domingo 17 de enero de 2010

ANTOLOGÍA DE NARRADORES DE ARTESANÍAS LITERARIAS

Antología de Narradores de Artesanías Literarias


Editado por Artesanías Literarias Libros


Septiembre de 2009


ARTESANOS DE LOS TIEMPOS MODERNOS


Ofrecemos al lector de ficciones una selección de cuentos de escritores que publican en la revista Artesanías Literarias. Es una deferencia para el autor y el lector; para un género literario que los editores proscriben de sus catálogos por considerarlo no rentable...
¡Craso error! Por diversas razones, en este vía crucis globalizado ha ido disminuyendo en general y particular la lectura de diarios y libros. Mencionamos entre otras la vida vertiginosa, la alienación por el trabajo, los horarios draconianos o la desocupación y su secuela de desasosiegos, angustias, apremios económicos, subalimentación y estados depresivos.
Tanto el cuento como la poesía, y toda otra manifestación literaria que no provenga de los “consagrados del mercado”, son enclaustrados en el gueto de los “no publicables”, de los que no “prometen beneficios”, de los parias de la creación...
No es ése el criterio que hemos adoptado para reunir a los cuentistas —algunos también poetas—, porque esta antología no se guía por los beneficios si no por la calidad de los cuentos y relatos que hemos elegido. Hay para todos los gustos, una pluralidad que los lectores sabrán distinguir. No obstante, debemos resaltar el cordón umbilical que une a todas las obras: el cuidado de la prosa, la prolijidad de los escritos, el nivel literario, el estilo personal.
Son todos artesanos de las palabras, las frases, los párrafos, los inicios y los finales, los sustantivos y adjetivos, los adverbios y los verbos. Son escritores y artesanos que le dan vigencia y confirmación al nombre de la revista: Artesanías Literarias. Estilos, historias, pequeños dramas, humor (negro o no), finales imprevistos: en fin, todos los recursos que la escritura pone a disposición del creador se suceden en la presente antología.
El orden en que se presentan las obras no tiene ningún significado. Napoleón dijo en una oportunidad que “El cálculo vence al azar”. En esta antología el azar se impuso al cálculo...Y los últimos en orden son consecuencia de la casualidad más casual e imprevista. Lo mismo ha ocurrido con las breves biografías de los autores: el orden de los autores no altera el producto.
Y con esta última aclaración, sólo nos resta desear a los lectores el placer de la lectura de las obras que presentamos, con la esperanza de que nuestra elección haya sido la óptima. ●


Andrés Aldao, agosto de 2009


* * * * * * *
Xafier Leib´s


PÁJAROS ENJAULADOS (EL COLECTIVO)


“Me bajo en la próxima,” le dijo la señora al chofer. Este la miró con cierta indiferencia, pisó el pedal de freno y abrió la puerta. La mujer comenzó a bajar, pero no estaba sola. Llevaba consigo varios objetos: una silla, telas enrolladas, una guitarra y un sifón de soda vacío. El chofer esperó impaciente.
La mujer terminó de bajar sus pertenencias y justo cuando el chofer se disponía a arrancar para seguir viaje, la mujer gritó: “¡Momentito, por favor, aún no he terminado!” El chofer, sorprendido, le hizo caso por alguna razón que escapaba a su conocimiento, y esperó.
La mujer subió al colectivo y comenzó a sacar todos los adornos: el peluche de la palanca de cambios, los espejos, los muñequitos y el banderín de Boca. El chofer estaba tan sorprendido, que no supo cómo reaccionar y se quedó callado. Los pocos pasajeros que había a esa hora tampoco dijeron nada, excepto un nene de cinco años que todo el tiempo le preguntaba a la madre: “¿Qué está haciendo? ¿Por qué desarma todo?” y la madre intentaba silenciarlo.
La mujer subió nuevamente al colectivo y dijo: “Bueno, ¡ahora se bajan todos y esperan en la vereda!”. Todos se pararon y comenzaron a bajar por ambas puertas. El chofer miró a la mujer, y ésta asintió levemente con su cabeza. También él bajó.
Sin dejar que pase mucho tiempo, la mujer sacó un par de herramientas y comenzó a aflojar los asientos. A medida que los iba sacando, los bajaba a la vereda. Luego desarmó los pasamanos y, finalmente, el volante y la máquina expendedora de boletos.
Entonces hizo una breve llamada desde su celular: al cabo de diez minutos llegó un camión con remolque y se llevó la carrocería del colectivo.
Sobre la vereda estaban todos los objetos que había bajado del coche, el chofer, los pasajeros y una caja con pescados bien salados.
La mujer comenzó a ordenar los asientos tal cual estuvieron dentro del colectivo. Colocó los pasamanos, montó la máquina expendedora de boletos y el volante. Luego le dijo al chofer que podían continuar con el viaje. Éste se sentó frente al volante y la gente comenzó a “subir”, mostrándole el boleto, por supuesto. Tomaron asiento y en seguida subieron nuevos pasajeros que habían formado la fila mientras la mujer desarmaba el colectivo. Sacaron sus boletos y se acomodaron. Algunos tuvieron que quedarse parados.
Los pasajeros esperaron en silencio, mientras el chofer parecía que arrancaba, y comenzaba a manejar. Los que tenían celular llamaron a sus casas para avisar que tal vez no llegarían esa noche para cenar.
Permanecieron así durante un par de horas. Algunos bajaban al quiosco y volvían con algo para comer o beber.
Estaban muy nerviosos y muy enojados. La mujer, mientras tanto, agarró sus cosas y se subió a otro colectivo.
El chico que estaba muy impaciente le preguntaba a la madre cuándo llegarían a casa. La madre le dijo que no sabía, que había que esperar...
El chico se cansó y dijo: “me voy”. Se fue caminando por la vereda. La madre salió corriendo detrás de él.
El resto de los pasajeros se quedó mirando. Muchos quisieron hacer lo mismo, pero permanecieron sentados. Algunos hasta llegaron a insultar al chico por haberse animado a salir con tanta facillidad.
En la vereda de enfrente, desde la vidriera del pet shop, los pajaritos enjaulados vislumbraban la situación y, entre risitas cínicas, comentaron los resultados de los últimos partidos de fútbol.
© Xafier Leib´s
...............


Carlos Arturo Trinelli


UN TROLEBÚS EN EL BAR BAVIERA


Cuando comenzó a hablarme, Helmut, el dueño del bar, ubicado a su espalda, se estiraba el ojo hacia abajo con el dedo índice. Me avisaba de algo obvio a simple vista como si protegiera a un menor de un pedófilo.
A Helmut le incomodaba la presencia distinta del viejo trolo. Sin embargo, como cumplía las reglas de convivencia que imperaban en ese planeta de borrachos no hacía más que mirarlo de mala manera.
-Yo soy Santiago, me dicen Tiago como al hermano de Jesús ¿vos cómo te llamás?
Se presentó con la voz arrastrada en un seseo y con las manos anchas y gruesas como aspas en constante movimiento.
-Enrique, respondí con indiferencia.
-Como Enrique El Navegante.
-No, como Enrique Lotriski.
-¿Quién es?
-Yo.
Los ojos vivaces de un marrón apenas más claro que la piel cetrina le brillaron de gusto. Por las dudas, fiel a mi principio de que más vale ponerse colorado una vez que rojo para siempre, máxima que me fue inculcada de niño por una tía, dije:-Sí querés hablar, hablemos, si buscás otra cosa, seguí viaje.
-¡Ahhh! exclamó como buen maraca.
Yo miré la hora y bebí un sorbo de mi vaso.
-Es difícil que pase la hora cuando la estás mirando, es tímida, dijo él con afectación y siguió parado a mi lado.
Lo miré de soslayo, el labio inferior caído y más grueso que el superior, le daba el aspecto del no saber permanente. Era un puto feo.
-Quiero hablar Enrique, te prometo que me porto bien.
Me di vuelta y caminé detrás de él hacia una mesa. El traje, brilloso de planchados, caminaba delante. Nos sentamos frente a frente y pedimos una cerveza que, Tiago, se adelantó en pagar.
Lo observé bien. El aspecto era el de un tanguero de los cuarenta, pero trolo. El cuello de la camisa raído estaba surcado por líneas de mugre y el nudo de la corbata engrasado denunciaba que el dueño se la quitaba sin deshacerlo. El pelo teñido de negro azabache nacía blanco, alineado en una raya apenas encima de la oreja en el intento por disimular la calva.
-Puto y borracho las tenés todas en contra, dije no excento de agresividad.
-La sexualidad es jodida cuando viene cambiada, replicó y me hizo arrepentir de lo dicho.
Agregó que cansado de mendigar afecto en los baños de las estaciones, comenzó a frecuentar los bares. Nada lo saciaba ya que, al concluir, se hallaba más vacío que al principio. El único cambio que notaba era que un borracho era un individuo más sensible que cualquier sobrio. Yo no estaba tan seguro.
El truco era sencillo y no por viejo menos efectivo, jugaba a la copa vacía y él no terminaba la propia. Una vez quebrado el oponente, lo demás era fácil. Controlé los vasos con disimulo.
-Por suerte los años me aplacaron el deseo, dijo y pidió otra cerveza. Enseguida agregó:-Pero no las ganas de afecto y de compartir la soledad con alguién.
La soledad sobrevolaba todos los temas en el Baviera. Algunos hablaban solos y otros dialogaban entre sí con la intención de homogeneizar las soledades.
Afuera comenzaba a llover. Los parroquianos, como hinoptizados por el espectáculo, vaso en mano, se agolpaban en las ventanas como espectros de la tormenta.
Tiago agregaba:-Siempre estuve solo, y detalló las muertes, que los que avanzamos en el tiempo, padecemos,-hasta el gato se me murió, hizo una pausa con la mirada puesta en el vaso y concluyó,-por supuesto que era un gato castrado.
Pedimos otra cerveza y la pagué yo, comenzamos a cortarla con gin.
-El problema mío, principió a decir con el seseo arrastrado,-es que siempre viví mi homosexualidad con culpa.
No supe qué decir, de hecho nunca había escuchado confesiones de un trolo.
-¡Qué vas a hacer! Cada uno hace lo que puede y es bastante, dije sin convicción. Me hubiera gustado decirle que no se aflija que todos tenemos culpas porque podríamos ser de otra forma. No dije nada. A veces lo mejor es no decir nada. Compartir era suficiente y lo hacíamos sin dejar de adorar a nuestra diosa, la bebida, libertaria de las culpas, heroína de las conciencias.
En la sexta cerveza con gin, me solté y narré algunas vaguedades. Él ya era un puto feliz que a todo le hallaba las partes graciosas. A mí, empezó a resultarme ingenioso.
-Nadie quiere a nadie, es mejor decir, nadie ama a nadie, soltó con la lengua pegada y la cabeza como esos perritos de adorno que se colocan en los autos. Siguió:-Jesús, el propio Jesús, aquí alzó la voz y Helmut lo chistó, -decía, el propio Jesús no amó en particular a nadie, Él amaba en general, a la humanidad...
Comenzó a reirse tan fuerte que Helmut vino hasta nosotros.
-Señor, si no puede guardar las formas, tendrá que irse, dijo con todas las erres bien pronunciadas y la cara roja.
-Yo respondo Helmut, dije sin arrogancia. Me creyó y se fue de nuevo a su puesto de vigía detrás del mostrador.
-¡Qué disparate Enrique! amar a la humanidad. Yo, Tiago Jiménez sostengo que amar a todos es amar a ninguno, a ninguno, bajó el tono en la repetición, colgó aún más el labio inferior y los ojos rebasaron unas lágrimas. Me incorporé un poco y lo abracé ¡pobre puto desconsolado!
Lo ayudé a pararse, debíamos partir antes de ser echados.
Todavía lloviznaba cuando salimos abrazados. Era de noche, la calle estaba vacía y todo brillaba mojado bajo las luces. Quiso besarme y lo aparté con la palma de la mano en la cara. Se resbaló y debí sujetarlo para que no se golpeé contra el piso.
Nos apoyamos en un paredón y piyamos. Las meadas levantaban vapor en la vereda. Entonces sucedió, me distraje un momento en la sacudida de mi pájaro y alcancé justo a enjaularlo. Como un murciélago la manopla de Tiago se me vino encima en un intento por atraparlo. La intuición me hizo girar la cintura a la derecha y saqué un cruzado de izquierda. No fue mi mejor golpe pero se estrelló en su oreja, perdió pie y yo conseguí pararme con guardia de diestro. La derecha salió directa, se dirigía a la nariz pero el perder pie lo salvó y el golpe impactó en la frente. Cayó de culo con las piernas para arriba.
Comencé a caminar, todo estaba en su sitio. Atrás quedaba un puto farsante y pensé, ¡qué difícil era ayudarlo por más piedad que inspirara! ●
© Carlos Arturo Trinelli
........................


