domingo 6 de junio de 2010

Extrañará a los lectores de estas páginas encontrar un cuento largo de Carlos Arturo Trinelli. Fue la única solución que se me ocurrió para resolver el problema de la extensión: publicar un adelanto en Artesanías Literarias y pasar el enlace del cuento completo a este blog personal... Aunque desde que publiqué el libro sobre los artesanos literarios de la revista, es como haber confesado que, en última instancia, somos una confraternidad de fratellas y fratellos... A disfrutar entonces. Andrés Aldao 


CARLOS ARTURO TRINELLI


 El Club De Los Suicidas
                                                                                                      
Los suicidios son homicidios tímidos .Cesare Pavese.

I.    
Toda historia tiene un comienzo, una línea de tiempo acotada por acontecimientos que la construyen. El día lunes llegué temprano al diario y eso fue absoluta casualidad, como la manzana de Newton o el sí de Yoko a Lennon y otros hechos que construyeron historia.
     Ochoa me mandó a llamar.
-Sentate César, ordenó afectado y con sus ojos extraviados detrás de los anteojos. Cumplí la orden con un bufido que le hizo agregar:-¿Estás cansado?
     Sí, estaba cansado, con el hígado en llamas y un hastío cultivado el domingo y que era capaz de convertirme en más cínico que Diógenes. No respondí.
-Mirá, la empresa tiene algo para ofrecerte que me parece brillante.
     Supe que algo malo me estaba por ocurrir. Ochoa alzó los anteojos que quedaron enfocados hacia el techo. Un destello de sol a su espalda comenzaba a colarse por la ventana y el brillo en los cristales reflejaba en la pared. Se acercó a los ojos un papel con membrete del diario y me leyó mi sentencia, se me retiraba voluntariamente con el beneficio de una suma de dinero y un año de sueldo para asistir a un taller de readaptación, reinserción o algo así. No pude menos que reirme.
-¿De qué te reís?
     No sabía y no me importaba.
-Es una oportunidad, cobrás una buena plata y tenés un año por delante con el sueldo asegurado y después en unos años más te jubilas y chau...
-Y en otros años más me muero.
     Acometió entonces con su discurso paternalista y como mi silencio lo exasperó siguieron una retahíla de mis éxitos más recientes con sus ojos bailarines otra vez tras los anteojos.
     Años atrás le hubiera dado unos sopapos... pero el tiempo, el hábito del tiempo insensibiliza.
-¿Dónde hay que firmar? Pregunté sin énfasis con una media sonrisa.
     Se animó, exaltó mi criterio y me mandó para mi casa. Al otro día todo estaría listo.
     Cuando salí de la oficina, la secretaria de Ochoa me preguntó;-¿Aceptaste?
-¿Podía no hacerlo? Repregunté con la mirada puesta en sus tetas apenas contenidas por el vestido ajustado. Había pasado demasiado tiempo desde que, engañados por la juventud y el deseo, nos habíamos acostado en secreto. Entonces sus tetas eran muy firmes y siempre me acompañó la impresión de no haberlas disfrutado lo suficiente.
     Ahora era una señora con hijos y yo un viejo despedido.
-¡Son unos hdep! Exclamó mientras me acompañaba hasta la puerta.
     Yo no poseía un juicio tan determinante y en el fondo, ése fondo que exploramos poco por lo profundo y donde anidan las defecciones, debilidades y razones, sabía que poco me importaba.
-Si se extinguieron los dinosaurios ¡qué queda para mi! Dije con una sonrisa que ella devolvió con un parpadeo.
     El oficio había cambiado y yo no. Basta de deambular por la noche, de encontrarse con buchones y coimear forenses. Las crónicas noveladas que incentivaban la imaginación de los lectores habían dejado paso a los refritos de internet y la noticia neutra y con escasa riqueza de lenguaje.
     Era temprano para tener tiempo libre. El día de otoño alumbraba con un sol frágil. Entré en un bar, me senté al lado de una ventana y ordené un café. Afuera la gente deambulaba con certeza, a pie, en auto, en colectivo, miles de mundos se mezclaban y sin embargo, la soledad era el único bien común. Somos gregarios como los ñus y solitarios como ellos cuando nos ataca el león. Como para los ñus, el pensamiento es la esperanza de que no nos toque hoy, sentimos alivio cuando le toca a otro y por eso nos agrupamos en ciudades que apenas nos contienen.
     Hice unas compras para resistir hasta el otro día y decidí aislarme en mi departamento. Desde la estrechez de la vivienda se olvidaba el día, la lluvia o el sol, el calor o el frío,
     todo daba igual en el dos ambientes contrafrente y la única ventana al pulmón siempre gris del edificio. Aquí la vida estaba solo en mi y era bastante.

     Cuando al otro día me presenté en la oficina la novedad de mi retiro se respiraba en el lugar. Miradas consternadas, gestos condescendientes me acompañaron en el trayecto hasta el cubículo que ocupaba Ochoa.
     Mirta me hizo sentar y me anunció por el interno. Teníamos unos minutos para nosotros, los inefables que cualquier humano con mínimo poder se toma antes de recibirte. Mirta se estremeció en la silla y adelantó las tetas para preguntar:-¿Estás bien?
     No sé por qué las mujeres siempre preguntan para comenzar una conversación.
-Sí, respondí lacónico.
-¿Qué vas a hacer?
-Nada, eso me sale bien, además tengo que ir al curso.
-Cualquier cosa que necesites ya sabes...
     Me encogí de hombros como un muñeco.
     Ochoa abrió la puerta y con su sonrisa de garca me invitó a pasar.
     Todavía debí soportar unos consejos y la solicitud de poner al tanto al pasante, que trabajaba conmigo, de todos los temas pendientes. Con un guiño cómplice cerró:-Avispámelo al pibe.
     Doblé mi cheque, firmé los papeles y estrujé la mano de Ochoa.
     Afuera, Mirta se paró y se alisó la falda con las palmas. Yo me quedé en mi sitio y ella se aproximó y depositó en mi pómulo un beso carnoso, se separó y como me hacían mis tías viejas humedeció sus dedos y me limpió la marca, supuse, de lápiz labial. Sonrió de una manera abandonada. Yo le sostuve la mirada. Pestañeó y volvió a su lugar. Yo seguí en el mío. Apoyó los codos en la mesa y el mentón sobre las manos y dijo:-Ya sabes...
     Asentí con la cabeza y me fui. Agustín, el pasante, me aguardaba en la puerta. Fuimos hasta mi escritorio de donde rescaté algunos objetos personales. El muchacho esperaba de mi los secretos de la profesión. Era un buen pibe y nos habíamos hecho amigos desde la noche en que lo había ido a ver en un recital de rock. Agustín tenía una banda y estaba tironeado entre el deber y el placer. Yo lo alentaba, siempre podes volver a ésta vida, aun que sabía que era mentira.
-Tenes mis números, a cualquier hora por cualquier tema, me llamas. La casa está en orden. Le mentí de nuevo  lo abracé y al oído le dije:_ No te preocupes, las cosas más decisivas son por lo general irremediables..
     Camino a la salida se formó una ronda de saludadores.

