lunes 14 de diciembre de 2009

El arca de Gervasio

El arca de Gervasio



Le cuento... Subía sigilosamente, como un delincuente, ¿sabe?... Yo lo veía siempre, a veces lo presentía, pero no me pudo gambetear ni una sola vez. Pisaba los escalones de madera como un duende. La casa en silencio, una quietud de campo santo pero yo lo escuchaba, lo percibía. Y él nunca se dio cuenta que su secreto era compartido...
La primera vez −fue hace muchos años−, Gervasio entró en el desván en puntas de media. Se lo explico así porque el hombre se deslizaba muy quedo a altas horas de la noche. Abrió la tapa, sacó del bolsillo del pijama un sobre, extrajo la carta y volvió a leerla bajo la luz de la linterna. Un suspiro quebrado brotó desde muy adentro. Con suavidad, depositó su secreto en el fondo, lo tapó con antiguos recuerdos, bajó la tapa e inició el descenso.
La curiosidad pudo más que el honor... Al rato de retirarse, también yo empecé a tantear en los alrededores, entre los numerosos objetos guardados...(es un lugar en el que se pueden conservar muchos secretos y confidencias...). Hurgué con cuidado y de pronto me topé con el sobre... Un perfume de violetas me sedujo. Y me avergonzó: yo penetraba en el mundo íntimo de Gervasio. Me pareció una felonía pero la curiosidad, querido amigo, la curiosidad... me convirtió en una cosa indigna. Tomé la carta, la desplegué y comencé a leerla... Era una misiva melancólica, escrita con aflicción y ternura. La mujer que rubricó esas líneas le explicaba a Gervasio que debían poner fin a la relación, cesar esos encuentros furtivos, las citas nocturnas, fugaces. Recuerdo una frase que me produjo emoción y pesar al mismo tiempo. Decía así: “...mi corazón ya no tolera un amor furtivo, como si fuese una relación delictiva. Los minutos de tibieza y ternura que vivimos, cada vez más espaciados, hieren mis sentimientos y percibo que nuestro amor languidece, agoniza, y nosotros nos alejamos uno del otro, casi sin darnos cuenta. No nos engañemos, querido mío... vos no te vas a separar de tu mujer. No te lo reprocho, pero ya no puedo vivir con fragmentos de un amor oculto, como trozos dispersos de un espejo roto que me hieren tan profundamente. Te digo adiós. No me busqués, no me llames: quitame de tu vida y recordame como una buena amiga, como una mujer que te quiere mucho, que por amor y no por resentimiento prefiere renunciar a esos efímeros instantes de dicha, y luego el infierno de la espera... hasta la próxima vez... Una “proxima vez” que es como la eternidad... Adiós, mi amor, mi buen amigo. Tuya, siempre, Catalina”...

En muchas ocasiones y durante largos años, subrepticiamente, Gervasio se introducía en el desván y releía la carta de Catalina... Nunca advirtió que yo lo espiaba, jamás se dio cuenta que compartíamos un secreto... ¡el suyo! Hasta que hace unas semanas el viejo Gervasio, el “abuelo”, sufrió un desvanecimiento y se murió... Estaba seguro de que al igual que mi viejo amigo, también la carta dormiría su sueño eterno... Hasta que una tarde cualquiera la nieta de Gervasio, Guillermina, trotando sobre los endebles peldaños que llevan al desván entró como una tromba, levantó la tapa y comenzó a curiosear. Halló la carta y comenzó a leerla. No me vio pero yo entreví algunas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Terminó la lectura, suspiró, se pasó una palma sobre los ojos y murmuró con dulce voz...”Abuelo travieso... descansá en paz, abuelito...”, luego bajó la tapa. Y así termino mi relato, señor... entiendo que usted es el nuevo dueño de esta vivienda... ¡bienvenido!...
Perdóneme la pregunta, ¿pero usted quién es? −me interrogó intrigado el hombre...
-Soy el arca, por supuesto... −le aclaré indiferente •

1 comentarios:

Sonia Cautiva dijo...

Guillermina, Gervasio y El Arca forman un trío de historias nostalgiosas, blandas, suaves que dejan un gusto triste y dulce a la vez.
Dado que no soy crítica literaria, sólo me animo a decir que me gustó mucho.
Un abrazo
Sonia