Mercedes Sáenz


PARANOIA


Caminó por el costado de la cama salteando la jarra de plástico verde, una cacerola azul en dónde en general hervía las salchichas, un balde colorado fuerte y gastado y pudo dar la vuelta hasta llegar a la cómoda chiquita, que también estaba a apartada de la pared. Las goteras se habían quedado quietas por un rato, sin antes molestarla dejando varios pedacitos de agua sucia que bajaba del techo en hilos de oscuritos desconocidos.
—¿A dónde vas?
—Al Uruguay me voy, voy a salir por el Tigre eso lo sé hacer. Miran mucho en las lanchas, la gente es la que mira, no tanto la prefectura. Me tengo que disfrazar un poco.
—¿A qué te vas al Uruguay? A escaparme de vos, pareció decir.
Se sentó en la cama húmeda y empezó a diagramar su cara. Tal vez una vincha tirante y un sombrero medio feo le taparan el pelo recogido y entonces no estaba obligada a usar tintura.
El viento suele jugar a las escondidas, anda girando por ahí en el medio de las casuarinas, va y vuelve un poco desorientado porque hoy ha tenido que volar más bajo, hace giros coqueteando con ella cómo si no la conociera. Ese andar suave que usa ya le tiene tomado el tiempo. Es enemigo cuándo es más arriba, cuando la aparta del sendero de lo que anda buscando. Suele ponerles nombre a sus sonidos y verlo bailar.
Un disfraz de algo tonto tengo que hacerme, siento miedo pero tampoco es una historia tan extraña, a todos le suceden cosas rarísimas y parece que pasan a ser cosas normales, bueno no normales, estoy hablando así porque alguien me mira.
Tal vez me ponga a escribir algo y después lo tiro, mejor para mi cabeza pensar en que fueron tirados en el medio del Río de la Plata, en dónde esté más turbulento. En ese revoltijo de tierra y agua, nada de río piel de león cuándo me asusta, sólo revoltijo, tan alto a veces que dan ganas de de ser parte de él para no tener que competirle ni contestarle. Para no temerle.
El aire está tan lindo, odia tener atado el pelo, le gusta cuándo hace una máscara sobre la cara, haciendo caminos que marcan, se levantan y vuelan y vuelven a instalarse no sé si igual cuándo su pelo parece un sereno maestro infantil poniendo sin abrir la boca los alumnos pequeños en orden.
¿Por qué hago esas frases tan largas? ¿Por eso tengo que llamarla a la otra para corregir? ¿Por eso escribo de más y después no encuentro el eje de las ideas? Nunca hay un eje, es la desesperación de necesitar escribir todo el día, esa locura de sacar fotos de todo lo que veo cómo si quisiera explicarme a la gente.
Curiosa necesidad de querer trascender en el anonimato en una tontera liviana que no da ni para escupir el suelo.
Tal vez debería escribir prolijo y semejarme a las pocas mujeres silvestres –perdón, que quisieron hacerse silvestres al salir de la ciudad (la mayoría con un más plata para empezar a vivir cómo si no necesitaran del dinero). Decoran sus casas con géneros todos blancos sutiles y esponjosos, grandes verdes verdaderos o falsos y en algún rincón una huerta modernísima.
Cuándo sus hijos tienen un resfrío en la lancha propia se vuelven a tierra y allí se quedan en un buen lugar hasta que el pánico se va, aparece eso que creen que es paz interior y con todos los remedios comprados vuelven a la tranquilidad de escondite— (no tan escondite porque con la frase “vengan cuando quieran, nos encanta que venga gente” están siempre pertrechados de grandes posibilidades de agasajos domésticos, antihombre, antifrío y sobre todo buenas cantidades de alcohol de gustosísima calidad).
Pero otra vez se fue de tema. Hay una señora mirándola. Va a cerrar los ojos fingiendo dormir. Nunca sabrá cuánto la mira. A veces así se queda dormida. Ya no contesta.
Me desperté cuándo el sol inclinaba sobre mis ojos. Palpé a mano abierta, cómo si fuera un poco más ancha que mi cuerpo, tenía mi mochila, otra bolsa media deforme que llevo y un único abrigo.
Falta poco para bajarme, después de la segunda curva y lo bueno de estas lanchas es que paran en el muelle que uno les pida, eso sí, después si alguien pregunta se acuerdan perfectamente dónde te dejaron, de manera tal que me bajaré en uno que sé que es bastante sólido, no hay nadie todavía y recorreré por adentro la isla que conozco (hay un arroyo feo que suele estar bajo pero nada lo quiero porque mis pies siempre se tropiezan con cosas dentro del agua que parece mansa)…
Antes de que oscurezca tengo que llegar a ese muelle, después la noche se hace boca de monstruo y mis pies parecen separados de mi, no responden, quieren caminar más ligero (tanto cómo les pide mi cabeza) pero abajo del agua siempre hay cosas extrañas. Y si no las imagino.
Se bajó en el muelle nomás. No sabe que la sigo.
© Mercedes Sáenz
.........................


Marta Ravizzi


GAME OVER


Esta vez, le ganaría a la máquina. Seguro que sí.
Para eso hace días que viene practicando y...


La todo terreno volvía del campo de los abuelos, los chicos iban sentados atrás, como corresponde. Los padres conversaban en el asiento delantero, la madre, solícita, cebaba un mate que entregaba al marido.
Atrás, el varón tenía entre sus manos un juego táctico, donde soldados antiguos libraban una batalla. Él jugaba con los azules, la máquina con los rojos.
Había dispuesto bien su tropa, los lanceros adelante, con las banderas de su reino, luego la infantería y un poco más atrás, los que tiraban de los cañones montados a caballo.
Por cada diez guerreros muertos, ganaba un bonus de vida. Lo contrario cuando había bajas en su ejército.
Inmerso en el juego, soltaba alguna que otra palabra o exclamación que hacía sonreír a los padres.
La hermanita, cansada de tanto corretear en el campo se había dormido. Sólo él estaba despierto, concentrado.
Seguía la lucha. Ahora cuerpo a cuerpo. Un soldado enemigo lograba pasar la línea y tres arqueros azules menos. Luego dos más por el flanco derecho, que se olvidó de cubrir, mataron a seis de la caballería y un lanza llamas.
Inmediatamente accionó los cañones y logró recuperar esa vida. Seguían empatados.
Los dedos se movían febriles, con una velocidad impensada para sus nueve años. Pero así era, ágil y con los ojos tan abiertos que podía entrar todo el juego entre sus cejas. Seguía atentamente los movimientos del ejecito contrario, ahora tratando de no dejar espacios libres, de no permitir ninguna infiltración que le robara más soldados y otra vida. Otro cañonazo, la tierra salta, caen caballos, hay banderines rojos tirados en el suelo. Otro grito de júbilo, y la sonrisa de los padres, mientras lo miran por el espejo retrovisor.
Esta vez, le ganaría a la máquina. Seguro que sí. Para eso hace días que viene practicando y pasando niveles de juego. ¡Huy! Tres rojos entraron en las tiendas de campaña y las están incendiando. Primero apagar el fuego, que no cueste demasiadas vidas, luego verificar las bajas. Ocho soldados carbonizados, es demasiado, dos más y una vida menos. No, hay que recuperarse, lo intenta y lo logra. Pasa el quinto nivel, más fortalecido, con un ejército más numeroso. Sigue la contienda, parece que los rojos avanzan, él los detiene a orillas del río, no los deja desembarcar y hunde un barco.
¡Bien! Otra victoria. Nuevo nivel, ya casi llega al último peldaño, está a punto de terminar la guerra.
Cuando la camioneta se estrelló contra el semi remolque parado en medio de la autopista, todavía le quedaban tres vidas. ●
© Marta Ravizzi
...............................


Andrés Aldao


EL ESCRITOR ESPECTRO


Volviendo a mi actual situación,
diré que si hay algo que me reprocho,
es haber recaído en la ingenuidad.
El JorobaditoRoberto Arlt




1. El hombre


Caminaba aplanado y llevaba una carpeta debajo de la axila, entró al edificio de oficinas y preguntó por Segman. No está, le dijo la empleada. Dejó la carpeta y se mandó a mudar.
Al regresar a la casa se sentó ante la computadora, releyó los testimonios que había reunido y comenzó a redactar el nuevo pedido de la editorial. Esta vez era una historia romántica que debería culminar con la muerte de la mujer y el suicidio del galán. Una noticia policial que él iba convertir en una nota trágica, el amor imposible de una empleada de banco y el gerente. Armó la trama, agregó los ingredientes románticos, una dosis de intriga, el suspenso antes del crimen y le agregó algunas metáforas poéticas. Archivó el documento para dejarlo madurar hasta el día siguiente. La oscuridad del cuarto daba marco a su tarea clandestina. Se sentía enfundado en una caparazón de acero inoxidáble, protegido de ojos curiosos, de plagiarios y ladrones de textos. Inviolable e invisible.
Cotejó las notas previas con lo que alcanzó a redactar. Sabía que ese uso desmesurado de la inspiración al servicio de la editorial drenaba su capacidad para crear los episodios de la novela que venía escribiendo desde hacía cinco años... Usted debe ocuparse de nuestros pedidos y de las otras exigencias de las obras, Berger –repetía el editor– darles un final acorde con el cuento o lo que fuere. Y olvidarse del resto del mundo. Incluso de usted...
El trabajo de Berger era silencioso, efectivo y no fallaba nunca. Cada lunes aparecía en la oficina de Segman y le dejaba el fruto de su imaginación, prolijo, detallado, barroco o elíptico según el tema encargado, y la inspiración que lo alumbrase en el momento de escribir.
A veces, a su pedido, le pasaban los escritos transformados por los correctores de la editorial. Allí se masoqueba con frecuencia leyendo −irreconocible− el fruto de su imaginación, tajeado, corregido y enmendado sin piedad. Entonces transpiraba, los ojos se empequeñecían hasta obstruirse, procuraba evitar las lágrimas, y se aborrecía.
−Sos como un chico, no tenés carácter, cualquiera te engaña, o vos te dejás engañar... –le decía la mujer−. Vivís como un miserable –agregaba con una sonrisa angelical– y por tu culpa yo tengo que amargarme la vida.
Berger bajaba la vista. Los ojos parecían colgarle de las órbitas, la nuez subía y bajaba por el cuello, los labios se afelbaban manteniéndose tieso como una estatua remendada de cascotes.
−Mirate, sos un tipo asustadizo. Todo el día frente a la computadora... hasta parece que ésa fuera tu mujer.
Las palabras que Ema repetía mañana, tarde y noche le causaban sensaciones de ahogo. Me ahogo, Ema, creéme que me ahogo, rumiaba sin atreverse a abrir la boca. Aunque no se ahogaba. Tampoco se meaba en los pantalones. Soy un pusilánime, un alfeñique, una cagada de hombre, una mísera sombra que no se proyecta sobre el piso o la pared... ¡Soy una mierda, un cero!
Adelantó el cuento, lo releyó y le hizo cambios. El viernes escribió el desenlace. El fin de semana lo pasó en cama y el lunes entregó la obra a la editorial.
Zegman lo llamó. La oficina del editor parecía un agujero esférico. La ventana que daba al patio interior tenía la forma de una lente ojo de pez, un óvalo agudo, como un ojo semi−abierto. Las paredes estaban revestidas con tapas de libros y cubiertas de las revistas, cuyos colores eran irreconocibles por las cagadas de mosca. Una especie de diseño gráfico campechano debido a las manchas de la pared o a las moscas aplastadas. El escritorio era una pieza de remate adquirido por unos pesos, y el sillón en el que Zegman asentaba sus nutridas posaderas parecía una reliquia de los años treinta, o un remanente de utilería comprado en un remate de la Avenida de Mayo
–Siéntese, Berger, quiero hablar con usted.
–Lo escucho, señor Zegman –dijo con perfil de momia.
–Mire, Berger, usted trabaja con la editorial hace unos cuantos años, las notas, los cuentos y en general todas sus colaboraciones han sido bien recibidas, pero en este último tiempo los correctores se quejan, y el asesor literario de la editorial me dice que sus textos se repiten, como si estuviera saturado... o que se le fueron las ganas de escribir, ¿comprende?
–Señor Zegman, hace seis años que trabajo para usted, nunca se ha quejado, le cumplo rigurosamente, cada lunes le traigo mis escritos, todo variado, le redacto horóscopos, notas policiales, cuentos románticos y policiales: lo que me encarga siempre llega a tiempo.
El editor lo contemplaba desde el podio que la fantasía de Berger había emplazado al otro lado del escritorio.
−No sé si me entiende, hombre, pero se lo voy a decir con más claridad: usted da la impresión de ser un limón que se ha quedado sin jugo. Exprimido. Y no se me ofenda... Ahora no le puedo dar más trabajo. Descanse, Berger, tómese un mes de vacaciones.


2. La caída


¿Qué impresión tendría un tipo que viaja en un tren que descarrila? ¿O que le cae encima una pared, un armario colgado o la maceta con malvones del balcón de la vecina? Esa fue la sensación que tuvo Oscar Berger. Seis años íntegros dedicados a Zegeditores, cumpliendo los encargues más estrafalarios y los caprichos del editor. Usted es un fenómeno, Berger, su pluma es dúctil, prodigiosa... ¡qué haríamos sin sus colaboraciones!
Permanecía callado, transpiraba, sus ojos se habían empequeñecido hasta desaparecer, procuraba evitar las lágrimas. Y se aborrecía.
–¿Por qué me hace esto, señor Zegman? Le fui fiel, dejé otras ofertas para cumplir con la editorial, acepté la peor de las condiciones con tal de que publicara mi labor literaria... ¿y ahora?
–¿A qué se refiere con la peor de las condiciones?
–Nunca me aumentó la tarifa por las notas, jamás me dio un extra, y aunque le rogué que me ayudase a publicar mi libro de cuentos, usted ni me escuchó, se encogió de hombros. Luego que le traje el manuscrito, no merecí una respuesta... y cuando insistí, se rió en mi cara.
Zegman lo observó como si fuese un bicho, sonrió como lo haría un ofidio, dio por terminada la entrevista y le dijo que le iba a telefonear cuando tuviese novedades.
Salió de la editorial. Cabizbajo, la testa reluciente, arrastrando los pies, gruesos lagrimones deslizándosele como lentejas.
Llegó a la casa. Abatido. Se escurrió hasta su cuarto en silencio, casi incrustado en la pared, sorteando cuadros, tapices bordados y todas las porquerías que juntaba la mujer. No le sirvió.
–¿De quién te escondés, Berger? ¿quién te persigue? ¿tu sombra?
El sarcasmo de la mujer le provocó una cólera licuada, los ojos eran como ínfimos tubitos que perdiesen gotitas de glicerina. Comenzó a aborrecerse.
Se metió en el cuarto protector, cerró los postigos, se apoltronó frente al monitor e hizo una lista de todo los trabajos que escribió ese año para la editorial. Fue garabateando los nombres y las fechas de cada uno. Eran en total cerca de cincuenta entre cuentos, comentarios sobre temas culturales, dos críticas de libros, cuatro horóscopos y una semblanza de la vida de Sharón, yacente como un faraón embalsamado en un hospital de Jerusalén. Abrió las revistas que nunca había leído. Halló los textos, sin faltar ninguno. Todos escritos por él. Ninguno con su nombre... Y ni uno solo salido de su pluma, original.
Sabía que era un espectro de escritor. Un nulo. Agarró la pistola del hijo, la observó un largo rato con curiosidad. Jadeaba... La guardó en el armario y le echó el candado. Luego, largándose a hipar, se aborreció una vez más...
Dos años después de lo narrado lo vieron en el edificio de Telefónica Argentina de Maipú y Corrientes. Pasaba el lampazo por el piso con pasos de bailarín de ballet, manejaba la aspiradora como una motoneta y deslizaba la franelita amarilla con destreza de lustrabotas. Un auténtico virtuoso. Antonio Gades. El Cachafaz. Primer bailarín del Bolshoi.
Aún escribe. Salutaciones de navidad y año nuevo y cartas para gente que no sabe leer. La compu la usa para jugar al póquer y el ajedrez. La ex-mujer vive apoltronada en la silla de ruedas. El hijo hace ranchada en Devoto por chorro. ¿Y Berger?
Hecho un pibe... Nada de bohemia. Cara feliz. Pelo módico, calvo, solterito y sonriente... Pero por las noches, cuando regresa al cuartucho del hotel enclaustra su mundo feliz en una inhibida vigilia, se acerca al balcón y observa a los peregrinos de la calle Piedras, a los bolivianos, a los cartoneros y las mujeres con los críos de caras redondas y pelopincho, a las minas vencidas que hacen la calle. Se deprime, se aborrece... aunque regresa a la imagen de Ema en silla de ruedas y a la de su hijo preso por ladrón, y una sonrisa agridulce aparece en su cara: ya no se aborrece. Solo, feliz infeliz. Pero solo, por fin ●
© Andrés Aldao
...............