     El curso comenzaba el lunes y era martes, tenía una semana por delante y no tenía la menor idea de qué hacer con ella. No me preocupé. Al fin, mi vida transcurría en un lugar neutro.
     Cuando salía del edificio, Luis “el turrito” Burgos, con una carpeta bajo el brazo, se me vino encima.
-Te iba a buscar, me dijo enredado en vahos de alcohol. Enseguida agregó ansioso:-Vamos a tomar un café; tengo algo para vos.
-No lo quiero, dije y seguí de largo.
     Me siguió como un mono a los saltos de un lado a otro.
     El otoño reflejaba pálida la verdad del mundo.
-Tengo informeta de primer nivel, dijo mirándome de frente y caminando para atrás.
     Un café no se le niega a nadie y yo estaba en horario para uno.
-Está bien, le dije y me sonrió como una tararira
     Entramos en un bar para fumadores. Pedí un café y él un café con leche con tres medialunas.
-Mirá César, tengo algo que puede explotar. Abrió la carpeta, la dio vuelta y me la pasó. Eran recortes de diarios del interior, de zonales y algún suelto de nacionales e incluso del exterior. Con resaltador había marcado la palabra suicidio y la palabra disparo. Cerré la carpeta. El sorbía el café con leche y las medialunas habían desaparecido del plato.
-¿Y? Pregunté.
-Son del último mes, no te parece mucha casualidad, son ocho, tal vez haya más si buscamos para atrás ¿qué tul?
-Luisito, me despidieron, me interesa una mierda que la gente se mate
     Se quedó callado, la novedad de mi despido lo obligaba a replantear la estrategia.
-Che, dijo, -no le interesará a alguien.
-Mi reemplazo es un pasante y de los demás, nadie investiga nada.
-¿Tomamos un coñacito? Preguntó para ganar tiempo.
-Yo no, pero vos tomá.
     El mozo fue y vino
-Y si lo haces por las tuyas, sugirió
-No me interesa, ya veré qué hago de ahora en más.
     Pareció convencerse, bebió su copa, habló de algunos conocidos y como al descuido preguntó si me habían indemnizado. Con prudencia respondí:-Me van a pagar por mes y debo hacer un curso para desahuciados.
-¿No querés ganar el Pulitzer?
     Nos reímos. Amagó pagar y le hice una seña que dejara, siempre hacía igual. Me dio la mano húmeda y salió del bar.
     Llamé al mozo y pagué las consumiciones justo a tiempo para que, como si nunca se hubiera ido, volviera.
-Tomá, dijo y me extendió la carpeta,-te la regalo ¡tantos años haciendo transas!
     Iba a negarme pero cometí el error de aceptarla.
-Ahora, al margen, hizo un gesto de no importarle la información que contenía la carpeta y dijo:-me podes prestar ciento cincuenta mangos.
-Acabo de pagar treinta, tengo cien y los tengo que hacer durar.
-Es que si no pago hoy al mediodía el Turco Anan me corta dos dedos.
     El Turco Anan era un buchón de la policía y un merquero de poca monta.
-¿De la mano o del pie?
-¡Qué sé yo! Supongo que de la mano.
-Mientras no sea el pulgar vas en coche.
-En serio César ¡por favor! Dame los cien que con eso me conformo.
-Te doy cincuenta.
     Me encontré negociando una data que no me interesaba como si nada hubiera ocurrido en mi vida.
-Setenta.
-Sesenta.
-Dale.
     Le di el dinero y le pregunté:-¿ Es un préstamo no?
     El Turrito era invencible en el ida y vuelta.
-Si me dabas ciento cincuenta era un préstamo. Esto, hace de cuenta que me invitaste a almorzar.
     Salió victorioso y lo vi pasar frente a la ventana. Una parte de mi en el pasado me hizo reaccionar, golpeé el vidrio y le hice una seña. Volvió a entrar.
-¿Quién te sugirió esto? Pregunté con una mano sobre la carpeta.
-Sabes que no puedo decirte eso.
-¡Qué lástima! Te iba a dar diez pesos más.
     Sacó un papel pringoso y me anotó un número de celular y abajo el nombre Daniel. Me explicó que era un amigo de la prima de uno de los muertos que le deslizó un rumor oído en la comisaría de la jurisdicción del suicidio en donde se lamentaban de no poder investigar la ola de suicidios.
     Salimos juntos, le di el dinero y exclamó:-Al menos salvaré un dedo.

     Caminé por la ciudad indeciso entre ir a mi departamento o almorzar por ahí. Entré en una librería de la calle Corrientes, revisé las ofertas y salí con un libro “El Arte del Suicidio Antes de la Muerte” de un tal Litmajer sin información del autor. El tema ejercía sobre mi la tentación de ir más allá, era como si el pasado tiñera este, mi presente y recordé la frase de Oscar Wilde, caer en la tentación es la única manera de terminar con ella.
     En el departamento abrí el libro de Litmajer y leí el sumario: .El Juego del Suicidio-Volver del suicidio, sus implicancias-Suicidio digno, vida miserable-Suicidio miserable, vida digna-Suicidios necesarios-Suicidios por amor, por enfermedad, por hartazgo-Estadísticas.
     Entonces recordé el caso de Renzi, un muchacho de Puerto Madryn, cronista de policiales, suicidado en una contienda de ruleta rusa.
     Encendí la computadora y busqué la información. La Liga de los Afortunados, una secta de confrontadores con la muerte que dirimían el conflicto en un juego absurdo de ruleta rusa. La idea era renacer de esa experiencia como mejores seres humanos. El absurdo fue desbaratado pero su mentor, un tal Litmajer alias Smith Corona, nunca había sido detenido. Los hechos habían acontecido en el año 1998. Miré el pie de imprenta del libro y era de 2006. Podía tratarse de otra persona, incluso algún sobreviviente de las experiencias que usara ése nombre como seudónimo.
     Decidí enviarle un correo a Agustín y pedirle que busque los suicidios del último año y por las dudas, me cuide de aclararle que no era una broma.
     En mi bandeja de entrada tenía un correo de Mirta sin asunto y que de manera críptica escribía: Una cosa es saberte aquí y otra es no saber dónde. La esperanza es un huevo del que puede nacer una serpiente. Escribíme, besos.
     Temí no ser original y decidí pensar la respuesta. Intentar pensar conlleva riesgos y nos recordé jóvenes. Los dos estábamos de novios listos para casarnos con otras personas Ella todavía seguía con áquel. Yo ya había perdido la mía. Nos teníamos demasiadas ganas y la tentación superó a las virtudes.
     Comenzamos de menor a mayor y terminamos en la cama acompañados de nuestras culpas que, desnudos, eran como una mochila invisible sobre nuestras espaldas.
     Ella me atraía de manera salvaje y tanta pasión contenida me desbordó en un instante. Me miró de tan cerca y tan fijo a los ojos que los de ella se juntaron y preguntó ¿eso fue todo? La pregunta nunca la pude olvidar. Supongo que ella tendrá su propio recuerdo del momento, su propia secuencia. Tal vez dejó fuera del recuerdo la pregunta con lo que reafirmaría que no existen los recuerdos comunes y que al fin, como sostenía Sartre, el orden del recuerdo es el orden del corazón.
     Escribí (sin asunto): Estoy aquí y puedo estar en cualquier sitio donde esté la esperanza ovoide, un beso. Y lo envié.
     Volví a mi tema, llamé al celular que me había dado el Turrito. Me atendió Daniel, le expliqué el motivo, me pidió que lo llamara por la noche.
     Tuve hambre, abrí una lata de atún y una botella de vino. En eso estaba cuando me llegó otro correo de Mirta. Si el primero había sido metafórico éste era más explícito. Decía (sin asunto): Necesito verte. Necesito contarte algo. Necesito que sepas algo. Te necesito, Mirta. Contesté (sin asunto) : La necesidad tiene cara de hereje, espero instrucciones, César.
     Aguardé frente a la máquina. Nada. Engullí el atún con unas galletas. Bebí, comí una banana. Nada. Un correo basura, lo borré. Deambulé descalzo por el departamento con la atención puesta en el monitor de la máquina. Me senté con el libro de Litmajer y comencé a leer: GENERALIDADES:  No existe la muerte como un todo. La muerte son partículas, como la vida, un inmenso puzzle donde cada partícula encaja. Es decir, a cada vivo corresponde una muerte y la muerte muere con el muerto. Sin muerte fracasarían las religiones. El suicidio es por más el gran burlador del equilibrio muerte-vida.
     Sonó el teléfono, atendí :-Hola, soy yo, dijo Mirta como si fuera la única calificada para llamarme.
-Yo también, contesté.
-Vos también ¿qué?
-Yo también soy yo por ahora.
     Se rió. Buen síntoma, pensé.
-¿Vas a estar en tu casa?
-Sí.
-Recordame la dirección.
     Se la di.
-Cuando salgo voy para allá.
-Te espero.
     Cortó, corté, cortamos. Miré la hora, tenía tiempo. Revise las existencias y decidí salir a comprar una botella de champagne por las dudas.

