieran el maullido de gatos en noche de luna llena. Todos los ojos, que se habían achicado, enfocaron al Adel. El Turco exhibió una sonrisa digna de un afiche de pasta dental y, levantándose de su sitial (el escalón de mármol de la casa del flaco Héctor, hijo del botón), anunció con voz solemne que la proposición de Pajarito no era mala, pero que la suya se había aceptado por unaninidad. Sonrisas de alivio. El gaita, que se las tomaba cabrero, regresó; Peluca miraba hacia otro lado; y Pajarito, contento. Esta vez no recibió coscorrones en la zabeca.
Adel, orondo, se fue acompañado de algunos compinches avisándonos que esa tarde jugaríamos un partido de rompe y raja contra el equipo de los fifís de Añasco y Gaona en el potrerito de la esquina. Entusiasmo no se vio, pero prometimos ir. El partido de fulbo ya no le importaba a nadie.
El carnaval se venía y los fifis del nuevo edificio de Gaona y Añasco llegaron empilchaditos con los pantaloncitos, la camiseta y las medias de River, limpitos y planchados.
–El Ruso al arco, el Turco Jíder fulbá, Héctor y el gaita jases, Peluca y yo adelante –nos indicó el Adel.
Pajarito portaba el botellón con agua, que parecía un exótico ánfora, y sus ojos celestones brillaban como dos bolitas barnizadas.
El partido comenzó. Los pitucos se desplegaron como una formación prusiana. Nosotros, reos solitarios sin estrenador. Y antes de que saliéramos de babia, los fifis nos metieron el primer gol. Yo me tiré a la izquierda (¿premonición?) y el rubio con jopo de los fifis pateó a la derecha después de gambetear al Turco Jíder. La situación se complicaba y no prometía nada bueno. Al ratito nomás el mismo jopito se mareó al gaita Horacio y al Turco, y la pasó por debajo de mis patas: 2 a 0.
Adel se hizo un paseo por el área chica y lo mandó al gaita Horacio adelante. El rubio de los fifis, una vez más, se vino con la pelota hacia el arco, Adel le amagó con el cuerpo y se le tiró a los pies con todo. El jopo y la redonda volaron. Cuando el rubio aterrizó tenía tatuado en la canilla un cardenal chillón y violáceo. Ahí quedó, cuán largo, con el jopo desvanecido y las manitas blancuzcas agarrándose la pierna. Y allí terminó el partido, porque las piñas volaban y los fifis, revolcados en el lodazal –que parecía sonreirles con ironía–, decidieron la retirada no sin antes amenazarnos con la vendetta. La pelota de goma (las grandes, de cuarenta guitas) nos quedó como trofeo.
–¿Cómo? –chilló el Adel luego del evento– ¿Nos van a venir a cagar en nuestra cancha? ¿Somos locales, no?.
–Ché, Turco, ellos nos hicieron dos goles sin faul, nosotros nos meamos en los lompas –intentó explicar Peluca. Pero Adel con lo suyo:
–En nuestra cancha no nos gana nadie –tronó. Y a otra cosa
Durante toda la semana nadie de la barra anduvo solo fuera de los límites de Figueroa. La amenaza nos dejó preocupados. Habíamos juntado, sobre el techo del boliche del librero de Paysandú algunos palos y piedras para las legendarias guerras de barrios. Pero la amenaza se desvaneció dada la cercanía del carnaval. Entonces comenzamos a preparar los disfraces.
Mi viejo, el sastre judío manos de oro, nos dijo que podíamos hacernos un disfraz con las bolsas de arpillera que se usaban para envasar las papas. Se ofreció para cortar una media luna para pasar la cabeza, y aberturas en ambos lados para las manos. Prometió regalarnos botones sobrantes de sobretodos y perramus para que los usásemos de adorno. Fuimos a la feria de Pujol y le mangueamos a los paperos las bolsas vacías. La vieja del Adel las fregó y eso le costó al Turco hacer los mandados durante toda la semana. Empezamos a juntar las chirolas, para lo cuál sacrificamos los caramelos, las figuritas, las latitas Starosta, El Tony, y les hacíamos mandados a las señoras fifis de los derpas, con la inocultable bronca de la encargada que nos rajaba, vaya a saber por qué. Tal vez porque no tenía críos y el dolor y la envidia la ponían histérica. O quizás a causa del marido, un batata medio gilún.
Compramos matracas y pitos, nos probamos las túnicas de arpillera y hablamos con la Tana , la madre de Pajarito, convenciéndola de que lo dejara participar en la murga. Aceptó, y el Paja empezó a saltar sobre la pata sana. Él pasaría la gorra y tiraría la manga...
Esa noche ensayamos las coplitas. Conseguimos un tambor para el chueco Armando, cada uno trajo un sombrero astroso, y Pajarito una boina de la madre color violeta rabioso.
Ensayamos un largo rato. A eso de las diez doña Mercedes y otras ilustres matronas de la cuadra nos vinieron a prepear. Era una hermosa noche de luna llena y ellas parecían una comparsa de brujas bailando un fandango. Adel les paró el carro. Entonces, la solterona de los Millán, hermana del Ñato gangoso, nos ofreció una despampanante cacerola de bronce para usarla con la murga a condición de que acabásemos el ensayo. Nos aplacamos, y el Adel, turco rocoso por fuera y blando por dentro, les obsequió su peor sonrisa y nos dio orden de dispersión hasta las ocho de la mañana. Las mujeres empezaron a patalear y entonces cambió la hora del ensayo para las nueve, frente a la casa de la Mercedes. La vieja tragó saliva y nos advirtió, con voz avinagrada: ¡Hasta las doce, ¡ni un minuto más!
El martes, víspera del carnaval, la gorda Luisa, vieja del Adel (cuyo traste era tan ancho como la frente del hijo), nos hizo pasar de uno en fondo y nos pintarrajeó la cara con pintura de labios (que haría un siglo que no usaba). Algunos impacientes ya disfrazados iban yirando por el barrio: un satanás, una princesa rusa, un zorro, dos cow boys, una bailarina y un grandote boludo con ropa de jermu (Debe ser un puto, aseguró el chueco Armando). El corso de Villa Mitre nos iba a recibir en la soirèe. Y al día siguiente la apoteosis: el corso de Flores.
Todo listo, el cuore brincando con una alegría cretina y nosotros alineados como giles en esa vereda poceada de baldosas partidas, llenas de hormigas negras que incansables transportaban el puchero para el próximo invierno.
Antes de ponernos en marcha, berreamos el nombre de la murga mientras el bombo que llevaba Armando violaba el encanto de la barriada, y la olla de bronce recibía los mandobles de un cucharón manejado por el gaita Horacio. Nos pusimos en marcha, listos para la gran aventura. ¡Por fin! Tomamos por Paysandú hacia Gaona. Unos metros antes de llegar a la avenida un vendaval de fifis se nos vino al humo agarrándonos de sorpresa, desarmados y castos.
Cobramos de lo lindo, nos confiscaron el bombo y la olla, rompieron sombreros, rasgaron arpilleras y nos calcinaron la primera noche del carnaval 1940. Varios de nuestros duros, que también repartieron piñas a granel, piantaron algún lagrimón de mala muerte por el triste final de los Piratas de Caballito hasta que el Adel, vuelto de la sorpresa y con los labios amoratados, nos mandó hasta el techo de la librería del Gallego a buscar los elementos de combate. Esa noche declararíamos la guerra a los fifis. Después se serenó: ya nos vamos a vengar, aseguró Adel.
Nos quedamos sin murga. Y la ilusión, pues, quedó amarrada a la bronca, el desencanto y la impotencia, aunque nos extasiamos imaginando el almíbar de la revancha. ¡Y qué linda sería nuestra vendetta, ¡mi madre!
Maltrechos, golpeados y sin ánimo, el carisma del Turco Adel salió a relucir en toda su dimensión heroica. Reunidos en el potrero de la esquina, lo contemplábamos en silencio:
–Che pibes, esta noche la perdimos –dijo Adel con bronca–. Pero mañana tenemos el corso de Flores. ¡Mejor! El de Villa Mitre es un corso de morondanga. Vamos a conseguir lo que nos chacaron y si nos faltan disfraces nos ponemos cualquier trapo... total es carnaval.
–Si no podemos ir todos con el mismo disfraz –arriesgó Osvaldo el Peluca− cambiemos el nombre de la murga. ¿Qué dicen, che ñatos?.
–Sí, se me vino la idea al marote –dijo Adel, siempre pescando al vuelo las ideas de los demás–. Y tengo el nombre, oigan bien: murga Los Rompedores de Fifis.
La barra no dijo ni mu. Yo pensé: Qué nombre más boludo, ¿pero quién se animaría a decírselo al Turco?
Se escuchaban pitos que aturdían, matracas bullangueras, voces y alaridos de pibes que corrían con sus disfraces. Al rato llegó el padre de Héctor con una palangana de chapa y una soga enganchada a las dos asas para colgarla.
–Empiecen con esta palangana y consíganse ollas, o latas de querosén. –nos dijo.
Luego de la bronca y la amargura comenzaron a descolgarse algunas sonrisas. El nombre de la murga ya no preocupó a nadie. Los pibes se dispersaron y al rato llegaron con sus trofeos: Adel encontró una sartén gigante en la cocina de la casa; Horacio trajo una escupidera agujereada, que le costó la burla de toda la pibada.
Sólo al Turco Jíder y a Pajarito les quedó pasable el disfraz de arpillera. Adel nos propuso hacer un ensayo en vivo:
–Vamos a dar una vuelta por Gaona hasta las Diez Esquinas, y vos, Pajarito, usá la gorra de tu javie pa’pedir la contribución. Donde vemos gente nos paramos, cantamos los versitos, todos hacemos baile indio ¡jiri jiri juru juru! –onomatopeyizó –, yo y Armando caminamos cabeza abajo y vos pasás con la gorra. Mañana vamos al corso de Flores y después del Carnaval, ¡leña a los fifis!
Al lado del Social y Deportivo Buenos Aires, en el bar Río de la Plata pegado al cine de igual nombre (con la vitrolera y sus atrayentes gambuzas en el palco), y frente al monumento del Cid Campeador, la muchachada nos aplaudió. Pajarito, con la cara arrugada de jovato y la pata renga mangueaba con la boina violeta, y las chirolas caían que daba gusto. Antes de las diez de la noche terminamos nuestro debut como murgueros y regresamos al barrio. Pese a todo no estuvimos tan mal. Peluca y yo volvimos juntos, porque vivíamos en la misma casa de derpas cajitas de música.*
Nos sentamos en el umbral, cansados y hediondos de sudor. La luna se colaba de vez en cuando entre unas nubes escalofriantes, y gatos hambrientos estaban en plena faena dentro de las latas de basura, maullando y disputándose la carroña. Medio apagado, Peluca me dijo de sopetón:
–Estuvimos bien, Ruso, pero nuestra murga es un estropajo. Mañana yo no voy al corso de Flores. La gente se nos va a reír en la jeta y otros murgueros nos van a correr a pedradas. Hay que hablar con el Turco Adel.
–Pero esta murga es nuestra: tanto que nos rompimos el culo. No sé qué querés, Peluca...
–Somos unos rejuntados, no una murga. No jodamos, Ruso, para andar por Caballito o ir a Primera Junta puede ser. Pero al corso de Flores yo no voy.
Lo vimos venir por enfrente. Una sombra cansina, algo gordita, arrastrando los pies, remedo de pilotes de cemento. Era la figura inconfundible del Adel. Nos vio y cruzó. Lo recibimos sin abrir la boca. Se sentó entre los dos quitándose el antifaz. De pronto, Peluca le largó el rollo. Le dijo que nuestra murga era un rejuntado, que dábamos lástima, que no siguiéramos.
–Lo venía pensando al venir pa´ca. ¡Mejor le hacemos la guerra a los fifis y nos dejamos de joder con la murga. El año que viene la preparamos mejor –pontificó el Adel esbozando su risa siniestra y bonachona.