Elsa Janá Trillo


EL ADIÓS DEL PIANO DE LA ESQUINA


Me senté en el umbral a la entrada del almacén, apoyada contra la persiana baja. Llanto impostergable por mis mejillas, hasta la boca en trompa. La decena de mi niñez humedeciéndose... En el empedrado de adoquines, el gran camión estacionó como una sombra fantasmal cubriéndome el sol. El camionero pasó junto a mí sin mirarme, y pulsó tres veces la manito de hierro de la aldaba, a la que yo sólo llegaba en puntas de pie. El triple golpeteo me tocó hasta el alma. En el dormitorio, las cajas apiladas y los muebles corridos de lugar, miraban al patio de grandes macetones con malvones...por última vez. Un Beethoven desafinado me despedía desde la casa de la profesora de piano: sueños de algún alumno con vocación de concertista. Don Sanse, levantaba la persiana de la carnicería y me tiraba un beso con la mano. Y enseguida, pasos apresurados por el pasillo...La vecina, colaborando en el acontecimiento, respondía al llamado de la aldaba. El zaguán, donde tantas veces jugué con la muñeca de rizos rubios, devolvía el eco lúgubre de la chancleteada. Se abrió el mirador de la puerta, y la señora, con amable sonrisa dijo qué puntualidad ¿Por qué agradecía la puntualidad? ¿No se daban cuenta que yo deseaba una demora interminable...?
Las puertas del zaguán se abrieron de par en par, y el gordo del camión entró detrás de la vecina. Se me amontonaban las memorias junto con los muebles en el pasillo. “No se habla con desconocidos”, solían decirme los adultos. Y claro que no le hablaba, ni la mirada pensaba dirigirle a ese extraño que no pertenecía a las calles de mi Infancia Sin Regreso. Pero mis ojos no se apartaban de su ir y venir por el pasillo, acarreando trastos. Ése no petenecía para nada al país inmenso de mi barrio de los diez, en el que no aparecían con frecuencia caras extrañas. Todas eran más o menos las mismas... aunque algunas se iban para no volver, como un día había ocurrido con la de Don Domingo, dentro de una carroza vrgada de flores y tirada por caballos. Definitivamente, por aquellas veredas tan mías como la niñez que hoy estaba creciendo duro, no pasaban desconocidos. Y aquel gordo, sobraba. Aunque, como si fuera el dueño de todo, sacaba cajas y muebles a la calle, que luego acomodaba en el gran camión de la desesperanza. No cualquier mueble; los de mi pieza y los de mi cocina...dos lugares cuyos posesivos estaba empezando a perder. Si hasta los árboles compartían la tristeza. Lo supe al verles la fronda estrecharse de vereda a vereda, formando un tupido techo de hojas que protegía del sol a los adoquines. Entonces los recordé, tantas veces desnudos, como después de la gran fogata en la que se asaba la papa, que comíamos entre rondas, alrededor de un fuego que se extinguía con lentitud.
A los diez, no era fácil comprender la dimensión exacta de algunas palabras. Hasta entonces, mi mente y mi corazón solo estaban abiertos a las bienvenidas... Doña Isabel y su nieta cruzaron la calle y me abrazaron. De pronto, por la esquina de Para Siempre, Cristina, mi amiguita del alma, corría hacia mí con la muñeca en brazos...el gordo sacaba la tele y el abuelo la protegía, cubriéndola con una frazada. Yo recordaba, el día que el televisor llegó al barrio por primera vez. Me inquietaba la antena. Pasaba horas mirándola, tratando de entender cómo era que tanta gente pasaba por dentro de ese cable, para aparecer en la pantalla del aparato. Ahora, trataba de entender, por qué toda la gente del barrio se ocupaba de ayudar a cargar cajas en el camión de la desesperanza, apurando la despedida...y de las magulladuras de mi alma en pena, ¿quién se encargaba aquella mañana trágica?
Con Cristi nos prometimos cariño eterno. Después entramos a la casa, tomadas del brazo, igual que cuando jugábamos a "va-mos de la maaa-no a com-prar duraaaz-nos, vaaa-mos del bra-ceee-te a com-prar zo-queeee-tes". Nos sentamos debajo del mostrador del almacén, sobre cajones de gaseosas. Todos salían a la calle. La tana de enfrente y sus hijas y “no los vamos a olvidar, chau, patitas de tero”. Don Parente y su familia observaban en silencio, de pie junto a su puerta de calle... “Chau, brujita sin dientes que toma la leche con panes calientes”. Irene, la profesora de idioma, saludaba desde el balcón. “Con ustedes, se va lo mejor del barrio..." ¿Acaso lágrimas en sus ojos? Las propias no me dejaron verlo. Más saludos y abrazos...Llanto. Un barrio entero despidiéndose. Un hasta siempre que se repetiría muchas veces en mi vida...Y en la manzana de a la vuelta, algunos morosos, obligaron al abuelo a regresar al barrio en reiteradas ocasiones, para cobrar una deuda que nunca se terminó de cancelar...Los abuelos subieron a la cabina y la abu me cargó sobre su falda. Se me acható la nariz contra el parabrisas. Al pasar por el bazar de la esquina, “la despedida”, algo tan difícil de aceptar, comenzó a cobrarse un costoso valor simbólico. Llanto caiente de silencio en mi cuello...y, a mitad de cuadra, la campana de la Nro. 6 lanzaba su despedída, tañendo el recreo largo de las diez de la mañana, con sus quince minutos humeantes de mate cocido y paquetitos de Manón.
La casa nueva, también tenía higuera, malvones y gallinero...Pero sólo en aquel barrio de la infancia sin más regreso que la memoria, el gallinero tenía esas ponedoras de huevos de color que ya no recogería calentitos. El nuevo jardín y los nuevos macetones ya no servían para el ¡piedra libre para el Armandito detrás del árbol de la puerta de la casa del Tony!. Una hora y cuarto después, y el hasta nunca jamás a un barrio poblado de infancia, en el que se corría en libertad por las veredas. Ya no volví a pintar rayuelas en el piso para llegar al cielo. Pero en algún repliegue de la nostalgia, la memoria tararea un Claro de Luna que se va afinando con los años, una nostalgia en piano que, hoy, me obligan a volver, a ese enorme país del barrio de mi infancia que ya no existe. ■
© Elsa Janá Trillo
.........


Ester Mann


YO SOY BORGES


Estimada seňora Ester Mann:
Durante veinte aňos he borroneado esta carta de cien maneras diferentes, pero recién hoy, después de tanto tiempo, me he decidido a escribirla y enviársela.
Antes de presentarme, debo decirle que conozco y admiro su trabajo de periodista. Todas las semanas leo con atención el suplemento literario del diario en el que usted escribe, y nunca me ha defraudado. Sé también que su especialidad es la obra de Jorge Luis Borges y esto es lo que me impulsó a dirigirme a usted. La considero una persona seria y espero que lea esta 00carta hasta el final, aunque le parezca un delirio de viejo... De viejo, sí, ya que esta semana cumplí ochenta y nueve aňos.
La edad me ha obligado a escribirle. Ya no me queda mucho tiempo y mi imaginación trabaja sin descanso. Me asusta pensar que moriré sin que nadie sepa la verdad, sin que nadie sospeche que el seňor Borges no fue el verdadero autor de toda la literatura que se le atribuye.
Pero me estoy adelantando... Me arriesgo a que usted haga un bollo con este papel y lo tire al canasto.
Me llamo Jacinto Chiclana (sí, no se asombre). Nací en Buenos Aires en 1915 y mi vida fue rutinaria hasta los 20 aňos. Ahí cambió todo: una maldita noche de juerga maté a un hombre. Por diversas circunstancias que no hacen al caso, me internaron en el Vieytes, donde transcurrió la mayor parte de mi vida adulta, hasta que en el 85 un mediquito joven y con ganas de cambiar cosas me dio el alta. Desde ese momento intenté contactarme con Borges, pero él ya estaba enfermo; al poco tiempo se fue del país y no pude hablarle.
Siempre me gustó escribir; ya desde chico escribía cuentos y obritas de teatro, y en la adolescencia poemas y ensayos. No pensaba en esa época que mis escritos tuviesen algún valor, simplemente escribía...
Estudiante de ingeniería en la universidad, mi futuro estaba encaminado a la construcción, no al arte. Pero, cuando mi destino se desplegó convirtiéndose en adversa realidad y me vi internado en un manicomio, con la alternativa de salir de allí para ir a parar a la cárcel, la escritura fue mi refugio, mi única posibilidad de olvidar el medio que me rodeaba y amenazaba convertirme en un loco de verdad. También influyó el estímulo constante del poeta Jacobo Fijman, cuyo nombre y obra, estoy seguro, usted debe conocer...
Todo esto es posible que no le interese, pero debo aclarar los hechos para que no queden dudas en su mente. Por los aňos 40 apareció en el loquero un periodista de cierto renombre, con la idea de escribir una serie de artículos sobre la vida de los pobres infelices del Borda... Si, como usted ya supone, era él, Borges.
Me llevó varios meses acopiar el valor necesario para hablarle y entregarle algunos manuscritos. Él me trató con mucha amabilidad, prometió leerlos y darme su opinón.
En una posterior visita me detalló el interés de su editor por mis trabajos, instándome a continuar.
Yo ya me veía publicado, entrevistado, viajando por el mundo para presentar mis libros: ¡libre...!
Por supuesto, no fue así. Mi noción del tiempo en esa época era muy difusa: recibía cada quince días, como todos los internados, electroshocks. Sumado a la cantidad de sedantes con que nos atiborraban diariamente, vivía en una especie de nebulosa y no percibía cuánto tiempo transcurría entre las visitas del periodista. Cada vez que llegaba, le entregaba nuevos manuscritos y recibía a cambio nuevas promesas y confirmaciones...
Concretando: el famoso cuento “El acercamiento a Almotasin”, que figura en todos los manuales como un ejemplo de ficción y que analiza un libro inexistente es, en realidad, una obra que el Sr. Jorge Luis Borges escribió basándose en mi manuscrito de igual nombre. ¡Sí! Yo escribí “El acercamiento...” y este ilustre escritor lo evaporó, publicando la crítica de un libro presuntamente imaginario. ¡Cómo fue admirado! Y yo, sumido en mi ignorancia, esperando ver los resultados de sus gestiones. Hoy pienso que cuando Borges afirmó en una entrevista que él escribe para sí mismo, y continuaría haciéndolo aunque nadie lo leyera, seguramente pensaba en mí.
Así, podría continuar dándole otros ejemplos, pero la falta de pruebas de lo que afirmo me frena. En efecto, no tengo forma de demostrar lo que asevero: entregué los originales a Borges y nunca me los devolvió... Han pasado muchos aňos y todas las personas involucradas han muerto: médicos que me veían escribir, enfermeros que fueron testigos de mis entrevistas con este señor, familiares con los que compartí mis esperanzas...
Para manifestar mi sinceridad debo aclararle que el lenguaje que caracterizó a Borges no es el mío. En efecto, confieso que él pulió mis cuentos y fantasías otorgándoles su propio estilo, agregándoles citas en latín, francés o inglés. Yo no era un hombre tan culto. Sólo contaba con la educación escolar y universitaria además de la lectura de todo cuanto caía en mis manos. Pero, de todas maneras, él tendría que haber compartido conmigo su gloria. Después de todo, yo le di ideas y argumentos que lo llevaron a la notoriedad. ¿Alguien puede recordar qué escribió Borges antes de 1940? ¡Por supuesto que no! ¡Sus ensayos y artículos periodísticos hubieran muerto de vejez mucho antes que él!
A punto de terminar mi carta le aclaro que durante todo el período de mi internación nunca supe que Borges se había convertido en un escritor reconocido mundialmente: siempre creí que seguía siendo un periodista. En 1985, cuando quise conectarme con él, me dirigí al diario en el que había colaborado cuarenta años atrás: ahí me enteré quién era Jorge Luis Borges y comencé a leer su obra una y otra vez... Créame que la conozco de memoria...
A esta altura, usted se preguntará qué es lo que quiero... En fin, no mucho... Desearía tan sólo que venga a verme, que me entreviste, que publique en su diario el resultado de la conversación y las conclusiones a las que ha llegado. Anhelo, asimismo, compartir con alguien este secreto que me ha angustiado en los últimos veinte años. El reconocimiento del mundo, aunque fuere a través de una sola persona − usted −, sería un consuelo y me permitiría morir en paz. Quedo a la espera de su respuesta con la expectativa de ser comprendido.
Suyo, Jacinto Chiclana


******


Pasaron varios días, terminé algunos trabajos que tenía entre manos y me acerqué a la dirección que Chiclana me indicó. Me abrió la puerta una mujer joven que dijo vivir en esa casa desde hacía unos meses. No conocía a Jacinto Chiclana ni había oído nunca su nombre. Me dirigí a la casa vecina y allí tuve más suerte: conocieron al anciano señor Chiclana, pero éste había muerto varios años atrás. Al mostrarles el sobre con el sello de correos del mes anterior me miraron perplejos: no sabían nada.
Volví a la oficina; no compartí con nadie este asunto. No quería ser objeto de las cínicas burlas de mis compañeros que siempre me acusaban de ser una pobre ingenua. Tampoco me decidía a hacer un bollo y tirar la carta a la basura. La guardé en una carpeta y pretendí olvidarla. Pero no podía; una y otra vez la revisaba para comprobar la fecha del sello de correos...
En diciembre de ese mismo año, sin pensarlo, y siguiendo un impulso irrefrenable, publiqué la carta cuando el Director del diario me pidió algún artículo para el Día de los Inocentes.
¿Debo revelarles que el 31 de Diciembre, como premio a mi originalidad, obtuve un triple aguinaldo?
Una vez más, alguien recibía los laureles que pertenecían a Jacinto Chiclana... ●
© Ester Mann − octubre de 2004
.........