* * *
II.
Sonó el timbre del portero eléctrico. Cuando bajé a abrirle, entró primero su perfume y después su sonrisa. Nos besamos con timidez. En el ascensor no hablamos, yo la miraba y el espejo me devolvía su perfil oculto y mi mirada y a mi espalda, el infinito del otro espejo nos reflejaba a los dos. Ella era conciente de que la miraba y hasta me pareció descubrir una sonrisa que voló al abismo de los espejos.
     Llegamos y preguntó:-¿Estás solo?
-No, estoy con vos.
     Ésta vez sonrió de verdad y el gesto, aún cuando la sonrisa había terminado, le arrugó las líneas de los ojos y de los labios. Entramos en el departamento y se instaló como áquel personaje del cuento de Hawthorne, , Wakefield, quien, como si nunca se hubiera ido, regresa después de veinte años.
     Despojada del abrigo y abandonada en el sillón lucía el semblante de una mujer grande después de una jornada de trabajo.
     Me pareció prematuro ofrecer el champagne pero algo tenía que decir. El silencio era incómodo y los hombres en general no sabemos manejarlo.
-¿Querés tomar algo?
-Bueno, un té.
     Era fácil, desaparecí en la cocina y desde allí volví a preguntar:-¿Qué tal la oficina?
-Como siempre, supongo que alguno se habrá afligido por vos pero siguen como si nada.
     No supe qué quiso decir. Me pareció lógico que así fueran las cosas. La espié y noté que observaba todo con curiosidad.
-¡Qué lindo tenés el departamento!
     Le expliqué que me lo limpiaban dos veces por semana.
-¿Te ayudo? Preguntó y agregó,-tomo amargo.
     Era una desconocida sentada en mi sillón con la pollera tubo que le llegaba a la mitad de los muslos y el cinturón ancho, ceñido a la cintura que parecía sostener los senos redondos, voluminosos y caídos. Los ojos todavía le brillaban verdes como los recordaba y el cabello negro le rozaba los hombros erguidos. Soplaba el interior de la taza aferrada con las dos manos como si un apuro la invitara a quemarse. Me señaló un portarretrato con la foto de mis hijos y me preguntó por ellos.
-María Sara vive en España y Juan en Neuquen, los dos están casados y no soy abuelo todavía.
-¿Y tu ex?
-Disfruta de su nuevo marido y nos hablamos cuando hay novedades de los chicos o para saber uno del otro.
     Yo debía preguntar pero no tuve ganas de hacerlo.
-Mis tres hijos son solteros pero dos están en pareja, Jorge y Benjamín, el del medio, Patricio, vive conmigo. Jorge, mi marido, pasa un mes en San Luis y una semana aquí. Hizo una pausa y agregó,-por el trabajo ¿te acordás que él es contador?
     Me acordé que ya lo era cuando yo fracasaba en la cama con su futura esposa.
     La noche se presentó en las luces de los edificios y comenzó a penetrar en reflejos por el vidrio de la ventana.
-César...
     La miré,-me mostrás el departamento. Le tendí la mano, nos paramos uno frente al otro y nos besamos. A un beso suave siguió uno lento con lenguas tibias que se chocaban y deslizaban de ida y de vuelta.. La tomé por la cintura y entramos en la habitación, intenté recostarla y me dijo:-Esperá y comenzó a quitarse la ropa con la premura de la primera vez. Yo me senté en el borde de la cama y la observaba envuelta en sombras. Se acercó desnuda y me abrazó, mi cabeza quedó entre sus pechos separados por la edad pero que olían a mujer y a deseo. Cerré los ojos y en un instante fuimos jóvenes otra vez y como tales, ignorantes que tras el tiempo solo viene más tiempo.

Descansábamos desnudos y abrazados y sugerí el champagne. Lo aceptó con entusiasmo.
     Lo abrí conteniendo el corcho que apenas protestó con un ruido sordo. Serví los vasos, brindamos y después del primer sorbo dijo:-Hace bastante tiempo que soy cornuda.
     No dije nada, Jorge ya estaba instalado entre nosotros y la cama tomaba el perfil de un confesionario. Siguió:-Tiene una mujer en San Luis por supuesto más joven, él me lo dijo. Hizo una pausa y agregó,- se va, no va a volver, quiere separarse, decía esto y bebía como Artemisa las cenizas de Mausolo.
:-Si vos y yo nos hubiéramos animado..., concluyó con un suspiro. Que me apuré en apagar
con    un beso fresco de champagñe y después terminó,-todavía estaríamos juntos.
     Oir y callar era lo apropiado ante tamaña sentencia.
-Cuánto sufrimiento nos hubiéramos ahorrado, remató.
     Leí que alguien dijo que sufrir es poner en alguna cosa una atención suprema y no era ése mi caso.
-Ahora me voy, dijo y bebió de un trago el champagñe que le quedaba en la copa.
     Quise acompañarla y me dijo que todavía no, que quizá más adelante, con lo que supuse que tenía un futuro.
     En la calle abordó un taxi y dejó el halo de su perfume y la impronta de sus labios en los míos.
     Estaba contento. En el ambiente se respiraba su olor y era una buena compañía. Vi el libro de Litmajer sobre la mesa y recordé que debía llamar a Daniel.
     Me contó sin reparos que había oído sobre una  “ola de suicidios “ en Chile y en Bolivia  que ahora parecía cernirse sobre nosotros. Me dio los datos de la comisaría donde había estado y del oficial a cargo. Le agradecí la data y cortamos.
     En internet busqué en los diarios de Chile que sindicaban a Iquique como una ciudad “azotada por los suicidios”. En los diarios de Bolivia no hallé información sobre suicidas pero no me desalenté porque tampoco abundaba en los nuestros.
     Me senté con el libro de Litmajer y comencé a leer: El suicidio no es una negación de la voluntad de vivir, sino una fuerte afirmación de ésta si las condiciones objetivas de la contradicción desear-lograr se cumplieran. Es evidente que siendo el desear la raíz de nuestros males la solución sólo pueda pasar por la auto inmolación de la voluntad de vivir.
     Lo cerré , me serví un güisqui y puse la película Dr. Zhivago y me dejé llevar por los avatares del amor entre O. Shariff y Julie Christie. El teléfono sonó y no atendí, luego escuché la voz de Mirta que anunciaba que había llegado y que la había pasado muy bien.