–¿Lo resolvemos por unaninidad, Adel? –le dije con sorna. Los tres nos largamos a reír yéndonos a nuestras casas. En algunas terrazas del barrio se oían carcajadas con gargajos, el estruendo de pitos y matracas rebotando contra los ajados pliegues de la luna y se escuchaba música de tango y rumbas desde una vitrola. Las nubes, que amenazaban borrasca, ocultaron la luna y yo pensé: Capaz que mañana llueve y chau carnaval. ¡Qué tarro!
La mañana se presentó gris y húmeda. Sin demasiado bochinche nos encaminamos por Figueroa hacia Añasco con antifaces y máscaras, llevando un inocente balde y unas latas. A Pajarito no lo dejamos participar. Íbamos a jugar una cándida guerra acuática, típica de aquellos años. Las pibitas, por las dudas, se escondían al vernos marchar como un pelotón sanguinario dispuesto a librar un combate de exterminio.
Llegamos y ahí estaban los fifis, ingenuos gilastrones, sentados en rueda y riéndose a carcajadas. Cuando se avivaron fue muy tarde: el líquido de los recipientes cobró color y olor al desparramarse sobre las cabezas de los fifis –una media docena –, tomándonos el raje apresuradamente.
Alcanzamos a oír los aullidos, las puteadas y los lloriqueos. La guerra había comenzado con un colage impresionista. ¡La que vendría luego! Pero esa será otra historia ■ de Calles Empolvadas de Recuerdos
* Título de un relato de Andrés Aldao, publicado en su libro Cuentos Desde Lejos (Ediciones del Exilio, enero de 1999). Acotemos que los escenarios de los relatos transcurren en el barrio porteño de Caballito, donde el autor protagonizó su infancia y adolescencia.
8. ¿Adónde te fuiste, Pajarito?
La angustia de la muerte y la certeza
del cuerpo desmembrado...
Hebe Solves
| Y |
a he escrito sobre él... Era nuestro amigo y lo llamábamos “Pajarito”. Me daba pena. Cuando nos veía jugar, la envidia, el saberse distinto, lo ponían serio. Tenía la cara flaca y estirada, con arrugas de jovato en las mejillas y las sienes. Los ojos celestes, aguachentos, como si los hubieran puesto a remojar en lavandina. La nariz delgada, todo tabique y un poco de yapa a los lados. El pelo era rubio amarillento y agresivo, que contrastaba con la blancura de la piel. Todo en “Pajarito” era módico, endeble y crujiente. Igual a la madre, una hija de tanos que vivía en un sucucho con Emilio (Pajarito), y la hermana, Elenita, un poco mayor. Nunca vimos al padre y jamás se habló del tema.
El pie derecho estaba a escuadra en relación a la pierna: una moto le pasó encima y en el Pirovano le hicieron una “cura” fiera, pobre Pajarito. Por eso rengueaba. Cuando corría daba la impresión de que saltaba sobre un pie. Siempre que jugábamos a la pelota nos miraba. Si alguien la tiraba adentro de la casa de alguna vecina cabrera, lo mandábamos a que diese la cara. Los gritos y los insultos eran todos para Pajarito. Nosotros, un poco alejados de la trifulca y formados en semicírculo, poníamos cara de circunstancias.
La calle Figueroa, en Caballito, tenía un encanto especial: en todas las primaveras aparecían bandadas de mariposas multicolores. Diariamente, alguno de nosotros se trepaba a los paraísos y cortaba ramas. Nosotros las pelábamos, pues sin las hojas el zamarrazo era fatal. Estábamos al acecho y ¡¡záz! las bajábamos de un certero y fulminante golpe. Era uno de nuestros juegos de “azar” preferidos; todavía no captábamos la crueldad de ese solaz.
Pajarito nos observaba y a veces alguien la daba una rama pelada. Él las perseguía con la piernita enclenque y casi siempre la pifiaba. Entonces se iba, ovillado en la vergüenza de ser menos.
Una mañana, Pajarito nos dijo que quería subir al árbol para cortarnos las ramas. Nos miramos: Osvaldo “el Peluca” propuso que lo dejáramos... Nos acercamos a uno de los ejemplares más frondosos: lo izamos, se tomó de una rama y fue trepando hasta pararse en ella. Comenzó a cortar ramas pequeñas y las iba tirando.
“¡Dale Pajarito, dale!”, lo alentábamos. Una sonrisa le pintaba el rostro. No recordaba haberlo visto tan alegre y satisfecho, tan compinche nuestro.
Los que ya teníamos ramas nos fuimos yendo. Ubicándonos en lugares estratégicos, esperábamos las oleadas de mariposas. Hacía calor. y a Pajarito lo olvidamos.
De pronto un alarido nos aterró: corrimos hacia el árbol y allí, tirado sobre los adoquines, yacía nuestro amigo en medio de un charco de sangre. El miedo y el horror de la caída no le borraron la sonrisa. La última sonrisa de Pajarito en su primer y postrer vuelo.
No quiero volver la cabeza ni constatar, azorado, cuán rápido el sombrío garfio de la muerte se alarga, cuán pronto los pálidos cirios se multiplican... Mas la vida continua luego de la muerte, y el vaivén de lo nuevo, a despecho de esas sensaciones, se abre para los otros niños el mundo aún ignoto del placer... ■
Publicado en Cuentos Desde Lejos (enero, 1999
9. La señora Teresa
...porque entonces yo aún no sabía que
a pesar de crecer y por mucho que uno mire
hacia el futuro, uno siempre crece hacia el pasado,
en busca tal vez del primer deslumbramiento.
Juan Marsé – El embrujo de Shanghai
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igueroa al 1200 era la réplica de otras calles de la Buenos Aires de los años treinta y cuarenta. Las anécdotas y las emociones, la vida a cámara lenta; inquietudes calcadas del protocolo de la ciudad, la vida diaria con cadencia de la música de la urbe que él iría asumiendo con fascinación y curiosidad.
A la escuela Iba de tarde. Y durante las mañanas recorría las calles del barrio de Caballito, exploraba el espíritu del nuevo vecindario y se extasiaba contemplando a los quinieleros, los cafiolos, los esgunfiados y los atorrantes que le escapaban al trabajo. O a los viejitos jubilados sentados en las puertas de sus casas fumando en soledad cigarrillos Tecla, Barrilete, o los abusivos toscanitos Avanti. Lo asombraban las mujeres que iban al mercadito, a la feria y a comprar todos los días las flautas crocantes, los pebetes y los bizcochitos de grasa en la panadería Del Carmen, en Gaona y Paisandú. En esas rondas iba conociendo a las nuevas vecinas, a las hermanas y las madres de los amigos.
El aprendizaje. La mirada diferente compartida entre las pibas de su edad y las mujeres maduras que estimulaban sus fantasías, el tenue despertar de instintos y sensaciones que ignoraba hacia adónde lo llevarían.
Se empapaba de vida cotidiana. Tenía la sensación de haber entrado en un mundo oculto. Y para ciertas cosas, con un prematuro discernimiento que se abría paso dentro de su turbada conciencia de hijo de inmigrantes. Era como haber cruzado un límite, o haber entrado en un espacio virgen para su reciente ayer.
En una de las casitas de la cuadra se asomaba a veces , en el balcón que daba a la vereda, una mujer solitaria. No sabía precisar si era bonita, palabra que no era parte del vocabulario de la calle. Pero lo atraía. Rubia, de ojos claros, ojeras marcadas debajo de los ojos, figura esbelta, mirada algo sobradora e incitante (provocativa, diría después), contemplaba al pibe con fijeza, envolviéndolo con sutileza y garbo. Y él, turbado, bajaba la vista. Sólo sabía que la llamaban “la señora Teresa”.
El detalle de la ojeras era para los pibes que tenían calle un signo definitorio: se trataba de una “puta”, término que les sabía a mácula, signo de que sus salidas por las tardecitas eran para “hacer la vida”, algo criticado por las viejas. “Putas, rameras”, pontificaban los mayores sobre esas minas arregladas, pintaditas, de zapatos de taco alto y polleras ceñidas y cortonas. Él intuía que se trataba de algo que tenía que ver con esas sensaciones agradables provocadas cuando se meneaba el pito y alcanzaba un estado de gozo incontrolable.
Sin saber qué implicaba esa mirada, el pibe pasaba por la vereda de la casa intimidado por esos ojos que lo observaban con simpatía. No podía imaginar en aquella mañana de barrio
− recordaría años después − que ese rostro de mujer despertaría en su candor un secreto estremecimiento, la atracción por una mujer adulta. Que nada tenía que ver con los juegos y las experiencias infantiles, nada que ver con los recuerdos de la edad feliz, de las evocaciones conscientes, de los primeros compinches, la escuela y sus pequeños traumas.
El recuerdo regresaría bastante después, claro, como una sensación de ternura frustrada, algo de piedad y mucho de objeto inalcanzable. Como si los deseos de acercársele, rozar las ojeras − que eran como una lacra infame, decían −, fuesen espejismos, fantasías, el desgarro ante la certeza pueril de lo quimérico y pecaminoso, la orfandad acompañándole como un profuso apretón de espinas.
Pasaban los días y durante las andanzas solitarias por el barrio, cuando los ojos de la “señora Teresa” lo agobiaban, bajaba la vista escurriéndose, deplorando no convertirse en El Hombre Invisible, o en La Sombra. De todos modos, la imagen de Teresa le servía de estímulo, ensoñación obscena para las masturbaciones que celebraba algunas mañanas en su honor.
Esta historia de pibe seducido por la mina madura, tan distinta a las mujeres gordas que vivían en la barriada, no alteraron demasiado la rutina de su niñez, hasta el día aquél en que la señora Teresa, contemplándolo con su mirada insistente, le hizo una seña con el índice. Confundido, con un julepe atroz a lo desconocido, vaciló: disparar o hacer la comedia del chicato que no ve. Parada sobre el escalón de mármol de la casita con puerta de chapa, seguía haciéndole señas mientras bajaba del peldaño a la vereda y, espléndida, contoneándose, se lle acercó.
−¿Qué quiere, señora? −murmuró apocado.
− A ver, ¿cómo te llamás vos? −dijo con suave sarcasmo.
−Para qué me pregunta −musitó.
−Hablá más fuerte, che rusito, que no se te escucha. A ver, dale, decime...
Le dijo el nombre. “Qué nombre más raro, che”, y comenzó a sonreírse. Él se sonrojó.
−Quiero pedirte un favor... Necesito que me hagás un mandado, te voy a dar una propina. ¿Sí? Por favor...
Se lo pidió con dulzura, y él, atemorizado, le dijo «Bueno, señora». Ella lo miró con cara agradecida, y agregó:
−Vos vivís enfrente, ¿no pibe? Y llamame Teresa, ¿de acuerdo?
Le pidió que le compre un churrasco de cuadril, una lechuga, un tomate y verdurita. “Y decile al carnicero que es para Teresita” −agregó−, y que lo anote.”.
Cuando volvió con el mandado golpeó con el llamador mientras miraba para todos lados. «Si me llega a ver la vieja, uy, que despelote...». Estaba asustado.
−¿Ya estás acá? Qué rápido, che. A ver, muy bien... bueno, tomá, estos diez centavos son para vos. Decime, ¿cuando te necesite me vas a hacer la gauchada?
−Sí, señora.
−Llamame Teresa. A mi no me gusta que me llamen así ¿sabés? parece el nombre de una virgen −Y se echó a reír.
−Sí... −la cara se le puso bermellón cuando farfulló el nombre: señora Teresa.
−Sin señora, nene, bueno, andá, y gracias. Chau.
Cuando volvió del cole miró hacia la casa de Teresa. La ventana que daba a la calle estaba cerrada, no se veían luces. Se sintió abatido. Fue la primera vez que la buscaba. Como si la experiencia de la mañana lo hubiese acercado a la vida de la mujer, bajo la impresión de su voz y la cara, no habituales en el barrio. Su cabello era rubio claro, “como el de las muñecas de las jugueterías”, se le ocurrió. Y recordó el perfume que desprendía su cuerpo. No quería ir a jugar con la barra, estaba retraído, sentía algo raro. Se fue a la casa.