Ernesto Ramírez


EL PERSEGUIDOR DE SUEÑOS


«Querido hijo, el patio y el pozo están algo raros, las flores no cantan, los pajaros no perfuman; el portón cada día más hosco. ¿ Sería a nuestro pozo que se refirió don Lugones ? Besos, tu mamá»


Mientras el tren se iba deteniendo recordó esa carta, la segunda de la serie de cartas breves y extrañas del último año y medio. Bajó y se volteó para ver marcharse al vetusto montón de hierros. En las ventanillas, primero lentamente y luego más de prisa, aparecía un rostro cansado de mirada apagada; era su rostro y cada ventanilla era un año de su vida, que así se había ido, como el tren, veloz y sin contemplaciones. Era un rostro vapuleado por treinta años de estar ausente. “El rostro de la frustración”, se dijo. Con una mano deshizo unas gotas de sudor que descendían tortuosas, desbordando pequeñas grietas desde la frente hasta el bigote, en tanto inhalaba profundamente de un aire de tres décadas atrás. Miró a su alrededor... estaba solo.
Dejó la pequeña maleta en el piso y estiró los ojos por la calle abochornada bajo el sol del mediodía: “Siguiéndola durante unos setecientos metros me aguardan mi infancia y parte de la juventud ”, pensó. Antes de decidirse a recrearlas, sopesó los cambios inexistentes: el cartel gris de hormigón que rezaba Estación Sañoram con las letras percudidas que ya cuando él partió habían dejado de ser rojas para conformarse con un rosado ápatico. Buscó la melladura en la pata de la erre y allí estaba, más sucia, menos evidente, pero estaba. Cuando el plomo del loco Aurelio la había concebido, en un intento simbólico de matar el lugar; lucía blanca e insinuante, cual una sonrisa irónica provocadora del segundo balazo. El largo banco con su armazón de hierro y quebracho, inmóvil, resignado desde siempre a soportar la tristeza y conformidad de aquella gente asfixiada de prudencia. “Los pollos”, pensó, y se dio vuelta para mirar hacia el montecito de sauces al otro lado de la vía. Y ahí estaban, echados al frescor mezquino del poco pasto verde, agradeciendo a las sombras su lánguidez; piquiabiertos y alas en ristre igual que sus ancestros de treinta eneros atrás el día en que se marchó. Recogió su muestra de equipaje y tomó en dirección a la calle del pasado. Al pasar frente a la ventana del depósito que oficiaba de estación, miró a través del vidrio polvoriento, no sin antes abrirle paso a la mirada con la palma de la mano. El cráneo del encargado afloraba como una medusa entre los brazos cruzados, que le ocultaban el rostro adosado a la mesa, y el movimiento rítmico de los hombros, en la respiración agobiada por ese sopor de varios lustros. Llegó hasta la boca de la calle y se internó en ella, caminaba lento, quizás con recelo, y no precisamente por el calor ni el peso de la valija. A ambos lados del camino, las cunetas, largas llagas supurantes, drenaban la miseria del lugar. Más allá de las zanjas, después de los alambrados, estaban las casas. Ranchos de adobe, otros de chapa y madera, algunos, muy pocos, con algún injerto de bloques que pretendió ser mejora; y las menos, un diez por ciento quizás, casas de verdad de ladrillos y con planchada. Su casa era la última y estaba de frente a la calle, como un tapón, interceptándola, como diciendo aquí se termina Sañoram. Y en la casa estaría su madre ¿cómo estaría? ¿qué madre encontraría después de treinta años? Sabía que vivía. Su reciente última carta (corta y enigmática como las cuatro o cinco recibidas el pasado año) decía:


“Mijo, tu padre me extraña, me es fácil advertirlo. No me lo dice, bueno siempre hablamos poco. Hablar es cosa buena, lástima que estés tan ocupado en tus proyectos. Te quiere tu madre.”


Unos doscientos metros adelante, del lado derecho por supuesto, asomaba por sobre el techo a dos aguas de tejas, la cruz de madera de la capilla de “Nuestra Señora Redentora de Sañoram”. Se erguía omnipotente y piadosa como un sermón mudo preventor del pecado, pero a su vez como un puño implacable capaz de expurgarlo. Como si en este lugar fuera posible pecar, o en su defecto, si en un arrebato fugaz de ingenio, alguien lo lograra, existiera para él castigo peor que el de sobrevivir allí.
El aire flotaba cansino en la calina del mediodía, bochornoso y dantesco, alejaba las imágenes, las envolvía de una magia e interés inexistentes; como una postal tridimensional, que según el ángulo de inclinación que le demos nos ilusiona fabricándole espacios a su chatura irremediable. Las sombras caían heridas sobre los planos, humilladas por el fuego del sol. Todos los habitantes del caserío estaban hundidos en el sueño pegajoso y ni siquiera los niños se animaban a escaparse y desafiar el solazo de la una de la tarde. Hasta los perros brillaban por la ausencia, y si alguno olfateó su presencia, de seguro el calor se encargó de que su ladrido se transmutase en un tibio bostezo.
Así, reconquistando y sudando, anduvo la mitad del camino hasta llegar al Almacén de Ramos Generales y Bar Velásquez . La fachada seguía inmutable y el nombre debía ser adivinado en la pintura, descascarada en partes y en otras desvaída.


«Hijo este lugar esta cambiando y creciendo mucho, cada día me cuesta más llegar hasta lo de Velásquez. Besos, mamá.»


¡Qué mierda si todo esta igual! exclamó.
A medida que se acercaba a la entrada del comercio aquella masa de carne y grasa abruptamente dormida sobre una silla bajo el alero, con la cabeza tumbada hacia un lado emitiendo ronquidos espeluznantes; la camisa desprendida y las manos trenzadas encima del abdomen voluptuoso y vivo como un hongo después de la lluvia, retrocedía y adelgazaba en su memoria hasta reconocerla. Subió los dos escalones. Observó el rostro. La mosca en la nariz era la confirmación.
El perro, desparramado debajo de su dueño, abrió los ojos por un pesado instante, dando a entender que sólo era somnolencia y no falta de olfato su displicencia canina. Tosió prolongando la tos con un carraspeo intencional. El hombre despertó masticando el aire caliente y con una mano se limpió la mezcla de baba y sudor que le corría por el canto derecho de la boca, haciéndole brillar el mentón áspero sin rasurar varios días.


--Estos informales... —farfulló poniéndose de pie—. Tiene suerte amigo: de no ser por que me quedé dormido esperando el provedor de pastas y fideos, hubiera encontrado cerrado el lugar.Entró detrás del comerciante.
− ¿Qué le sirvo?-- preguntó éste rascándose el vientre en tanto pasaba atrás del mostrador.
− Cerveza, bien fría.-- Y se sentó a una mesa bajo el ventilador de techo arcaico y flemático.
—No sé que tan fría está usted acostumbrado a tomarla. Por aquí lo frío de la bebida depende del estado y antigüedad de la heladera y la mía ya pasó los veinte años — dijo depositando la botella y el vaso en la mesa bamboleante y llena de cicatrices.
Medió un silencio de tela de araña entre ambos cruzado por miradas fijas y hambrientas mientras la cerveza brotaba hirviente del cuello de la botella.
−La mosca también ha envejecido y engordado, eh Ezequiel.
Ezequiel Velásquez, con toda su obesidad sudada y la mirada apenas escapando por una rendija entre los párpados, retrocediendo en los campos del ayer como una vaca idiota, rumiando inútil en las praderas de otrora, busca y rebusca en el rostro del forastero semicubierto por el vidrio sucio del vaso y la espuma tibia de la cerveza, mientras se acaricia la verruga negra y marchita en el lado derecho de la nariz.
−¡Eladio ! —dice efusivo—. Eladio Palermo... el perseguidor de sueños —confirma melancólico-. ¡Cuantos años! Veinticinco por lo menos ¿no?
− Treinta exactamente —corrige incorporándose y uniendo el tiempo en un abrazo.
−Lo de la mosca — exclama riendo y sosteniendo a Eladio por los hombros — me quedó para toda la vida. Tendrías unos nueve años, sí yo te llevo diez, cuando asomabas la cabeza por esta misma puerta y gritabas: “ A Ezequiel se le posó una mosca en la nariz ” y salías corriendo junto con el Wata. Desde entonces y como somos tres los Ezequiel por estos lados, cuando hay que diferenciarnos no dicen “el bolichero” ¡Noo! dicen ¡Ezequiel el de la mosca!
-Entonces te molestabas mucho y eso nos incentivaba. Antes de irme ya te habías resignado y la bronca iba sólo por dentro, pero hoy veo que hasta te divierte.
− Eh, es que aquí si uno no aprende a reírse de sí mismo la vida se hace más dura. Y si no mirá lo que le pasó a Aurelio ¿ te acordás ?
— Sí, me acuerdo. Cuando bajé del tren y ví el cartel de bienvenida mi cerebro reprodujo toda la escena. Sucedió más o menos un año antes de marcharme. Estabamos sentados con Emilio en el banco de la estación, callados, quietos, amortiguando el calor de la siesta. De repente apareció Aurelio con un revólver en la mano, le apuntó al cartel y disparó; luego grito “Este pozo de angustias rutinarias ” y se atravesó las sienes de un balazo.Y lo peor es que nadie entendio el por qué. Todo continuó con la misma pasividad, con esa modorra enfermiza.
− Es que la gente no está para entender Eladio, están muy ocupados en sobrevivir, en soportar el día a día. El loco Aurelio Lugones era un tipo raro, leía mucho y casi no se daba con nadie. Eso no es bueno, en estos lugares uno tiene que ver hasta donde la gente ve; si mirás más allá te quedás solo.
− ¿ Por eso vos dejastes de estudiar y te conformastes con atender el boliche ? ¿ Te dio miedo poder ver más allá ? −Yo que sé, cuando terminé el secundario el ambiente estaba muy caldeado en Montevideo, mi viejo un poco enfermo; y el negocio era algo seguro, mediocre sí pero seguro. Después mi padre murió y... aquí me tenés. ¿ Vos también abandonaste los estudios ?
− Sí, cuando el país se puso verde. Querían que me cortara el pelo. Yo lo usaba bien largo ¿ te acordas ? Abandoné en tercero de liceo.


Hubo un silencio reflexivo, corto, de años y cosas perdidas.
− Decime, el pelado que ronca en la oficina de la estación es Barragán ¿ todavía no se jubiló?
−No, es Emilio, el hijo, tu amigo de la infancia. Don Lucas murió hace unos cinco años. El pelado ya hace diez que heredo el puesto y la sordera del padre. No le alcanza para nada, de los cinco hijos tres aún son chicos. Nunca llega a fin de mes el pobre.Pero conta algo vos en treinta años por el mundo se deben ver infinidad de cosas nuevas, de gente diferente.
− Sí muchas, muchisimas. Pero todas, todas sin exepción tienen la particularidad de hacerte extrañar las cosas viejas, la gente tuya. Otro día te cuento, hoy contame vos a mi.
Y así se sucedieron por dos horas los informes de Ezequiel y las cervezas, las sonrisas y los gestos nostálgicos, los ¿te acordás? y ¿vos supiste?
− Vos eras muy soñador e impulsivo, constantemente con algún proyecto nuevo que se desmoronaba pronto o ni siquiera llegaba a nacer. Siempre queriendo cambiar algo, pero siempre fuiste muy utopista, sin bases y sin paciencia. Recuerdo cuando conseguiste que nos asociaramos para hacer la feria de artesanías gauchas. Sería todo un evento anual que traería gente y divisas al lugar, sólo que olvidaste que Sañoram no despierta el interés de nadie y que a esta gente les asustan los cambios.
−Lo que ocurría es que me dolía la pobreza y la conformidad de las personas, e inconcientemente me fui creando una obligación al respecto. Ver a mi padre con sol y con lluvia enterrado atrás del caballo y el arado sin conseguir siquiera la más modesta mejora. Yo estudiando y trabajando y todo tan difícil, tan gris, tan sin perspectivas. Este lugar siempre me deprimió mucho ¿ sabés ? Por eso buscaba escape en esas quimeras que al fin resultaron vitalicias.
− Y si esto te deprime tanto, ¿ por qué volviste ? Porque no estás de paseo... volviste, todo en vos lo indica.
− Es difícil entenderlo, sólo estando lejos se consigue. Es como la relación entre barco y capitán. Como si pidieras y te concedieran un barco nuevo y majestuoso por que el tuyo está en condiciones penosas. Vos sabés que lo mereces y que en ese navío vas a poder desarrollarte y navegar dignamente. Ahora, vos no te podes olvidar de tu barco que quedó varado en el astillero. Entonces pedis que te concedan recomponerlo pero te deniegan el pedido una y otra vez. Y vos seguís navegando en tu nueva nave sujeto a itinerarios antojadizos, pero tu corazón y pensamiento están junto al viejo barco; a su rumbo y su tripulación detenidos en el tiempo, con su bodega llena de ratas que son tus ratas, su timón y velamen podridos que no le aseguran un destino cierto y su casco haciendo agua por todas partes. Entonces un día decidís que si no podés componerlo te queres hundir con él y volvés.


“Eladio, me preocupo mucho por que no comés, sin fuerzas la soledad no se soporta y la soledad es pesada, casi tanto como la vida. Te quiere tu madre. ”


− Decime ¿ has visto a mi madre ? ¿ cómo está ?
-- Doña Elvira sale poco, casi no se le ve. Manda algún pibe a comprar lo que necesita. Después de la siesta se sienta a la entrada de la casa, la mirada fija en la calle. Con el hijo único lejos y tu padre muerto, no le quedó mucho por hacer a la pobre.
−Sí, los últimos doce años debe de haberse sentido muy sola...
− Sabés, creo que don Isidro también era un soñador, reprimido sí, pero soñador. A veces me acompañaba en las tardes solitarias y lo sorprendía mirando hacia la estación, entonces le preguntaba: ¿ en qué piensa don Palermo ? Y me contestaba: “Cuando Eladio vuelva todo será diferente Velásquez, todo.”
− Tal vez porque se reprimía conseguía soportar y hasta quizás disfrutar de la realidad mediocre que lo envolvía. Yo nunca lo logré, cuando me dí cuenta que mientras perseguía un sueño se me moría una realidad entre las manos, ya era muy tarde, ya era adicto.
−¿Estas son horas de llegar?-- gritó con su vozarrón adiposo Ezequiel a los dos hombres que acababan de entrar, y agregó —Disculpame viejo amigo, recibo la mercadería y seguimos charlando... ¡estos informales !