     Cuando me desperté ya tenía la certeza de empezar el día por la comisaría.
     En la oficina de guardia pregunté por el comisario.-¿Quién lo busca? Respondió con otra pregunta el agente del mostrador. Mostré la credencial del diario que, por suerte, Ochoa había olvidado quitarme.
-Dígale que quiero hacerle unas preguntas para este diario, dije y le marqué el nombre con el dedo sobre la credencial.
     Demoró unos minutos y cuando regresó dijo en tono admonitorio,-lo va a tener que esperar, ahora está ocupado.
-No hay problema, dije y me senté en un banco de madera.
     Los polis iban y venían, alguno reparaba en mi y el que me había atendido le cuchicheaba al oído. Traté de no impacientarme, era mi única tarea.
-Venga por aquí señor, me sorprendió otro uniformado que salió por una puerta lateral. Lo seguí y entramos en un patio interno y fuimos hasta una puerta de vidrios partidos adornados con cortinas. En un costado había una placa de bronce con la inscripción: Comisario Evaristo Ramos..
     El policía golpeó y una voz cavernosa ordenó:-entre.
     El hombre me abrió la puerta y se retiró por donde habíamos llegado. El despacho era austero, un escritorio de madera, más parecido a una mesa de comedor, unas sillas robustas que hacían juego, diplomas enmarcados, dos teléfonos, una lámpara y un hombre imponente mezcla de Orson Wells y Hemingway en sus últimos días se incorporó para saludarme y me indicó que tomara asiento.
-Usted dirá, dijo no exento de desdén policial.
     Le conté lo que sabía incluido lo de Chile y Bolivia. El hombre pareció interesarse. Antes de interrumpirme pasó su lengua por los labios,-también en Paraguay, parece un fenómeno latino americano
-Motivos no han de faltar, acoté y los dos nos reímos.
-Mire señor...
-César Vico.
-Si yo fuera un comisario de película, investigaría pero..., y señaló una montaña de carpetas.-Haga una cosa, tire un poco de la piola puede que sea una casualidad o no. Los que sé, están comprobados, un disparo en la sien de un joven HIV y un disparo en el corazón de un deprimido por deudas, casos cerrados.
-¿Se mataron en sus casas?
-No, el sidoso en una plaza y el otro alquiló un cuarto de hotel.
     Nos quedamos con la mirada sostenida uno en el otro y en silencio. Volvió a pasar su lengua por los labios, se incorporó y dijo:-Tome, acá está mi número de celular, cualquier cosa que tenga o necesite, me llama.
     Me paré, salimos juntos al patio, me dio la mano y con voz de tenor gritó:-sale. Y me fui.
     Entré en un locutorio y pedí una máquina. Agustín no había contestado mi correo. No hallé por internet en los diarios de Paraguay más que un suicidio en un depósito abandonado en donde un hombre se había disparado en la cabeza y agonizado en soledad. Ni rastros de “olas de suicidios”, daba la sensación que muerte más o menos poco le importaban al mundo.
     Puse Litmajer en el buscador y comencé a descartar opciones. El autor del libro no existía para la red. Regresé a mi correo, no había novedades de Agustín, en cambio, tenía un correo de Mirta, asunto: Te extraño.
Mucho. Hoy no puedo ir, llamame al directo o al celu, besos Mirta.
     Por el momento decidí no contestar, salí del locutorio y me fui de nuevo a la librería donde había hallado el libro de Litmajer.
     Me acerqué al encargado con el libro que había tomado de paso por la mesa de ofertas. El hombre me miró neutro. Le pregunté quién distribuía los libros y con desgano aseguró no saber pero que creía que estaban en consignación. Resultó inútil intentar conocer a quién los había recibido o dejado en el negocio. Me fui y lo dejé rodeado de olor a letra muerta. Tuve ganas de estar en otro sitio, de hacerme a un lado, de que mi vida fuera otra siendo la misma. Miré a mi alrededor y supe que muchos, en ése momento, pensaban de manera similar. Enfilé para el departamento decidido a leer El Arte del Suicidio antes de la Muerte con la pretensión pigliana de convertirme en detective, en decodificador de los signos aportados por Litmajer.
Debemos desterrar el concepto de que la omisión del deber del socorro es delito ¡Libertad al suicida! Al fin cada hombre que se mata es dios...
...Para considerarse suicidio la muerte debe ser un elemento carnal y el motivo del acto, no una consecuencia ineludible: los hombres bombas, los kamikazes, pueden ser mártires lo que seguro no son suicidas.
     Agustín me envió un correo, allí sostenía que en el último año la prensa había registrado diez suicidios, todos hombres, seis con armas de fuego, cuatro no se especificaban y el suicidio se catalogaba de probable.
     No parecían tantos así fueran los descriptos la mitad de los realmente acontecidos. Ahora, si les sumaba a Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia, entonces el número cobraba otra relevancia y el promedio subía a más de dos suicidios por semana.
     El suicidio como la gripe viajaba de aquí para allá, alguien era el agente transmisor, alguien estaba infectando de suicidio a las personas. Tomé un güisqui con la excusa de serenarme. Todo era azaroso y no obedecía a ninguna lógica, no había descubierto nada.
Volví al libro..

Tipos de suicidas

1.- Los que aceleran la muerte que se vislumbra a futuro (enfermos)
2.-Los que no toleran la disminución de los atributos personales (belleza, potencia sexual, economía, poder, prestigio)
3.-Los hedonistas en general.
4.-Los que sufren crisis de transición.
5.-Los que poseen algunos de éstos síntomas: psicosis, demencia, depresión.
     Cerré el libro y abrí la botella para servirme otra medida. Todo comenzó a parecerme una gran confusión, un absurdo. En vez de estar planificando un viaje, de elegir una película, de leer, de acostarme con Mirta, estaba allí intentando hallar algo que ni siquiera sabía bien qué era. La gente se suicidaba desde siempre ¡ allá ellos!
     Tomé el teléfono y me pedí unas empanadas.
     El día concluía y del pulmón del edificio trepaban ruidos de platos, murmullos televisivos y alguna risotada producto del tiempo libre. Las empanadas me habían dado acidez y el güisqui era como una fogata en mi pecho. Busqué un libro en el estante de la biblioteca pero mis ojos se detuvieron en el cuadro de Edouard Manet “El Suicidio” (1872) que ilustraba la tapa del libro de Litmajer.
El suicidio es un rasgo de modernidad, un mal del siglo XX. Emile Durkheim en su ensayo El Suicidio (1897) lo define como todo caso de muerte que resulta directa o indirectamente de un acto más o menos realizado por la víctima misma y que según ella sabía o debía predecir éste resultado.
Acto positivo, dispararse a la cabeza.
Acto negativo, rehusarse a tomar medicinas.
     Me dormí con el libro entre las manos aliviado por una píldora antiácida.

     Desperté como lo venía haciendo con constancia los últimos 58 años. Desayuné un café recalentado sentado en mi única silla de la cocina. Me di cuenta que era libre y no me decidía en aceptarlo ¡Al diablo con los suicidas! Un hecho es imposible de conocer sin conocer la causa y la causa de la causa y así hasta el infinito. En consecuencia, qué sentimiento se puede tener frente a ese algo imposible de conocer, recordé a Spinoza.
     Hoy podía ser un buen día, en mi bandeja de entrada un correo de Mirta me anticipaba una visita, le respondí sin efusiones que la aguardaría.
     Luego de años de tener la vida pautada en horarios no se me ocurría qué hacer, asocié la duda al título del libro de Lennin y de pronto, allí estaba, magnético, el libro de Litmajer.
El pasar es la característica principal de la condición humana.
Es mejor cambiar un estado malo por otro incierto.(Montaigne)
...el alma solo es una forma de ser no un estado constante, cualquier alma puede llegar a ser tuya si puedes seguir sus ondulaciones. La vida en el más allá puede consistir en la capacidad de vivir de forma consciente en el alma escogida, en cualquier número de almas, todas ellas ignorantes de su carga interminable.
     Mejor ver una película. Busqué Lo que el viento se llevó, tan larga que me permitiera acercar la hora de la visita (¿higiénica?) de Mirta.
     Disfruté de los equívocos del amor entre Scarlet O’hara y Rhett Butler y del pragmatismo burlón de éste último cuando debe explicar a sus amigos el por qué perderán la guerra. Tuve el tiempo justo, en realidad el tiempo siempre lo es, digamos que el tiempo no tiene definición, se define a sí mismo a excepción del tiempo interior. Solo quiero significar que terminé de ver la película justo para la llegada de mi visita..
     Allí estaba sentada de pronto con la gracia de una fruta madura y me narraba el día de trabajo como si a mi me interesara. Noté cuando hablaba cómo las arrugas en la cara deslucían el maquillaje con tonos blancuzcos. La conquista le pertenecía como a todas las mujeres y yo la dejaba parpadear y afinarse el talle y erguir en demasía los hombros alzando los pechos que parecían respirar con ritmo propio atenazados por el corpiño. Hasta que comenzamos a besarnos y entramos en el dormitorio...
-Podríamos salir a comer algo, sugirió parada de espalda ,desnuda y con las manos como asas sujetándose el pelo negro acariciada por un reflejo plateado que se colaba por la ventana. En esa posición que duró un instante asocié su silueta con un cántaro y sumé para mi felicidad un gocé más que pesaría en el balance final de mi existencia.