Teresa anegaba sus días con cálidas imágenes... Fantaseaba escenas en las que ella le confesaba su cariño, tomaba sus manos o le acariciaba las mejillas. Y, aunque en la escuela estaba prendado de una pibita del grado (ni bola que le daba), la figura de Teresa le invadió el tinglado. La vieja le interrumpió los sueños: “¡vení a comer!”. Fue a sentarse a la mesa. Comía embutido en el silencio. Hubiera querido preguntarle al viejo cosas de las “curves” (el sinónimo de puta en ruso), pero el padre leía el diario. Con la curiosidad insatisfecha se fue a dormir. A la mañana siguiente se masturbó imaginando a Teresa desnuda, con las ojeras de puta bajo sus ojos profundos... Empezó a intuir la relación. Era un secreto que debía guardar, no mentárselo a nadie. Ni a los amigos...
Continuó haciéndole mandados y siempre le daba la moneda. Una mañana, Teresa le pidió que fuese a comprarle un par de medias a la mercería de Gaona. Se ruborizó y ella se rió a carcajadas. Le pasó un papel en el que había anotado los detalles. Avergonzado, se encaminó hacia Gaona y cumplió el encargo. Ella le dio los diez centavos y un suave pellizco en la mejilla. Se sonrojó por segunda vez. Imaginó que pasaba los dedos por su mejilla y luego los besaba con pasión... No lo hizo.
Una tarde la vio doblar por la esquina de Paisandú hacia Gaona. Un irrefrenable impulso lo llevó a seguir sus pasos, descubrir, quizás, el secreto de sus caminatas por las tardes, develar las incógnitas de esas salidas vespertinas, pintada, elegante, las ojeras acentuadas, su contoneo sugerente. Garuaba; la llovizna, como un nimbo gris, resaltaba la efigie de Teresa que caminaba sin apurar el paso. La lánguida figura de la mujer se iba diluyendo en las sombras del atardecer. La vio cruzar Gaona, subir al tranvía 99 y esfumarse. “Hacia la perdición”, pensó con pena repitiendo frases de los “mayores”, sin saber muy bien de qué se trataba. Una angustia imprecisa, preguntas que no sabía responder. Las mejillas se le fueron cubriendo de lágrimas y regresó a la calle protectora...
Hacía varias mañanas que no veía a Teresa. A veces ocurría. Aunque todos los jueves lo aguardaba tras la puerta, en una especie de rito secreto. Cuando lo advertía le hacía señas y le encargaba las compras. Pero ese jueves no estaba. Sintió una extraña inquietud. Los pibes de la barra habían comenzado ha observarlo, cosa que despertaba su ira. Y temor. Pensó que habían descubierto sus mandados, O mucho peor, sus secretas ensoñaciones con Teresa. La sospecha le agobió. Algunas de las viejas podría ir con el chisme a la casa, o las amigas de la hermana referirle lo de los mandados. No entendía qué tenía de malo, aunque sabía −puro pálpito− que debía hacerlos con discreción, como un furtivo acto conspirativo.
Ese viernes salió de la casa y, mientras recorría el pasillo, sintió una vez más la angustia imprecisa. Llegó a la calle: allí estaban las matronas parloteando como arpías excitadas. Se fue acercando y escuchó que la vieja de Adel les decía a las otras: «Se la llevaron antiayer, sí... Vino el autito de la 13ª. Esa atorranta... yo les dije que ésa no es trigo limpio, es una ramera», musitó bajando la voz al ver al pibe. Y vos andáte de acá, Rusito, que nadie te llamó».
Volvió a la casa. Se sentía como el protagonista de una tragedia. Recluido en el baño se masturbó, desesperado y afligido. Después secó sus lágrimas.
Luego de un tiempo la “señora Teresa” regresó. Estaba más pálida y las ojeras parecían delineadas con espejuelos negros. Un mediodía, yendo hacia el colegio, la vio. Tenía la cara seria y se adivinaba triste. Ella lo miró a los ojos, con ternura, necesitada de un gesto amistoso, y él, turbado, dio vuelta la cara... Ya no volvería a pedirle mandados.
Esa tarde se hizo la rabona; se sintió desdichado e infeliz, con una vaga e incomprensible sensación de culpa.
A los pocos días un camión de mudanzas se llevó a Teresa, a sus muebles, las plantas y unas canastas de mimbre. Las brujas de la cuadra contemplaban la escena con sus ojos de arpías.
Durante un tiempo siguió vislumbrando la puerta de chapa y el escalón de mármol desde donde Teresa lo convocaba los días jueves. Sin saberlo, fue su primer desgarro amoroso. Nunca volvió a verla. Jamás la olvidó ●
Publicado por primera vez en De Evocaciones (2007), apareció en la saga Aserrín...Aserrán (2008).
10. Lucía baila el tango
Buenos Aires es amistad en la esquina de barrio y
nostalgia de esa amistad en las calles del centro".
Jorge Luis Borges y José Edmundo Clemente
En las penumbras de esas mañanas sofocantes, cuando el aire quieto parecía lava que le acariciara la piel irisada, Lucía estremecía el embaldosado patizambo de las aceras. Canta y baila el tango, trabaja y sueña, es la piba proletaria que descubre el universo vertebrado de la realidad y el regocijo.
Al irse a yugar a la fábrica de medias de la calle Gaona, sus taquitos resonaban en las penúltimas sombras de Figueroa, o sobre la mueca sarcástica de Paramaribo, mientras un tardío bostezo matutino le plisaba la hermosura de las pálidas mejillas aún abotargadas por el sueño insatisfecho.
El viejo era un gallego laburante, cara ceñuda y cejas tupidas, siempre quejándose de algo pero de corazón propenso al arrugue. Sobre todo desde que Leonor, la mujer, murió de un ataque de asma y quedó viudo con dos hijos a cargo. Su prematura viudez y la derrota de los leales en la guerra civil española le agriaron el carácter. Colgado sobre la pared tenía un inmenso retrato de Juan Negrín y en la mesa de luz una foto enmarcada de Dolores Ibarruri, La Pasionaria.
Lucía era la hermana mayor de Horacio, integrante de la barra de Figueroa. Andaba por los catorce o quince. Espigada, con cara de virgen de estampita, pálida, ojos redondos y grandes –a veces con una expresión algo tristona–, llevaba el cabello renegrido dividido en dos tupidas trenzas.
Obrerita y promisoria, se deslizaba como un cisne opalino en un lago de aguas burbujeantes, siempre tarareando algún tango chanfleado por la gracia de su voz adolescente.
Se ganaba el mango por la suya, hacía la limpieza de la modesta casita en que vivían. Gustaba contemplarse en el espejo, examinar las suaves tramas de su rostro y vivir el despertar tempestuoso de la edad.
Miradas codiciosas habían comenzado a junarla. La galleguita estaba aprendiendo a contonearse, a llamar la atención, a estimular la fantasía de los mirones del barrio. La barra chaplinesca de Figueroa dejaba transcurrir su tiempo en juegos piromaníacos, el picado de vereda a vereda con la pelota de veinte guitas, el previsible vigi ladrón, la narración de cuentos verdolagas, o el balero con las refulgentes tachuelas acorazando la embocadura. Pero también imaginaba. Imaginaba los encantos previsibles de la Lucía con concupiscencia de masturbadores precoces y fervorosos.
La vieron crecer desde que eran gurruminos. Era una adolescente bien formada, de ademanes delicados al margen de las rabietas que prestigiaban el clima familiar. De todas maneras, Lucía fue el ensueño procaz e imposible, la novia inalcanzable, la minita de abolengo que rompía el cuore de los pequeños quias en la temprana era de la infancia. Pero la inocencia decrece, sibilina. Con prisa y sin pausa.
Mientras cuchicheaban pavadas, la veían pasar atractiva e indolente refregándoles su esbeltez de Afrodita sin darles ni la hora. Y el gallego Horacio, humillado por esa sugerente contemplación, se transformaba en un hierro al rojo vivo. El rostro se le congestionaba y gotas de sudor rabioso le bajaban por la frente, mientras los amenazaba con los puños apretados vociferando: ¡¡Degenerados, si llegan a decir algo de mi hermana los fajo a todos! No decían – no cuando el gallego gilún estaba presente –, pero fantaseaban. ¡¡Cuánto que fantaseabn!
En Paysandú casi esquina Luis Viale había en esos años una casona con un patio enorme cubierto por una higuera escalofriante y hiedras trepadoras. Allí, precisamente, funcionaba el Social y Deportivo Caballito Norte. De deportivo tenía el nombre; y como social, en realidad era la guarida de los jovatos jubilados del barrio. Los naipes de esquinas desbastadas entre aquellos garfios proletarios, se batían en duelos estentóreos de truco, escoba de quince y mus.
Tan enorme, sombreado y larguirucho era ese patio, que a los pibes les daba pavura llegar hasta el fondo tupido, misterioso e imprevisible. Era como la jungla en la que Tarzán de los Monos se paseaba junto a Jane entre arbustos gigantescos, saltando de liana en liana mientras Chita y Tantor les resguardaban el lomo. Era un temor que habían cultivado los viejos con el antológico hombre de la bolsa, Lucifer y su infierno tenebroso y el desopilante cuco que puso en vereda a varias generaciones de infantes indomables. Freud y Piaget no se habían popularizado aún, la APA ¹ estaba en pelotas y la computación y la pedagogía eran fantasías siniestras del Astrólogo de Los Siete Locos arltianos. Y aunque estaban convencidos de que en ese fondo no había fieras con colmillos chorreando baba sanguinolenta, ni plantas devoradoras, ni hormigas termes, ni elfos perversos, preferian no arriesgarse…
Los domingos, el Social y Deportivo abría sus puertas cachuzas a la milonga, y el patio era la pista de baile con la música de jazz y tango que azotaba al vecindario. Esas noches, las pibas más jóvenes aparecían con las viejas, los imberbes llegaban en barritas peinados al Brancato o brillantina –que le daba al pelo ese lustre pringoso, como de aceite para la Singer –, y las parejas veteranas bailaban arrulladas al compás de tangos y milongas en discos de pasta de Fresedo, Canaro y Lomuto, y los renovadores Troilo y Pugliese.
Una tarde, Lucía se animó a pedirle al padre permiso para ir la noche del domingo a la milonga barrial. El gaita la miró preocupado.
–Un lugar así no es para ti, Lucía. Los muchachos son todos unos canallitas.
–¿Entonces tengo que vivir encerrada, sin salir, mirando las cuatro paredes?
–Pero qué es lo que dices, inconciente. A esos lugares van los canallitas que te ponen el vicio entre las piernas. ¡¡Qué te parece, Lucía! ¡¡Yo los conozco al dedillo! ¡De ninguna manera!
–Pero papá, las chicas del barrio van acompañadas de las madres. Yo puedo ir con Rita. Es para pasar el rato: yo trabajo toda la semana, ¿no puedo salir a divertirme una noche?
–Vé al cine los domingos por la tarde, pasea con tus amigas o escucha radio, lee las revistas que te compras. A esos antros viciosos tú no debes ir. ¡¡Olvídate, Lucía! Es por tu bien, hija, hazme caso, ¡escápate de los viciosos de la noche!
Qué ganas de llorar, en esta tarde gris, canturreaba Lucía la tarde del domingo mientras sacudía las colchas de las camas, barría el patio con la escoba media pelada y le pasaba cera a los pisos de madera. Entró en la cocinita, calentó la pava y le cebó al padre unos mates con espuma de primera. Terca. Muy terca y compradora la pibita.
El padre, que no era ningún otario, se sonrió con disimulo tras los bigotes de prócer de fin de siglo. Finalmente le dijo, en un murmullo ininteligible:
–¿En serio que Rita va con la madre?
El bagre picó la carnada, pensó Lucía; y de raje, sin perder tiempo, calentó la olla con agua, llevó la palangana al bañito y comenzó a lavarse.
Acariciaba con suavidad las intimidades de su cuerpo; y un creciente ardor la inundaba de placer mientras los dedos retozaban sobre sus senos. Pensó en Agustín, el hermano de su amiga Estela, que la miraba con insistencia cada vez que iba a comprar al mercadito de los tanos. Y ella a él. El ardor, alentado con destreza, alcanzó entonces el punto de ebullición. Suspiros y jadeos acompañaron la sensación arrebatadora de placer.
Secó su cuerpo, se puso la ropa interior y envuelta en el toallón se encaminó a la pieza. Se vistió detrás del biombo cuyas rajaduras el padre tapó con papel engomado. Con fingida ingenuidad el hermano lo corrió. Lucía le estrelló en la testa un mamporro espectacular. Horacio se retobó aunque optó por retirarse.