Viejo amigo, esas dos palabras le habían quedado zumbando en el corazón. Viejo amigo , con que espontánea franqueza fueron pronunciadas. No había lugar a dudas, estaba en casa. Recordó de pronto la última semana, llena de sentimientos confusos que provocaron la decisión de volver. Así de súbito, como un grito en los labios de un mudo ilógico, inesperado, pero incuestionable. En esos días había experimentado sentimientos encontrados: miedo, valor, dudas, decisión,vacío, saturación. Con una sensación de irrealidad, como en los propios sueños. Tan inútil como su terquedad. Impuro y exánime como un unicornio real, por lo tanto carente de sentido. Cansado de luchar por sus sueños ( una lucha dura y palpable en pos de metas ilusorias ) harto de estar lejos, sobre todo de si mismo.


¡Qué irónico! pensó y escuchó su voz confirmándole: “todas las cosas que quería cambiar.. Hoy he vuelto para contentarme con ellas.”
−¿Qué decis Eladio ? pregunta Ezequiel volviendo a la mesa.
−Eeh.?
−No te escuché bien ¿ qué dijiste ?
−No, nada, pensé en voz alta algo sin importancia.
−No te preocupes, te entiendo; se te debe hacer difícil cotejar las diferencias con las necesidades.
− Cuando ví los pollos debajo del sausal, entendí de pronto mi ausencia y mi retorno. Como si todos estos años de estar lejos, de sufrir, de ilusionarme y extrañar, de vivir mejor a costa de sentirme peor, de adaptarme aunque nunca del todo; quedaran resumidos en la simple imagen de ellos, nueva pero idéntica, una copía año tras año, aunque no los halla visto sucesivamente. Como diciéndome: “¿Qué fuiste a buscar Eladio ? La vida es esto, un poco de sol cuando hace frío y un poco de sombra cuando el sol quema. ¿ Qué quisistes inventar viejo y pobre amigo?” − No se que decirte, fuera de que me alegro de que hayas vuelto.


“Hijo, todas las tardes me siento en el patio y miro a la calle, que larga y que vacía. Que triste ser calle en este lugar. Te quiere tu madre. ”


Con esa última carta dándole vueltas en la cabeza retomó la calle rumbo a su casa. Ya la gente comenzaba a resucitar de la siesta, y a ambos lados del camino se veían algunos niños, junto a rostros donde asomaban rastros de otros niños. Y a su lado rostros de nuez, que su memoria trataba de planchar y rellenar sin mucho éxito; hasta conseguir un mísero atisbo de familiaridad.
Así fue llegando hasta el fondo de la calle, hasta el inicio de su vida. Divisó la casa humilde avasallada de años, el patio umbrío ganado por los yuyos y el aljibe húmedo y solitario. Recordó entonces las noches en las que solía levantarse y llegar hasta el pozo para, apoyando el pecho en el brocal, arrojarle piedras a la luna que se deformaba y retorcía, evidenciando que no era invulnerable, ni mucho menos inalcanzable. A medida que se acercaba, la imagen de la mujer sentada bajo el alero, aumentaba en el presente de su mirada física; pero iba disminuyéndose en la mirada de su recuerdo. Parecía una caricatura de la mujer que le despidiera treinta años atrás, minimizada y grotesca; ajada por tantos dobleces de tiempo, arrinconada por la soledad. Un detalle más del patio, de la casa. Hojarasca que el invierno se olvidó de arrastrar con él y soporta indiferente vientos, calor y aguaceros.
Abrió el portón y los goznes rechinaron a viva voz. Se internó por el angosto sendero esquivando las matas secas, y se detuvo frente a ella. La mujer levantó la mirada con una sonrisa frágil colgándole de los labios.
--¿Tenés hambre, Eladio? Sobre la mesa está tu plato servido, a ver si hoy comés. Pero antes andá a darte un baño mi´jo, estás tan sudado y agotado. No es para menos, con este calor de locos no es bueno andar tantos veranos... ●
© Ernesto Ramírez
.....................


Isabel Ali


LA TEJEDORA DE VIENTOS


Todas las mañanas la tejedora de vientos se sienta bajo el sauce, para ovillar los vientos que sus trampas apresan durante la noche. Engancha, con prolijidad, el extremo final de un viento con el inicio de otro. Apretando los filamentos entre sus yemas y retorciéndolos, hasta que se unifican en una fibra que se prolonga un par de kilómetros.


Unas veces son brisas del norte, cálidas y rojizas como briznas de fuego, que le entibian las manos mientras las enrolla. Otras veces, son ventiscas del sur, frescas y turquíes como el lapislázuli, que resbalan entre los dedos cual chispitas de escarcha. Pero los ovillos más bonitos son los que arma con las ráfagas que llegan desde el este, cuando los tornados se desarticulan sobre el mar y cruzan la costa para atravesar las pampas como una bocanada de aliento salado y multicolor, satinada por la caricia del crepúsculo. No es común que aparezcan por la zona y tampoco es fácil atraparlas entre las ramas del sauce llorón. Por eso, cuando encuentra alguna, se alegra presintiendo una fiesta. Y la alegría perdura muchas horas después de tejerla centímetro a centímetro hasta convertirla en un hermoso manto.
Sus únicas herramientas son dos agujas de madera de algarrobo, pulidas por el uso constante, que guarda en una caja llena de pétalos lozanos. Por eso sus mantos huelen a madreselvas, a violetas, a jacintos, a lirios y manzanillas que la tejedora recolecta durante sus caminatas hacia el Salto del Tigre, bordeado por yerbabuena, en donde también cuelga trampas para aprisionar el resuello verde del monte.


Luego de la recolección y el hilado, cuando el sol cae impiadoso sobre el jardín, la tejedora emprende la delicada labor de combinar colores y texturas. Eligiendo hebras de cada ovillo y urdiendo una trama que rebose armonía y belleza. Los mantos son tan livianos que aunque tome semanas terminarlos, apenas pesan como un par de plumas de colibrí. Por eso no le resulta difícil juntar cinco o seis y cargarlos, una vez por mes, hasta la cima del Cerro Azul. Allí, entre gigantescos rizos de niebla y añejos piquillines, vive el azuzador de melodías. Él toma cada manta y la sacude vigorosamente en las alturas. Hasta que el tejido se transparenta como una gota de rocío y fluye sobre los caseríos de los alrededores buscando meterse en la barriga de un tambor, en el ombligo de una guitarra, en la garganta dulzona de una flauta, en las fauces morenas de un violín o en los mofletes de una maraca. Y, asilado en el interior de un instrumento, el tejido traslúcido espera que el músico lo impulse, pulsando las notas misteriosas que tararearán las mujeres y los hombres mientras cosechan el maíz y los zapallos. Cadencias que se convertirán en coplas una vez que, de tanto corearlas, alguien les ensamble versos que proclamen los sentimientos más profundos y verdaderos.
Y entre tanto los trabajadores canturrean llenando los canastos con mazorcas de oro y calabazas pulposas, el azuzador de melodías se asoma a la ventana, empujando con la mano las espirales de neblina, para que el sonido de las voces le llegue diáfano y poderoso como un himno.
Pero la tejedora no descansa hasta que la noche inviste el horizonte de El Guaico con su terciopelo violeta sembrado de lentejuelas celestes y escarlatas, después de revisar las trampas que penden del sauce y de guardar las agujas en la caja. Asegurándose de que las coplas que el pueblo cantará en los próximos tiempos nacerán aromadas de flores oriundas de la misma. ●
© Isabel Ali
..............


Marcelo Dughetti


LA BICICLETA ROJA


La bicicleta del maestro es roja. Parece un caballo de espanto. El rojo me da miedo. El maestro no. El miedo siempre me acompaña. Los otros tres de la banda quieren joderle la bicicleta al maestro. Si fuera por el color yo se la desarmo a patadas.Pero al maestro no. Es gordo, casi pelado, no sé cómo mueve todo el mecanismo del bicicletón. Es uno de esos aparatos tipo mormón.
El maestro parece un mormón, yo a los mormones los odio. Al maestro no. Ayer lo vi en el centro, nosotros buscábamos minitas fáciles entre la plaza y el Café de la Ciudad. Estaba como siempre el maestro, con esos libritos bajo el brazo, " pinta de loco" dice la vieja. Yo no lo saludé, no me gusta saludarlo porque se viene y empieza a preguntar. "¿Comiste?" te pregunta, "¿ no tenés frío, zapallito?", esas boludeces de madre. O de padre, supongo. Papá lo conoció al maestro antes de irse al norte de la provincia, a la cosecha de la soja, al campo de los Malla. Los Malla son de buena pasta. Así cuenta el viejo que lo sufre como un esclavo. Lo liman sin sentir pena, hasta que no le queda ni una gota de jugo. A veces me dan ganas de putearlo cuando los defiende. Al maestro no. El maestro nunca los defiende, en eso es bueno. Me come la cabeza con lo de los derechos y qué sé yo. El Ramoncito le tiene hambre hace rato. Pero yo lo paro " al maestro no" le digo y él me manda a la mierda. No sé cuánto los voy a poder parar. Para colmo el maestro los tiene cagando.


Hoy encontré al maestro comiendo en el barcito del Luis, pobre, ¡qué hambre!. Me invitó una almóndiga ¨con salsa y nos pusimos a ver el partido. No toma vino, acompaña con esas agüitas tónicas, que el mozo sirve cagándose de la risa. Yo lo miro con la panza revuelta de asco, le molería los huesos. Al maestro no. Al mozo. Me zampo la almóndiga en un segundo, está picante. El maestro tose feo y escupe. El partido parece la música del Ameghino cuando te chupás con tetra. El maestro me habla de la infancia en Oliva, el pueblo donde fue chico. Se ha manchado la chaqueta con la salsa y estudia cómo sacar un escarbadientes del palillero de vidrio. "¿ Qué pasa, cabezón? me dice, no te interesa el partido, qué mirás? Por la ventana, que en realidad es una puerta, respira el barcito, todo se mezcla y dan ganas de vomitar o dormirse sobre la mesa. Yo ficho la bicicleta y le digo al maestro que la cuide, que anda mucho chorro. El maestro se ríe, ¿cuánto vale ésta si la querés vender robada? "Quince" le digo. "La pagué 130", me contesta y también se pone a mirarla. Ya se está yendo el sol, la vieja me va a reventar. " Chau, maestro ", lo saludo desde la vereda. " Cuidate, zapallito", me dice; esta vez lo haría puré de un trompazo. El que se tiene que cuidar es él.
Antes de cruzar el Bulevar lo encuentro al Ramón y a los otros pescados. Me putean amistosamente y se acercan con la birra en la bolsa. ¿Lo viste al maestro? preguntan rodeándome. "¿Está en el barcito? No les digo nada, que averigüen solos. El Ramoncito me pega trompaditas en el brazo y me dice si no seré medio putito. Yo le puteo al padre, sé que lo odia y a la madre se la dejo en paz o me raja ahí nomás. Cruzo el Bulevar y hago unas diez cuadras, ya se ven las casitas del San Nicolás. Me gusta oír como cruje la arena de la calle bajo la zapatilla, no es lo mismo. La vieja debe estar preocupada, yo veo una estrella, dos, tres, mil estrellas más que en el centro y pienso bajito para que nadie escuche. Tengo el mate lleno de pensamientos que me gustan y que me duelen. Mañana tenemos al maestro, que lástima el maestro, esa bicicleta no es tan valiosa. Pero la va a defender y al Ramoncito no le gusta renegar.


Todavía no sé que lo despacharán entre todos y la bicicleta aparecerá en el barrio, pintada a duras penas con aerosol azul. Tampoco que me animaré a preguntar si no es la del maestro y el Ramoncito responderá : "No, la bicicleta del maestro es roja."
La vieja me sirve guiso de mondongo, lo que queda después de los pendejos. Yo como y miro la mesa rajada, y en la canaleta una hormiga negra que lleva un palito de yerba en el lomo. Si el Ramoncito la viera, la hormiga no estaría, ahora, bordeando el fin del mundo. ●
© Marcelo Dughetti
....................


Alicia Susana Gómez


ROCÍO


“Nada me pinta mejor que ser una escribiente y maestra −nos dice . Como escribiente, compongo desde antes de saber qué era un texto. mi familia registraba cada expresión. siempre me gustó la escucha y, desde niña, cada persona era observada por mí como un personaje. Cursé muchos estudios: talleres, cursos, ingresos universitarios... De algunos conservo aquellos papeles que acreditan... de la mayoría, conservo lo aprendido. Como maestra, soy de aquellas que se apropian de los chicos su honestidad, la espontaneidad, la virgen creación. y reciclo mi ser en aquellos costados que no fueron derrotados por la enseñanza formal...


Yo quería que hablara de sus nubes rosadas;
de las altas cumbres; del Ucayalí...
Alicia Susana Gómez.


Con mis dedos, lo palpé, le busqué la medida, las formas, la textura, a esa especie de estatuilla que Rocío traía el día que comenzó su primer grado.
Sentada en el rincón más oscuro del aula, lo ocultaba en su regazo. Los chicos no reparaban en ella. Yo me acerqué y le dije:¡Qué linda! ¿Me la prestás? Para que comunicara, abriera los libros con dibujos que había escondido por la sala, y para que no se quede así, en silencio, abrazando el objeto como protegiéndolo, o como si él la protegiera de nosotros: Los Otros. Ella. La “morenita, silenciosa y quieta, la recién llegada”...
Yo quería que hablara de sus nubes rosadas; de las altas cumbres; del Ucayalí; del rebaño pastando mientras comía, de a trozos, pan casero y el perro vigilaba sus preciadas ovejas. Ese día lo extendió hacia mi mano abierta. Y así, cada mañana. Luego, se acercó a un niño de anteojos azules, a la de trencitas mojadas y al flaquito que le preguntaba a más no poder. ¡Y tuvo que contar! No lo nombró “amuleto”. Pero eso era.