* * *
    
III.
Llegó el día del inicio del curso que serviría para mi reinserción en el mundo. Reflexionado que hube sobre el objetivo no me pareció mal enunciado, al fin, cada uno es un mundo que se acaba con uno.
     El señor Crown era un obeso rosado, dotado de simpatía que atemperaba el exceso de locuacidad. Mis compañeros de curso orillaban la edad del retiro y algunos tomaban apuntes con la vana ilusión de aprehender los conceptos que el gordo Crown dictaba como un hierofonte moderno.
     A media mañana se hizo un break palabra que en inglés tendrá su significado pero que en la posmodernidad latino americana no dejaba de sonar nefanda.
     Me serví matecocido de un termo y con una media luna aferrada entre el pulgar y el índice me senté a una mesa. Un homúnculo de gafas se sentó en frente de mi.
-¿Le gustó?
     No supe si se refería a la medialuna.
-Sí, estuvo buena.
-Yo soy repetidor.
     A juzgar por cómo engullía supuse que me hablaba de las facturas.
-Para mi con una está bien.
-No, soy repetidor del curso. Mire, dijo y volcó el cuerpo sobre la mesa para acentuar la confidencia,-hice un arreglo con la empresa, hago el curso de nuevo y ellos me siguen pagando total que es todo un verso.
     Me encogí de hombros y bebí mi matecocido.
     El hombrecillo justificó:-Yo sé que alguien, y señaló para arriba con el pulgar,-se beneficia con que haya inscriptos.
     Entonces dije:-Usted la tiene clara, de algo hay que vivir.
-Lucas Colt, se presentó con una mano filiforme sobre la mesa.
-César Vico y estreché la palma extendida fría como un lagarto.
     Volvimos a la clase, los temas se sucedían con el facilismo de un manual de auto ayuda. Algunos lo creían, alzaban las manos, participaban, buscaban destacarse ante la nada como si ella fuera algo. Qué hacemos nosotros, Buenos Aires, los dos aquí, alcancé a pensar simétrico con Pessoa o con alguno de sus heterónimos.
     A las doce en punto culminó la clase, por la tarde la asistencia era voluntaria y se iban a abordar temas referidos a la meditación y un juego de colores que no comprendí y tampoco intenté hacerlo debido a que mi voluntad ya estaba en otro sitio.
     Salimos y Lucas Colt se me aparejó:-Hay un lugar en donde se come bárbaro ¿quiere venir?
     Me convidó un cigarrillo y no sé porque razón hice un comentario fuera de lugar:-¡Qué casualidad! Cuando comencé a fumar lo hice con Colt cortos sin filtro, una marquilla blanca con el dibujo de un potrillo en ambas caras.
     El hombre ignoró lo que dije y comenzó a caminar. De soslayo advirtió:-Son unas diez cuadras que sirven para abrir el apetito.
     Entramos en un bar de estilo grill de los sesenta y nos sentamos a una mesa apoyada en una columna cuyas caras estaban forradas con espejos.
     Un mozo entre desganado y ambiguo nos deslizó un papel impreso con el menú. Lucas Colt se apresuró en sugerir una milanga, así la llamó, a caballo con fritas, revelándome como un oráculo que eran las mejores de Buenos Aires. Presentí la acidez de la tarde y confié en mis píldoras. Complementó el pedido con un litro de tinto de la casa que el mozo, casi a tientas, tomó del mostrador en donde un ejército de papagayos de cristal esperaban turno en el desfile.
     El lugar olía a frito y supuse que los comensales no podrían evitar al irse resumir los vahos de la fritura.
-Yo fui un hombre muy importante, dijo Colt.
-Lo somos amigo.
-No, escúcheme, manejé por más de quince años la gerencia de recursos humanos de Molina y Cia.. Lo que yo decidía era como un úkase y me despidieron ¿lo puede creer?
     Hice un gesto que pasó desapercibido por la llegada de las milanesas que sobrepasaban las dimensiones del plato. Mi anfitrión llenó los cristales de los lentes a puro ojo. Todavía tuvo tiempo de agregar:-Todo para qué, para poner un burdégano en mi lugar.
     Blanqueó su huevo frito y sus papas con sal y adoptó frente al plato una posición de vultúrido. A tal punto que por el espejo se podía ver la tonsura de su cabeza
-Usted a qué se dedicaba.
-Soy, era periodista.
     Sonrió con los carrillos inflados de milanesa, apuró un trago de vino y agregó con ironía:-¡Qué actividad interesante!
     El adjetivo interesante siempre me pareció, una mezcla de no saber qué decir y condescendencia.
-Sobre qué escribía.
-Policiales.
-Claro, entiendo.
-Qué entiende.
-Los crímenes se adocenaron, no se pone en riesgo la inteligencia en el juego del delito, francamente no sé si vale la pena escribir sobre ello.
-Es un trabajo como cualquiera.
     Cuando terminó su plato yo iba a la mitad del mio.
-De a poco y si me permite, claro, lo voy a ir poniendo en situación.
     No supe a qué se refería y me preocupé por acabar la milanesa. Unos bastones de papas fritas quedaron abandonados en un extremo del plato como astillas.
-Perdone, dijo,-¿no come más? Y estiró una de sus manitas hasta mis papas.
     Le hice una seña afirmativa.
-Acá el postre que mejor les sale es el budín de pan con crema y dulce de leche.
-Yo paso, respondí
     Llamó al mozo y pidió su postre. Enseguida recibió el budín ornamentado como una catedral gótica.
     De a poco comencé a sentirme invadido por la impaciencia que amaneaba una nostalgia que debía evitar para conservarme entero. Lucas Colt parecía distendido, satisfecho. Con el café adoptó una actitud de suficiencia y recorrió una galería de anécdotas de su pasado laboral.
     Cuando hubo que pagar no permitió que lo hiciéramos a medias. Argumentó que en la próxima lo haría yo y entonces sentí la sensación en el estómago de un ascensor que se detiene de golpe.
-Hasta mañana, nos despedimos en la puerta. Encendí un cigarrillo y decidí caminar hasta mi departamento para bajar la milanesa.

    De regreso abrí el libro de Litmajer: ALGUNOS ARTISTAS QUE ELIGIERON EL ARTE DEL SUICIDIO 
Leopoldo Lugones, escritor.
Horacio Quiroga, escritor.
Ernest Hemingway, escritor.
Kennedy O’Tole, escritor.
Walter Benjamin, escritor.
Alejandra Pizarnik, poetisa.
Alfonsina Storni, poetisa.
Raúl Barón Biza, escritor.
Cesare Pavese, escritor.
Gabriela Mistral, poetisa.
José María Arguedas, escritor.
Silvia Plath, escritora.
Gabriel Ferrater, poeta.
Virginia Wolf, escritora.
Jacques Vaché, precursor del surrealismo.
Jacques Rigaut, surrealista.
Violeta Parra, poetisa.
Rodrigo Lira, poeta.
Von Kleiste, escritor.
Jorge Cuesta, MENCION ESPECIAL, escritor, metió la cabeza en una bolsa pero antes se emasculó y clavó los testículos en la puerta de su dormitorio.
De ésta lista testigo el cincuenta por ciento son latinoamericanos, no es casualidad, tenemos los peores políticos del mundo, los peores capitalistas del mundo, los peores escritores del mundo pero los mejores suicidas.
     Mirta llamó para saber cómo me había ido con el curso. Le conté con humor, la única manera de narrar un absurdo. Argumentó que le estaban sucediendo cosas que ya me contaría y se excusó de encontrarnos ese día.
     Busqué El ciudadano Kane y Orson Wells con Rosebud mezclado con el almuerzo me adormecieron sentado en el sillón. Soñé con Lucas Colt con su cara en el cuerpo de un enano priápico que me perseguía por un bosque patagónico.

     En el segundo día de curso cambiamos de orientador. Los aspectos prácticos-rentables de la vida que se nos avecinaba eran dictados por el licenciado Lázaro Smith un hombre enjuto y de rostro atezado.
     En el recreo, Lucas Colt se me acercó para presentarme a otro repetidor, el señor Anselmo Browning, ejecutivo retirado de una empresa que fabricaba balines del cinco y del cinco y medio para armas de aire comprimido. Según Colt, la firma Balin-azo era proveedora de Molina y Cia.. Me dio pie para preguntarle cuál era el rubro de su ex empleador y respondió sin énfasis que eran líderes en seguridad.
-¿Qué clase de seguridad?
-La más segura, aseveró enigmático.
     A la salida me predispuse para otra milanesa pero Colt se alejó con Browning tomados del brazo.
     Los días se sucedieron entre la alternancia de Crown y Smith con sus verdades reveladas. Colt me evitaba a la salida y eso colaboró para que no volviera a tener pesadillas.
     En uno de los refrigerios le pregunté el porque de la ausencia de mujeres en el curso y con la certeza del que maneja información comenzó a hablar como un jodotí y me contó que muchas mujeres asistían al curso por teleconferencia dadas por mujeres desde Miami.
     Convencido de que no hallaría reposo en mi presente perpetuo esperé con ansias el fin de semana.