Esa noche Lucía iba a estrenar los zapatos con taco trotter, medias de seda con ligas, una blusa de escote en V que cerraba debajo del pliegue de los senos, la pollera tableada y el collar fantasía que compró con parte del sueldo. A la blusa le dio un tirón de la parte trasera para ocultarle al padre el llamativo escote. El lado posterior del cuello quedó levantado. Ya lo acomodaría más tarde. Le faltaba pasar una prueba decisiva: darse el toque de colorete, delinear las cejas y pintar sus labios. Decidió suprimir el experimento. Podía pintarse en la casa de Rita, o incluso en el club. Lo importante, pensó, era eludir la censura.
La boca de la muchacha era pequeña, sus labios resaltaban como fresas silvestres, tenía la nariz tenuemente repingada, y los ojos negros matizaban su efigie de madona.. Cuando sus trotter cruzaron el portón del Social y Deportivo, taconeando insolentes, causó sensación. La pibada se alborotó contemplando a esa muñeca de endeveras.
La madre de Rita se sentó al lado de otras respetables matronas del barrio, mientras las nenas, de pie en el borde de la pista, esperaban el cabezazo de los quías de sonrisa babosa.
Él le hizo una seña tan tenue, que Lucía ignoró. Permaneció erguida como un palo de escoba. Entonces, Agustín, ultrajado por el rubor cetrino que le arañaba las mejillas, bajó la pera con fuerza. Semejaba un martillazo feroz que machacase la cabeza de una chinche.
La parejita bailaba con elegancia de veteranos, en tanto las piernas se enrulaban en las figuras del doble ocho y la corrida enhebradas con el ritmo de Fresedo en Cuartito Azul.
El vicio del pibe, tal como lo supuso el padre, se acomodó en la entrepierna de la chica, disimulado entre el tableado ordenadito de la pollera negra. Las dos mejillas adheridas como ventosas, la mano derecha del pibe aferraba la cintura de Lucía y la izquierda prendida a la mano de ella. La nuez de adán del muchacho bajaba y trepaba con cadencia de milonga, la lengua humedecía sus labios agrietados y la voz, atascada, no emitía señales. De la piel de Lucía emanaba tibieza, frescura, un agradable aroma a colonia Atkinson’s. Su mirada dulce tenía aturdido al muchacho, incapaz de abrir la boca o tomar alguna decisión. El diálogo fue tan tupido que no les salió ni un mísero adverbio, o algún adjetivo solitario.
–¿Vos sos mudo o estás enfermo? –dijo la muchacha con cándido sarcasmo. Agustín se sonrió y le ofreció un chicle Adam`s. El fresco de la noche se escurría por la calidez del ambiente, la mezcolanza de perfumes baratos y el ácido sudor axilar.
Las madres de las muchachas se encontraron de pronto haciendo un corrillo fenomenal, chismoseando sobre los maridos con risas quisquillosas, ponderando las cualidades de sus nenas y bostezando como descosidas que están por desarmarse de sueño.
Rita había cazado a un pibe más flaco que un vermicheli, con unas ondas de cuarteador, forastero total en Caballito. Resultó ser un pariente de los Millán, que había venido de Junín a pasar las vacaciones en la urbe porteña.
Cerca de medianoche las caras parecían mascarones estriados por delicadas arrugas. Atrapados por el embrujo de la milonga, transpirados y ojerosos, el entusiasmo de los bailarines no cedía. A las doce en punto el animador anunció que la milonga había terminado. Las luces comenzaron a parpadear y los concurrentes, felices y algo maltrechos, iniciaron la retirada.
Lucía y Rita se despidieron de los imberbes con promesas de un pronto reencuentro. Lucía se quitó los afeites, enjuagó su cara en la casa de Rita, y la madre la acompañó. Como un centinela de consigna, el padre abrió la puerta y se acercó. Al verla acompañada por la mujer se tranquilizó.
Se tumbó sobre el catre que estaba detrás del biombo. No podía dormirse. En esas pocas horas Lucía se sintió como la Cenicienta *. Este pibe me flechó. Es la primera vez que me pasa –pensó–. Y qué buena pareja que hacemos, ¿no? Es un tímido; aunque después se desató bastante. ¿Será amor esto? La verdad que es un buen pibe, serio, pero pensándolo bien es bastante mano larga. Bah, como todos: se mueren por toquetear pero me gusta. No puedo dormirme, ¡¡qué bronca! Y mañana lunes, otra vez al yugo. ¡Dios mío! ¿Y el viejo? ¡Vaya a saber cuándo le saco otro permiso!
Liada, con las manos apretadas entre los muslos, fantaseó que paseaba por el parque Centenario, Agustín la llevaba del hombro y luego le rodeaba la cintura, la besaba con delicadeza rozando con los dedos sus mejillas y el cuello. Ella permanecía tendida y abrazada al muchacho. Una tibieza en aumento fue invadiéndola. Luego la estremeció un sopor agradable. Sus dedos recorrían la vaina humedecida y, mientras la invadía un placentero éxtasis, el continuo manipuleo la llevó a una culminación arrebatadora de gozo y fantasía. Lucía, ya satisfecha, siguió elucubrando escenas amorosas con el Tanito sin pensar en el trabajo, las corridas, los mandados, la limpieza, la cocina, el aburrimiento y la estrechez de la vida proletaria. Finalmente, se durmió con una sonrisa de madona feliz.
Un aldabazo solitario astilló el silencio de la tarde del lunes. El padre fue a ver quién era. Un imberbe con legañas verde oliva le preguntó por Lucía.
–Para qué la buscas tú. Mira que me resultas cara conocida, chaval.
–Soy Agustín, el hijo de Morezzano, el carnicero de Paysandú. Lucía hace las compras en el mercadito de mi viejo.
–Mira qué bien. Bueno, pero todavía no me has dicho para qué la quieres a Lucía.
–Sí, este... mire, ayer nos encontramos de casualidad en la milonga y yo bailé con ella.
–Pues me alegro, hombre, ¿y qué hay con eso? Hoy es otro día, ¿sabes?
–Mire, yo quería invitarla a dar una vuelta y pedirle su venia.
–¿Y quién te dijo a tí que a ella le interesa dar una vuelta contigo, muchacho? Además, sabes una cosa, Lucía está, ¿cómo es que dicen ustedes? pues está apoliyando la siesta. Si tienes ánimo vuelve en otro momento. Pero siempre estando yo, ¿me has comprendido? Y voy a decirte algo más: hoy cocino puchero de gallina, sabes, con garbanzos, habas, repollo y otros menjunjes. Una delicia, así que pierdes tu tiempo. Y dime, muchacho, ¿cómo te llamas?
–Agustín, ya se lo dije, don Juan.
–Epa, ¿de dónde conoces mi nombre?
–Y, en el barrio se sabe todo, y en el mercadito mucho más, señor.
–Mira, me estás resultando medio simpático a pesar de que tus padres son tanos, ¿no? Y seguramente partidarios de los fascistas que anduvieron metiendo sus asquerosas narices en España. Yo soy de los leales, ¿sabes? Bueno, bueno, ahora vete a tu casa antes de que te eche. ¡Anda, chaval.
El cielo se encapotó. Un viento malicioso anunció tormenta y en un tris se descargó el aguacero. Enero porteño, aguafiestas como siempre. Esa tarde los gandules de Figueroa le dieron asueto obligado a los juegos. A las cinco en punto, la iglesia de los Buenos Aires aturdió con unas campanadas que sacudieron a los dormilones. Los ojos tapiados de Lucía lograron entreabrirse, lo suficiente para que la exhausta milonguita comprendiese que la siesta se había acabado, y que ese tamborileo sobre el techo de chapa no era el preámbulo de un malambo sino la lluvia inculta que venía a malograr paseítos al aire libre.
Se estiró con placer. Desenfundó desde las cobijas una de sus esbeltas piernas revoleándola en un juego monótono, hasta que decidió plantarse vertical y salir a disfrutar de la ducha natural. Apareció en la cocina con un bostezo que exhibió sus amígdalas rojas. El gaita la reprendió mientras probaba el caldo del puchero. Apoyó la pava en la hornallita. El padre apantallaba los carbones púrpuras y Lucía preparaba el mate bien dulzón.
–Dime, Lucía, ¿tú conoces a un tal Agustín? –disparó alevoso. La bella despierta, ruborizándose, se quedó callada. Parada en la puerta de la cocina, comentó:
–Paró la lluvia, papá. ¿Qué estás cocinando en esa olla? Humm, huele bien.
El gaita infló la nariz, y volvió a la carga de Vargas:
–¡Coño! Te he hecho una pregunta, contéstame pues.
–Pero es el pibe del mercadito, papá, también vos lo conocés. ¡Qué pasa con él!
El padre le habló de la visita inesperada mientras sus cejas parecían más tupidas y negras que de costumbre. Lucía se cebó el primer verde de la tarde, y mientras iba sorbiéndolo distraída el bocho multiplicaba sus revoluciones. Decidió ir al frente. Le contó al padre una historia aséptica de lo ocurrido en el baile. Horacio la miraba y le guiñaba el ojo en gesto de complicidad.
Se mandaron el puchero y bajaron una botella de Arizu, mientras la radio transmitía un programa con Angelillo, el cantaor, y Pepe Arias y sus monólogos.
Apenas terminaron de comer la aldaba volvió a sonar, esta vez con decisión, como entrando en confianza. Horacio abrió la puerta: era Agustín, quien plantado como un mástil y la nuez de adán paseándose por el garguero, le preguntó dónde estaba Lucía.
Se quedaron hablando en la puerta, ella parada sobre el escaloncito y él en la vereda. El gaita, en un gesto republicano, se dirigió a ambos y con voz algo seca les dijo:
–Si quieren hablar pues vayan a la cocina, o aquí en el patio, que ahora se acabó la lluvia.
Un rato después Lucía le preguntó al padre si podían dar una vuelta hasta la plaza Irlanda. El viejo respiró hondo y, cuando pensaron que los iba a fulminar, les dijo sin finura:
–Vayan. ¡Pero sin hacer porquerías por ahí! ¿Me han entendido?
Se fueron caminando tomados de la mano. El tanito desgarbado y la galleguita espigada se eclipsaron entre las sombras crepuculares que tiznaban el entorno de la plaza Irlanda. Las dos siluetas, mientras tanto, enhebraban ese amor adolescente que juraban eterno.
La barrita los veía pasar, y, desde entonces, la bronca los enclaustraba entre los celos y la envidia. Lucía, la galleguita Lucía, la quimera imposible los había traicionado. Algunos filosofaban: Nacimos un poco tarde. ¿No nos podías esperar, galleguita? Después hubieses elegido al mejor, pero por lo menos a uno de la barra. Andá, andá a joder con extraños. Luego te vas a arrepentir. ¿Sabés cuánto que te queremos, eh, Lucía? ¿Sabés?
A la larga, los pibes se las tomaban del barrio. En aquellos años los laburantes eran como gitanos y la familia una pequeña tribu nómade. Los viejos tomaban decisiones. ¿Y qué? ¿Le iban a preguntar a sus párvulos? En esa infancia pobretona los proles no tenían vivienda propia, y los hijos no tenían ni voz ni voto.
Algunas de las familias, emigradas desde Boedo, Almagro o Floresta, anclaban algún tiempo en Caballito y luego seguía camino con el camión de mudanzas rumbo a calles y barrios nuevos que a la pibada le costaba entrar. Caballito se les había metido en el caracú. Lucía y la barra se extraviaron entre recuerdos difusos que cada uno cargaba en la maleta de su vida. Pero ya nunca podrían borrar a su barriada.
Años después, alguien de la antigua barra fue a cenar una noche al Rancho Grande, un restorán de Caballito situado en las Diez Esquinas, frente al Cid Campeador. Entonces la vio, regordeta, con varios hijos y el marido –un jetón desconocido–, ocupando una mesa. Reconoció su cara pálida y hermosa de virgen de estampita, y recordó a otra Lucía, la galleguita adolescente e inolvidable. Prefirió irse al mazo y rescatarla sin rasguños; recobrar en silencio un cacho de su niñez ●
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¹ APA: siglas de la Asociación Psicoanalítica Argentina
² Heroína del cuento de Perrault
Publicado en Calles Empolvadas de Recuerdos (1999
11. Aves de paso * (La mudanza)
“Y sobre todo viajé por el tiempo.