Al terminar su primer grado, envuelto en un papel de colores, me lo obsequió. Más tarde, en actos escolares, la vi. Me emocionó su imagen: Arrodillada, tocaba el sikus en medio de un coro que esperaba su entrada. O en los recreos, saltando el elástico, con sus calzas rojas y sandalias con brillo.
Hoy es la fiesta de egresados. En el escenario, Rocío canta y baila un rap en inglés. Pesa en mi bolsillo su amuleto. Parece cobrar vida, queriendo escapar de su prisión. Obliga a mis manos a regresárselo, para ver si con él le devuelvo sus raíces, que la escuela le fue arrancando, despacito, y sin piedad.
© Alicia Susana Gómez
.................


Amelia Arellano


D. T


Al abrir la puerta que daba al exterior una oleada de calor le anunció que estaba “zondeando”
Salía como era su hábito a las 6 de la mañana para realizar su caminata habitual. Se dejó impregnar por el amarillo rojizo del este que anunciaba que pronto saldría el sol, como de costumbre aspiró intensamente para gozar del olor de la mañana sintió una sensación rara como que le costase respirar y un olor que no identificó.
Pisó una sustancia resbaladiza por lo que se bamboleo y perdió el equilibrio. Logró manejar su cuerpo y evitar la caída. Puteó por dentro diciéndose:
- Este perro de mierda otra vez ensucio el umbral.-
Cuando miró lo que había pisado quedo pasmado, una mancha carmín se extendía por el umbral y lo qué había pisado era un coágulo casi negro de gran tamaño. Sintió que lo acometía un temblor incontrolable y percibió nuevamente el olor, que ahora reconoció a sangre. El zumbido de las moscas se sumó al de sus oídos. Caminó unos pasos guiándose por el reguero de sangre y entre medio de los yuyos del descuidado jardín se topó con otro impedimento: Una cabeza humana yacía boca para abajo. Se quedo paralizado por el horror, pero se sobrepuso y con el pié dio vuelta la cabeza. Se encontró con el cráneo rapado del viejo farmacéutico que los miraba con sus grandes ojos celestes .Primero pensó en correr pidiendo ayuda, pero pensó que su mujer no le creería pensó en llamar a la Policía y allí se hizo la luz, era una embocada, querían adjudicarle algo que no cometió para quedarse con sus pertenencias .Se dirigió al garaje sacó varias bolsas de consorcio y volvió al lugar. En el trayecto observo que no se había percatado que el cuerpo estaba un poco más allá.
Colocó la cabeza en una bolsa y le costó colocar el resto por lo que volvió al garaje y sacando unas viejas cortinas lo envolvió en el. Volvió nuevamente al garaje tomó una lata herrumbrada de un alto estante. Era una lata de galletitas que venían antes. Fondo y tapa se latón y en los costados unos orificios redondos que semejaban un ojo de buey .A través de los vidrios polvorientos se observaban clavos, tornillos .etc. Se dedicó a sacar el auto del garaje.
-La puta, otra vez no arranca-
.Intentó varias veces hasta que el ruido familiar del motor lo tranquilizó. Se trasladó con el auto hacia el lugar, abrió el baúl primero coloco la cabeza y luego el cuerpo que le costo un horror levantar pese a la fragilidad del cuerpo.
Salio por el portón al que dejo abierto y se dirigió con el falcon a un lugar que el bien conocía .Manejó y manejó. Se le había pasado el pánico y sintió que tenía que conservar la calma. Pensar. Siempre temió que el pasado regresara pero nunca pensó que de esta forma .Colocaría el cuerpo en un lugar seguro: Le consta que es seguro. No volvería a su casa .Se felicito por no haber confiado en nadie, en su mujer, en el cura, en los bancos, en nadie. Preso de un presagio terrible detuvo el auto en la banquina y sacó la lata. La abrió débilmente. Desparramo por todas partes clavos, tornillos, tuercas. Revolvió frenéticamente. Respiró aliviado cuando su mano sintió el contacto de plástico. Lo tomó con cuidado y aparentemente todo estaba como el lo había ubicado .Extrajo de la bolsa el fajo con billetes y separó tres billetes.
Tengo que ser cauto, mantener la mente fría...
Volvió a colocar la lata en el baúl, al lado de la caja de herramientas y cubrió ambas con una carpa .Evitó mirar el bulto del lado.
Entró de nuevo al auto y allí volvió a sentir el sonido, sutil, insidioso.
-Me siguieron estas moscas hijas de puta-
Intentó con un ademán espantar los insectos que revoloteaban a su alrededor.
Arrancó, puso primera y el auto dio un salto al intentar elevar la velocidad, mientras manejaba un moscardón azul verdoso se posó en su mano derecha, simultáneamente tres moscas se pegaron a su mano izquierda, hizo un movimiento brusco con las manos por lo cual casi pierde el control del volante
-Esto no puede pasar, no me puede estar sucediendo esto no es real.-
Paró nuevamente y con una gamuza espantó los bichos, hasta que no dejó ni uno.
Se tranquilizó y empezó a conducir despacio, mientras se repetía
-Cabeza fría, cabeza fría-
Sintió una incontrolable sensación de sed. Necesitaba beber, imaginaba el líquido ardiente refrescando su garganta, sus ideas. No se veía ningún negocio alrededor y se dispuso a esperar la próxima estación de servicio lo lejos alcanzó a leer: Súper. Especial. Fangio Se sintió mas tranquilo.
La tranquilidad duró poco: las dos percepciones fueron simultáneas, una, se dio cuenta que un insecto se había introducido en su oído derecho y otra era comprobar con pavor que las moscas habían vuelto, esta vez por fuera...Se posaban en los vidrios de las ventanas, en el vidrio trasero, en el parabrisas. hasta tal punto de dificultarle la visión, prendió el limpia parabrisas y el movimiento arrastró las moscas, pero estas se multiplicaban de modo que el parabrisas dejó de funcionar. Perdió el control de vehículo... Retiró las manos del volante y sintió que los objetos y se iban alejando .Una sensación de vértigo llevaba su cuerpo a un hacia atrás profundo.
Las moscas volvieron a atacar, esta vez con furia. Una piadosa inconsciencia se apoderó de él
Quietud .En el parque todo es quietud. No hay una brisa, ni soles., ni amores.
Quietud en el parque y en el cuerpo amado de Gonza. Quietud en la tierra que lo cubre.
Quietud en sus manos que yacen .laxas en su regazo como palomas heridas.
Clara todavía no se recupera de la sorpresa.
Venían tan bien las cosas, estaban tan contentos.
El había dejado lo único que preocupaba a Clara. : La bebida.
Y no era porque el se pusiera mal o agresivo con ella...Al contrario siempre fue atento y colaborador.
Bebía, cada vez más por cierto, pero cuando tuvo ese problema grave y el médico dijo que ese hígado no daba más y que corría peligro su vida, ella llorando le suplico que dejara la bebida. El la miro serio .paso la mano por su cabeza y dijo
-He hecho cosa mas difíciles en mi vida, desde hoy, te prometo no bebo una gota mas -
Y así lo hizo.


El no hablaba muchas cosas de su vida ni ella preguntaba, por lo tanto no sabía cuando empezó a beber. Recuerda una noche que en un asado compartido con Emilio y habiéndose bajado varias botellas se reía de sus andanzas. Parece ser que habían coincidido en un operativo y con varios Wiskis de más los agarró la madrugada en el monte tucumano. Tenían hambre y Emilio con su pistola reglamentaria bajó una gallina de una rama de un árbol. Con grandes risotadas recordaban la cara de susto y de dormida de la mujer qué salió del rancho. También recuerda que no pudo sumarse a las risas de los hombres imaginaba la cara de la mujer y no supo porque le recordó a su tía Elvira que vivía solita en el Monte chaqueño


Hacía tres días que no probaba una gota, ella feliz porque pensó que ese era el remate de su camino a la felicidad .Al finalizar el día salieron a dar vuelta la manzana, el estaba muy pálido y cuando se, se encontrón con el farmacéutico que lo saludó como siempre con un:
-Adiós don Pocho
Le preocupo que el dijera
¿Y este quien es?
Primero creyó que estaba bromeando, pero la preocupación creció cuando vio su rostro serio y contraído. Ella lo tranquilizo recordándole quien era ese buen señor.
Tomaron una tisana y se acostaron. A la medianoche, Clara se despierta y como tantas otras noches él no estaba a su lado, cuando recordó la nueva situación se incorporó bruscamente y se dirigió al patiecito del fondo, lugar que el hombre elegía para sus solitarias ingesta. Allí lo encontró. Respiró aliviada cuando vio que no estaba bebiendo, le comentó que sentía un fuerte dolor de cabeza por lo cual no podía dormir. La tranquilizó y la mando a la cama. Al día siguiente lo encontró durmiendo, no quiso despertarlo y se fue a pagar unos impuestos, cuando volvió al mediodía el hombre aun dormía. Lo despertó pero no quiso comer, se lo veía fatigado y le hizo cerrar la ventana porque el sol le molestaba.


Al segundo día se quejó de dolor toráxico y se le habían alterado los ritmos del sueño: dormía de día y de noche no podía pegar un ojo según decía.
Al tercer día tuvo fiebre y temblores, Clara quiso llamar al médico pero la tranquilizó diciendo que parecía que estaba incubando una gripe. A la noche el calor y la preocupación la habían cansado por lo que se durmió profundamente. No supo definir la hora en que los gritos y manotazos del hombre la despertaron. Nunca lo había visto así...Llamó a urgencias y los gritos, temblores y sacudidas continuaron. Lo medicaron pero el médico le dijo moviendo la cabeza
-Resignación señora-
Lo retiró de la clínica muerto .Cuando firmó unos papeles no preguntó nada ni le llamó la atención la inscripción que figuraba en el diagnostico D: T:
Ahora sentada en la soledad del cementerio parque recuerda su hombre y le gusta acariciar la frase que le dijo el Capitán
-Su marido era un héroe leal a las fuerzas armadas-
Se habían conocido muy jóvenes. Compartieron una historia muy bonita y no se separaron mas.El era soldado de custodia de un general y ella, una de las domésticas.Siempre sintió admiración por él. Era tan seguro parecía tener las ideas tan claras: Ambos venían de un hogar humilde, pero él ingresó en la Escuela Militar y pudo llegar a ser una figura reconocida y necesitada en el ejército.
Estaba tan orgullosa de ser la Señora de Gonzáles que con el tiempo perdió su propio apellido y empezó a ser Clara Gonzáles. Ella sentía que él había podido cumplir sus dos grandes sueños servir a Dios y a La Patria .Incluso jamás sintió la ausencia del hijo, solía decir a menudo.
- Los pendejos de esta generación tienen la cabeza llena de mierda-
Le tocó una época difícil al Gonza ella jamás le preguntaba las cosa de su trabajo como el decía. Jamás lo cuestionó , al contrario coincidía con sus opiniones
A este país lo que le falta es una mano dura: Aquí se necesita un Pinochet.
Tan encendidamente lo defendía que cuando estaba pensativo, con gesto adusto y sus bigotes cada vez más canos, le decía
¿Que le pasa a mi Pinochetito?
Lo que causaba indefectiblemente una sonrisa en su rostro y en sus ojos achinados.
A veces pasaban días o semanas que no aparecía, ella lo esperaba tranquila sabiendo que estaba cumpliendo con su deber. A la casa venían personas a hablar con él, ella sabía que tenia que dejarlos solos.
Tenía un solo amigo que frecuentaba la casa cuando falleció , casi no salía de la casa y era común verlo beber, hasta acabar con el contenido de la botella ,fuera wisky, cerveza ,vino o ginebra, también en esos momentos ella sabía que tenía que dejarlo solo
Lo que mas le escuchó decir de su trabajo era que le habían tocado tiempo de guerra y que el país se salvaba ahora o no se salvaba nunca.
La admiración que Clara tenía por el hombre era rayana a la devoción a tal punto que jamas pudo llamarle por su nombre, cuando lo conoció le llamaban Gonzáles y así siguió, lo más cercano que había llegado era a llamarlo Gonza.
En el barrio era un vecino respetado le llamaban Pocho, el apelativo lo trajo un amigo de la infancia, Emilio y contaba que le llamaron así porque cuando era joven a su motoneta le llamaba Pochoneta y usaba un gorrito como el del General.
Pobre Emilio, que destino que tuvo, Gonza siempre decía
¡Lo cagó esa zurda hija de puta!
En cambio ellos siguieron juntos y progresando .Clara había aprendido por sus patrones el organizar los espacios y mobiliarios con sentido estético y gustos caros .Gansa jamás le negó nada , hasta se había permitido el lujo de tener una lámpara de cristal de murano. También por el tuvo la posibilidad de conectarse con otra clase social. Supo lo que es la seda. Los zapatos y cartera de cuero. El caviar y el champagne. No obstante esto, en la casa continuaba con sus hábitos sencillos y solitarios.
La negra noche avanza y va cubriendo el parque y oscureciendo a Clara. No sabe donde ir, no tiene amigos, hijos, nada. Se levanta como una autómata, se acerca a la cruz que sobresale de la tierra y musita como si estuviera rezando
-Adiós mi Pinochetito-
© Amelia Arellano
..............


Laura Beatriz Chiesa


EL NÓMADE


El hombre no tenía paz. Vivía recorriendo mundo desde hacía años. Su poncho rojo y negro , manchado en la raya roja, era el único abrigo en invierno y su única cama en noches de verano, cuando el sueño lo encontraba a cielo abierto. Fue el botín de una pelea en la que mató a un parroquiano y,.desde ese momento, comenzaron —juntos- una permanente huida.


Lo acompañaba su caballo moro, producto de un cuatrerismo. Animal muy paciente que lo alertaba sobre presencias peligrosas.


En esos momento el relincho de su compañero daba aviso y, Rudecindo


Achával (el nómade), con la velocidad del rayo, sacaba el facón heredado de su padre, quien se lo regaló siendo niño:


- para su defensa — le dijo, mandato dado con mucha firmeza.


Rudecindo se fue de su casa siendo casi adolescente. No toleraba el trabajo del campo, al que su padre lo llevaba diariamente para que lo ayude. Siempre fue muy rebelde.