     Mirta se había excusado con distintos pretextos para encontrarnos. El sábado por la mañana mientras dormía colgado de una resaca me despertó el estruendo del portero eléctrico. Era ella. Debió esperar el tiempo que tardé en la búsqueda de una cierta respetabilidad que incluyó un enjuague bucal. Allí estaba vestida de manera informal con ese aire fronterizo en lo sublime cuando las veteranas se arreglan como adolescentes. Sin embargo, me gustaba o la necesitaba, necesitaba que algo bueno me sucediera por encima de mis libros, mis películas, mis whisquis, mis rutinas.
     En el ascensor quise abrazarla pero me apartó con una mirada tensa, de mujer grande que sufre por ello mismo.
     Cuando entramos dijo:-César, me equivoqué.
     Le ofrecí desayunar. No quiso. Su semblante había perdido el aura angélico que le conocía o con el que la idealizara durante tantos años.
    Su imagen lucía anclada al mundo real cuando dijo:-Jorge volvió, quiere que lo intentemos otra vez.
     Nos envolvió un silencio inmóvil.
-¿Estás malhumorado?
-Los humores son accidentes metafísicos, estoy apenado.
-Lo siento.
-Me too, dije con una sonrisa que seguro resultó cursi.
-Sin rencores, susurró y me besó en la boca.
     Las mujeres son así de asombrosas.
-Sin rencores, respondí.
     Cuando salimos llovía, paró un taxi, nos besamos en la mejilla y se fue. Me quedé contemplando el asfalto que brillaba como si fuera el lomo de una foca.

* * *
IV.
Todavía el sábado me depararía otra sorpresa. Evité el desasosiego que me producía el libro de Litmajer, evité la música, le escribí un correo electrónico a Agustín, llamé a mis hijos que se sorprendieron como si yo no fuera el padre, comí unas frutas y puse la película de Ettore Scola La Familia para recordar los desencuentros de una vida en tre Vitorio Gassman y Fanny Ardant. Todas mis acciones semejaban una cadena de actos desesperados para mantener la esperanza.
     Ante que concluyera la película volvió a sonar el portero eléctrico. Me incorporé de un salto y pensé que Mirta se había arrepentido y regresaba a pedirme disculpas.
     Una voz atiplada preguntó por mí:-Soy Lucas Colt, vinimos con el señor Browning a visitarlo ¿puede recibirnos? Preguntó ante el silencio que me imponía la sorpresa.
-Sí, espere un segundo que ya bajo.
     Desde el palier los vi de espaldas con sus impermeables y sombreros hongos, parecían gemelos.
-¡Qué sorpresa tan extraña! Exclamé convencido.
-Tenemos cosas serias que comentarle.
-No lo dudo y no dude usted que todo esto es..., al menos raro ¿Cómo supieron mi domicilio?
-¿Podemos subir? Preguntó tímido Browning.
-Sí, vamos pero primero respóndanme.
-Fui gerente de recursos humanos de la empresa líder en seguridad segura, no hay dato que se me escape, no hay cosa que yo no sepa, concluyó Colt y agregó:-Tome, trajimos merengues de crema y dulce de leche para tomar el té, y me dio un paquete blanco humedecido por la lluvia. Parecían dos tías viejas de visita.
     Me entregaron los impermeables, los sombreros y los paraguas y se sentaron juntos en el sillón. Estaban vestidos de traje como si fuera un día de curso.
     Apoyé la bandeja sobre la mesa ratona y Lucas Colt se apresuró en recordarme los merengues. Busqué dos platos y en la ignorancia de cómo los comerían les acerqué cuchillos, tenedores y cucharas de sopa.
-Usted ¿no come? Interrogó Browning.
-No gracias.
-Esto es un gran lenitivo, sostuvo Colt con la boca colmada de esquirlas blancas.
     No podían hablar, comieron dos merengues cada uno y después de reafirmar que yo no quería, al quinto lo abrieron a la mitad. Les acerqué servilletas. Los dos se limpiaron meticulosamente dedo por dedo hasta que Colt dijo:-Mire César ex periodista, el busilis del asunto es el siguiente, y el mismo dijo,-dos puntos. Browning le festejó la gracia. Colt siguió:-Somos hombres acostumbrados a recibir una paga por un servicio. Desea usted sumarse, me interrogó adelantándose en el sillón.
-Sumarme a qué.
-Primero sepa que tengo todo arreglado para que no asista más al curso y tenga igual su presentismo. Hable usted Browning, le ordenó al otro.
     El aludido carraspeó:-Hay un trabajo juego que deja excelentes utilidades.
-Guión juego, acotó Colt.
-Qué...
-Nada, digo trabajo guión juego.
     El otro asintió cruzó sus manos sobre una rodilla y continuó:-En cada sesión del trabajo guión juego si usted sobrevive, perdón, si gana, se lleva mil billetones.
-Mil pesos, recalcó Colt.
-A dos o tres trabajos guión juegos por semana, calcule usted.
-Más el salario por el curso, agregó Colt.
-Piénselo, concluyó Browning.
-Pensar qué.
-Si acepta o no, dijo uno de los dos.
-Browning lleva embolsados como cinco mil este mes.
-Conmigo sí que le va bien, sostuvo servil Browning.
-En efecto, yo cobro una comisión por cada trabajador guión jugador y tengo varios pupilos que siguen y siguen...
-Siguen qué.
-Adelante valientes, temerarios de manera ineluctable.
-¡Basta! Por favor, acaso están locos o me están tomando el pelo.
-El señor Colt es un perínclito en el tema no lo subestime.
     A poco estuve de irme a las manos con un grito como escudo cuando Colt preguntó:-¿Conoce la ruleta rusa? seis jugadores, una mesa redonda, un revólver, una bala, se coloca la bala en el tambor vacío del revólver, se lo hace girar, se coloca el revolver sobre la mesa y también se lo hace girar, al que le apunta el cañón comienza a probar fortuna.
-Por favor, de buenas maneras les pido que se retiren.
     Se miraron entre sí y Colt continuó:-Hay público, hay apuestas, hay variantes, piénselo, concluyó y los dos se pararon al mismo tiempo. Todavía Colt agregó:-A usted que le gustan las películas vea El Francotirador con De Niro y Christopher Walken para estudiar la mecánica del juego y luego mire El Inquilino de Roman Polanski, trabaja él mismo e Isabelle Ardajni. Ah, y no vaya el lunes, es más, tómese su tiempo, si deja pasar ésta oportunidad entonces retome las vanas enseñanzas para un sobreviviente mediocre.
     Cerré la puerta, desde el ascensor los vi abrir los paraguas y perderse en la noche lluviosa de otoño.

     Una verdad rudimentaria era percibida por mi como más positiva que la ficción y me hallaba atrapado en ella.
     Lucas Colt y Anselmo Browning no existían en la red. Tampoco los profesores Indalecio Crown y Lázaro Smith. Las empresas Molina y Cia. y Balin-azo S.A. tenían sus respectivos sitios, al menos algo existía aparte de mi.
     Le escribí otro correo a Agustín en donde le pedía que averiguara sobre la empresa proveedora del curso y todo lo que pudiera sobre los ex empleadores de Colt y Browning y de paso que revisara los archivos del diario por si había algo sobre ellos.
     Después quise descansar pero no pude, en el duerme vela las caras de las visitas desfilaban como en un corso. Mirta y su desgano, Colt y su lenguaje barroco, Browning y su obsecuencia, todos en la misma carroza. Detrás, en otra, Ochoa y su fallutismo, Crown y su logorreismo, Smith y su desmesura, Luis “el turrito” Burgos y su marginalidad, todos y cada uno con su estigma sobre los hombros como monstruos que intentaban devorarse sin piedad. El comisario..., me desperté. El comisario, él podía ayudarme.
     Antes de llamarlo y para no aturullarme comencé a confeccionar una lista en un papel de las cosas a comentar. Cuando llegué a Smith, luego de escribir Crown se me produjo una revelación, Smith Crown, Smith Corona el alias de Litmajer. La liga de los afortunados, la muerte de Renzi en un lance de ruleta rusa. Llamé al celular, se hallaba apagado. Me resigné, al fin Dios descansó el séptimo día. No podía asegurar estar contento, sí, aliviado. Había navegado en una ansiedad tórrida y así como París bien se debía una misa, yo podía acceder a un recreo. Me vestí y bajé a comprar unas pastas para cocinar un buen almuerzo.
En la esquina, me esperaba Lucas Colt.
     No lo recibí bien y me arrepentí, si quería que el abismo me devuelva la mirada, debía asomarme.
-Bueno ¿qué quiere de mi?
-Vayamos a desayunar, sugirió.
     Lo que siguió fue un extenso monólogo del que, lo más saliente o desopilante fue la teoría de un Dios desbordado (creo que era ése el término), que no podía atender el Universo por él creado y que en los siglos se le  deslizó de entre las manos. La ciencia y la tecnología le eran ajenas y de a poco iban ocupando su espacio, células madre, genetismo, etcéteras. Dios estaba arrinconado y solo, la liga de los afortunados era una creación del propio Dios, una estrella que jamás se apagaría. Yo encajaba en el modelo singular del que no le interesa el dinero pero sí explorar los límites para en un futuro darle una estética, una forma artística.
-Es usted, César, ex periodista fracasado, un elegido. Concluyó Colt cuando las medias lunas y el café con leche eran un recuerdo
-Aproveche la experiencia que se le ofrece, si no lo mata, saldrá fortalecido; literalmente.
     Llamó al mozo, pagó las consumiciones y susurró:-Mañana a las diecinueve lo pasaré a buscar. No llame al comisario, le puedo asegurar que no le interesa labrar oficios por una contravención a la ley de juegos.
     Salimos y se despidió sin énfasis para desvanecerse en el contraluz de un sol espléndido.
     De regreso en el departamento revisé en todos los sitios en donde Hollywood me había enseñado se ocultan cámaras y micrófonos y no pude hallar nada.
     En la tarde y luego de una siesta estimulada por el vino, puse El Gran Pez de Tim Burton y comprobé que una historia por más fantasiosa que sea puede ser real, que las historias nos sobreviven y que los padres siempre somos un misterio. También hablé solo y en voz alta para que Colt me escuche y entonces recordé la película de Polanski El Inquilino, la sugestión del protagonista estimulada por su propia paranoia lo lleva a tomar la decisión de imitar un suicidio. Me callé.