Porque la ciudad que yo perseguía
en buena medida ya no está.”
Alvaro Abos, “Al pie de la letra”
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aballito, el mito incólume; la patria chica de una sola bandera (la verde de Ferro). Manzanas que parecían repetirse en esa arquitectura arcaica que le dio linaje al barrio. Que a pesar del tiempo no sucumbieron del todo al terremoto de la modernidad. Y las viviendas, que siguen en pie, con aquel sabor de barrio de casas bajas, balcones a la calle con molduras en los arcos, medianeras que corrían a lo largo de los pasillos, puertas de chapa de dos hojas, o de madera con postigos, aldabas de hierro o bronce, zaguanes en sombras que guardaban arcanos y misterios en las fantasías de la niñez, el paredón del Ferrocarril Oeste, la cancha de Ferro... Que así se estamparon en la memoria.
1. Quedaban en Figueroa algunos veteranos. Emilio Pajarito había muerto al caer de una rama. Su madre, la Tana , y la tanita Elena, se fueron del barrio. También se irían el chueco Armando, y otros tres o cuatro pibes que no dejaron huellas de su paso. El flaco Héctor, el hijo del botón, fue a estudiar a la Academia de Policía (no le dieron más bola... un gesto tácito de rechazo). El resto se codeaba con la pubertad: algunos con las patas peludas, otros con bigotes pelusa que más parecían mugre pegada, y las vocesitas que patinaban como quenas desafinadas: ni para aquí ni para allá. El único afortunado, Adel, estrenó los largos y el resto lo contemplaría con envidia. ¡Madre del alma! ¡Qué envidia perversa y quitasueño transmitían!
Fueron aquéllos días de quietud e intriga, de una pachorra que inundaba los espíritus de la barra de Figueroa; como un entreacto ocasional, o turbia sequía gestual. Nadie quería jugar un cabeza a cabeza; ir a tocar los timbres o reventar las aldabas de los excelsos jodidos del barrio y disparar. Tampoco se juntaban en el quiosco–librería del gallego tacaño quién, al tiempo que vendía cuadernos cocinaba un coliflor diabólico que inundaba el boliche y los confines con ese olor puntiagudo y séptico; momentos esos en que se valían de su empeño gastronómico para hacerse de algunos caramelos Mu-Mú, sarmentosos, pegoteados en papeles de colores desvaídos. Eran aún pibes, pero vivían el inicio de la metamorfosis.
Había una especie de calma chicha caracterizada como presagio de novedades... Novedades intrigantes que iban a sacudir el polvo del aburrimiento. Bostezaban con apatía, leían El Tony, las aventuras de Mandrake y Dick Tracy pasadas de mano en mano. Luego, nuevos bostezos, pereza total, ninguna iniciativa, marea baja... Nada de nada.
Fueron los días que traerían, mucho después, nostalgias de otro universo, de épocas que sólo revivirían los fieles anclados en la barrriada. Imágenes que serían con el tiempo un retrato amarillo, una foto colgada que nadie mira ni recuerda, la lápida solitaria que resquebraja el tiempo y no recibe, siquiera, el amago de una flor desteñida y seca..
2. Mes de julio al mediodía, año 1942. El cielo aparecía sofocado por una pandilla de nubes oscuras, y el frío pintaba guindas rojas en las puntas de las narices. Casi todos habíamos vuelto de la escuela. El pelo semejaba un revoltijo de greñas apelotonadas, y las zapatillas ya no tenían color. Allí estabábamos a la pesca, como quien dice, de emociones estrambóticas.
En ese preciso instante, cuando el aburrimiento continuaba demoliendo nuestro ánimo, el gallego Horacio sonrió con cara de gaita (¡qué otra, compadres!) señalando un ruidoso y ruinoso camión de mudanzas que traqueteaba con estertores asmáticos sobre los adoquines de nuestra cuadra, el toldo echado sobre los parantes y debajo un ropero picoteado por gusanos, elásticos de camas alegremente óxidados (y, sin duda, desbordado de colmenas de chinches infladas), cachivaches embalados como cacharros de porcelana, y algunas macetas con malvones y helechos.
Después de algunas maniobras, meta bochinche y freno chirrioso, el chofer ancló el camión de culata frente a la casa de derpas fifis. La encargada pelandruna ya estaba en la puerta husmeando; el camionero cara de orangután y un ojeroso peón reumático plegaban la lona. Ante los ojos de la barra aparecieron dos bicicletas, una con caño y la otra de nena. Bajó de la cabina un tipo con jeta seria, lentes montados sobre la nariz algo chata y peinado a la gomina, vestido con un traje de empleado de banco, quien se puso a hablar con la encargada. Toda sonrisas, la muy venenosa.
–Éste debe ser el viejo – dedujo el Adel con cara de Nostradamus barrial.
–¿Y vos qué sabés? – osó cloquear un pibe nuevo, el ruso León (Leibele). La mirada del Turco Adel, irónica, sobradora, con un leve matiz psicópata, le generó parálisis facial. El inconsciente se apartó, calladito y maricón.
La modorra se desperezaba y quedamos a la expectativa. Ahora llegarían las emociones. Por el tamaño de las bicis dedujimos que los nuevos vecinos eran pajarracos de nuestra edad. ¿Qué pinta tendrían? ¿serían fifis, pipistrilos, chantas?
Mientras tanto, el chofer cara de orangután y el peón reumático vaciaban el camión sin prisa y con pausas, lo que dio motivo a que la encargada les llamara la atención.
–Oiga doña, ¿quién le dio vela en esta mudanza? – le gritó cara de orangután con el visto bueno del peón reumático.
El que parecía ser el nuevo vecino, cara de badulaque, palideció y pidió cordura a los dos bandos:...que mi mujer y los niños deben estar por llegar, por favor, aceleren, rogó.
Los miembros de la barra nos dispersamos. Era la hora del morfi de mediodía, hacía frío, las viejas convocaban y el ragú parecía imponerse a la curiosidad, aunque la ansiedad por conocer a los nuevos atenuaba el apetito. El único que no tuvo problemas para quedarse era el gaita Horacio: Lucía, la Galleguita , que le hacía de madre, a esa hora estaba trabajando en la fábrica de medias de Gaona y Paramaribo.
Luego de lastrar nos juntamos frente a la casa de derpas: la mudanza se había acabado y el camión vacío doblaba hacia Paisandú. Expectantes, mirabábamos hacia el interior del largo pasillo, cuando la encargada, “mezcla de hipopótamo y laucha” (así la caracterizábamos) cerró la puerta con facha de rastrera feliz.
La novedad pasó y retornamos a la rutina. El barrio era el rejunte acrisolado de familias de inmigrantes, hombres y mujeres que se rompían el lomo para hacer la América aunque a gatas sobrevivían. Eran el Buenos Aires y la Argentina de los catorce millones. Los pibes, en cambio, éramos ya los hijos de la ciudad, empapados de lengua rioplatense, ovillados en el tango, el café de barrio, el escolazo y la milonga; porteños maniatados por el “fóbal”, la pelota de trapo, los baldíos y las ranas chapoteando entre los charcos. Aún no sabíamos que la elipse iría trazando su línea en bajada, suave e inexorable.
3. Esa tarde, cuando nos aprestábamos a jugar un picado, los vimos salir de la casa de derpas fifi. El pibe con una boina sobre el bocho, algo bizcote, patas largas y peludas, con pinta de marmota, y una pibita más chica, rulitos cortos, una pollera acampanada, nariz de gatita y ojos celestones. No hubieron adivinanzas: eran los nuevos.
–Chicos, ¿hay un almacén cerca? – preguntó la pibita con voz finucha y dulce, y una sonrisa que nos dejó de araca.
–Ustedes son los nuevos, ¿no? – preguntó el Peluca Osvaldo Rolón haciéndose el recio....
–Sí, nos mudamos hoy... Yo me llamo Sergio, y ésta es Lidia, mi hermanita. Venimos de Almagro... ¡vos andá al almacén… no te quedés ahí como una pavota! ¿Puedo jugar a la talope con ustedes?
–Si querés jugar tenés que ir al arco – lo cortó Adel. El nuevo aceptó, y el turco carismático vociferó: “Andá de fulbá, Ruso… dejálo que hoy éste va al arco”. Carisma de jefe...
La hermanita rumbeó al almacén de Espinosa y Figueroa mientras nosotros nos trenzamos en un partido de rompe y raja. Eran las dos de la tarde: el griterío y los pelotazos alborotaron la siesta. La vieja Mercedes (era de suponer) salió con la manguera y amenazó bañarnos con el agua invernal (y se le quedó mirando al Sergio con ojos de hechicera y santurrona maldita...). Nos fuimos bajo protesta murmurando puteadas, como los rezos del Padre Pratto, el cura de la iglesia de Espinosa y Gaona La zabeca del Adel se consagró a lucubrar venganzas dignas de la barra. También parte de la rutina.
Peluca y yo fuimos descubriéndole a Sergio los misterios del barrio (y de paso investigarlo un poco). El Sergio con cara de marmota resultó un pillo de primera, un piolón increíble. Tenía un solo defecto: era fana de San Lorenzo (pero bueno, el chueco Armando era hincha de los pincharratas y sin embargo lo aceptamos). Nos contó que el jetón con lentes y traje de empleado era el padrastro. El viejo había muerto hacía años y la madre volvió a casarse: Lidia era su media hermana. Nos preguntó si había bíos y le hablamos del Pellegrini en Gaona, y el Oeste, el Parravicini y el Taricco en la avenida San Martín. Le anunciamos que al día siguiente daban “Escuela del crimen” en el Oeste. Los tres fuimos a la boletería y nos ofrecimos para repartir los programas a cambio del vale gratarola.
–¿En que grado estás, Sergio? –le preguntó Peluca mientras metíamos los programas debajo de las puertas..
–Pasé a sexto; y mi hermana está en tercero.
Repartimos los programas; después nos dieron el vale para ir a la matineé de las dos de la tarde. El gaita Horacio, Adel y el Turco Jíder nos vieron entrar al cine sin pagar y nos junaron con envidia. “Repartimos programas, gilunes”. Luego de la función regresamos a Figueroa y cada uno se iría a su casa. Nos sentimos compinches de Sergio. Parecía macanudo...
Hacía frío y una llovizna nos había calado los huesos. Peluca se quedó charlando con Sergio debajo del balcón de la mansión de los viejos del Ñato Solanas, fabricantes de la tinta “Elefante”. Yo entré al pasillo que llevaba al derpa. Estornudaba sin parar: sonaste pibe, me dije.
4. Sergio fue uno más de la barra y participó de todas nuestras peripecias. Una noche pusimos en la ventana de la jovata Mercedes cuatro petardos con las mechas trenzadas; Sergio se ofreció para prenderlos. La explosión fue tremenda y a los pocos minutos apareció el autito de la 13ª. (que estaba en Espinosa entre Gaona y Franklin, frente a la iglesia de Nuestra Señora de los Buenos Aires). La Mercedes culpó a la barra del “vandálico atentado”. Los botones vinieron de visita acompañados de la cascarrabias... Nuestros viejos la acusaron de chiflada y mujer perversa. Nadie abrió la boca y el incendiario pasó desapercibido. En el barrio casi nadie conocía a Sergio. Todo retornó a la placidez de la rutina. Sergio, aunque tenía pinta de pelele, era ya un longhi más de la barra de Figueroa.
A las pocas semanas ocurrió otro desbole de fuste. Una tarde, a eso de las tres, un camión de Rigolleau estaba estacionado frente a la casa de los Solana, en cuyo fondo funcionaba la fabriquita de tinta china. El repartidor venía a dejar frasquitos de vidrio y Sergio y Adel pizpearon cajones en los que habían juegos de copas envasados. Los presentes decidimos “confiscar” unas cuantas cajas y llevárnoslas a nuestros domicilios particulares. A la media hora aparecieron en nuestros derpas latas de sardinas el repartidor y Solanas padre reclamando las cajas. Nuestras viejas las devolvieron. La misma visita hicieron a las casas del Adel, Sergio y del chueco Armando. Salimos a la calle: allí estaba la sirvienta santiagueña “sin retiro” y el hijo, un taradito que nos había visto meter mano a las cajas y fue a batirle a la resabiada olfa... Se la juramos e hicimos la cruz sobre los labios.