De todas las situaciones peligrosas que debió enfrentar, en dos oportunidades la muerte le mostró de cerca el filo de su guadaña pero, ambas veces, la suerte estuvo de su lado. Haber estado cerca de un pueblito, en un caso, y el fortuito paso de un arriero en el otro, lo salvaron.


No obstante, del segundo enfrentamiento, quedó con una de sus piernas endurecida y con la otra muy marcada por tantos cortes recibidos.


El hombre era rudo, pendenciero, demasiado rápido en sus enojos, de allí su fama de matón bien ganada. Tenía varias muertes en su haber.


Las mujeres les prohibían a sus hijos quedarse cerca de él y los hombres, esquivaban su encuentro. Si llegaba al bar del pueblo los parroquianos apuraban el trago y, lentamente, se iban retirando.


El gaucho notaba el desbande que producía e interiormente se alegraba. Se sentía bien cuando veía el miedo en los rostros de los demás.


Una noche de tormenta, donde los refusilos eran la única luz del poblado, vio a lo lejos la silueta de una casa. Se acercó al galope y golpeó. Parecía una posada.


Los truenos y el agua no dejaban escuchar su llamado.


Nadie respondía y pronto el enojo hizo brillar su mirada. El poncho ya no lo cubría y el caballo estaba inquieto, asustado.


Golpeó cada vez más fuerte.


Se escuchó, tenuemente, la voz de una mujer .


- Quién es, dijo temerosa.


- Soy Rudecindo Achával, contestó malhumorado.


La mujer se estremeció, su manera era prepotente.


No sabía qué hacer. Torpemente atinó a encender el farol y se acercó a la puerta, sin poder ver nada para afuera. Sólo cuando la luz de un relámpago alumbraba, veía la silueta del hombre.


La mano le temblaba tanto como la voz y el farol resbalaba su luz entre los pocos muebles del lugar.


Se encomendó a Dios y abrió.


Cuando Rudecindo logró ver su rostro, se sorprendió,no pensó que era una anciana. Sintió cierto alivio por estar bajo techo y su furia comenzó a disiparse.


-Necesita hospedaje y comida? , le preguntó la mujer.


-No vendría mal algo caliente y un camastro donde pasar la noche, respondió el hombre.


-Ponga el caballo a resguardo. Allí al costado hay un tinglado y algo de pasto, le ordenó la mujer.


Mientras él salió, ella puso sobre el brasero un jarro tiznado y abollado, con leche y yerba.


Cuando Rudecindo volvió había - sobre la tabla que hacía de mesa- un tazón preparado para el mate cocido, un frasquito con azúcar y un trozo de pan casero algo reseco.


-Siéntese, dijo, debe estar cansado.


Él no le quitaba la mirada a la viejita.


- De dónde viene?, preguntó ella. Algo le contestó por lo bajo, sin grandes detalles y con alguna desconfianza. No le gustaban las preguntas.


La mujer no insistió y decidió acostarse.


Sobre un cajón pintado, que hacía de mesita, sólo había un retrato con un crespón negro,que logró ver gracias a otro relámpago. Estiró su pañuelo mojado, para que se seque, como pudo se sacó las botas y se durmió enseguida, extenuado.


Cuando amaneció se incorporó, calculó la hora y mientras buscaba su pañuelo sobre el cajón, miró atentamente la foto del difunto. Le dejó unas monedas a la anciana sobre la mesita y, con la celeridad que su pierna le permitió, calzó sus botas casi destrozadas y salió en busca del caballo.


El animal se alegró cuando lo vio dando un relincho, parando sus orejas y levantando las patas delanteras.


Lo montó con debilidad. Se puso el raído sombrero y partió.


El hombre no se dio vuelta. Iba con la cabeza gacha y, así, se perdió entre la achaparrada vegetación del campo.


En la casa, detrás del sucio vidrio de la puerta estaba la anciana, temblorosa, con dos lágrimas escondidas entre sus arrugas, mirando al hombre que le pidiera ayuda.


La foto, que tanto lo había impactado, le mostró a un hombre con un poncho rojo y negro y una mancha que nunca se destiñó.
© Laura Beatriz Chiesa




Marina Giménez
LA FARSA


¿Y quién buscaba entre los escombros
de la propia vida el sentido
que se había llevado el viento...
Hermann Hesse


Trata de recordar – me dijo.


Y se fue.


Tambaleando su espantosa silueta enmascarada.


Me agazapo en el frío rincón rodeado de rejas. Lo miro con miedo, casi sin poder verlo. Su sombrío rostro, sus manos puntiagudas. A causa de su renguera una de las dos alas que lleva sucia y apolillada, se arrastra a intervalos sobre el suelo. Tantos años han pasado. Su vejez lo ha vuelto lento. Desde que bajamos, nunca me dijo su nombre. Solo sé que se encargó muy bien de que nunca pudiera escapar.


Es por tu bien- dijo mi padre – arriba está el peligro, la tentación, las contradicciones. Aquí vas a estar seguro, nadie podrá lastimarte


Ahora pienso en el día en que entré al cuarto de los espejos; no estaba soñando. Era mi rostro el que desfiguraba la imagen, y no a la inversa. Mi padre, más que mi madre, tuvo miedo. Miedo de que alguien más me viera, miedo a parecerse a mí o a que yo me le pareciera.


El guardián cocina una especie de menjunje baboso que luego me alcanza y me obliga a comer antes de que se enfríe.


Me enseña palabras que apenas logro balbucear. Algo mas allá de mi voluntad irrumpe entre una mezcla de sonido gutural y silabeo que a duras penas sale de mi boca. Escribe algunas en pequeños papelitos que yo guardo en una lata vieja. Por la noche, tararea una canción para que me duerma. La jaula es fría. Me enrosco en una esquina donde hay trapos viejos y un húmedo hueco en la pared donde pongo la lata y los papelitos.


Todo queda cerca en mi mundo. Todo está allí por si lo necesito. Si pudiera salir bastaría estirar mi pequeño brazo derecho, meterlo en el hueco y tomar la lata.


Lo que más me molesta son las sombras. Acá abajo lo que abunda es la oscuridad y ese olor a rancio.


Algunas noches, sólo algunas, la luna clava sus espadas a través de las pequeñas banderolas que hay cerca del techo. Pasa trenzando y destrenzando caminos blancos que me hacen sentir más optimista. Recuerdo que allá, todavía la luz existe.


Nunca fui a la ciudad, pero sé que allí hay muchos hombres. Como el que hay en la palabra hombre, en mis papelitos. Hombres como el que yo hubiera sido, si no fuera por el peligro. Quizá uno de estos días pueda subir y verlos. Que no pase mucho tiempo, porque el guardián y yo nos estamos poniendo viejos.


Dos leones cuidan la entrada, cerca de las escaleras. No los he visto, pero veo sus sombras caminar por las paredes y meterse en los pasillos.


Una vez a la semana recibo visita. El guardián me deja salir y sentarme fuera de la jaula para ver el espectáculo. Es una especie de mago colorinche con cara de esperpento. El único ojo que aún conserva mira siempre hacia atrás; es así que tropieza continuamente con todo lo que se cruza a su paso, inclusive con una larga cola que brota de su espalda y acarrea mientras avanza dando saltos descuajeringados y ridículos para llegar al improvisado escenario. No sé porque se toman tantas molestias, con la escasez de público. Sólo estamos el guardián y yo.


El mago realiza piruetas, balanceos y algunas muecas sin sonido que a juzgar por lo poco que recuerdo, parecería una forma forzada de sonrisa. Después se inclina, realiza una reverencia y se va dando pequeños saltitos hasta desaparecer.


Miro mis extremidades y creo que se están acostumbrando a la quietud, estoy comenzando a perder espacio. Aquí abajo todo desaparece. Hasta el silencio ha cambiado. Escucho palabras, palabras que tengo miedo de olvidar.


Ahora sé que debo salir.


Pero tendría que matar al guardián, y no sé si podría lastimar a alguien. Aunque a él quizá ya no le importe. Sus patas enclenques podrían tropezar, perder el control. Podría envenenarlo con el mismo brebaje con que él me alimenta. O con un poco de suerte decide morirse, solo, de pura oscuridad y aburrimiento. Entonces avanzo lento para que las bestias no me escuchen, alcanzo los escalones, primero uno, después otro, y otro. Muy lento porque he perdido las fuerzas. Estoy feliz de que mi padre no pueda ver mi decadencia. Agazapado llego a la salida. Hay muchos pasillos, dobleces. Me quedo quieto en el umbral. La ausencia de la palabra se vuelve llanto, susurro, baba. Quiero gritar, aullar, pero mis grotescos labios se pegan a mi lengua, que a esa altura ya se ha vuelto más pesada, y entonces el silencio construye trampas con el enredo espantoso de mi lengua, mis dientes, la baba. Espero. Los pasillos están desiertos. Nadie contesta.


Trato de recordar. Cómo se puede recordar en el silencio. Golpeas las puertas, los muros. Cuando ya no queda espacio, los golpes construyen celdas, simulacros.


Si salgo, no sabría dónde ir. Los caminos son dispersos. Podría perder el rumbo y no saber regresar.


La ciudad parece lejos.


En mi mundo está la jaula, la lata, los papelitos. Con mis dedos retorcidos corro los trapos, apoyo la cabeza, acomodo mis escamas.


Es tarde.


Cierro la puerta. ●
© Marina Giménez






Martha Goldín
LA OTRA CALLE


"en medio del rugir de las fogatas
fui caminante de sal entre las piedras"


I


Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba. Las hojas de los árboles a veces temblaban como gotas. A veces eran gotas que corrían por sus ojos. Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba. Y no eran gotas solamente. Ya relámpagos corrían por el rostro porque la calle que ella buscaba quedaba lejos. No se trataba de espacio sino de tiempo y el tiempo la contaminaba.


Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba.


II


Y un perfume de jazmines inundó todo.


Tiempo o espacio en el que ella se despojó de preguntas y se encontró en la vereda , los niños corrían a su lado , jugaban con el perrito negro.


De pronto la calle se pierde. Niños y perro huyen por los aires de Lima ,se confunden con el olor de las buganvillas , siguen jugando y riendo sin ella que se pierde también en el espacio y en el tiempo.


El viejo empedrado de la ciudad . Ya las risas son tan lejanas , los bocinazos y los olores la retornan bruscamente a esta orilla porque ha perdido la calle, los niños la estarán buscando y ella no sabe como volver.


Si se cierran los ojos quizás volverá a encontrar esa calle. Siente el calor suave de la ciudad que no conoce el viento, las hojas no se mueven aquí y saltan nuevamente niños y perrito, ella va con su baguette bajo el brazo, es tan joven que se siente hermosa en esa calle que huele a buganvilla.


Escucha las campanas de la iglesia Santa María, debe llegar a casa porque el óvalo Gutiérrez queda tan cerca, sólo atravesar el costado de la huaca Juliana o bien seguir de frente. Nuevamente los niños y el perro se alejan, ella busca desesperada orientarse con los ladridos que se escuchan ya lejos, cada vez más lejos los ladridos, las risas de los niños.


Sabe que no puede con las fuerzas del tiempo y el espacio, que inexorablemente volverá a esta otra calle donde no hay niños ni perro ni Huaca Juliana ni baguette ni campanas.


Sólo bocinazos en la gran ciudad donde rondan los muertos sin voz y las Madres “están locas” y los templos se resguardan con bloques de cemento y las voces de los niños, el ladrido del perrito están en otra calle.


III


Me gustaría encontrar aquella calle, pensaba.


El viento comenzó a sacudirlo todo, la alejaba y esta calle donde buscabalas risas y los ladridos la levantaba por los aires, tiempo y espacio, hasta la calle de muerte donde ella corría con sus niños en brazos, el bolso repleto de pañales. Una noche en esa calle, muchas noches en esa calle. La muerte maneja un Falcón verde. Mejor era pensar como encontrar la otra calle, la de la Huaca Juliana , pero ella no sabe cómo retornar.


Si se cierran los ojos y las lágrimas dejan de correr quizás .


Siente ya el calor suave de la ciudad que no conoce el viento, las hojas no se mueven aquí


“menudo pie la lleva por la vereda
que se estremece al ritmo de su cadera”


Mira correr y saltar a los niños y al perrito, ella va con su baguette bajo el brazo, escucha las campanadas de la iglesia Santa María, ya va a llegar a casa.


Pero nuevamente niños y perro se alejan y ella busca desesperada orientarse con los ladridos, que se escuchan ya lejos, infinitamente lejos.


IV


Esta calle es muy arbolada. Comienza la primavera y hace un calor húmedo.


Ahora en esta calle la vida continúa. Nadie se pregunta por esa muchacha, por ese niño, por esa beba. La vida continúa en esta calle donde ella no sabe adónde ir, donde cada día le gana un día a la muerte.


Esta calle está en primavera Hay una luz muy intensa y los balcones florecenLa gente pasay esto es la vida cotidiana.


El frutero en la esquina de la calle vende su fruta, el florista ordena sus flores.


Esta calle está en primavera, un aire húmedo se huele en esta calle donde la vida continúa .Esto se llama la vida cotidiana, piensa. Repasa direcciones, ubica amigos lejanos, hojea el diario que anuncia nuevos “enfrentamientos” y nuevos cadáveres.


Todavía son pocos los cadáveres y las Madres no han enloquecido.


Ahora en esta calle es primavera y a pesar de todo ella reconoce una hermosa primavera . Ve de lejos la plaza, los juegos, palita y balde, la calle es una fiesta.


Ella siente que la calle es una fiesta de los otros y la ciudad sólo escucha los latidos de lo que no molesta,


Hay que buscar la otra calle, hay que encontrar el olor de las buganvillas, hay que escuchar las campanadas de la iglesia de Santa María y caminar por el costado de la huaca Juliana


Hay que volver a casa.


V


Volver a casa , piensa y ¿dónde queda la casa de los niños y el perrito?


Volver a casa. Siente que fuertes marejadas la alejan o es el viento que nuevamente arrecia. Pero aquí no hay viento, dice. Mira el mar, esas olas que se abaten sobre la costa, el Pacífico se alza amenazante a veces.


Ella ve jugar a los niños que corren, se ríen, arman sus castillos, el mar los moja y desarma el sueño de arena.


Se van cayendo los murallones que protegen la rubia ciudad, las torres, los pasadizos. Quedan abandonados los restos en la arena, expuestos a próximas y últimas destrucciones, mientras los niños ya construyen otro castillo , otras torres, otros pasadizos. Hay tanta vida dentro del castillo. Hay tanta vida.