     El lunes a media mañana recibí un correo de Agustín, la empresa proveedora del curso tenía sede en Los Ánegeles, pero no en Estados Unidos sino en Chile y la razón social era L.A.S.A., supuse Liga de Afortunados. Si bien existían las empresas en donde habían trabajado Colt y Browning no había datos sobre ellos, tampoco en los archivos del diario. Sin embargo, me adjuntaba un archivo, era una solicitada que el diario había publicado  unos veinte meses atrás bajo el título: DIOS ESTÁ SOLO. Ayudemos a Dios /él siempre nos ha ayudado. El poder está en /los laicos. Su /iglesia le da la espalda. Afortunados los /que del momento comprenden la necesidad /Dios /nos espera.
     Entre los firmantes se hallaban Colt, Crown, Smith.
     En un segundo correo Agustín me decía: Si no te diste cuenta, abrí éste adjunto.
     Lo hice y en el texto aparecía en negrita un anagrama.
-¿Están locos! Grité hacia las cuatro paredes.

          DIOS ESTÁ SOLO

           AYUDEMOS A DIOS
       ÉL SIEMPRE NOS HA AYUDADO. EL PODER ESTÁ EN
LOS LAICOS SU
             IGLESIA LE DA LA ESPALDA, AFORTUNADOS LOS
  QUE DEL MOMENTO COMPRENDEN LA NECESIDAD
        DIOS
       NOS ESPERA.
    Me fui a la terraza y llamé al comisario. Tardó en darse cuenta quién le hablaba y más tardó en recordar el motivo.
-Mire, dijo con su voz cavernosa,-trate de no meterse en líos, deje las cosas como están y si no puede, tenga cuidado.
     Atiné a decir gracias cuando ya me había cortado la comunicación.
     A las siete de la tarde sonó puntual el portero eléctrico. Desde el pasillo vi el semblante íncubo de Colt que me aguardaba de espalda.
-Por aquí, señaló con apuro.
     Un auto nos aguardaba en doble fila. Tomamos asiento en la parte posterior del vehículo que era conducido por un hombre con un traje gris.
-Nuestro chofer, el señor Juan Mahely, un desangelado como usted.
     El hombre inclinó la cabeza y yo musité:-Encantado.
     Ahora lo pienso y así me hallaba, como encantado. Colt me incitaba a hablar.
-Sabe usted César por qué elegimos los lunes para jugar.
-No.
-Los lunes estallan las angustias. Se termina con el niño de fuego que viene a pedir fuego. Los lunes son derrocados la duda y el escepticismo y la conciencia queda liberada.
-Ustedes están locos, dije entre serio y apenado.
-La demencia es el precio de la sapiencia, sentenció el chofer con la boca de costado.
-¡Callese Mahely! Exclamó Colt con autoridad y agregó:-Sapiens-demens, la dialéctica que contiene al verdadero hombre. Usted César es muy emotivo y no puede percibir las sensaciones..
     Recordé la definición de Macedonio Fernández sobre la práctica de la longevidad, se puede perder la vida en un incidente siendo la vida útil y el incidente inútil y tuve ganas de bajarme, de huir, de mudarme, atrapado como estaba, encantado por la curiosidad. Pero es tan fácil volver como no haberse escapado nunca y allí estaba en un auto que comenzaba a atrapar las sombras de la noche.
-No se inquiete in icto o coli llegamos a destino, dijo Colt con percepción de lo que pasaba por mi cabeza.
     Entramos en el Gran Buenos Aires. El conductor le alcanzó a Colt un sobre de papel madera. Éste lo abrió y tomó del interior un paño negro.
-Discúlpeme César, le va a parecer un exceso pero créame, pluralites non est ponenda sine necesítate y me sugirió que me calzara la capucha de un paño denso.
     Thomas Mamm me recitó en el oído, solo lo exhaustivo es verdaderamente interesante.
-Va a comprobar en un rato el error de Dios al permanecer en la eternidad perezosa de los ídolos, interrumpió Colt mi tranquilidad literaria.
     Ecuché el ruido a encierro que se desperezaba metálico en los goznes de un portón e intuí que entrábamos en un sitio. El auto se detuvo y Colt me quitó al capucha. Caminamos por un corredor umbrío y mal iluminado que desembocaba en un patio estrecho rodeado de paredones. Nos dirigimos a una puerta y entramos en una especie de falansterio. De una puerta salió Browning, se abrazó con Colt y Mahely. Luego, los dos entraron por el mismo lugar y Colt y yo subimos una escalera de mármol y baranda metálica hasta otro pasillo en donde al final había una puerta de doble hoja. Cuando la transpusimos percibí el murmullo de personas que eran sólo sombras. Un pasillo en pendiente desembocaba en una sala circular vidriada y entabicada que formaba dos ambientes. En uno, una mesa circular con seis sillas, en el otro, más pequeño y separado por una puerta, nada. Accedimos a una especie de palco, la única luz se irradiaba encandilante de la sala y cuando pude acostumbrar la vista divisé siluetas al otro lado. Era como una especie de teatro, un circo romano. En el palco estaban Crown y Smith, tal vez alguno de ellos fuera Litmajer o quizá el propio Colt.
-Está por comenzar, le ahorraré explicaciones. Preste atención, en la pecera podrá comprobar usted como juega el destino.
     Un murmullo acompañó la entrada de los seis gladiadores secundados por un hombre de traje negro, con las manos enguantadas de andar macilento y cabeza al rape. Una especie de gigante fornido. Los hombres tenían un número del uno al seis y tomaron posiciones en las sillas numeradas.
     El hombrón abrió una caja, tomó un revólver, mostró al público que se hallaba descargado y a continuación colocó una bala e hizo girar el tambor. Después se dirigió a la mesa y puso el revólver en el centro. Entonces distinguí entre los jugadores a Browning y a Mahely. Los hombres lucían serenos.
     Contemplé a mis compañeros de palco. Crown con las manos cruzadas sobre el vientre parecía mirar un programa de televisión. Smith era el único que desde lo gestual denunciaba alguna ansiedad. Colt tenía un rictus de sonrisa a mitad de camino.
-Ahora va a ver, me dijo cuando notó que lo miraba.
     Un cártel digital que pendía del techo se encendió sobre la pecera. Allí en un cuadro se registraban las apuestas. El uno pagaba tres a uno, el seis, quince a uno. Volví a mirar a Colt que me dijo cara a cara con aliento a cebolla:-La apuesta mínima son cien dólares.
     Enseguida el hombre del traje negro hizo girar el revólver sobre la mesa y el cañón se detuvo entre el hombre 2 y el hombre 3. Del bolsillo del saco y aproximándose por detrás, sacó una cinta métrica y determinó que el caño se hallaba más cerca del 3. El hombre señalado con ése número se incorporó y precedido por el grandote que oficiaba de árbitro entró en el recinto más pequeño. Allí, el hombre le entregó el revólver, salió y cerró la puerta. Lo que siguió fue un instante de duda. El 3 alzó el arma hasta su cabeza, pareció que iba a apuntarse en la sien pero súbitamente cambió el recorrido y enterró el cañón en su boca. Lo vi temblar, jaló la cola del disparador y el silencio se quebró en un suspiro generalizado. El hombre número 3 salió indemne, el revólver colgaba de su brazo y los hombros se derrumbaron con el peso de la espalda. El gigante abrió la puerta y le quitó el arma, lo tomó de un brazo y lo acompañó hasta la puerta por donde habían entrado un instante antes. A su paso, los demás participantes apenas lo miraron como si el que pasaba fuera un fantasma.
     El árbitro volvió a la mesa e hizo girar el revólver de nuevo, no hubo dudas, el cañón señaló a Browning, el número 4. Éste se incorporó, esperó al grandote y se dirigió a la sala con el aplomo de quien va a dar un discurso. Tomó el revólver, esperó a que se cerrara la puerta, lo alzó hasta su sien derecha y sin hesitar gatilló, todo lo hizo tan rápido que no dio tiempo al murmullo. Bajó el arma y sonrió, lo hizo con una risa franca que motivó algunos aplausos.
     Se repitió la ceremonia y el elegido por el azar fue el señalado  con el número uno. Otra vez los pasos hacia la salita, el uno lo hacía con desgano como si en cualquier momento fuera a arrepentirse. Cuando quedó solo pareció dudar, era zurdo, temblaba, asió el arma asistido por la mano diestra y apoyó el caño sobre el pecho del lado del corazón.
     Colt interrumpió mi ansiedad:-Favaloro puso de moda esta manera.
     El estampido resonó mezclado con la aclamación del público y el cuerpo del hombre se derrumbó hacia atrás sin trastabillar y al caer, la cabeza rebotó en el piso. El número uno en el centro de la pechera comenzó a teñirse de rojo.
     Los otros tres condenados se incorporaron y se dieron la mano. Mahely alzó un puño hacia el palco. Una voz anunció que los que debieran cobrar su acierto esperaran en su asiento y los demás podían comenzar a retirarse en grupos de a diez.
     Cinco hombres vestidos con guardapolvos blancos y las manos enguantadas entraron en la sala. Uno constató que el hombre estaba muerto. Lo cargaron en una camilla y se lo llevaron por donde un instante antes había entrado a tentar la muerte. Otros permanecieron limpiando el lugar.
-Suerte que fue el uno, dijo Colt hacia Crown y Smith que asintieron en silencio. Luego se dirigió a mi y me explicó que los apostadores solían confundir los números con un orden de prelación y suponían que el uno era el primero y que las chances del primero de permanecer vivo eran mayores.-Lógica del apostador, concluyó.
     De a poco el lugar comenzó a vaciarse. Supe después que había varias salidas y que el traslado se efectuaba en combis hacia distintos puntos. Entonces supuse que nos hallábamos en alguna fábrica abandonada y reciclada para albergar toda la locura que había presenciado y que no había durado más de veinte minutos para el reloj, para el tiempo convencional, para mi tiempo interior había transcurrido sin límites tan ancho como largo.
     Crown y Smith me saludaron con una inclinación de cabeza y se fueron por la oscuridad del pasillo.
-Estos hombres, dijo Colt en referencia a los participantes de la ronda de suicidas,-están dotados de un fatalismo de neto corte masculino, ese pensar que ante lo decidido no queda otra que afrontarlo, es el destino y hacía él vamos con la esperanza de salir indemnes y sino, al menos, cumplimos. Por eso no participan mujeres, ellas son más prácticas y si deben mudar de parecer lo hacen. Además la estética del suicidio femenino es diferente.
-¿Adónde llevan el cuerpo? Me animé a preguntar.
-No estoy en eso pero aparecerá por algún sitio familiar al muerto con la carta que todos los participantes escriben de puño y letra antes de la gesta y que les es devuelta a los supervivientes. Usted sabe, no se culpe a nadie...bla, bla, bla. Caso cerrado.
     Nos quedamos solos y entonces Colt me invitó a salir. Antes de pararnos volví a preguntar:-¿Quién es Litmajer?
-¿Quién es Dios señor César Vico?
     Nos fuimos, al trasponer la puerta nos aguardaba Mahely, hicimos el camino inverso y al fin del pasillo debí colocarme de nuevo la capucha.
-Sé que usted no va a participar, dijo Colt,-siempre lo supe, le estoy dando una nueva oportunidad. Escriba sobre esto, hágase famoso, alguien le va a creer y los demás pensarán que es usted algo que no es, creativo.
     El auto se detuvo, me quitaron la capucha y Colt de manera distante me pidió que me baje. El auto arrancó y se perdió en el poco tránsito de la avenida Cabildo en el barrio de Saavedra. Paré un taxi y me fui para mi casa con la intención de despertar de un sueño prolongado.