Todos recibimos coscorrones, pero los gritos en idish de la vieja de Leibele se escucharon hasta Gaona: ¡Oi vei, mi hijo un ladrón, qué desgracia, dios mío! El que garpó el pato grande fue Sergio, que estuvo una semana sin aparecer en las tardecitas de Figueroa.
5. La primavera hizo florecer los paraísos. Brotaron hojas de un verde puro, había aromas de azahares, las brisas eran cálidas, el tiempo alegre y apropiado para callejear y jugar hasta horas tardías. Esa noche la purretada decidió hacer una pequeña fogata y asar papas y batatas. Estaban sentados provistos de ramas secas, y de vez en cuando removían las brasas o agregaban maderas de cajones de fruta desarmados. En ese ámbito pastoral, colmados de plácidas sensaciones, contemplando ausentes el torvo crepitar del fuego, escucharon la sirena de una ambulancia. Sergio se levantó y salió de raje... Se miraron extrañados.
Frente a la entrada de los derpas fifis estaba estacionada una ambulancia de la Asistencia Pública y al rato sacaron a la madre de Sergio en una camilla. La mujer estaba pálida y ojerosa, consumida, las pupilas apagadas y la piel amarillenta; a gatas respiraba. Pasaron un par de días y no tenían noticias. Esa mañana los purretes agarraron los útiles y cuando salían hacia la escuela apareció Sergio, con una cinta negra en la manga de la tricota. Se lo veía acongojado.
Llegaron los días de la caza de mariposas. Las clases habían finalizado; la barra estaba lista ese día para jugar el picadito cuando fue sorprendida por un camión de mudanzas que se alejaba:
“Un camión se había parado en la puerta, y una cuadrilla de hombres desconocidos y temibles que olían a sudor andaban sin apuro por las habitaciones, levantando los muebles entre sus brazos desnudos, arrastrando hacia la calle el baúl que contenía los vestidos de su madre...”. Antonio Muñoz Molina − Beatus Ille
El peón reumático, sentando en la parte trasera, fumaba ajeno e indiferente tosiendo a compás del motor. El padrasto de Sergio había decidido irse a otro barrio. La mudanza del amigo y la hermanita generó una especie de mariposeo en el ombligo.
En ese instante vieron venir a la Tanita , la hermana del finado Pajarito, quien se detuvo a charlar con ellos. Vivía cerca, y a veces la veían retozar por las vereditas de Gaona sin prestarle demasiada atención. Esa tarde no tuvieron ganas de jugar el picado. Tanto que les apasionaba reventar la redonda... pero algo ocurría. Éran los mismos pibes, y a la vez parecían otros. La vida seguía su curso.
Cambiaban los tiempos, cambiaban los gustos; tal vez las prioridades. Y en los sueños de esa pasión desfilaban, en una danza alocada, las caras y las imágenes ignoradas y humilladas, de la pibada femenina del barrio. Pero ya existían en la mira adolescente de los varones que, en poco tiempo, correrían en pos de las pibas de blusitas con esas pequeñas señales de pechos que asomaban orgullosos.
Unos van, otros vienen, el barrio queda, y los recuerdos titilan, melancólicos y perennes. Como aves de paso ●
12. Te llamaban Elenita…
Hay en el caminar de la pareja
el ritual solemne de las ceremonias
nupciales, esa lentitud ideal que nos es
dado gozar en sueños.
(Juan Marsé)
I. El descubrimiento de América
| S |
e arrimaron los tiempos del despertar adolescente. Fue cuando los integrantes de la barra de Figueroa percibieron los primeros acordes de la atracción por las nenas. Las nenas... De pronto, sin previo aviso, como un aluvión, se despertó el llamado de la jungla junto a los primeros signos de la pelusa y el acné, las erecciones y unos deseos impostergables. Así se largaron a la conquista de las “nenas” púberas. Ellas, a su vez, los contemplaban con malicia algo cándida, con turbación, hambre de toqueteos y caricias emplumadas de tibieza. Búsqueda a tientas de los secretos y las intrigas de aquellos ardores impulsivos que no lograban serenar, que las llevaban a las cimas del radiante placer ininterruptos – manipuleos y destreza mediante –. Era la acometida de la pubescencia; los pechos incipientes, despuntados en pródiga expansión, blandidos con desparpajo de niñas mujeres que buscan desentrañar lo que sigue, el después...
Una galleguita, la Lucía , había sido para la barra de Figueroa la minona celestial, la imagen de la princesa de Galicia que fascinó las mentes ardorosas de los chiquilines. Mientras ella se estilizaba los pendejos inmaduros seguían en sus chiquilinadas boludas. Luego, Lucía formalizó su noviazgo con un forastero de Paternal. Quedó relegada, y de a puchos, sin que nadie lo advirtiera, las imágenes de la Galleguita fueron desvaneciendose, haciéndose ritual para la añoranza.
Así, y nadie sabe cuándo y cómo, principiaron las historias. Mutábanse las voces y los temas de los coloquios nocturnos; desplegábanse miradas ávidas hacia las mesas de billares de los bares, la búsqueda del amigo y confidente al margen de la barra. Tiempos de las primeras salidas nocturnas frecuentando bares de barrio, el despliegue del faso como emblema de adultez, el consumo clandestino los Fontanares, 43, Nobleza, Particulares o Barrilete, según lo que fumaban los viejos, o atraídos por los colores y formas del envase. Las primeras salidas al centro de la urbe; el descubrimiento de otro mundo, gente extraña, minas de alcurnia con empilches extravagantes; el recorrido por la 25 de Mayo, los cabarets, el Bataclán y los misteriosos prohibidos para menores de 18… Era, sí sí, la revelación, el descubrimiento de América...
Fue el inicio de la vida adulta, el testimonio, la rebeldía huraña; la contemplación en trance de las candidatas al primer amor, la primera novia. Las confidencias eran menos explícitas: todos se guardaban el as de espadas en la manga. Ninguno de ellos sabría que iban vivenciando el recuerdo inolvidable e imborrable, evocado hasta el suspiro final. El que desbordaría el sentimiento aquél que suponían amor eterno y único, el más puro. ¡Cándidos gilastrones!
Les faltaba, pues, la minita que diese expresión a sus imágenes eróticas, a borrascosos sentimientos despertados por los cambios, las incipientes barbas, sus visitas furtivas al baño, las ganas de andar pulcros y peinados, con pilchas nuevas y cuidadas, algo de colonia, y la atracción furibunda por las nenas... que ya no eran tales.
II. La primera fundación de Buenos Aires
Andábamos en los trece o catorce años, casi todos habíamos estrenado los largos. Algunos seguiríamos estudiando, otros trabajaban, pero aún vivíamos pegoteados a los ancestros, a los juegos y la amistad, hacia el terruño de la niñez.
Una tarde primaveral de 1943, un flaco de Paramaribo trajo una pelota de goma reventada para jugar el picado. Adel la envolvió con papel y un trapo, y una vez reforzada con piolín llamó al ruso León (¡Leibele!, le gritaba la vieja, y el flaco se ponía remolacha), formaron los equipos: un pie yo un pie vos. Por supuesto, el Turco Adel llegó primero a las alpargatas del Flaco y comenzó a elegir el suyo. Y, como era habitual, se escuchó el lacónico: Leibele, ¡al arco! A mí, como Ruso veterano de la barriada, el hijo del sastre, me habían dado el pase a fulbá rompecanillas. Y quien pagó el pato fue uno nuevecito, Rubén, hijo de catalanes y flor de camandulero, que tuvo que ir al arco de la vereda de enfrente.
En ese instante crucial, digno de mención histórica, pasó por la cuadra la hermana del finado Pajarito –flamante piba fatal del barrio, ojos claros, cintura afinada y caderas rebosantes de nefastas promesas. La veíamos muy poco. Casi la habíamos olvidado: también ella fue un ave de paso como tantos otros. Los mirones dejamos el picado y la pelota a un lado, y analizamos con miradas de cuervos la silueta de la flaca. Sospechamos, imaginamos, lascivos y ansiosos, lo que bullía debajo de su vestimenta. La Elenita iba empollando figura de nena grandecita, digna de atrapar lánguidas miradas de amores púberes a primera vista. Se había hecho merecedora de cálidos comentarios y relojeos de admiración.
Cuando ella y Pajarito llegaron a Figueroa, era Elenita una nena de piel lechosa, ojos celestes, pelos rojizos y rizados, secos, desprolijos. Sólo su piel blanca resaltaba por lo sedosa, pero a ese detalle no le prestamos atención. Y ese día rutinario – que se haría excepcional –, cuando estábamos listos para jugar con la de trapo, vislumbramos a la Tanita con los dos pimpollos que resaltaban de su blusa, la pollera ceñida sobre las largas piernas blancuzcas y esbeltas, acompañada de otras dos minitas. Era para no creer. ¿Cuándo y cómo se empimpolló? ¿Cuándo, por dios? Fue el descubrimiento, la “sopresatta”. Las fantasías generadas por la Tanita se irían convirtiendo en divagaciones sobre la almohada, en erecciones y otros menesteres colaterales. Charlábamos con ella, intercambiábamos anécdotas de las escuelas donde cursábamos el secundario. Boludeces y chismes.
De pronto Elenita, ya no con la vocesita de nena, nos apuró:
–Este sábado hacemos un asalto* en la casa de Ofelia... es esta pebeta. Los invitamos, vengan, che, que lo vamos a pasar bárbaro.
–¿Saben bailar? – preguntó la Ofelia –. Tienen que poner un pesito para los gastos, vamos a preparar sanguchitos, naranjines, ¡vengan!
Estábamos callados; ninguno se animó a confesarles que la única experiencia que teníamos eran las jodas estúpidas, jugar a la pelota, ir los domingos a la cancha... planear ranadas para pasar el tiempo. Aunque ahora vivíamos experiencias tan raras y complacientes. No nos animamos, pero algunos prometimos ir.
−Chau, y vengan, che! −.Se fue caminando con las dos amigas. El Peluca Osvaldo − que con los largos recién estrenados ya era un adolescente pintón –, largó el picado, se ubicó a la vera de la Tanita Elena y la acompañó. Nos quedamos mirándolos. Nadie abrió la boca. El Adel, entonces, con su vozarrón y el carisma de jefe en decadencia, nos gritó:
–Vamos a empezar de una vez. Ese boludo se lo pierde... ¡que se joda por marica!
Nadie creyó en las palabras del Adel e iniciamos el picado. Un arco en cada vereda, León y Rubén firmes como dos troncos; pero las ganas de jugar se habían esfumado. La estampa de Elenita acompañada por Peluca nos trajo angustia, envidia. Tanto que nos apasionaba reventar la cuadrada, pero algo pasaba... Y en los sueños de esa pasión desfilaban, en una danza alocada, las caras y las imágenes de la pibada femenina del barrio… Era la primera fundación, nomás.
III. La segunda fundación de Buenos Aires
Se lo veía más serio, empilchaba ropa dominguera; la melena revuelta del Peluca tenía una pulcritud desusada... Llamarlo Peluca era una irreverencia. Osvaldo Peluca Rolón, el hijo del jefe de la oficina de correo de Gaona, el atorrante juguetón de la barra de Figueroa, había encontrado un juego más importante, mesurado, solemne: arrastrarle el ala a la Tanita Elena , ser su novio. El primero.
Lo perdimos de vista; no participaba de nuestros juegos, dejó los picados. Se hizo formal, fumaba con estilo (imitando a sus dos hermanos mayores). Iba a la escuela de mañana, se encontraba con Elenita por las tardes a la salida del Liceo, daban vueltas por el parque Rivadavia o la plaza Irlanda, se sentaban en los bancos alejados de los faroles, abrazados, mientras un espléndido fuego interior despertaba la fiebre del deseo. Un desesperado aprendizaje del besuqueo. El arrobo, la ternura fluyendo inocente, el espoleo de la líbido, liberada y tempestuosa. Y de todos modos, inocente.