VI


Cuando se huye y se llega a otra parte , la vida es suave aún con sus penurias. Ella abre una ventana sobre la calle desconocida . Esa quietud, las hojas no se mueven . Siente extrañeza .


Pero la vida es suave cuando el horror queda atrás y los niños la reclaman, la vida suave la reclama para calmar las heridas porque ha recuperado su porción de aire en otra parte


“jazmines en el pelo


y rosas en la cara”


Ella abre una ventana , la vida le entra ¿Habré encontrado aquella calle? ●
© Martha Goldín




LOS NARRADORES
....
Carlos Arturo Trinelli. Lee y escribe, es más feliz leyendo que escribiendo. Ha estudiado (nunca lo suficiente, aduce). Ha ejercido variedad de oficios. No le gusta bailar, sí gusta beber, el cine, la música, la noche. Su mujer se llama Nora López y sus hijos, Arturo, Alcira, Darío, Alejo, y la nieta, Milena. Nació en Buenos Aires en 1950. Ganó algunos premios literarios. En lo que respecta a sus libros confiesa que ha publicado tres, agotados entre amigos y parientes, hay un cuarto en camino fruto de un premio, retrasado por las elecciones , la gripe porcina (aunque no cria cerdos...) y otras desventuras. Asegura que no es habitué del Bar Baviera aunque le gustaría. Y preguntado con respecto a los personajes de la serie, sostiene que un escritor no siempre debe dar a conocer las fuentes...


Mercedes Sáenz. Nació en Buenos Aires el 8 de Junio de 1952. Intento escribir desde muy chica y aún sigo intentándolo, confiesa.. Contribuyó con sus textos para algunas editoriales, Sudamericana y VyR, y algunas revistas virtuales, especialmente en Artesanías Literarias. Publicó “Filos de lata” en julio del 2008 (editorial Vela al Viento, de Rubén Gómez) y está preparando un segundo libro y unos guiones para televisión. Admira a los autores de habla hispana, en especial los latinoamericanos. Conocer dos idiomas no le es suficiente para leer textos en su comprensión total. De todas maneras, lee todo lo que le es posible. Influyen en Mercedes, en particular, los temas sociales sin militar en partidos políticos. Estudia filosofía y también algunos cursos relacionados con la historia y las costumbres de la tierra argentina, en especial las comunidades indígenas.


Laura Beatriz Chiesa. Nació en La Plata -Prov.Bs.Aires- Argentina. Integró la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Prov.Bs.As.(SEP) desde 1997 hasta 2006 ( cuando renuncia) y de otras Instituciones Culturales. Ha recibido premios locales, provinciales, nacionales e Internacionales. Participó/a como jurado en Certámenes de Poesía y Cuento. Integró/a Paneles Poéticos. Editó: ”Historias en “Verso y prosa”; “Polen de una Rosa Amarilla”; “Voz de Tinta”; “Hablando Espacios”(sonetos); “Viejos sabores para no claudicar” y, en preparación, “Vivencias y reflexiones”. Presenta y prologa libros de otros autores e integra Antologías y Diccionarios de Escritores y Poetas. Tiene publicaciones en diarios y Revistas Virtuales.






Marta Julia Ravizzi Nació en Buenos Aires Argentina. Estudió la carrera de Medicina, graduándose de Médica en la Universidad nacional de La Plata, Buenos Aires, Argentina, en el año 1970. Tiene tres hijos: Fernando, Julieta y Pablo y una nieta. Desde adolescente cultivó el arte de las letras, como también otras expresiones plásticas como la pintura y el dibujo. Dentro de la literatura, en poesía y cuentos breves ha cosechado más de dos centenas de premios, ya sea en el país como en el exterior. Sus obras integran numerosas Antologías. Realizó Talleres Literarios y cursos, con destacados poetas y narradores de Argentina,y otros on-line en España. Actualmente concurre al Taller de Poesía y Narrativa, de la poeta internacional Laura Massolo. En abril del 2007, publicó su primer libro de poemas Decir Palomas. Está en edición su segundo libro de poemas Imaginando Imágenes. Un tercer libro de cuentos se encuentra en proceso de corrección final para su edición.


Xafier Leib´s. Empezó a escribir alrededor de los 16 años, más que nada letras para canciones cuando soñaba con formar un grupo de rock. Luego comenzó con cuentos cortos, inspirados en sus dos amores de esos tiempos: las películas de terror clase B y las de Monty Python. Luego se especializó en escribir cuentos hipercortos sobre servilletas en bares repartiéndolos entre los presentes. Allá por 1995 compiló algunos de esos cuentos y armó su primer libro, "Cerdos en Almíbar o a solas con un mutante". El libro fue un éxito entre sus veinte mejores amigos. Inspirado en los insoportables programas de Bernardo Neustadt, salió el segundo: "Charlando en el bidet", con su hermano Alex. Comenzó a publicar en "Entrelíneas" y más tarde en "Artesanías Literarias". En el 2006 se editó un libro junto al diseñador gráfico Ariel Brandolini titulado "Llueven Uñas" –una obra experimental que juega con el texto y la gráfica:
http://lluevenunnas.blogspot.com/ - Desde 2007 edita el blog – http://xafierleibs.blogspot.com y en el 2008 el comics "El viaje de Guzzano" – http://elviajedeguzzano.blogspot.com ■


Ester Mann (Nurit Ben Shlomo). Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1941. Desde 1975 —fecha de su exilio— vive en Israel. Comenzó a escribir literatura hace unos pocos años. Algunos de sus cuentos fueron publicados en la revista en papel “ENTRELINEAS”, editada por la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC), un cuento sobre la paz en la antología "Caminos para la Paz" (Corregidor, 2007), y en la revista virtual “Artesanias Literarias”, dirigida por Andrés Aldao (de la cuál es Secretaria de Redacción). Sus cuentos se centran en los sentimientos íntimos de la gente, relatados a través de pequeñas anécdotas cotidianas. Una de las virtudes de sus relatos es que muchos de los lectores se identifican con los personajes, y perciben que esas breves historias podrían ser las propias. Mérito no menor de una narradora... Es integrante de la Biblioteca Digital Siglo XXI.


Isabel Ali es argentina. Escritora de cuentos y poesía. Participa de las publicaciones literarias online Artesanías Literarias y Crónicas de la Forja (del taller Literario Los Forjadores) e integra varias antologías internacionales. Recibió premios en concursos de la Argentina y en certámenes internacionales... y aún sueña con su libro propio. Actualmente dirige la página www.susurrodelasierra.com.ar y la revista gráfica Susurro (relacionadas entre sí por medio de un proyecto estimulador de la lectura infantil). Tiene una página personal donde pueden leerse varias de sus obras: www.isaali.com.ar . Vive en una pequeña ciudad de la provincia de Córdoba, donde realiza su amplia labor literaria.


Martha Goldin nació en Buenos Aires. Ha publicado varios libros de poesía. Entre ellos País de Vientre Abierto – Antología de Poetas Sociales ed. Patagonia.y Legado de Poetas -Poesía Social Argentina 1956-2006-Ed.Patagonia. Actualmente tiene en edición Fisuras donde caer . Es coautora de Elementales-Una travesía musical -obra de teatro estrenada en Buenos Aires en el teatro Cendas, Buenos Aires y A veces yo , disco musicalizado y editado por Canal 7 de Lima , Perú. Numerosos cuentos infantiles se publican en la revista Urpi, dominical infantil de La Prensa de Lima , Algunos de sus ensayos –Narciso, ese rostro atrapado en el espejo,(ed. Nueva Visión). La familia de Edipo o el lugar de cada uno en la familia , Escritos -Lima , Perú – El taller Literario: un espacio de experimentación de la palabra -en edición. Ha sido Jurado del Premio Municipal de Jujuy y de la República de la Letras , revista en internet del Movimiento del Encuentro de Escritoras. Es coordinadora del Taller Literario Papemor, directora de la Revista Literaria del mismo nombre (www.papemor.com) - Su obra ha sido traducida a varios idiomas


Amelia Arellano. nació y vive en San Luis. Rep. Argentina. Es Psicóloga clínica y psicóloga social .Colabora con artículos culturales en medios locales, nacionales e internacionales. Ha publicado cuentos, ensayo y poesía. Ha ganado premios y distinciones nacionales y provinciales e internacionales, con jurados tales como Osvaldo Bayer, Horacio Salas, Tununa Mercado, Jorge Brega. Recientemente la Revista XICOÁTL ha traducido parte de su producción al alemán y al inglés. Socia Fundadora del movimiento artístico y literario”Poetas del Exilio”. Se identifica con los movimientos de reivindicación de las culturas populares y con las luchas de género. Cree que el rol del escritor debe ser dinámico y comprometido. Es colaboradora de Artesanías Literarias, sus poemas y narraciones tienen excelente acogida por parte de los lectores.


Ernesto Ramírez. Nació en el barrio Montevideano de Maroñas hace medio siglo. Viajero en busca de su destino, estuvo por las zonas aledañas de Brasil, durante doce años vivió radicado en varias ciudades de Israel hasta que decidió emigrar a Barcelona y residir en Cataluña. Ramírez no estudió en ninguna universidad pero su escala de conocimientos es fruto de sus lecturas, fagocita libros. Su escritura es a veces despiadada, cruda, un lenguaje de denuncia sin obviar el humor, a veces denso y negro aunque se nota su cariño por la criatura humana. Cuentista y poeta, su estilo es definido por el dolor, la rabia y la intransigencia ante el delito y la explotación de sus congéneres. Ramírez escribe sin concesiones. El cuento que presenta es de un lirismo que estremece.


Andrés Aldao. Militante desde la adolescencia (fines de1942), centró su vida en la lucha política por la causa popular y nacional. Fue periodista, en 1971 se publicó su libro Argentina: de factoría agropecuaria a neodependencia industrial, una recopilación de sus reseñas políticas (Editorial América, 400 págs.). Luego de un año de cárcel, en octubre de 1975 fue expulsado de su país por decisión del P.E. En Israel, luego de veinte años de ostracismo, (octubre de 1996) tomó la pluma y comenzó a escribir cuentos y relatos. Considera que la literatura no es una carrera de caballos, por lo tanto no participa de concursos literarios. “Un comentario inteligente—aduce— me vale más que veinte primeros premios: yo escribo para deshojar la memoria y compartirlala.“. Publica Artesanías Literarias desde hace seis años (www.artesanias.argentina.co.il), y edita los blogs: Los Escritos de Andrés Aldao (www.escritosdeandresaldao.blogspot.com), el blog de los poemas de colegas poetas, (www.artesaniaenliteraria.blogspot.com) y desde el 17 de junio de 2009 edita el Blog Los Grandes de la Literatura Rioplatense (http://literaturarioplatense.blogspot.com/) .
Miembro de Poetas del Mundo, Biblioteca Digital Siglo XXI, REDES, rechaza la participación en redes de internet.


Elsa Trillo Romero (ElsaJaná), nació y vivió en Buenos Aires, antes de residir en Israel. Estudió Psicología en la UBA. “Escuchando leer cuentos a “doña Lola”, la maestra de séptimo grado, se enamoró de la palabra escrita y, a través de la expresividad de su voz y sus enseñanzas, aprendió lo indispensable para escribir. El resto... ”un lápiz de punta afilada deslizándose por el papel, al encuentro de una mano imaginaria conduciendo la mía, por palabras que, intuitivamente, el corazón supo estructurar”. Bajo guía de María del Mar Estrella Gutiérrez, pasó de la poesía al cuento, género que hoy practica con estilo muy personal. Publicada en diversos medios, coordinó el Taller Literario para la edad de oro en Carmiel. Actualmente, colabora con la revista Artesanías Literarias y prepara la coordinación de un nuevo taller literario. Estudió teatro entre otros con Norma Dumas, Luisina Brando, etc.. Bajo la dirección de Héctor Sandro participó de tres temporadas en el Teatro Santa María del Buen Ayre. En Encuentros de Teatro Independiente, recibió dos nominaciones como mejor actriz y un primer premio. Participa como actriz principal en el teatro en castellano que se creó en Israel.


Marcelo Dughetti. Oriundo de Villa María, Córdoba, trabajó coordinando talleres de teatro de títeres y literatura para niños y adultos. Hizo radio y trabajos periodísticos en diarios locales. Colaboró con la revista El títere sin cabeza, UNC, y fue miembro fundador de las publicaciones La araña de carbón y Arena. Publicó: Esa joroba de bronce, 2003, Donde cayó esta muerta, Primer premio provincial de letras, 2003, y La bicicleta roja, 2007. Los libros de Marcelo Dughetti logran un acercamiento inusual a temas poco y mal explorados por la literatura argentina: el suicidio y la marginalidad. Y lo hace sin moralinas ni espíritu redentor, con las palabras justas y terribles, las palabras necesarias para revelar la integridad de un mundo y preservar el suspenso entre la fascinación de lo que parece extraño y lo inquietante de lo que reconocemos como propio. Colabora con cuento y poemas en Artesanías Literarias




Indice




Artesanos de los tiempos modernos / 3


Pájaros enjaulados (el colectivo). Xafier Leib´s / 5


Un trolebús en el Bar Baviera. Carlos A. Trinelli / 7


Paranoia. Mercedes Sáenz / 11


Game over. Marta Ravizzi / 14


El escritor espectro. Andrés Aldao / 16


El adiós del piano de la esquina. Elsa Janá Trillo / 21


Yo soy Borges. Ester Mann / 27


El perseguidor de sueños. Ernesto Ramírez / 31


La tejedora de vientos. Isabel Ali / 40


La bicicleta roja. Marcelo Dughetti / 42


Rocío. Alicia Susana Gómez / 45


D.T. Amelia Arellano / 47


El nómade. Laura Beatriz Chiesa / 53


La farsa. Marina Giménez / 56


La otra calle. Martha Goldín / 59


Los narradores. / 63






































































Este libro se terminó de imprimir


en el mes de septiembre de 2009 por la editorial


Artesanías Literarias Libros.

2 comentarios:

melanie dijo...

me gusta mucho como escriben pero me gustaria saber como hacer para publicar cosas

Laura Beatriz Chiesa dijo...

Andrés: mis permanentes GRACIAS por tu generosidad, estimado Amigo.
Con un abrazo agradecido,