     Le hice caso a Colt. Escribí una historia en el estilo investigación periodística. Se la regalé a Agustín con la sugerencia de que la presentara como propia. El libro fue un éxito con el apoyo del diario y Agustín Sierra ganó el premio Príncipe de Andorra, renunció al diario y se dedicó al rock and roll.
     Los cursos de reinserción quedaron suspendidos hasta que otra empresa se hiciera cargo.
     Mi vida volvió a la normalidad. Mi ex sigue con sus llamados mensuales, con sus penosos silencios en el tubo y con sus frases hechas y de circunstancias. Mis hijos me llaman también con una frecuencia azarosa.
     Mirta volvió a los correos intrigantes que no contesto.
     Los suicidas seguirán desparramando sesos y algunos serán noticia.
     Yo me dedico a leer y a redescubrir el significado de algunas películas. Ahora mismo me apresto a ver Feos, Sucios y Malos de Ettore Scola con Nino Manfredi.

FIN

7 comentarios:

Anónimo dijo...

más que un cuento, más que una historia: la real tragedia de la vida, despidos, suicidios, arreglos, contados con la holgura literaria del autor, convincente y seguro de la trama. me gustó esta narrativa y también a Alberto Zazzetti. Saludito. susana zazzetti.

Anónimo dijo...

Un cuento que mantiene expectante al lector a pesar de la extención.
Interés que no sólo no decae en ningún momento, si no que llega a un final tan inesperado como creible. No faltan en este mundo, desde principios del siglo pasado, ejemplos de sectas que adoctrinan a personas débiles o con problemas induciédolas al suicidio. Ademas los argumentos filosóficos del Guru "¿suicida?" son impecables.
Un abrazo,
Ernesto.

Mercedes Sáenz dijo...

Excelente, excelente. Desde el principio hasta el fin. Tema dificil para escribir, dificil para recibir. Disfruté su lectura varias veces. Felicitaciones Arturo. Abrazo
Mercedes Sáenz

Anónimo dijo...

Qué decir!! Lo que descubrí hace tiempo, cuando te conocí? que eres un escritor especial, que ya tenés un estilo adquirido? eso. Lo sabés amigo y como dicen mis compañeras de opinión, es la realidad, la vida misma, con la diferencia que quien escribe (vos) se anima a algunas cosas que los que vivimos en el mundo real nó.

Un abrazo.

Lily Chavez

Anónimo dijo...

Largo, mucho más de lo que esperaba pero me pasó que no pude dejar de leer, como si una cosa fuerza el anzuelo que alcanza otro pez mayor. Felicitaciones a su autor.

Celia Ortiz
Bahía Blanca

Anónimo dijo...

Por segunda vez intentaré que quede registrado mi comentario. Cuento largo pero inteligentemente llevado. No decae nunca el interés del lector. El personaje ya trae su perfil definido de cuentos anteriores aunque con otros nombres. Siempre humano y enfrentado al sistema. El final,aunque sorprendente, es muy creible, dada la locura que nos afecta.
Abrazo,
Ernesto.

Sonia Cautiva dijo...

Éste es un policial que dan ganas de seguir hasta el final. En principio da la sensación de sencillez. Para nada. Fuerte, tragicómico. En varios momentos me encontré con una sonrisa en la boca. Doloroso y real.
No soy crítica, sólo leo y me gustó.
Gracias por el deleite.
Sonia