Caminaban tomados de la mano con cara de chitrulos, ausentes, ajenos al mundo real que se movía a su alrededor. Elena debía volver temprano para no discutir con la madre, la Tana solitaria que se deslomaba para mantener la casa y pagarle los estudios.
–Tengo que irme, Osvaldo, “pelucón” mío –le dijo con ternura mientras acariciaba su melena.
–Es temprano, Tanita, quedate un ratito más. Me gusta estar con vos, quedáte, por favor.
–Hace varios días que mi vieja me tira la bronca. Ayer le di el boletín y las notas son un desastre... Bajé en los estudios: no puedo estudiar, Osvaldo, todo el día pensando en vos.
–¿Y yo? Estoy como boludo. Mis hermanos me cargan y la vieja me pregunta en qué carajo de mundo vivo. Mi hermana la Poro parece que se avivó: encontró tu carta en una carpeta. Pero no me dice nada: me mira con sonrisa sobradora...
Siguieron caminando. Eran casi las siete de la tarde; el Peluca la besó en la mejilla, la abrazó y ella se fue por Pujol sin dar vuelta la cabeza. Tenía mariposas de angustia. Como un presentimiento. Abrió la puerta de la casa de inquilinato, y entró a la pieza. La madre la estaba esperando, nerviosa.
–Ya me lo dijeron... En vez de estudiar andás con ese atorrante de Peluca. Me rompo toda para darte estudio y vos me traés un boletín de porquería.
–Qué te pasa mamá: Osvaldo no es ningún atorrante, Cuando vos lo conociste tenía diez años, eran unos chiquilines que hacían zonceras, como todos nosotros. Ahora estudia, es un pibe bueno e inteligente, ¿qué hay si salgo con él? No hacemos nada malo.
–Sos una cabeza fresca... mirá las notas. Y todos son iguales, al principio mucho verso y después te toquetean y no quiero seguir.... Sos una infeliz: ¡te prohibo salir con ese vago! Si llegás a verlo otra vez te echo de esta casa. ¿Entendiste? ¡Te echo!
Elena se puso a llorar, y entre lágrimas le dijo que no lo iba a dejar. La madre se acercó y le dio un par de bofetadas. La muchacha se tiró en el catre tapándose los ojos mientras hipaba. Un drama a la violeta, segundo descubrimiento.
IV. El éxodo jujeño
Durante varios días Elenita no concurrió a clase. Salía al mediodía y regresaba en el horario habitual. Apenas se dirigían la palabra. Todo parecía natural: salía, volvía, salía y volvía, y la vida proseguía, pero ella parecía un espectro. Los dos bajaban del tranvía en Espinosa; él la acompañaba hasta Planes. La Tanita se despedía de Osvaldo; el la contemplaba. De tanto en tanto se volvían para mirarse... como Romeo y Julieta. Se daban el anteúltimo adiós con la mano. Amor primerizo, celos, rabietas, más celos. Boludeces púberes. Inevitables. Broncas. Luego, rutina y hastío.
El romance no podía durar una eternidad. Sólo las promesas y las fantasías parecían extenderse en el tiempo. Era esa la eternidad y el infinito que sólo pueden soñar los adolescentes La vida transcurría, no obstante; lentamente, a paso tardo. Los caros amigos se iban. Esparcidos, olvidados como sueños por las mañanas; o como brisas que flotan en los parques y desaparecen, renovadas por nuevas brisas – nuncas las mismas – en un aparecer y desaparecer incesantes. Parques donde siempre hay parejas jurándose amor eterno... hasta que la muerte nos separe. Como el de la Tanita y el Peluca… Amores trasparentes y frágiles. Como sueños que se disipan aunque no se olvidan. Sólo guardaron las imágenes de aquellos tiempos, troqueladas y dispuestas en una vitrina que llevan en la memoria. Verjas que se abren de cuando en cuando; evocaciones rescatadas con unción de la que fue ternura virgen, incipiente, cuya calidez se anidó en el alma de cada uno, fueren donde fueran.
Dejaron el barrio. Siguieron las mudanzas. Iban yéndose. Uno a uno... el Ruso hijo del sastre, Osvaldo Peluca, Adel, Horacio y la galleguita Lucía, Elenita y tantos otros que continuaron igual camino, sin brújula. Hicieron nuevas amistades, pero la vida se los tragó. Fueron como aves de paso.
Y allí quedó la calle, declinando, poblándose de gente extraña, forastera, guardando sus secretos en un arcón de adoquines gastados, pétreos, imperturbables... ●
* Asalto; fiestas juveniles con música y baile hechas en casas, muy populares en los años cuarenta y cincuenta.
Nota del autor.– personajes de ambos relatos forman parte de la serie Caballito, incluidas en los narratorios Cuentos desde Lejos (1999), y Calles Empolvadas de Recuerdos (2002).
12 bis. Aserrín Aserrán
(Toda semejanza con hechos ocurridos es puntualmente cierta)
A los hermanos Shifres.
A la Carpintería de Arengreen.
‘’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’
Y en tanto el mate
−comedido fonema de estos pagos−
de una boca a la otra va y viene,
aquí de vez en cuando hablamos
de los viejos amigos
aquí sobre la tierra, todavía,
Máximo Simpson
| F |
ue una mañana en que andando solitario y ausente por calles ausentes y solitarias la imagen de aquel lugar se incrustó en mi retina negándose al mutis que le pedía. No quería evocar. Ni volver. Sabía que esa primera puntada iba a hilvanarme un paseo con reminiscencias de sueños irrecuperables. Pero con las trampas de la memoria no se sabe lidiar. No se quiere. No se puede.
El recuerdo, entonces, se me hizo aserrín. Y si les gusta más, viruta. Era como llevar una cicatriz agradable soterrada en la memoria y de vez en cuando extraerla del olvido, acariciarla con ternura, solazarse con aquellos recuerdos arrumbados que duermen en las mochilas alucinadas de la adolescencia.
Mi amigo Mauricio (Eme Ese) me decía siempre que la Carpintería (así, con mayúscula) se convertiría en una institución, una especie de cobija hospitalaria; en el foro sabihondo que iría a descubrirnos los misterios de la vida, los secretos de la muerte.
Y así fue nomás. A Eme Ese se le murió el viejo. 19 de julio, 1943. Entonces comenzó la metamorfosis. Y el antiguo galpón se convirtió en nuestro segundo hogar, la cofradía, el albergue. Esas paredes exhaustas salpicadas de aquel aserrín amarillo terroso –como pecas diminutas durmiendo la perpetuidad de su destino– fueron testigos de hazañas pueriles o debates pedantes, mientras nuestras anatomías se iban desgarbando como alambres cimbrados e imposibles de enderezar.
Fue cuando todos los sábados por la noche los cófrades prolevagos tertuliábamos mateando sin fin pavas y pavas de agua a punto, flirteando altaneros con los primeros fasos, dándole chupones clandestinos a esas botellas de ginebra pasadas de mano en mano y vaciadas, sin falta, hasta la madrugada. Hubo noches sabáticas de monte criollo o póker, que más de una vez birlaron el sueldo semanal que nos daban los viejos.
La carpintería, rebosante de aserrín y viruta, se convirtió en nuestro Olimpo siglo XX. Y nosotros fuimos los diminutos Júpiter, Neptuno, Morfeo, Eros o Minerva made in delirium. Allí protagonizamos las primeras polémicas que llevaríamos hasta el desvarío, sobre la vida y la muerte, la eternidad, la religión y el agnosticismo, o la percepción de un dios cruel e inescrupuloso porque nos enfrentamos de sopetón con la antítesis de la vida. Y al dejar por las noches nuestro hogar de tablones y aserrín, continuábamos las charlas bajo el farol callejero, haciendo las madrugadas o festoneando los planes milagrosos elucubrados con la varita mágica de los quince. Fue en el 43, nuestro año púber.
Libros iban y venían, Leoplanes¹ ajados nos hacían de maestros literarios. El refugio se transformó algunas noches en el miniprostíbulo de la barra, y otras en el comité espiritual de nuestras primeras armas en la acción política: ¡Arriba los pobres del mundo // De pie los esclavos sin pan // Y cantemos todos unidos // Viva la Internacional !!
La guerra maldita, en tanto, iba mostrando su rostro harapiento y sanguinario descalabraba nuestra candidez inmaculada. Llegamos al 45. Mi primera gayola fule en Tacuarí 770². El fin del horror. ¿El fin? No: la historia no se detuvo. Alejados del espanto de la guerra y ajenos al hedor de los compromisos territoriales de trastienda, cándidos, estábamos inmersos en la restallante alegría de vivir, disfrutar la inmediatez, embriagarnos con la onírica maqueta de un porvenir sin muertos ni chatarra de guerra, sin inválidos ni huérfanos. 17 de Octubre. Braden o Perón. Churchill o Stalin. ¡Stalingrado, Berlín, Hiroshima y Nagasaki! Liberación, horror...
Sobrevivimos y maduramos. Nuevos escritores aserraron nuestro asombro, mientras guardábamos en la memoria los libros de la infancia. Así llegamos a Gorki y Balzac, a Roberto Mariani y los González Tuñón (Raúl y Enrique), a Castelnuovo y Kordon, Federico García Lorca y Pablo Neruda, Thomas Mann, Roman Rolland, Stefan Zweig y Emilio Zola, Ilia Ehrenburg y Vladimir Maiakovski, Carlos Marx y Pedro Kropotkin, José Ingenieros y Aníbal Ponce. Páginas de sueños y esperanzas que forjaron el perfil de nuestras vidas futuras en este valle de lágrimas. Y bombas de napalm.
La música nos tocaba serenatas bajo el balcón adolescente: Beethoven y Pugliese (La Yumba ), las óperas y Troilo (Garúa), Tito Schipa y Gardel, Fiorentino, Marino y Rufino, todo al mismo tiempo. ¡¡Qué ensalada, madre mía!
Y luego, el cine francés de preguerra (El muelle de las brumas, Los bajos fondos, La gran ilusión) y el italiano de posguerra (Ladrones de bicicletas, Humberto D, Lustrabotas, Arroz amargo), nos pasmaron. Parados frente al espejo, pitábamos los fasos imitando a Jean Gabin o Humprey Bogart. Y vivíamos enamorados de Ingrid Bergman, Michèle Morgan o Joan Fontaine.
Hasta que llegaron como una tromba, marcándonos para la eternidad, el Astrólogo, Hafner el Rufián Melancólico, Hipólita la Coja , el Hombre que vio a la Partera , Ergueta, Remo Erdosain y sus angustias, personajes creados por la pluma exuberante de Roberto Arlt, maestro de la literatura porteña y gran titiritero que les dio vida, presencia y muerte con su imaginación desbordante.
Teníamos décadas por delante, todo un mundo para ganar. Éramos jóvenes, inquietos, curiosos; nos antojábamos poderosos, infalibles. Poseíamos la arrogancia de los años juveniles, la sensación de que todo lo viejo moría. Y a nuestras plantas rendido un león. Suponíamos vivir montados en las olas de los nuevos tiempos, los cambios prodigiosos que se aventaban, el universo de maravillas en el cual creíamos, mientras las virutas y los aserrines nos contemplaban pícaramente con una sonrisa sobradora.
El futuro, entre tanto, nos rebasaba sin que lo advirtiéramos. Y sin prevenirnos, inflexible y tirano, nos dejó atrás excluidos de las fantasías que pergeñamos en nuestra adolescencia y juventud. Junto a personajes inolvidables de Caballito con quienes hicimos las primeras armas de la camaradería, el diálogo y la polémica. Cada uno tomó su camino y los sueños se apolillaron en el arcón de las cosas extraviadas, junto a nombres borrados por el tiempo y el olvido. Cincuenta y cinco años después, telas de araña disfrazadas de progreso y modernidad tabican los resquicios del mundo que sigue recorriendo una espiral en la que todas las utopías y fantasías que, suponíamos, llevarían a construir un mundo justo y solidario, han encallado en una ciénaga corrupta y global. ¡Sean eternos los laureles, que supimos conseguir, coronados de gloria vivaaaamos, o juremos con gloria morir! ¡¡Qué burla atroz, hermanitos! Sin laureles ni gloria. Muertos con o sin sepultura, anónimos équises sin nombre.
Un día cualquiera, pues, me fui a visitar la catedral del aserrín y la viruta, allí, en la calle Arengreen casi Espinosa. Quería encontrarme con los espectros de los viejos compadres, sus viejas casas. Redescubrir el pasillo que llevaba al bulín de Augusto Roa Bastos, entonces un paraguayo desconocido, al lado del negocio del zapatero remendón de Arengreen. Me imaginé golpeando sobre aldabas untadas de herrumbre, puertas que se abrían y caras de madres y hermanas de antiguos amigos atisbándome azulinas de asombro, y yo devolviéndoles la sorpresa con una sonrisa melancólica.
Hacia allá fui, che. Me deslizaba por Espinosa sosegado, como un barquito de papel flotando en una vieja palangana de chapa. Me pareció ver entre brumas sincopadas el tranvía 85 y el ómnibus 69, me cache en dié. Andando al paso más tardo que pude, se me soltó la cuerda del bobo que se largó a corcovear como caballo embroncado en la doma.
Y llegué a la esquina. Miré hacia enfrente y no divisé tu persiana oxidada, siempre a media asta, o el frente cachuzo. Tampoco la banderola ovalada, media tuerta por la roña, como un mirador obcecado que jamás dejó la guardia. Me acerqué a paso lento y con mirada patética comprobé que te habían liquidado. Que estabas muerta y sepulta en el foso de un edificio moderno y pintón. Que vos, hermana Carpintería, lujo de recuerdo y museo rante, protectora honoraria de nuestra adolescencia, compinche de las fantasías que inventamos entre esas paredes astrosas y tan cálidas, te habías diluido. Como un deschave lustroso que se transforma en nostalgia. En ese instante, yo hubiera dado la vida para salvar la ilusión ³. Habías desaparecido, como la viruta y el aserrín que juguetes del tiempo fueron. Reminiscencias de esta galaxia posmoderna y sicodélica, en la que el plástico sepulta al bronce, esa antigualla que ya nadie recuerda. Nostalgia de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó, pesadumbre de barrios que han cambiado y amargura del sueño que murió*.
Tuve ganas de llorar, como un marmota reblandecido. ¿Pero sabés qué se me ocurrió, vieja amiga? Te lo voy a soplar: me dispuse a cantar, con todo el vozarrón que tengo (que no es poco):
Aserrín aserrán, los maderos de San Juán // piden pan, no les dan // piden queso les dan un hueso // y les cortan el pescuezo. Como hacíamos a los quince, berreando en tu honor ese himno virutero y disparatado tras aquellas veladas de escabios cósmicos –todas vómito y sermones gangosos–, que nos dejaban exhaustos, listos para ensobrarnos con la mona alcohólica a cuestas, rajando a cien por hora para expeler en paz los últimos jugos curdelis. Sin remordimientos.
Entonces me tranquilicé y me fui tarareando, despacito, despacito, como el rezo pecaminoso de un borracho intoxicado de agua bendita: aserrín aserrán, tralalín tralalán, aserrín aserrán, tralalín tralalán. Despacito, despacito ■
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¹– El Leoplán, revista que apareció en Buenos Aires hace más de 60 años y donde se publicaban novelas y cuentos de la literatura universal
²– La antigua Alcaidía de Menores de Buenos Aires, hoy convertida en la seccional cuarta
³– Desencanto, tango de Santos Discépolo y César Amadori.
*– Sur, tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo
14. La dulce sombra querida
(10 de diciembre 1899 − 24 de diciembre de 1963)
La aguja sube y baja como el arco de un violín,
dos dedos la entrelazan y el tercero embiste a dedal;
la tela yace sobre la larga mesa,
y mientras el hilo hilvana con prolija perspectiva
una calle, una avenida, un bulevar o una cortada,
el maestro sastre, que trajo su arte
de la gran ciudad a orillas del Niemen,
proyecta, elabora sueños, diseña con la tiza,
recorta, cose con destreza
y la obra de arte está lista.
Un Durero, Cellini, Rodín de la aguja...
Artista, artesano, plasmó la estela de su arte.
Es la dulce sombra querida...mi padre.
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ue una relación de silencios, de insinuación y alusiones guardadas en miradas sigilosas, sin voces. Algún monólogo extraviado en largos minutos de espera. Una extraña expectación. Ensimismamiento y lejanía en su mundo, el mundo de la otra diáspora.
Hubo tiempos en que pasábamos horas juntos. Comentario de algún suceso de actualidad, una pregunta perdida en las horas del día. La respuesta mucho después, luego, más tarde. O jamás. Así era, escindido entre la mano que trabaja, la mente inundada de recuerdos, conflictos, y la soledad del Robinson diaspórico que ha naufragado en un inextricable silencio.
La tarea en común, el silencio en común, la renuencia a abrir el alma, en común, el deseo recóndito de que fuésemos compinches y revelarnos sensibles. Y la esperanza, callada, de poner la mano sobre el hombro, y el tal vez reprimido, pudoroso y cohibido abrazo entre un padre y su hijo. La ternura yacente, esculpida en el granito de la vergüenza, del no es de hombres...
Y aunque fumábamos la misma marca de cigarrillos, nunca nos convidábamos. Era como un acuerdo tácito, un intercambio de actos e ideas que no se consumaban, sugerencias a medio camino... No pedir, no ofrecer.
Su aislamiento era conmigo. Mi cortedad era con él. No me salía decirle te quiero mucho viejo. El sentimiento a flor de labio, encadenado, retenido, rebotando entre la orden del cerebro y la inhibición de la voz. La timidez, el recato. Jamás confesó... yo confieso tu confiesas él confiesa... amar a alguien.
Dejó la casa en la adolescencia y comenzó su largo periplo, el aprendizaje de la artesanía y la dureza de la vida, la recorrida por ciudades y aldeas en la extensa Rusia de los zares, la guerra en Europa, las correrías con sus pares, la revolución, el ejército rojo y la gorra con la estrella de cinco puntas, el campo de prisioneros en la Polonia de Joseph Pidulski, la huida y la inmigración.
Él hablaba, a veces. Pocas; hoy tan remotas. Ahora, tan ávido de querer preguntarle, saber, escuchar las anécdotas que fueron escasas y dispersas a lo largo de los años. Mas yo, el hijo, no preguntaba, callado... Con una vehemente y atribulada necesidad de saber. Ahora es tarde. Demasiado tarde.
La tradición y las nostalgias del emigrado, en tierra ajena... el padre. La compulsión del empedrado, la pelota de veinte guitas, las voces y el aquelarre de la ciudad que iba conociendo... el hijo. Dos mundos que van enfrentándose en la misma casa, compartiendo la pobreza, la diáspora de la América de uno, y el descubrimiento de la América y la urbe, el otro... Uno es el que inmigra y evoca la ciudad a orillas del Niemen, el otro es el nativo, el que tiene ante sus pupilas el mundo de la urbe de tango y funyi, la ciudad rioplatense envuelta en el lengue, la mina, que escucha extasiado la voz de Gardel murmurándole, pegado al asombro: Mi buenos Aires querida / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido. / El farolito de la calle en que nací...
Él hablaba, a veces. Fue el ejemplo. La conciencia de clase, el obrero fiel a sus camaradas, el que no se rinde, no se dobla no se quiebra. Tampoco ante la muerte... Lo llevo en el alma, me corre por las venas, su voz y su rebeldía son dos copias de un mismo tenor. Es mi escudo y mi bandera.
Ése era mi padre. ■
15. Y colorín colorado...
Con los ojos enredados entre olivos
abracé las piedras ancestrales
en el lugar preciso de mis sueños.
El lugar − Lina Caffarello
| H |
e viajado hacia el ayer a través de estos relatos y cuentos escritos en los últimos doce años de mi vida. He agregado algunos capítulos, fui ordenando los textos de acuerdo a los tiempos cronológicos en que sucedieron los hechos. Y al ir leyendo, introduje pequeñas correcciones, pulí partes y la sintaxis, todo formal
Ahora deseo escribir una síntesis, un epítome, acaso una justificación a las preguntas: ¿cuál es el objeto de esta breve antología? ¿para qué y para quién deseo publicarlo? ¿Qué importancia tiene dar a conocer textos forjados por mi pluma, donde se cuentan pequeñas historias editadas ya y dispersas?
Lo primordial son los recuerdos, los momentos, el marco de la época, una gota en el vendaval de la historia argentina, acotaciones y aguafuertes de la vida cotidiana de los años treinta, cuarenta y cincuenta, estampas que se van traspapelando a medida que los protagonistas desaparecen del proscenio. En la historia de la literatura rioplatense hay bastantes escritores, poetas y cuentistas que se han referido a ese período, Roberto Arlt, Juan Carlos Onetti, Bernardo Kordon, Leopoldo Marechal, Enrique González Tuñón, Roberto Mariani, Humberto Constantini, Pedro Orgambide, Haroldo Conti y tantos otros, cada uno en su estilo y el propio ángulo vivencial .
Los cuentos, relatos, reflexiones y glosas que aparecen aquí tienen semblantes autobiográficos, pero hay ficción, fantasía y fábula. Es muy complicado escribir y editar un libro a quince mil kilómetros de distancia, sobre la vida que fue en la ciudad de Buenos Aires. No lo escribo para mis nietos, aunque también para ellos. Pretendo elaborar un testimonio de la vida pretérita en la ciudad que amo y a la que bauticé “húmeda, atroz e irrepetible”. No es una deuda con nadie, ni una promesa. Quienes no han callejeado por el empedrado de Buenos Aires, el numen de estos relatos no les llamará la atención... Desde aquellos días de la infancia mi existencia ha transitado como en una película. Y como en toda película tenemos un escenario y un comienzo, los protagonistas, la trama y la culminación. Muchos de los actores ya no están... Algunos escenarios han cambiado su fisonomía, otros están decrépitos, muchos han desaparecido. Pero esa historia que llevo conmigo es tan inseparable como el latido del corazón o la sombra que me escolta a contraluz.
Hijo del siglo XX, estoy transitando por la primera década del XXI, el de los genes, los chips y el robot. El siglo de la soledad del hombre, de la globalización del planeta y la banalización de la condición humana. No me atrevo a escribir y pontificar, como algunos estúpidos, sosteniendo que todo pasado fue mejor. Siempre hubo guerras, ricachones y desheredados de la fortuna, dictadores e hipócritas de la democracia. En este rubro, diría que poco nuevo hay bajo el sol. Como aduje en otro de mis libros, creo que tal vez dentro de algunos años algún curioso arqueólogo de la vida de esa ciudad de inmigración, jubileo y tragedia, hallará, quizás, un ejemplar de este libro, que le aportará datos para bosquejar el alma de la que fue Buenos Aires, amada. maldita, perdurable... Con los ojos enredados entre olivos abracé las piedras ancestrales en el lugar preciso de mis sueños... (Lina Caffarello) ■
Andrés Aldao, Maalot Tarshija, mayo, 2008
Andrés aldao. (Buenos Aires, Argentina). Tiene «el oficio de mentir», según palabras de Abelardo Castillo. Escribe cuando le place, edita una revista literaria, Artesanías Literarias. Es un rioplatense melancólico, ama a su ciudad natal, añora a la Calle Corrientes (a la que nunca dormía… piadosa fábula); aborrece al Obelisco y a La Recoleta , escribe relatos, publicó cuentos a troche y moche (no asegura que los hayan leído), cinco libros y una novela, Aventuras y Desventuras de Ale Aspis. Considera a Roberto Arlt y Juan Carlos Onetti como los padres de la literatura del Río de la Plata. Vive exilado desde hace más de tres décadas y afirma que el exilio es una suma de dolor, nostalgia y agonía ∞
3 comentarios:
La línea general de estos textos me parece muy buena. Particular manera de escribir, se ve en su lectura parte de una vida interesante sea o no de ficción. Felicitaciones.
Juana Lalor
Un mundo de ternura y destreza narrativa para el placer de la lectura.
Bravo señor Andrés,
Olga Ajma
Hola Ancrés vi luz y entre, como siempre un lujo leer este blog, espero que siga bien, le dejo muchisimos saludos y espero algún día leerlo de nuevo en mo blog sería u n honor
Cariños
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